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Días antes de su boda


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Cangreburguito Relato enviado por : Cangreburguito el 16/01/2014. Lecturas: 5762

etiquetas relato Días antes de su boda Voyeur .
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Resumen
A tan sólo unos días de su boda, llevé a una amiga de despedida de soltera.


Relato

PRIMERA PARTE:

Hace un mes un antiguo compañero de preparatoria hizo una reunión a la que acudí. En la tertulia saludé a varios de mis ex compañeros que no veía desde hace una década. Muchos de ellos ya estaban casados y algunos incluso ya tenían hijos. Yo, para mi fortuna, aún no me enredo en tal compromiso y lo digo pues noté que la mayoría de los que sí lo han hecho (tanto hombres como mujeres) son quienes más han cambiado físicamente, quedando casi irreconocibles. Por tanto, fue grata mi sorpresa cuando vi el arribo de Lorena.

Parecía que su silueta no había cambiando en lo más mínimo. Un entallado y corto vestido cubría su cuerpo tal y como usualmente lo hacía en aquellos años de bachillerato. En esos días, cuando atravesaba la explanada de la escuela, llamaba la atención de muchas miradas. No era para menos pues Lorena era de las pocas chicas que tenía, y aún tiene, una buena razón para usar tales prendas. Sus piernas y muslos mantienen buena forma y firmeza, sus redondeadas caderas llaman de manera natural la mirada, y sus nalgas destacan por su buen tamaño y perfil.

En esos pensamientos estaba yo, viéndola de abajo hacia arriba, cuando me miró y se acercó a saludarme. Nos abrazamos y de esta manera pude sentir sus senos aplastándose sobre mi pecho, a la vez que disfruté del delicioso aroma que emanaba de su largo cabello.

Lorena y yo conversamos; en la plática salió el tema de su próximo matrimonio. Según me contó, su futuro esposo era un compañero de trabajo y ya tenían cinco años de novios. Me invitó a su boda y le prometí asistir.

De regreso a casa no pude despegar de mi mente la imagen de Lorena. Tenía dieciséis años cuando ambos estábamos en el mismo grupo durante nuestros estudios de preparatoria. Sin ser la chica de rasgos más finos del salón, sí era la de mejor físico. De tez morena, sus bien torneadas piernas habían ganado popularidad gracias al frecuente uso de muy cortas minifaldas y vestidos tan entallados que acentuaban perfectamente las curvas naturales de su cuerpo.

En ese tiempo era demasiado tímido y nunca me acerqué a ella tanto como me hubiese gustado. Me conformaba con; y a decir verdad era para mí ya un gran deleite; conseguir alguno que otro roce aparentemente accidental. Fue así que furtivamente llegué a tocar algunas partes de su cuerpo como sus nalgas o sus bien formados pechos.

No obstante mi mayor logro, en aquellos años de colegio, fue durante una visita a un museo que un pequeño grupo de compañeros hicimos por encargo escolar. Cinco de nosotros, entre los cuales también iba Lorena, acudimos al Museo Nacional de Antropología viajando hasta allí en Metro. Dado que fuimos en día y horario laboral, tuvimos que enfrentarnos a las grandes masas de gente, de tal suerte que, mientras mis otros tres compañeros alcanzaron lugar en uno de los vagones, Lorena y yo quedamos rezagados y debimos esperar al siguiente convoy. Éste venía casi tan repleto como el anterior pero como había más gente a nuestras espaldas, una vez que se abrieron las puertas, tales personas nos empujaron precipitadamente al interior del vagón quedando Lorena justo enfrente de mí y tan apretados que no nos podíamos ni mover. Mi sexo quedó prácticamente incrustado entre sus nalgas y sólo la tela de nuestras ropas separaba mi pene de sus bien formados glúteos. En tales condiciones me fue inevitable tener una erección que estoy seguro ella también percibió, aunque nunca dijo nada. Ese momento quedó tan grabado en mi memoria que aún hoy disfruto al recordarlo.

Al deleitarme con aquel recuerdo de hace diez años; rememorando detalles como: el rico olor de su cuello, mi miembro deliciosamente atrapado entre sus perfectas nalgas, y aquel placentero calor entre nuestros cuerpos; mi miembro, tomó tal firmeza bajo el pantalón que me incomodaba mientras conducía.

