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Comenzamos jugando, y terminé convertido en un cornudo, cabrón, y hasta...


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Relato enviado por : narrador el 04/02/2018. Lecturas: 606

etiquetas relato Comenzamos jugando, y terminé convertido en un cornudo, cabrón, y hasta... Confesiones .
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Resumen

Después de estar casados, por diez años. Jennifer y yo como no queremos tener hijos, por aquello de romper la rutina matrimonial. Decidimos explorar por medio de una especie de juego sexual, entre nosotros dos, otras maneras de disfrutar del sexo. Nada del otro mundo, simplemente ya fuera ella o yo nos inventábamos alguna situación, en la que al principio fantaseamos, cambiábamos de nombres, y nos limitábamos únicamente a jugar en nuestra casa



Relato
. Por lo que en una ocasión, mi mujer se vistió como si fuera una adolescente, y como es blanquita, de cabello castaño claro, casi rubia, de baja estatura, delgada, con cara de niña buena, cuando se hace la coleta, además que tiene un cuerpito muy bien proporcionada. Por lo que fácilmente puede pasar por una adolescente. Yo que supuestamente era un policía corrupto, al encontrarla la calle extraviada, la llevé a una casa abandonada. En donde bajo la amenaza de hacerle daño a su familia, la obligaba a que hiciera todo lo que yo le ordenaba. Sé que suena algo muy morboso, y enfermizo. Pero bueno, la idea fue de ella, quien no tan solo se limitó a aportar la idea, sino que fácilmente me convenció de seguir con el juego. Ya que al verla con esa ropita tan juvenil, mostrándome sus blancas nalguitas, y con ese tono de voz que reflejaba inseguridad y temor. Al decirme que no le hiciera nada a sus padres, que ella haría todo lo que yo quisiera. Sin esforzarse mucho me convenció de seguir su juego. Esa noche, lo primero que le ordené hacer, fue que se quitara la ropa, pero que se quedara con los zapatos de colegiala, las medias tobilleras, sus blancas braguitas de algodón y su ajustado sostén del mismo color, así como coleta que se había hecho, para interpretar su papel a la perfección. Ella supuestamente muy avergonzada, casi llorando y temblando de miedo, obedeció mis órdenes. Para que luego yo interpretando mi papel de policía corrupto, la obligase a que me mamara la verga. Pero no conforme con eso, la coloqué bocabajo, le arranqué las bragas, separé sus piernas y nalgas. Mientras que ella me pedía llorando, de manera tan convincente de que no le hiciera daño. Tan convincente fue, que en cierto momento, pensé que se me había pasado la mano, y que ella me lo decía de verdad, por lo que me detuve. Hasta que Jennifer mostrándome una pícara sonrisa, me dijo. Tonto sigue, no me hagas caso, que eso es parte del juego. Por lo que yo seguí adelante, empujándole por su depilado coñito, toda mi verga. Mientras que ella casi llorando nuevamente, me pedía que me detuviera, pero de inmediato cambiando su tono de voz, me decía. No se te ocurra hacerlo. Que me lo estoy gozando todo. Por lo que incansablemente continuaba penetrándola, al tiempo que sádicamente, con una de mis manos, le apretaba sus paradas tetas. En fin, así fue como comenzamos nuestros juegos, solos, y en casa. Hasta que un día a Jennifer se le ocurrió, que en lugar de salir como de costumbre, para reunirnos con unas amistades, a escuchar música, bailar, y bebernos unos tragos, como de costumbre. Que en lugar d eso, aunque tan solo fuera una vez fuéramos solos a otro sitio, fuera de la ciudad, donde yo haría el papel de su amante, mientras que ella era la esposa infiel, que le gustaba montarle los cuernos a su marido. Para que el juego, fuera más interesante, hizo que me pusiera una ropa demasiado deportiva para mi gusto, y hasta hizo que me peinase de manera diferente, mientras que ella aparte de vestirse de manera bien sensual, y provocativa. Se maquillo, de manera algo exagerada, y se puso una peluca de color rojo. Por lo que más parecía una puta, que un ama de casa insatisfecha con su marido. Pero como la de la extravagante idea, fue ella. Yo seguí sus instrucciones. Y al bar donde entramos, por su manera de hablar, así como por lo que decía, sobre su supuesto marido, a nadie le debía quedar duda que yo era Mauricio, su amante de turno. Lo que en el fondo, me molestaba, pero a la vez