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Calentando a mi hijo


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Relato enviado por : psicoanalista el 11/08/2015. Lecturas: 10547

etiquetas relato Calentando a mi hijo Amor filial .
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Resumen
Mi nombre es Mercedes y quiero contarles lo que sucedió entre mi hijo y yo.
Hace cerca de un mes, me encontraba en mi cuarto cambiándome de ropa, cuando noté por el espejo que mi hijo de 18 años, Lucas, me estaba observando.
Al darme vuelta, él se retiró con rapidez, pero lo llamé para pedirle que antes de salir de casa, me alcanzara algunas cosas que yo había dejado en el automóvil.
Cuando giró ante mi llamado, noté lo abultada que estaba su bragueta como señal indudable de una erección que él trató de disimular, tapándose con las manos mientras hablábamos.



Relato
Mi nombre es Mercedes y quiero contarles lo que sucedió entre mi hijo y yo.
Hace cerca de un mes, me encontraba en mi cuarto cambiándome de ropa, cuando noté por el espejo que mi hijo de 18 años, Lucas, me estaba observando.
Al darme vuelta, él se retiró con rapidez, pero lo llamé para pedirle que antes de salir de casa, me alcanzara algunas cosas que yo había dejado en el automóvil.
Cuando giró ante mi llamado, noté lo abultada que estaba su bragueta como señal indudable de una erección que él trató de disimular, tapándose con las manos mientras hablábamos.

Me causó algo de gracia el confirmar lo crecido que estaba ya mi hijo.
Tras una breve conversación se dirigió hacia su cuarto.
Minutos después, al pasar frente a la puerta cerrada de aquél, surgió en mí una sospecha que no puedo fundamentar con claridad, pero que me llevó a apoyar uno de mis oídos en la misma, lo que me permitió escuchar ciertos movimientos rítmicos.
Los que surgían de las maderas y el colchón de la cama y la respiración de Lucas, profunda al principio y jadeante luego, que no me sugerían otra cosa que una masturbación en curso.

Tengo 37 años y aunque Lucas es aún un bebé para mí, no dejé de pensar otra vez en lo grande que ya era mi hijo mayor.
Andrea, su hermana de 14 años, aún parecía ser muy inocente, a veces hablando de algún muchacho que le atraía, o que le escribía cartas o E-mails, pero sin que llegaran a nada serio.

La situación relatada me generó una variada serie de sentimientos. En primer lugar me preocupé, no por las presuntas maniobras de autosatisfacción de mi hijo, sino porque yo sospechaba que se había excitado observándome y el alivio que se procuraba me tenía como causante. Por otra parte me sentía orgullosa de confirmar que tengo un cuerpo atractivo aún. Pensé en qué había visto Lucas ese día y creo que vio mi espalda desnuda, mi cola parcialmente oculta por una tanga, quizás alguno de mis pechos de perfil. También sentí curiosidad imaginando las maniobras que ocurrían del otro lado de la puerta y alguna cosquilla entre mis piernas por lo que pasaba del otro lado.

Recordé que Lucas siempre desde que era pequeño, llamó la atención y provocó comentarios entre tías y amigas mías, mientras me duchaba lo llamé para que me alcanzara una toalla y al tomarla me incliné para que se me viera fugazmente un pecho. Otra vez salí envuelta en un toallón y de espaldas a él dejé que se me cayera y lo recogí inmediatamente. Una vez y vestida con una falda muy corta, le pedí que me sostuviera una escalera mientras yo subía a buscar algo sobre unos estantes. Imaginé su cara mirándome desde abajo y al bajar, vi otra vez, como en los días previos, la imponente tensión bajo sus pantalones. Y luego se dirigió a su cuarto como todos los días y otra vez me acerqué a escuchar, como yo también hacía todos los días.

A esta altura de los hechos, muchos pensamientos nuevos surgían en mi mente. La preocupación inicial se transformó en una mezcla de excitación y vergüenza. Esperaba cada día que mi hijo me espiara y ansiaba el momento de presentir lo que ocurría en su cuarto. Imaginaba su mente pensando en mí y su mano en su miembro subiendo y bajando con frenesí hasta vaciarse, en mi cara o en mi pubis.
Sentía además un creciente deseo de ver su miembro. Aquél que yo acariciaba e higienizaba cuando era un niño y que ahora se me ocurría como un arma poderosa capaz de hacer gozar hasta el desmayo a quien se le pusiera al alcance, incluso a mí. No soñaba con tenerlo dentro de mí, porque sabía que no sería capaz de cometer una locura así, pero quería verlo, mirarlo de cerca.

Mi vida sexual era tranquila. La frecuencia de acercamiento con mi esposo era baja y lejos de los ímpetus de nuestra juventud. Los hijos, los horarios de trabajo de Fernando, médico especialista en reumatología, y el cansancio que se acumulaba al final del día, llevaban a que a veces pasaran 2 ó 3 semanas sin hacerlo. El miembro de mi esposo era de tamaño regular y sin dudas no alcanzaba el que yo presumía que tenía Lucas. Nuestras relaciones eran también regulares, pero mi apetito había decaído salvo hasta ahora en que me encontraba enardecida.

