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Alicia 25


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Relato enviado por : ivloguer el 05/05/2013. Lecturas: 3582

etiquetas relato Alicia 25 Jovenes .
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Resumen
Ya me estaba retirando del local cuando se oye la campanita que tenían sobre la puerta, esas que suenan cuando alguien abre.



Relato
Alicia 25

Ya me estaba retirando del local cuando se oye la campanita que tenían sobre la puerta, esas que suenan cuando alguien abre. Entró una clienta, una jovencita vestida de negro y pidió varios productos. Parece que era costurera con tantas cosas que buscaba.
No alcancé a dar el primer paso y me tuve que detener al escuchar su voz, sonaba triste, pero no la tristeza que aveces nos agobia.
Era algo más intenso, le brotaba desde las profundidades del alma y parecía contagiar su estado anímico.

No hallé una excusa para quedarme y me puse a revolver las cajas con productos de todos colores y formas que había en largas estanterías. Martita miraba extrañada mi inusual interés por cosas de costura pero se puso a atender a la cliente mientras el empleado se enfrascaba en contabilizar la caja diaria.

Me puse al costado de ella para que me llegue mejor su voz, estaba intrigado por esos sonidos melodiosos, su voz no era opaca ni monótona pero sí profundamente triste.
Al verme le dijo a Marta que me atienda primero que ella no tenia apuro, sus palabras no lo decían pero la tonalidad gritaba "me da todo lo mismo, que atiendan mi pedido ahora o nunca".

Mi intriga crecía y me pasé al otro lado del mostrador mientras Martita le decía que no era un cliente, era solamente un amigo de la casa. Ahora la tenía de frente y le podía ver bien la cara, una carita enmarcada por un cabello lacio bastante largo.
Me dispuse a ayudarle envolviendo las cosas que ya estaban anotadas mientras Martita sonreía pensando que yo estaba haciendo tiempo para volver a estar a solas con ella.

La vista de ese rostro me produjo un shock, tenía hermosas facciones pero su mirada transmitía una profunda tristeza mezclada con paz, podría definirla como resignación.
Sus movimientos reflejos eran pausados, como si dispusiese de todo el tiempo del universo, así como me miró también lentamente continuó con su pedido.

Cuando le llegó el turno de pasar por la caja me despedí nuevamente de Martita que esperaba que la abrace o le dé un beso. Toda mi atención estaba puesta en sincronizar los pasos para coincidir en la puerta con la clienta.
Esa puerta que detuve con la mano para que pueda salir con muchas bolsas y paquetes. Iba tan cargada la pobre que me ofrecí a llevarle unas bolsas y caminaba al lado de ella sin recordar que tenía el automóvil a unos metros de la puerta.

Conversaba lentamente, sus palabras fluían sin dificultad pero siempre con ese tono característico. Contaba que vivía con su madre que trabajaba haciendo costuras, no necesitaban ese dinero con urgencia pero las mantenía ocupadas. Me dijo que su nombre era Marlene.
En ese momento era un nombre más para memorizar pero con el tiempo se iría grabando a fuego en mi alma.

Llegamos a una casa antigua, sus paredes tenían mucha historia pero estaba bien conservada, el jardín frontal lucía prolijamente cuidado. Estaba por despedirme pensando qué decirle para poder volver a verla cuando pide que como último favor le ayudase a entrar las bolsas y ponerlas sobre la mesa. Nos recibió la madre con ojos alarmados hasta que Marlene le dijo que era un hombre de la tienda ayudando con tantos paquetes.
La señora inmediatamente cambió la expresión ofreciéndome una silla, si quería algo para tomar mientras agradecía que hubiese ayudado a su hija con el encargo. Preguntó si debía retornar pronto al trabajo y le dije yo no estaba empleado allí, que era un amigo de la familia.

La mujer me daba mucha conversación pero yo quería hablar con la hija, conocerla un poco más, no sé. Era demasiado intrigante su personalidad y quería saber cosas de ella.
Me acerqué a la mesa donde estaba desarmando los paquetes y poniendo las cosas en su lugar, lo hacía callada y pausadamente, diría que con majestuosa parsimonia. Me dispuse a ayudarla pero sin demasiada prisa, no quería apurar el instante en que ya no tuviese un pretexto para estar en su casa.
La mujer comentaba orgullosamente que su hija sabía tocar el violín, que hace unos años ya sabía ejecutar temas complejos. Señalaba un mueble con infinidad de discos 33rpm y otros muchos CD mientras decía que tenían muchísima música clásica. En efecto un aparato reproductor estaba largando una dulce melodía que se integraba al ambiente, no la había percibido al entrar pero allí estaba: majestuosa.