me excitaba bastante. Ya que lo tomaba como parte de aquel loco juego, que mi mujer se había inventado. Y todo aquello, que en ocasiones nos absteníamos de hacer, a los lugares que regularmente íbamos como matrimonio, en aquel bar, nos sentimos en la plena libertad de hacerlo, como el que yo de manera descarada, mientras bailábamos, le agarrase las nalgas, o que Jennifer, o mejor dicho Juanita, que es el nombre que le encanta usar en sus juegos. Restregase sus nalgas contra mi cuerpo, mientras bailábamos, así como besarnos intensamente, sin importar quién nos estuviera viendo. Al salir de aquel bar, de inmediato nos metíamos a un motel, donde seguíamos con nuestro juego, y lo mejor de todo, eran las intensas y sabrosas mamadas de verga, que Jennifer, o mejor dicho en su papel de Juanita me daba, antes de que yo la penetrase salvajemente. En ocasiones cuando estábamos en aquel bar, en mi papel de Mauricio, había quien hasta me felicitaba. Y a la vez se compadecían del pobre cornudo del esposo de Juanita, ya que ella por llamar la atención, a toda boca decía que manteníamos fogosas relaciones, bajo las mismas narices de su esposo, que calladamente nos observaba sin decir nada. Lo que en parte me enorgullecía, pero por otra parte me hacía sentir mal. Además cuando yo en la casa, sin estar practicando ninguno de nuestros juegos, estando en la cama, le pedía que me diera una mamada, o trataba de darle por el culo. Jennifer se negaba, y hasta en algunas ocasiones, me llamó enfermo sexual. Cosa que no me decía, cuando se ponía su peluca roja, y salíamos a jugar como ella deseaba. Pero un día en que por motivos de mi trabajo, me tuve que quedar hasta bien tarde realizando una auditoría, en una de las sucursales del banco donde trabajo. Jennifer insistentemente me estuvo llamando, para decirme que deseaba que saliéramos. Yo tras explicarle lo complicada que estaba resultando ser aquella auditoría, le dije que dejásemos la salida para otra ocasión, por lo que mi mujer se molestó tanto, que antes de cortar la llamada, me dijo. Está bien si tú no quieres ir al bar conmigo, me iré sola, pero después no digas que no te lo advertí. Y aunque traté en repetidas ocasiones de comunicarme con Jennifer, ella simplemente no atendía mis llamadas, ya que apropósito dejó el móvil en casa. Cosa que me di cuenta cuando llegué, cerca de las dos de la madrugada. Mientras que ella llegó a casa, casi a las tres. Entró como si nada, se quitó toda la ropa, se dio una ducha, y sin llegar a quitarse su peluca roja, completamente desnuda se metió a la cama, cosa que por lo regular nunca hace, ya que se pone su ropa de dormir. Cuando yo comencé a reclamarle, Jennifer me ordenó callar, diciéndome de inmediato. Lástima que no quisiste ir, te hubieras divertido tanto. Fíjate que al no ver a Mauricio acompañándome, todos esos tipos, que se le salen los ojos viéndome bailar con él. Me invitaron a beber, y a bailar. Por la manera tan tranquila, en que mi mujer seguía contándome su aventura, pensé que estaba inventando todo. Diciéndome como algunos de ellos, le acariciaban sus paradas nalgas, a medida que bailaba con ellos. Pero de golpe me comenzó hablar de tipo, al que yo no conocía, describiéndomelo detalladamente. Quien según mi esposa, además de que no paraba de sobar sus nalgas, en cierto momento le dio un sabroso agarrón por su coño. Yo por mi parte, cada vez que le iba a decir algo, Jennifer me mandaba a callar, y seguía contándome, lo que para mí en esos momentos, era parte de su juego. Hasta que cuando traté de interrumpirla por cuarta vez, separando sus piernas, y agarrándose el coño, me dijo. Ahora quiero que me la mames, mientras te cuento como el tipo ese me dio por el culo, en el baño de caballeros. Yo la verdad es que me sentía, tan excitado escuchando su relato, que no dudé ni por un segundo, en hacer lo que Jennifer me ordenaba. Seguro de que todo era parte de su juego. Así que mientras le mamaba su coño, y ella restregaba mi rostro contra su cuerpo. Me dijo, que aquel tipo, a medida que la besaba intensamente, introduciendo su lengua dentro de la boca de ella, la llevó al baño de caballeros, y estando dentro, tras cerrar la puerta, primero la puso a que le mamara la verga, para luego, al ponerse ella de pie, subirle la fada, y prácticamente arrancarle la braga, la apoyó contra la pared, y salvajemente le dio