Notaba también que algunos de mis compañeros de oficina o los hombres por la calle me miraban con intenciones muy claras, pero nunca les di lugar y desde que me casé, jamás me acosté con otro hombre. Un viernes por la noche tras haber cenado, me duché y salí de la toilette cubierta por una bata de algodón.
Mi marido no volvería hasta el domingo por haber asistido a un Simposio sobre enfermedades del tejido conectivo
Mi hija había ido a pasar el fin de semana en la casa de una compañera de colegio.
Decidí continuar con mi juego de provocación y me acerqué a conversar con Lucas que se encontraba tirado sobre un sofá en el living mirando una película en la televisión.

Me incliné dejando que se vieran parte de mis pechos y luego me senté a su lado con ambas piernas sobre el sillón y la bata entreabierta, que dejaba ver una de mis piernas hasta la ingle. Él me miraba de reojo mientras yo fingía leer una revista. Yo también de reojo, noté cómo crecía su verga. Sabía que mis fantasías no eran razonables, pero como me venía ocurriendo a diario, comencé a percibir que mi vulva se humedecía y tal vez el saber que el resto de la familia estaría afuera por dos días, me llevó a vencer mis prejuicios y a manipular la situación para aliviarme de esa…tortura.

Le tomé una mano a mi hijo, que con la otra intentaba ocultar su erección y le dije que había notado que le gustaba observarme y le pregunté si yo le parecía bonita. Trató de explicar que no, pero que yo sí era bonita y con y al preguntarle si yo lo hacía sólo con la mano, me dijo que a veces con la boca y le pedí que se distendiera y me diera detalles y me contó cómo yo le besaba la punta y luego los testículos y cómo luego me la metía hasta donde podía dentro de mi boca y la lamía y a veces me sentía ahogada y sacaba la boca y volvía a empezar. Me contó cómo yo me arrodillaba sobre él y me penetraba por la vagina y cómo, me ponía en cuatro patas, me untaba mi orificio anal con crema y me penetraba. Y le pregunté si yo gozaba y me dijo que sí, que mucho y que me gustaba que acabara en mi boca, pero cuando más gozaba era con su verga en mi culo, que yo gritaba desesperada y le pedía que se la metiera bombeándome y mucho sin parar, hasta el llegara hasta el fondo sentía en ese momento que él gozaba, pero temía lastimarme.

Al escuchar ese relato mi corazón parecía a punto de salirse de mi tórax, estaba transpirada y a punto de pedirle que me penetrara por detrás allí mismo. No recordaba el haber estado tan excitada desde hacía años y eso que el sexo anal sólo lo había realizado 4 ó 5 veces con mi marido, para conformar sus requerimientos y que no había gozado en absoluto. Con un gran esfuerzo por controlarme, le dije a mi pequeño que sus fantasías no podían cumplirse, porque si bien yo lo amaba, no era correcto que ciertas cosas ocurrieran entre madre e hijo. Pero que no estaba mal soñar y que todos tenemos sueños inalcanzables y que esto los hacía más bonitos. Que me alegraba de que sintiera lo que sentía por mí y de que hubiera sido tan sincero. Que dado que le gustaba mirarme, por este día lo iba a premiar dejando que me observara completamente desnuda y que iba a poder masturbarse libremente delante de mí mientras me miraba.

Dijo que le daba vergüenza, pero lo llevé de la mano hasta su cuarto y le pedí que se desvistiera. Lo hizo con temor y le indiqué que se recostara sobre su cama, mientras yo le acomodaba varias almohadas debajo de su cabeza. Parada a su lado le dije que se sacara el slip, y al hacerlo surgió una pija de tono sepia, en ese momento no plenamente erecta, con venas bien visibles, que se inclinó hacia la derecha. Enorme. Le acaricié los muslos y su verga se elevó de golpe como un mástil. Me separé y me paré a un metro. Le dije que él se pajeara mientras me observaba, pero que no nos íbamos a tocar en ningún momento.
Le di la espalda, saqué los brazos de las mangas y dejé caer mi bata hasta la cintura. Me di vuelta tapándome los pechos con las manos.
Mis pechos eran de buen tamaños, todavía erguidos y con pezones rosados, que en ese momento estaban durísimos.
Me los acariciaba mientras dejaba que se fueran viendo cada vez más y mi hijo se masturbaba con una mano, que trepaba y descendía por esa pijota, casi sin que pudiera rodearla con su mano.

Dejé mis pechos a la vista mientras me balanceaba de un lado a otro siguiendo el ritmo de la paja. Me di vuelta y dejé deslizar la bata para dejar al aire mi culo redondo, siempre alabado por mi marido y apetecido por tantos en el trabajo o la playa. Me seguí moviendo a medida que aumentaba la frecuencia de la paja, hasta que manteniéndome de pie, incliné mi tronco hacia adelante y con el culo a 50 cm. de la cara de mi hijo, con mis manos separé los glúteos para que pudiera ver y dada mi excitación, oler de cerca mi concha y mi ano. Él comenzó a gemir mientras yo aún inclinada giré la cabeza para la izquierda, donde a centímetros su pija parecía estallar. Estuve a punto de arrojarme sobre ella y engullírsela, pero me esforcé en controlarme.

