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Alicia 20

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Relato enviado por : ivloguer el 30/04/2013. Lecturas: 2756

etiquetas relato Alicia 20 Jovenes .
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Resumen
Aparqué en un claro y trataba de memorizar la senda para luego saber regresar.


Relato
Alicia 20

Aparqué en un claro y trataba de memorizar la senda para luego saber regresar.
Metí una mano en el bolsillo y por suerte tenía las servilletas de papel que habían sobrado del almuerzo. Se las estaba por dar a mi tesoro pero ella observaba absorta al varoncito, le quería hacer algo y revolvía las neuronas para decidirse.
No me quedó mas remedio que tomar a la nenita de la mano y llevarla dentro del pastizal. Me paré detrás de ella y estaba por bajarle la bombachita: sorpresa !!, no usaba ya que su remera larga oficiaba de vestido y así nomas estaban luego del chapuzón.

La tomé de las piernas y la dejé como sentada en el aire, ponía caritas graciosas mientras pujaba para que salga todo eso, le salió un chorrito de pis que caía lejos y me dieron ganas de mirarle ese bultito con hachazo mientras largaba líquido muy fuerte.
Cuando terminó me puse a mover el pié para tapar con tierra eso que había quedado, la chiquita me miraba como esperando que la limpie y me incliné a su lado para secarle el tajito con el dedo.
Ella se agachaba un poco y me acordé que había hecho caquita, que estaba esperando que le pase la servilleta por el trasero.

La pedí que doble la espalda con las manos casi tocándose el calzado para dejar bien a la vista lo que tendría que limpiar. No me causó asco ese enchastre, pero me preocupaba que al erguirse se hubiese embadurnado todo. Con las servilletas me dediqué a dejarle la canaletita limpia y solamente faltaba repasarle bien el anito.
Le pasé el dedo por el fruncido hueco para no rasparle con papel esa tierna carnecita, la nenita reía diciendo que le hacía cosquillas. Me contó que aveces jugaba con el hermanito a meterse cosas por atrás, que le gustaba cuando el hermano le introducía un lápiz y lo hacía girar como usando su culito de sacapuntas.

Mientras la escuchaba me imaginaba la situación y limpiaba bien ese anito, también un poco por dentro mientras metía la punta del dedo para repasar el inicio de su tripita, estaba muy apretado y parecía morderme el dedo con las contracciones de sus risitas.
Volvimos al automóvil y mi hija estaba arrodillada en el asiento delantero hablando con el nene que continuaba sentado atrás, tenía el pitito afuera para airearlo.

La hermanita se trepó al asiento trasero quejándose que el tajito le ardía, que le había quedado un poco de pis allí. Yo estaba por sentarme al volante pero mi nena seguía arrodillada hablando con el chiquito, solamente torció la cabecita para susurrarme que yo había tenido lo mío pero que ella no había gozado aún.

Mientras me acomodaba en el mismo asiento que mi hijita, buscaba una posición confortable para arrodillarme y quedar agachado detrás de mi cielito.
Al fin quedé con el paquete apoyado en la cola de mi amorcito, bajando disimuladamente una mano para acariciarle el bultito mientras me sumaba a la insulsa conversación.
Desde el asiento posterior la imagen era absolutamente normal, mientras mi hijita convencía al nene que debería limpiarle mejor el hachazo a la hermana, que debería pasarle la lengua y sacarle el poco de orín que le hacía arder.

El muchachito se estaba agachando para cumplir la orden pero el pantaloncito flojo se le caía, ya se podía ver una raya donde terminaba su espalda y mi nena lo ayudó bajando esa molesta prenda. Le estaba manoteando el pitito en sincronismo con mi dedo que hacía frenéticas caricias en su puchita.
Los nenes estaban distraídos con sus juegos y aproveché para bajarle la bombachita alojando mi pelada gallina en su canaleta. Mi hijita movía el trasero como buscando esa pelambrera que acostumbraba hacerle cosquilla en las nalguitas, pero recordó que ella misma había rasurado eso.

Yo pasé el glande a la puertita delantera mientras usaba los dedos para reptar por la canaletita posterior de mi nena, el muchachito seguía pasándole la lengua a ese bultito que ya brillaba de tanta saliva. Cuando hice presión con el dedo sobre el fruncido agujerito, mi cielito se decidió y también metió el dedo por el culito que estaba en pompa. El dedo mío se estaba enterrando profundamente pero ella solamente usaba la punta del suyo, desaparecía su uñita pero no más.
Comenzaban los temblores en el cuerpito que yo aprisionaba contra el asiento y me hizo pensar que no podría disimularlo, pero su fingido ataque de tos dejó los suspiros bastante creíbles.