por el culo. Al escuchar todo eso, de mamar su coño, pasé a penetrarla salvajemente. Como ya les dije, pensando que todo eso era creado por su imaginación. Pero al terminar de venirme, Jennifer me dijo. Ya sabes lo que hice, y si no te gusta, te puedes ir hiendo de la casa. Porque yo voy a seguir hiendo al bar, sola de ahora en adelante, ya que me divierto más. Yo no podía creer lo que terminaba de escuchar, y cuando le pedí que dejara el juego, viéndome de pies a cabeza, se quitó la peluca roja, y me dijo. No estoy jugando, te he contado toda la verdad, y nuevamente te digo, que si no te gusta, te puedes ir muy largo al carajo. Yo me quedé estupefacto, sin saber que decir, ni hacer. A la mañana siguiente, Jennifer se levantó, preparó el desayuno como de costumbre, y tanto ella como yo actuamos, como si no hubiera pasado nada. Pero al llegar el viernes, sin decirme nada, se vistió provocativamente, se puso su peluca roja, y cuando me vine a dar cuenta, ya estaba saliendo de casa, vestida como si fuera una puta, ya que estaba usando una mini falda extremadamente corta, que dejaba ver si mucho esfuerzo gran parte de sus nalgas, así como su coño, apenas cubierto por unas mínimas bragas negras, medias de maya del mismo color, así como unos zapatos de taco tipo aguja, como un liguero, además de una ajustada blusa roja, que dejaba prácticamente todas sus tetas, al aire, diciéndome. No me esperes despierto, o mejor dicho no me esperes. Y sin más ni más se fue. Yo me quedé en la casa, sin saber qué hacer, y aunque de manera bien clara me dijo que no la esperara, esperé despierto en la cama a que ella llegara. Jennifer regresó a casa en la madrugada, aunque demoró un buen rato en entrar, y cuando finalmente entró a casa, al igual que la otra ocasión, sin decirme nada, se quitó toda su ropa y entró a la ducha. De algo que si me di cuenta fue que cuando regresó a casa, esa madrugada, ya no cargaba su pequeña braga negra. Pero al salir del baño, sin nada de ropa, y sin su peluca roja, dirigiéndose a mí, de manera bien alegre, mientras se acostaba a mi lado, me dijo. Ven que te voy a contar todo lo que hice. Yo me quedé como pasmado, pero de inmediato continuó diciéndome. Me volví a encontrar con aquel tipo, se llama Ricardo. Y toda la noche la pasamos, besándonos, y acariciándonos. Hasta que en cierto momento, metió su mano bajo mi vestido, y de la manera más descarada, me quitó la braga, diciéndome que le estorbaba para agarrar mi coño. Yo no podía creer, que Jennifer me estuviera contando todo eso, lo peor de todo, es que a medida que ella me seguía diciendo, las barbaridades que ambos hicieron en la mesa de aquel bar, yo me sentí tan excitado, que aunque la escuché contarme como le había mamado su verga a ese tipo, me puse a besarla como un loco desesperado, por penetrarla. Cosa que no dejó que yo hiciera, hasta que comenzó a decirme, que él la había acompañado hasta la puerta de casa, y que en el mismo pasillo de la entrada, la había penetrado, no hacía ni media hora. Pero apenas terminó de contarme eso, separó sus piernas, y agarrándome por la nuca, hizo que me pusiera a mamar su coño. Mientras no paraba de decirme, lo mucho que le había gustado, que él la acompañase hasta la casa, y le clavase su verga, en el pasillo de la entrada. Yo seguí mama, que mama, hasta que Jennifer, después de disfrutar de un tremendo orgasmo, me dejó que la penetrase, contándome como en la mesa del bar, le había estado mamando a él, su parada verga. Yo no lo quería aceptar, pero prácticamente sin darme cuenta o querer, ella me había convertido en un cornudo cabrón, que disfruta escuchando a su mujer, contándole sus últimas aventuras. Por lo demás, nuestra vida seguía igual, pero una de esas noches que Jennifer salió sola, como ya era su costumbre, regresó un poquito más temprano, pero acompañada de un tipo, alto moreno, de contextura atlética. Yo cuando los vi entrando a casa, me quedé aterrado, y aunque mi deseo era decirle que se largara, con su acompañante, me faltó la voluntad. Máxime cuando ella dejando a ese tipo en la sala, me agarró por la mano, y mientras caminábamos fuera de la vista de su invitado, me dijo de manera bien autoritaria. Tienes dos opciones, una es que te vas, ya mismo a pasear, y regresas cuando no veas su coche, eso sí, sales por la cocina, para que él no se sienta incómodo. Y la otra es