Mucho tiempo después descubriría que era una pieza de Chopin interpretada en violín y llamada Tristesse. Lo descubriría recién cuando yo mismo ponía esos discos en mi reproductor para recordar a Marlene, para revivir el día en que la conocí, pero eso sucedería mucho más adelante que lo que estamos relatando. Yo recién estaba a las puertas del infierno y no tenía idea de lo que el destino nos tenía preparado.

Ese dato que daba la madre sirvió para hallar nuevos temas de conversación y de apoco me fui integrando. Ya estaba avergonzado aceptando la invitación para cenar pero dijo que ellas siempre estaban solas, que era una refrescante compañía.
Acepté cuando me dejaron ir a comprar una botella de vino, traje varias ya que no tenía idea de sus gustos. Sacaba las botellas de mi mano sonriendo, habrá pensado que era un bebedor empedernido, y yo que jamás pasaba de una copa por comida...

Cenamos en un grato ambiente, con suave música y conversación variada. Le contaba que hacía los cálculos para desarrollos industriales y ella comentaba que hace un tiempo también vivía su hermano en la casa, pero que tuvieron una discusión y se fué para jamás retornar.
Esa mención de su tío cambió un poco la expresión de Marlene, yo la observaba disimuladamente durante toda la cena mientras ella comía en silencio.

Cuando finalizamos le pedí que me permita oírla con su violín, eso animó algo a la chica y dijo que mejor en su dormitorio así no molestaba a su madre que prefería escuchar los discos a bajo volumen mientras confeccionaba.
Alargué el brazo como esperando que me llevase de la mano, estaba mal acostumbrado con mis nenas que tironeaban para conducirme a cualquier parte. Marlene no caminaba con entusiasmo pero tampoco con pereza, todos sus modos eran una intriga que se agregaba a otra.
Cuando llegamos me hizo sentar y sacó su instrumento, un precioso violín que parecía antiguo, la madera brillaba pero se le notaban los años.

Cuando apoyó el arco hizo llorar las cuerdas, sacaba una melodía melancólica, muy bien ejecutada pero transmitía esas sensaciones que percibí en su voz apenas conocerla.
Se veía concentrada como Margarita ante el piano, pero esta vez se derramaba el alma en cada nota, se podía sentir el sufrimiento en cada compás.

Entrecerraba sus párpados y cuando los abría tenía la mirada perdida en un lejano horizonte, las pocas oportunidades que podía fijar mis ojos en los suyos transmitía su profunda tristeza, no sé cuánto duró eso pero yo estaba petrificado en la silla con los ojos húmedos.
Me quería levantar del asiento pero no tenía fuerzas en las piernas, solamente quedé mirando embobado su cara y perdiéndome en la profunda mirada de la chica.

Se levantó agradeciendo que haya escuchado su música, decía percibir mi emoción y estaba por pasarme un pañuelo cuando refregué mis ojos con la mano pretendiendo que tenía una basurita en el ojo, para secarme una lágrima sin que ella lo note.
Estaba saliendo hacia la puerta de calle cuando le dije que era una magnífica violinista, que me encantaría oírla alguna otra vez. Respondió sin risitas pero con un tono más alegre que venga cuando quisiese, que ellas estaban solas todo el día en esa casa, me despidió con un besito en la mejilla que no me animé a devolver, mi beso se depositó en su mano mientras doblaba una rodilla en reverencia.

Conduciendo de vuelta a casa pensaba que contarle a Alicia, mi diosa estaría hambrienta de historias, pero decidí borrar de mi memoria las experiencias en la casa de Martita, también decidí conservar secretamente lo vivido en la casa de Marlene, todo lo que se refiriese a Marlene.
No me imaginaba que conocería a Beethoven ni que temblaría oyendo a Mozart, mi vida había sido superficial y recién buscando aventuras con las nenas creí haber logrado llenar el vacío que me aplastaba antes.

Apenas entré a casa vino corriendo Alicia y me dió un beso disimulado informando que había llegado la madre y estaba preparando la cena. Dijo estar preocupada por la tardanza y me arrastraba de la mano hacia la mesa para comer. Al sentarme les dije que ya había cenado, que había comido algo en casa de Martita y la madre me daba la lata hasta que logré escapar.