Me guardé la babeante herramienta pensando que más tarde le pasaría factura a mi hijita, y poniéndome al volante volvimos a la ruta para dejar a los hermanitos. Mientras nos acercábamos al destino salía una ambulancia policial, pensé que había sucedido una desgracia y corté la marcha antes de la entrada, para que los chicos no presencien lo que podría haber sucedido.
El nene me preguntó la razón para que me detuviese tan lejos, yo titubeaba buscando una explicación cuando la hermanita dijo que su hogar también oficiaba de casa de sepelios, que les parecía tétrico a las visitas pero que viviendo en la planta alta casi ni se enteraban.

Salió el padre de las criaturas para recibirnos y se disculpó por estar tan atareado ya que recién le acababan de traer los cuerpos de un infortunado accidente, recordé la ambulancia saliendo y asocié todo el cuadro: tenía un horrendo empleo este pobre hombre...
Señalando una escalera con el dedo le pidió a mi tesorito que por favor le ayudase para acostar a los críos, él abrió otra puerta para entrar a su lugar de trabajo: había dos camillas de acero inoxidable que soportaban a sendos cuerpos tapados por una sábana.

Mis pies querían huir de allí pero el hombre tranquilamente encendió un cigarrillo mientras explicaba que esta pobre gente viajaba en su automóvil cuando un camión frenó por delante y se lo tragaron. Que no se habían producido lastimaduras visibles pero los órganos internos habían colapsado llevándose las vidas que animaban a madre e hija.
Tranquilamente agarró un pecho que se dibujaba debajo las sábanas y lo apretaba como mostrándome que ésa era la inanimada víctima, la madre que condujo hasta su trágico destino a la hijita que reposaba en la camilla vecina.

Mi columna era atravesada por escalofríos mientras buscaba excusas para huir pero en eso salió una musiquita de su bolsillo, tomó el celular y dijo que ya salía para allá. Supongo que "allá" sería otra horrible escena donde requerían su presencia.
Me pidió que lo esperase, sin dejar de masajear ese turgente seno y guardándose el teléfono, debería tener otro celular de repuesto porque el pantalón lo marcaba así. Dijo que debía contarme algo y quedé en esa sala horrible mirando para todos lados.

En el otro extremo estaba la camilla de la hija, ya sabía cuál era la madre por lo que me encaminé a curiosear la plateada y distante bandeja.
Una pequeña silueta se dibujaba bajo la sábana y despacito le destapé la cabeza, estaba temeroso como si algo me fuese a saltar encima, como si hubiesen fantasmas en ese cuarto.
Apareció una dorada cabellera enmarcando un rostro precioso, era una nena que parecía dormir en paz con sus párpados cerrados. Con una sensación de compasivo cariño le pasé la mano por ese pelo imaginando que se estaría agitando al viento hace poquito.

Mis manos rozaban una tibia mejilla cuando me percaté que debería estar fría, parecía que el luctuoso hecho había sucedido recientemente. Me azuzó la curiosidad y la destapé del todo, le acaricié la pancita y estaba blanda, una tierna carne infantil que por desgracia sería comida de gusanos.
Mis ojos se paseaban por ese inerte cuerpito, por ese pecho plano con dos pezoncitos que ya no serían elevados por las tetitas que deberían aparecer en unos años.

Un sentimiento de pena me hizo agachar para besar esos pezoncitos, estaba calentita y suave, no podía creer que ella ya no sentía mi boca allí. Eso me hizo pensar en su boquita, en esos labios que no habían conocido un beso varonil, me fui acercando a su carita y acariciando esa hermosa cabellera que bajaba como una cascada cubriendo su plácido rostro.
Me puse a mordisquear esos labiecitos que no respondían, estaban tibios pero no me devolvían el beso que se estaba convirtiendo en algo apasionado.

Dejé que mi mano vaya bajando sobre esa piel que me recibía sin temblar, pasando sobre su pancita le metí un dedo en el ombliguito, seguí hasta ese bultito que en vida logró desviar algunas miradas, hasta ese tajito que recibía las yemas de mis temblorosos dedos pero que yo no lograba hacer vibrar.
Tuve que caminar hasta el extremo de la bandeja para mirar esos piecitos, esos dedos que apreté para comprobar su elasticidad, al final le acaricié toda la piernita sintiendo esa carnecita que llamaba a mis dedos. Pensaba en cuántas manos hubiesen paseado por esas piernas si les hubiesen permitido crecer. Subiendo por esas gorditas piernas que terminaban en su cola quise observar esa parte también, mirando hacia los lados como si buscase fantasmas que me acechaban, la di vuelta y quedó de costado con el trasero hacia mi lado.