que, sin hacer ruido alguno, te metas en la otra habitación, hay por lo menos podrás escuchar, todo lo que mi amigo, y yo hagamos en la cama, ha y por la misma razón, no te atrevas a salir, hasta que te lo ordené, tú decides. Sumisamente, sin hacer ruido, ni decir una sola palabra, me dirigí a la otra habitación. Por un rato escuché como mi mujer y su acompañante se divertía en el sofá de la sala, y por lo poco que lograba escuchar entendí que Jennifer, estaba dejando que aquel tipo, acariciara todo su cuerpo. Mientras que yo no me atrevía a ni tan siquiera a asomarme, para verlos. Pero de momento escuché a Jennifer decirle, vamos al cuarto, la cama es mucho más cómoda que este sofá, y en confianza te puedes quitar toda la ropa, como yo. Lo que me dio a entender, que mi mujer ya había comenzado a desnudarse, sin la menor vergüenza frente a su amante. Yo mentalmente me torturaba, diciéndome a mí mismo que era poco hombre, por permitirle a Jennifer, hacerme eso. Pero apenas entraron al cuarto, y los comencé a escuchar, de manera mucho más clara. Primero pegué mi oreja a la puerta, para escuchar mejor. Pero como las dos habitaciones comparten un baño en común de inmediato, me di cuenta que los podía ver a través del ojo de la antigua cerradura. Ya que la puerta al baño, y frente a la puerta de la habitación donde me encontraba escondido, está la puerta de nuestro dormitorio, que se encontraba abierta, y por aquel ojo de la cerradura podía ver la cama, que se encuentra frente a la puerta del baño, mientras estuvieran en el centro de la cama, a los dos los podía ver claramente, a pesar de que atenuaron la luz de la habitación. En ese momento logré ver como Jennifer, mi mujer completamente desnuda, estando agachada sobre el cuerpo desnudo de aquel tipo, de espaldas a él, y con su vista hacia la puerta del baño, sonriendo maliciosamente se iba dejando penetrar por su coño. Yo no quería ver eso, pero a la misma vez me moría por verlos follando, viendo como aquella verga, entraba y salía del coño de mi esposa. Jennifer, gemía de placer, mientras movía sus caderas, restregando sus nalgas contra el cuerpo de su amante. Mientras que el muy desgraciado, acariciaba las nalgas, y tetas de Jennifer. Por mi parte, me encontraba tan excitado, que debido a la fuerte erección que me provocaba ver a mi mujer, siendo la amante de otro hombre, tuve que sacar mi pene del pantalón, para sentirme un poco más cómodo, pero casi de inmediato, sin apartar mi ojo derecho, del ojo de la antigua cerradura, comencé a masturbarme suavemente, mientras que Jennifer seguía cabalgando sobre aquel tipo. Hasta que de momento, fue ella la que a toda voz, seguramente para que yo la escuchara con claridad, le dijo. Amor, quiero que me des ahora por el chiquito. Por lo que de inmediato, tras ponerse de pie, y aquel tipo moverse, mi mujer de manera lasciva, y vulgar se puso en cuatro patas, ofreciéndole su sabroso culo, diciéndole a toda voz. Vente papito, dame como a mí me gusta, bien duro. Yo que ese momento lo que podía ver era la espalda de aquel tipo, lo que me daban ganas era de atravesar la puerta y dirigirme a su lado, para ver como aquel pedazo de carne, penetraba a mi mujer. Pero de solo imaginármelo, seguí haciéndome la paja. Mientras la escuchaba a ella como gemía de placer, cada vez que su amante se lo seguía empujando, sin detenerse. Yo desde luego que me vine, como un verdadero cornudo cabrón, mientras que Jennifer y su amigo siguieron follando a pierna suelta. Pero de algo que me di cuenta, fue que si mal yo no recordaba, aquella cerradura por la que estuve espiándola, tenía siempre su llave puesta, y siempre que Jennifer sale del baño, cierra la puerta. Por lo que pensé, que intencionalmente quitó la llave, y dejó la puerta del baño abierta, para que yo los observara. Claro que eso nunca he pensado decírselo, porque seguramente o se burlaba de mí, o me regañaría. Ya serían como las tres, o cuatro de la madrugada, cuando su amigo se marchó, y al poco rato, Jennifer abrió la puerta de la habitación donde yo estaba, esperando ansioso que me ordenase salir. Completamente desnuda, despeinada, y con su culo y coño chorreando leche, me dijo. Agarra la esponja, y mientras me ducho pásamela por la espalda. Lo que yo sumisamente me dediqué hacer lo que ella me ordenaba, sin que me lo dijera comencé a pasar mis dedos, por el