Me fui a la cama mientras mi hijita miraba extrañada cómo me atrevía saltear los inevitables arrumacos que nos hacíamos en el sillón por la nochecita, llueve o truene.
Cerré los ojos y no lograba dormirme, una y otra vez volvía la imagen de esa chica en ropa negra y su violín llorando gotas de sangre.

A la mañana siguiente, mi nena miraba con ojitos preocupados y trataba de averiguar si algo malo había pasado en la casa de Martita, si la madre se había enojado o algo así. La tranquilicé manifestando que no hubo ningún problema con la señora, era una latosa charlatana pero nada más. Que me sentía un poco mal del estómago y ya se pasaría.
Caminamos de la mano hacia el colegio, en silencio mientras su manita trataba de comunicarme algo, no comprendí sus mensajes.
Al ver el grupo de colegiales ya no diferenciaba a las nenas o gente especial, solamente eran personas ruidosas que destruían el silencio que yo deseaba.

Apenas volví a casa me puse a buscar una estación de radio clásica en el aparato donde normalmente pasaba temas populares. Aún no sabía que ese tipo de música me acompañaría el resto de mi vida.
Trabajaba lentamente, como contagiado de esa reflexiva parsimonia de Marlene, hacía las cosas pero cada rato se me cruzaban pantallazos de su figura, de su mirada extremadamente triste.
Sobre el tablero de dibujo descansaba la bombachita que se habían intercambiado con mi hija.

La tomé con dos dedos y la dejé caer en el cubo de basura, como titubeando abrí el cajón del escritorio y agregué la que tenía guardada allí, metí la mano en el bolsillo para agarrar la de Alicia. Me causó dolor mientras observaba su caída para reunirse con las otras, esa bombachita había sido un punto de amarre en mis momentos de zozobra, hasta la había mordido para sentir los resabios que dejaron los juguitos de Alicia.

Pero ahora me sentía molesto conservando esos fetiches, algo me estaba transformando desde adentro, estaba creciendo una nueva persona aunque todavía era un bebito en formación.
Seguí trabajando con una sensación de alivio, me había arrancado una cáscara para permitir que nazca una mariposa del feo capullo, aunque ese capullo aún estaba muy cerrado y sucio.

No fui al colegio a buscar a mi nena, la esperé con el almuerzo listo y sentado ante la mesa. Entró corriendo y dejó tirada su mochila en el piso para buscar mi abrazo, la tomé por los hombros y le dí un casto beso en la frente.
Los ojitos de Alicia se entrecerraban llenos de extrañeza, dijo que estuvo hablando con Martita y no existió tal conversación con su madre. Le contó que pasaron unos hermosos momentos juntos y luego me marché, supuestamente a casa pero fue mucho mas temprano que mi retorno.

Le dije que no me sentía muy bien y había salido a caminar al parque para despejarme, me había dormido en un asiento y se hizo tarde.
Ella me oprimía el brazo mientras con carita preocupada me daba señales para que la abrace de una vez y le haga todas las cositas de siempre.
Mi respuesta fue que iría a caminar, había sido bueno ayer y lo repetiría, Alicia se quedó con los bracitos colgando inertes mientras mis pies salían de la casa sin besarla siquiera.

Mientras caminaba sin rumbo fijo pensaba que había sido cruel con mi hijita, debería haberle contado de mis torturas mentales y prepararla para un posible cambio.
Sin advertirlo estaba frente a la vieja casona y ya estaba golpeando la puerta, salió la madre y con cara preocupada preguntó si me sentía bien, notaba mi cara pálida. Le comenté que estuve en el negocio de mi amiga y había pasado a saludarla y agradecerle su amabilidad al invitarme a cenar.
Tomada de mi brazo casi me empujó dentro de su casa, me hizo sentar y pidió a Marlene que trajese un vaso de agua.

La chica gentilmente tendió el pedido que acabé de un trago. Mi cara debería reflejar tristeza cuando me obsequió con una sonrisa solidaria, no era una sonrisa completa pero su rostro transmitía una clase de alegría no demostrada ayer.
La señora se disculpó, tenía trabajo pendiente y la hija me condujo a su dormitorio, esta vez casi me tomó de la mano, solamente que me dió un tironcito de la camisa como señalando el recorrido.