Al menos su carita apuntaba hacia la pared y no podría verme el rostro que se me estaba poniendo lujurioso. Tenía una colita bastante grandecita pese a su pequeño cuerpo, debía causar pensamientos calenturientos cuando caminaba meneando ese traserito...
Me agaché dejando su canaleta a la altura de mis ojos pero no podía ver hacia adentro, tenía unos cachetes que apretaban ese valle profundo. Cuando sentí una molestia en el pantalón recordé que había hecho gozar a mi cielito, pero que yo tuve que guardármela luchando disimuladamente por meter nuevamente la víbora en su escondite.
Tuve que librar la gallina pelada que estiraba el cogote y quería picotear en ese comedero que se le ofrecía inerte, un comedero redondeado exhibiendo su apetitoso agujerito marrón.

Usando las dos manos separé aquellos globitos para apreciar la raja, estaba ese puntito fruncido que seguramente dejó salir mucha caquita en sus años de actividad. Estaba por meter la lengua allí pero me conformé con pasarle el dedo, estaba blandito y el esfínter no ofrecía resistencia, parecía muertita esa salida que estaba por convertir en una entrada.
Le pasé la punta del glande por toda la canaletita trasera rindiéndole los honores póstumos, otros hombres ya no podrían pasear su pene por aquella maravillosa cola que prometía tantos momentos felices, con un dedo tanteaba buscando su otro agujerito, ese agujerito que demostró su virginidad al no permitir el avance, pero como nadie reclamaría atravesé esa telita y le enterré todo el dedo en la puchita.

Al meter la punta del miembro en ese fruncido centro marroncito creí que debería hacer mucha presión, pero mi pene estaba largando abundante babosidad y no le costó entrar lentamente en el seco culito. Claro que yo imaginaba que era el culito de mi reina el que estaba penetrando y esos pensamientos ayudaron a que me vaciase en ese hueco posterior, le estaba aplicando el último enema que tendría en este mundo y se lo dí con mucho cariño, debía depositar mi esperma bien hondo en esa tripita.

La limpié bien tomando papel que había en un rollo colgado de la pared y estaba terminando de acomodar bien la sábana cuando se escucha un automóvil que estaba llegando.
Cuando entró el hombre yo estaba parado rígidamente en el mismo sitio donde me había dejado, le causó gracia y me dijo que vayamos a tomar un café, decía que yo no debía quedarme paralizado ante esas camillas, que en su vida laboral había tratado con muchísimos cuerpos y que estos no mordían a nadie.

Los pasitos de mi nena ya bajaban la escalera y decía que al fin había logrado que se durmiesen los hermanitos, que eran demasiado traviesos y juguetones. Mientras hablaba con una velada sonrisa, entendí que los jueguitos habían sido divertidos, se venía arreglando el vestidito que mostraba las arrugas dejadas por las travesuras.
Yo quería tomarla de la mano y abandonar esa casa con urgencia, le dije que salude a su esposa cuando volviese a casa y ya me estaba levantando de la silla cuando su rostro apenado me devolvió al asiento.

Revolviendo su pocillo de café le dijo a Alicia que vaya a conocer el patio del fondo y el resto de la casa, cuando advirtió mayor intimidad se puso a contarme que la esposa estaba siempre en la casa, que no salía nunca de su cama por padecer una enfermedad neurológica.
Titubeaba en seguir hablando pero mi cara compasiva lo animó a seguir: decía que como todo hombre tenía sus necesidades y su esposa trataba de aplacarlo chupándosela, que aveces lograba un orgasmo pero mayormente se quedaba con las ganas.
Que luego de esas fallidas pasiones bajaba a la sala mortuoria y buscaba algún cuerpo de mujer fresquito, que lo hubiesen traído recientemente para que aún conserve su tibieza y blandura.
Como despedida me tendió su tarjeta que decía en letras claras: "funeraria Wittkop".
Lo miré con expresión de asco pero me tuve que apretar el paquete debajo de la mesa, aún tenía fresco el recuerdo de mi gallina pelada picoteando en ese cuarto con olor a formol.

Regresaba mi hijita de su recorrido y esta vez sí le tomé la mano para irnos, el hombre decía que vuelva a visitarlo alguna vez y compruebe personalmente nuestra conversación anterior.

No pude conducir mucho, en el primer sendero que hallé tuve que apagar el motor y abrazar a mi chiquita, debía borrarme de la mente los horrendos recuerdos de la experiencia reciente, debía sentir bajo mis dedos una carnecita que vibrase en respuesta a mis caricias.
Mi reinita pensaba que me estaba por cobrar la deuda que dejaron pendiente al usarme de muñeco, también la deuda contraída cuando me arrodillé detrás de ella para darle disimulado placer, pero mis labios solamente querían beber de esa boquita. Únicamente mi dedo borró algunos recuerdos recientes al entrar suavemente en su culito, un anito que sí respondía con hermosas contracciones de esfínter apretando al invasor, un culito que me dediqué a adorar largo rato, era el de mi reina: ALICIA

(continuará)

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