Me recosté en la punta opuesta, lo ocurrido le había parecido incorrecto y me dijo que nunca había gozado así y que nada le parecía mal, y que le gustaría que ocurriera de nuevo y le dije que tal vez algún día y me marché a mi habitación. No me duché y decidí acostarme impregnada de los olores que me envolvían.
Desesperada comencé a acariciar mi vulva, mi clítoris y mis pechos, pensando en Lucas, pensando en su verga, casi sintiendo su gusto y necesitándolo dentro de mí.
Deseé haber tenido un vibrador que jamás se me había ocurrido comprar y metí mis dedos en mi concha y con la otra mano me acaricié con intensidad el clítoris hasta acabar y sin ceder con mis caricias reiteré varios orgasmos sorprendentes para mí. Hasta quedar dormida.

Desperté sobresaltada a las 4 de la mañana, agitada, creo que angustiada por lo sucedido y excitada por lo que pasó. La puerta de mi cuarto seguía cerrada. Me dirigí hasta el cuarto de Lucas cuya puerta estaba entreabierta. Asomé la cabeza y traté de distinguir entre las sombras si todo estaba bien. Al hacerlo, mi hijo me preguntó si era yo y qué ocurría y prendió la luz. Yo estaba desnuda todavía y sonreí diciéndole que bueno, que él ya me conocía así, sin ropa. Me miró extasiado y la sábana se movilizó y se elevó a la altura de su ingle. Me puse seria, avancé hacia él. Sabía que debía detenerme, pero no pude. El deseo era irresistible y era imposible que me controlara. Tomé la sábana, lo destapé, con ambas manos apreté su pijota y comencé a lamerle el glande.

Él me miraba azorado y yo le respondí con una mirada casi de súplica. Metí su verga en mi boca y bajé y subí la cabeza sin soltar su pija atrapada por mis manos y mi bebé se contorneaba y gemía. Giré mi cuerpo y me recosté sobre él para que tuviera una visión más completa de mi concha, pero él estiró su cabeza y con su dulce lengua comenzó a chupármela. Primero chupó con pasión mi concha que estaba a punto de explotar y luego mi orificio anal, y luego mi conchita y otra vez mi ano que se abría con el impulso de su lengua firme y casi experimentada, aunque mi niño me corroboró días después, que sólo había hecho el amor con un par de novias que tuvo, jovencitas como,él.

No quería llegar al clímax ni que él lo hiciera así, mediante estímulos bucales. Me aparté, de frente a él y montada sobre su cuerpo, me puse en cuclillas y descendí lentamente, mientras su maravillosa pija se introducía en mi concha, que se contraía y parecía aplaudir de alegría. Mi pequeñito, como si fuera un semental descontrolado, bombeaba dentro de mi vagina que no podía contener ese aparato descomunal.
Luego estiré mi cuerpo sobre el suyo y sin que su polla se escapara de mí, giramos mientras mi nene ahora encima de mí, arremetía con pasión y controlaba sus impulsos sabiendo que aún no era el momento y afirmando mi presunción de que mi chiquito sería muy feliz a lo largo de su vida, haciendo gozar a infinidad de damas. Yo le pedía que me perdonara, que no quería que esto lo dañara, que era su mami y que él tal vez me lo reprocharía en el futuro, pero mi nenito me contestaba que no, que era feliz, que me amaba, que me agradecía, que nunca lo dejara.

De pronto sentí una convulsión y me desparramé y derretí en mil orgasmos que venían y se iban y volvían y ¿está bien lo que hacemos? Y él que sí y qué cerrado y lindo era mi culito y yo desesperada tenía orgasmo tras orgasmo y deseaba que nunca terminara y que podía morir ahora, ya nada más importante tenía por hacer. Querido hijo, nunca fui tan feliz le dije, estoy lista para recibir todo lo tuyo, donde quieras, y lentamente sacó su pija y me pidió que se la chupara y lo hice sintiendo ese gusto mezcla de mí y de él y la masajeé con mis manos y la chupé con desesperación hasta que sentí como mi chiquito casi convulsionaba y derramó sus líquidos una y otra vez en mi boca, mientras se derramaba un poco y yo deglutía lo que podía, hasta la última gota. Nos dormimos abrazados y despertamos cerca del mediodía, por supuesto nuestro desayuno fue una penetración profunda y larga en el tiempo de inconmensurable sucesiones de orgasmos por mi parte, y tres inundaciones de semen por su parte…hasta que coincidemos que necesitábamos despabilarnos bajo la lluvia de la ducha….

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Comentarios enviados para este relato
brianart8 (6 de October de 2015 a las 22:47) dice: excelente relato, yo creo que muy bien redactado. felicidades


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