Me acomodé esperando que busque su instrumento pero Marlene se sentó enfrente mío sin hablar, solamente me dirigía esa mirada profundamente triste. Le tomé suavemente una mano y le confesé que su mirada me atrapó cuando ingresaba al local, que ya me estaba yendo pero me demoré para conocerla apenas escuchado su voz, me atraía terriblemente esa sensación de tristeza que emanaba de su persona y cuando la escuché tocar el violín quedé mucho más impresionado aún.

Esperaba que me dijese algo pero ella pasivamente me regalaba su mirada, un profundo lago que me invitaba a zambullirme y morir en esas aguas, pero la palabra morir aún carecía de significado para mi mente.
Le tomé con mayor fuerza la mano casi agarrándole todos los dedos mientras aguardaba alguna palabra suya, no me rechazaba el gesto cariñoso pero sus dedos tampoco parecían transmitirme nada.

Me arrodillé sosteniendo su mano y le dije que no buscaba una mujercita al acercarme a ella, que solamente necesitaba saber más de su vida y de sus sentimientos y ya no pude hablarle más pues ella percibiría mi voz entrecortada, solamente le besé la mano y dejé los labios apoyados sobre su piel, una gota cayó sobre esa mano y evidentemente esta vez no tenía una basurita en el ojo, le estaba obsequiando una lágrima de sangre que me brotaba desde el corazón.
Esta vez cerró los dedos devolviendo mi caricia, se inclinó y me dió un beso en la cabeza, casi en la nuca por mi posición tan inclinada. También dejó su boca allí un instante y quedamos como dándonos un beso detenidos en el tiempo, congelados, solamente un tenue movimiento de mis dedos apretando los suyos y devolviendo amorosamente cada presión.

Al levantarse para tomar su violín me senté bien para poder apreciar su arte, la veía borrosa y tuve que fregarme ambos ojos para aclarar la vista, esta vez no traté de disimular mis sentimientos. Nuevamente esos sonidos tristes, armoniosos y casi dulces, una tristona dulzura, no existen palabras para definir el llanto de su violín. Me envolvía con esa melodía, esta vez ella tenía la vista fija en mis ojos y hablaba con su mirada, o tal vez cantaba o tal vez lloraba.
Cuando terminó su interpretación mis piernas no estaban flojas como ayer, me levanté haciendo un ademán para abrazarla pero quedé estático, con los brazos levantados, otra vez la veía borrosa.

Marlene apoyó el instrumento sobre una mesita y me tomó ambas manos demostrando un invitación para que continúe el movimiento iniciado, sin soltarla tomé su cara y ella puso sus manos sobre las mías transmitiendo el calor de sus dedos, quedamos con las narices tocándose y buceando en nuestras miradas, le susurré "quiero darte un beso, me permitirías ?"
No respondió pero sus dedos apretaron mis manos, era un permiso tácito, o tal vez resignación. Creo que ambos teníamos la misma necesidad de sentir los labios del otro, le dí un suave beso que no escaló en intensidad pero prolongado. Tal vez entornó los párpados, no sabría contarles porque mis ojos estaban cerrados.

Cuando nos sentamos nuevamente, aún estábamos tomados de las manos con la respiración agitada, con nuestros corazones latiendo de prisa.
Me sequé con el pañuelo y noté una gotita deslizándose por su mejilla, ella no había usado el suyo y permitía a su ojo sangrar lentamente. Me tuve que acercar y capturar aquella lágrima con mis labios, como degustando el sabor saladito de su corazón.
Al sentarme nuevamente se desarmó y me abrazó ocultando el rostro en mi hombro, sollozaba muy levemente, apenas el movimiento de sus hombros denotaba que se estaba desangrando sobre mí.

La rodeé con los brazos apretando con mucha ternura, deposité la boca sobre su cabeza besando su cabello. Le pedí muy bajito que cuente algo ya que me estaba matando con su silencio.
Con voz entrecortada inició su relato:
Cuando era más chica vivía su tío en la casa, era muy atento y le traía regalitos frecuentemente, la acariciaba y mimaba como si fuese su hija. Con el tiempo esas caricias fueron cambiando de sentido y las manos ya pasaban por sus partes femeninas, hasta que un día llegó alcoholizado y la violó salvajemente.