Froté mi erección sobre mi pantalón, aprovechando el alto de un semáforo en rojo. Tardíamente, me di cuenta que, desde la ventanilla de un microbús, un pequeño grupo de chicas colegiales de instituto podía verme y se reían de mí al observar cómo restregaba mi miembro. Avergonzado, me aleje tan rápido como pude una vez la luz cambió a verde.

Al llegar a casa no pude esperar más y busqué a Lorena en el facebook. Por este medio nos mantuvimos en contacto y días más tarde pude ver unas fotos en las que aparecía junto a su novio y futuro marido, un tipo llamado Álvaro. Aún sin conocerlo, no pude evitar sentir celos de quien tendría la envidiable fortuna de compartir la vida con aquella maravillosa mujer.

Con aquel sentimiento en mi interior decidí proponerle a mi antigua compañera de estudios llevarla de despedida de soltera antes de su boda. Pese a su inicial resistencia, le propuse ir a un sitio que conocía bien, pues un amigo trabajaba allí. Ella se sorprendió de que tuviera un amigo stripper y le expliqué que lo conocí en un gimnasio hace algunos años. Le prometí que se lo presentaría y que de seguro le agradaría, fue así que logré convencerla.

Nos citamos en un café. En el lugar tuvimos la oportunidad de platicar; por la conversación pude notar que, más que por amor, Lorena se casaba por presiones de sus padres quienes, chapados a la antigua, temían que se quedara soltera sin alguien que la respaldase cuando ellos faltaran. Yo por mi parte le expresé que, desde mi punto de vista, una mujer, al igual que un hombre, no necesitaba forzosamente del matrimonio para realizarse en la vida, pero claro que si en verdad amaba a su futuro marido le deseaba lo mejor en su unión. Ella sólo esbozó una sonrisa tras oír mis palabras.

Posteriormente nos fuimos al antro en dónde ella se mostró muy divertida al ver el show de algunos strippers. Luego de aquello le presenté a mi amigo Roberto quien, en prendas propias de su oficio, dejó impresionada notablemente a Lorena. La verdad es que su musculatura está bien trabajada, aunque lo que más llamó la atención de mi amiga, según pude darme cuenta por los breves pero constantes vistazos que le daba, era el tremendo paquete que se guardaba en el interior de su tanga. Por más que ella quería disimular no podía evitar revelar el interés que aquel bulto le provocaba.

Bebimos unas cuantas copas, lo que animó a Lorena para mantener una amena conversación con Roberto. Mientras tanto en mi mente calenturienta, alejada de aquel diálogo, rumiaba la idea que había tenido desde el día en que se me ocurrió llevarla a ese antro. Sin pensármelo más interrumpí la plática entre aquellos dos para pedirle a mi amigo uno de sus servicios especiales para Lorena. Ella, por un momento, se quedó boquiabierta pues no se lo esperaba y un poco avergonzada, o por lo menos aparentándolo, dio un par de negativas las cuales Roberto terminó por vencer al decirle que su servicio sería bastante soft. Además lo haría en un lugar reservado, lejos de miradas indiscretas pues estarían sólo ellos dos. Enfatizó que yo la tendría que esperar en la mesa donde hasta ese momento estábamos. Lorena me vio como si necesitara de mi respuesta a tal condicionante y por supuesto que yo asentí.

Una vez hecho lo anterior, Lorena se fue acompañada por mi amigo. Mientras él la conducía, sin que ella se diera cuenta, me hizo una seña que yo supe interpretar por lo que poco después llamé a un camarero.

Hacía tiempo Roberto me había confiado que en los privados, a donde llevaban a la clientas que solicitaban un servicio de esa índole, había manera de espiar. Los privados eran pequeños cubículos ubicados detrás de la bodega, y estaban separados de ésta tan sólo por un muro que no llegaba hasta el techo, de tal suerte que, trepándose en algunas cajas, uno podía asomarse. Las clientas pocas veces miraban hacia allí, por lo que no notaban que eran espiadas e incluso grabadas mientras disfrutaban del servicio. Roberto me mostró unos de esos videos en su celular y me había prometido que algún día me invitaría a mirar personalmente, así que pensé, qué mejor ocasión que ésta.