hueco de su culo, así como por su coño, para limpiar el semen de aquel tipo, que aún estaba chorreándose por sus muslos. Bueno, esa madrugada, a pedido suyo, le mamé su coño, hasta hacerla disfrutar de un intenso orgasmo. Sin importarme mucho, que aquel tipo hubiera tenido su verga dentro. Situaciones como esa se repitieron un sin número de veces. Y a pesar de lo avergonzado que me sentía, ya fuera observando por el ojo de la cerradura, o espiándolos por la ventana de nuestra habitación, me satisfacía. Pero una noche Jennifer, antes de salir a divertirse, en lugar de encerrarme en la otra habitación, me ordenó que los esperase desnudo, en nuestro dormitorio. Cosa que sin oponerme hice, en silencio. Hasta que regresó ya en la madrugada, acompañada por un tipo, al que yo jamás había visto en casa, alto de anchas espaldas, de cabello color zanahoria, y sumamente pecoso. Y que para colmo, era extranjero, ya que mi mujer le hablaba en ingles únicamente. Yo la verdad es que en esos momentos, ni idea tenía de para que Jennifer, me quería a su lado, sin nada de ropa. Ya que apenas se comenzaron a besar, ella me ordenó que me sentara en la silla de su cómoda, y que los observara. Lo que así hice, mientras siguieron besándose, acariciándose, y mutuamente quitándose toda la ropa. Hasta quedar completamente desnudos, y él con un miembro, casi del mismo tamaño y grueso que el mío, la comenzó a penetrar, por su abierto y depilado coño. Mientras que yo suavemente masturbaba viéndolos. En ese momento, cuando Jennifer se dio cuenta de lo que yo hacía, la escuché, cariñosamente decirme. Queridito, ven quiero que te pongas a mamar. Yo no dude ni un instante en hacerlo. Así que a medida que aquella verga, entraba y salía del coño de Jennifer, yo gustosamente, le chupaba todo su clítoris. Hasta que ella con sus manos, hizo que mi boca quedase en pleno contacto, con aquella verga. Por lo que en ciertos momentos, sin atreverme a quitarme de ahí, también le estaba mamando la verga al tipo ese. Pero al poco rato, Jennifer tras escuchar algo que aquel tipo le dijo. Riéndose me ordenó que me separase de ellos. Yo pensaba volver a tomar asiento, cuando Jennifer, sin dejar de sonreírse, me dijo. No, no que va cariño, no te sientes, sigue mamando mi coño. La verdad, es que no pensé en otra cosa, y cuando confiadamente seguí chupándole el coño a ella, aquel tipo me agarró las nalgas, las separó, y en un abrir y cerrar de ojos, me clavó su verga, por el culo. Mientras que mi mujer se reía de mí, por la cara que puse, como si fuera una verdadera loca. Lloré, maldije, amenace, pero todo eso no sirvió de nada, aquel tipo continuó empujándome toda su verga, dentro de mi culo, sin compasión alguna. Mientras que Jennifer, tras darme una buena bofetada, me volvió a ordenar que siguiera mamado su coño. Cosa que seguí haciendo, al tiempo que también, por orden de ella, comencé a mover mi culo. Después de esa vez, si ella en algún momento me tenía algo consideración o respeto, lo perdí todo. Ya que en ocasiones, en lugar de venir acompañada, por un nuevo amante, se trae dos, y en ocasiones hasta tres. Obligándome a mí a que los observe, mientras ella se divierte con ellos. Cuando no es que me ordena, que me dejé hacer lo que a ella, o a ellos les da la gana. Lo último que me ha pasado, fue que me han vestido, y maquillado como a una puta barata. Poniéndome una mini, zapatos de tacos, medias de maya, bragas, y tan solo un sostén, además de ponerme su peluca roja, y ella misma maquillarme. Para que luego mientras Jennifer se divertía de lo lindo, follando en nuestra propia cama, con uno de sus amantes, los otros dos en un rincón de nuestro dormitorio, a la fuerza me hicieron beber hasta emborracharme, para luego obligarme que actuara como una puta, sodomizarme, obligándome también a mamar sus vergas. Jennifer viendo como yo hablaba, actuaba, chillaba, y me movía. Cuando me enterraban alguna de aquellas vergas, por mi culo o por mí boca, ella se reía a carcajadas. Estoy mal, no debería ser tan sumiso, y complaciente con Jennifer, y sus amistades. Sé que al leer esto, pensarán que es algo extremadamente exagerado, pero si como yo aman a su mujer, disfrutarían realmente todo lo que a ella la haga sentirse feliz, incluso el que seas un cornudo cabrón, y en ocasiones hasta maricón.

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