Avergonzada, no quiso contarle a la madre hasta una visita al médico donde quedó en evidencia su mala experiencia, le tuvieron que suturar la vagina desgarrada y terminó con una histerectomía, era demasiado chica para esas cosas.
El tío fue expulsado a puntapiés y las dos mujeres se quedaron solas en la casona.
Desde ese momento se dedicó solamente a practicar con su violín y dejó el colegio. Ya no le importaba nada y a la madre le pareció correcto que llevase una vida encerrada en la casa.

Cuando levantó la carita toda mojada con los ojos enrojecidos, le besé todo el rostro enjugando cada porción de humedad. Preguntándole si eso había sucedido hace mucho contestó que ella aún era una nena cuando le arruinaron la vida.
Quedé pensando que mi ariete estuvo a punto de despedir la niñez de Alicia, que si bien tuvimos muchos jueguitos nunca la desvirgué completamente.

Tenía su carita entre mis manos y nos besamos casi automáticamente, ya no fue darle un beso, esta vez me respondió.
Nos levantamos para atender el llamado de la madre, había preparado té con masitas y nos estaba esperando. Conversábamos animadamente de las tareas de confección que estaba haciendo cuando ambos tuvimos la intención de tomar la misma masita, quedamos con los dedos entrelazados y la masita siguió en el plato.
La mamá miraba la escena sin comprender, su nena estaba de la mano con un hombre y conversando sobre costura.

Se hizo la distraída y siguió bebiendo su té, cuando se levantó de la mesa nosotros seguíamos hablando sin darnos cuenta que estábamos tomados por la mano.

Regresaba a casa planeando deshacer todas las relaciones, mis amiguitas especiales deberían reencaminar sus vidas.
Pensaba en Mary que estaba grandecita y se podría arreglar perfectamente sola en la vida, Margarita ya había logrado su objetivo primario, Martita era tan hermosa que conseguiría los noviecitos que quisiese, Alicia podría hacerle caso a un compañerito del colegio que le escribía cartitas de amor y se derretía por ella.

Pero Alicia era mi hijita, la quería muchísimo y habíamos compartido casi todas nuestras vivencias, sería imposible separarme de ella, yo sufría al estar unas horas sin verla aunque aparentaba indiferencia y no la abrazaba como antes.
Era una parte de mi corazón pero ya no la percibía como mi reina, era una nena a la que quería muchísimo, eso si.

Apenas llegué vino corriendo abrazándome con fuerza, la alcé diciéndole que la quería muchísimo, que no importaba lo que sucediese la seguiría queriendo hasta mi muerte, sellé su boquita con un beso para reafirmar mi compromiso.
Ella percibió que ese beso no tuvo la enloquecida pasión de hace unos días, algo serio estaba sucediendo. Nos fuimos al sillón y tímidamente preguntó "hay otra en tu vida ?"
Casi suelto una carcajada con la frase de mi nenita, pero quedé cavilando su ocurrencia, tenía razón, había otra mujer, otra relación.
Realmente no era una relación, solamente mi deseo por cambiar de vida y dedicarme a reencaminar la de Marlene intuyendo que no llegaría a nada físico con ella, solamente lograr devolverle la sonrisa que había perdido.

A Alicia solamente le dediqué una mirada triste, una tristeza que ella ya conocía hace un par de días. Le dije que era una mujercita muy joven, una nena aún, su vida recién comenzaba y yo no tenía derecho para interferir en su normal crecimiento.
Mi nena se trepó al regazo y me abrazó muy fuerte, casi me ahorcaba con sus bracitos mientras sus hombros se empezaron a sacudir levemente. Me contagié y también lloré con ella, al miramos nos secamos mutuamente, un poco con los dedos y un poco con los labios.
Terminamos abrazos fuertemente en un intenso beso que no queríamos cortar, podría ser el último y no queríamos que se terminase el momento.

Luego de cenar y ya en soledad, nos acomodamos en el sillón y le confesé que sería tremendamente duro vivir sin besarla, que su boca y toda su persona eran la razón de mi vida, que solamente me retiraría cuando ella lo pidiese. Sin hallar las palabras exactas le estaba diciendo que busque a quién entregar su amor, tal vez un muchachito de su escuela.
Hablábamos con las manos tomadas mientras nuestros ojos nuevamente se humedecían, el beso que vino fue interminable, ya daba lo mismo si el planeta se partía.

Al otro día busqué un departamento apartado a muchos kilómetros de casa y fui llevando mis cosas de a poco, casi ni se notaban el par de maletas que transportaba cada mañana.
Apenas terminaba de almorzar salía por mi caminata que terminaba en la vieja casona, la madre ya me recibía como a uno de la familia.
Nunca había tocado a Marlene más allá de sus manos, su carita y los diarios besos que nos dábamos, mientras estaba aprendiendo mucho de música y ya sabía reconocer a los compositores oyendo el primer acorde de algún tema.

Un día Alicia me pidió el diccionario, ella quería responder una cartita y comentó que escribiría evitando faltas ortográficas. A la otra mañana retiré las últimas pertenencias y dejé mi llave sobre la mesa. Mis labios aun percibían la tibieza del último beso depositado en la mejilla de mi hijita, ella partía caminando solita hasta el colegio.

Durante una cena le confesé a la madre que estaba enamorado de Marlene, que había modificado toda mi vida inspirado en ella. Le expliqué que no veía más a mi mujer desde que me mudé al departamento y lo estaba arreglando para casarme con su hija.
Le ofrecí legarle todas mis inversiones, menos la casa donde vivía Alicia con su madre. Explicó que dinero no necesitaban, habían heredado la casona y una cuantiosa suma depositada generando intereses.

Mientras me retiraba Marlene exhibía una sonrisa, la primer sonrisa franca que pude ver en su rostro, también fue la primera vez que me despidió con un beso en la boca a la vista de su madre.

A la mañana siguiente deseaba salir para verla, la llamé por teléfono y atendiendo la madre dijo que ahora Marlene estaba ocupada, comentó una visita de su hermano donde hablaron mucho hasta reconciliarse. Le había escrito una extensa carta a su sobrina y ella ahora estaba en su habitación leyéndola.

Me puse feliz por su familia volviendo a la normalidad y apenas almorzado salí para la consabida caminata. Al tocar la puerta me abrió un policía, había más gente y la madre estaba sentada con la cabeza gacha.
Yo imaginaba al tío volviendo a hacer de la suyas pero me contó entre sollozos que sonaba muy fuerte la música en el dormitorio de su hija, cuando fue a pedirle que bajase el volumen y dirigiendo la mirada hacia la entornada puerta del baño pudo observar la bañadera rebalsando. Se escuchaban fuerte los sones de Chopin tapando sus gritos.
Su hija ya había dejado caer la cuchilla que yacía en el fondo de la bañadera, oculta por el agua rojiza, también oculta por su lacia cabellera que flotaba en el agua.

El sepelio fue solitario, no apareció familiar alguno, la tenue llovizna enmarcaba el momento en que percibía mi vida destruída. Cuando volvimos a su casa le dije que me llevaba los CD de su habitación. El violín ocupaba el centro de su cama, parecía una persona acostada allí, o al menos eso sentía al besar la madera despidiéndome.

Apenas entré a mi departamento puse el primer disco en el reproductor y me senté en el piso como hipnotizado. Pasaron varios días en que no probé bocado y dormitaba en el suelo para poner otro disco en los momentos de lucidez.
Uno de los temas era Tristesse y tuve que mirar nuevamente el envoltorio para memorizar el nombre, lo pasé a mp3 para mi reproductor portátil.

A la semana ya había escuchado todos los discos, se cumplían 7 días y yo aún no había visitado su tumba.
Me puse delante de la computadora para eliminar todas mis cuentas de Internet y borré el disco principal con el comando FORMAT, ya no quedaban rastros de mi vida pasada. Al menos había logrado relatar 25 partes, aunque no llegaban a sumar mi edad.

Telefoneé a mi hijita para informarle que partía en un largo viaje, pidiéndole que viniese para tomar lo que guste y el resto se lo regalase al encargado del edificio. Agregué que la seguiría queriendo durante toda mi vida.

Compré el ramo de flores más grande que tenían a la entrada del cementerio, amenazaba lluvia y estaba desértico. Deposité la ofrenda sobre la loza que exhibía el nombre Marlene y la fecha.
Subiendo al máximo el volumen del mp3 me arrodillé para besar su tumba, pude escuchar claramente el sonido de la afilada hoja cuando la dejé caer al piso, también escuché la lluvia que iniciaba, pero me perdí los últimos compases de un violín que se desangraba melodiosamente en los auriculares.
El cielo también lloraba y nuestras lágrimas compitieron por caer sobre la piedra, por suerte la lluvia aclaraba la tonalidad de un charco: ya no se veía tan rojizo.
El sonido de las gotas parecía repetir constantemente Marlene, Marlene, Marlene.

(tal vez continuará con la saga Marlene)

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