Roberto se había puesto de acuerdo con el camarero que nos atendió aquella noche para que me llevara a la bodega a cambio de una suma de dinero. Suma que le pagué al joven y después de eso se marchó dejándome solo en aquel cuarto. Con cuidado coloqué unas cajas sobre otras y trepe hasta poder asomarme hacia los cubículos. Cuál sería mi sorpresa al ver que Lorena y mi amigo ya estaban en plena faena sexual. Es cierto que había fantaseado con aquello pero creí que mi amigo sólo la pondría a punto y que no llegaría a tanto. Roberto estaba sentado en una silla plegadiza y sobre él Lorena lo cabalgaba como verdadera jinete. Me asombró el desenvolvimiento de mi antigua compañera, nunca me lo habría imaginado, se movía con mucha agilidad e ímpetu. Los gemidos de mi amiga llenaban el lugar, el cual, por sus características, creaba una reverberación de esos sonidos que los hacían aún más cachondos y sensuales. Escucharla gemir de esa manera y verla menearse de tal forma me hizo pensar: «Vaya que aquella mujer apetecía una cogida como esa».

Poco después, vi cómo Roberto, tomándola de su cintura con ambas manos, la levantó hasta que su pene salió de la vagina. Lorena se quedó parada frente a él contemplando atónita aquel instrumento que le acababa de brindar tal placer. Parecía como si ella no pudiera asimilar, aún, cómo aquel pedazo de carne, tan largo y grueso como el brazo de un niño pequeño, hubiese podido entrar todo en su estrecha cavidad.

Mientras, de forma ágil y resuelta, Roberto acomodaba a Lorena sobre sus cuatro extremidades en aquella pequeña silla (de tal forma que pudiera fallársela de a perrito) alcancé a escucharla diciéndole que era la primera vez que cogía con alguien a quien apenas había conocido unos minutos antes. Roberto sólo se limitó a levantarle la falda (que Lorena ni siquiera se había molestado en quitar) y la comenzó a penetrar.

Debo reconocer que el cabrón de mi amigo sabe su oficio pues desde las primeras embestidas ya la tenía gimiendo de placer. Los embates eran cada vez más brutales mientras que las manos de él se aferraban a la estrecha cintura de mi ex compañera con tal fuerza que no le permitían escapar de tan frecuentes y feroces penetraciones.

Pese a los varios minutos él no parecía agotarse, la bombeaba duro y constante, al mismo tiempo que Lorena expulsaba gemidos cada vez más agónicos de placer. Parecía que Roberto podría seguir así durante horas y horas pero mi amiga, después de tan sólo veinte minutos, ya no aguantó más y gritó: “¡Ya… ya por favor para, para!”. Después de una última y contundente estocada, y sin siquiera haber eyaculado, mi amigo sacó su largo y carnoso miembro del cuerpo de Lorena, a quien ayudó a incorporarse.

Supongo que el haber estado en aquella posición durante todo ese tiempo la había engarrotado pues al ponerse en pie se dio un estirón para desentumecerse expulsando una especie de gemido bastante sensual. Durante aquel movimiento por poco me descubre, pues miró hacia arriba, pero me guarecí a tiempo. Aún sin volverme a asomar los oí charlar detrás del muro. Lorena le decía que ni su novio, quien dentro de poco se convertiría en su marido, la había colmado de tanto placer como él lo acababa de hacer. Roberto, en tono guasón, le dijo que él estaría a sus órdenes cuando lo necesitara, ya fuera soltera o casada. Ella rió en respuesta.

Cuando los volví a espiar, Roberto sostenía con ambas manos las pantaletas de mi amiga a quien caballerosamente ayudaba a colocárselas. Ella introdujo primero uno y luego otro pie en dicha prenda y él la subió cuidadosamente hasta acomodársela. En agradecimiento, Lorena le dio un tierno beso al mismo tiempo que una de sus manos se topó con el miembro erecto de mi amigo. Al notar que seguía tan firme como al principio, ella froto aquel pedazo de carne comentándole: “¿A poco te vas a quedar así?” Roberto, a la vez que le acariciaba el rostro, le respondió: “Si quieres me vengo aquí, en tu hermosa carita”. Lorena bajó la mirada un poco chiveada e incluso se sonrojo, después respondió que no, pues al salir yo me daría cuenta de lo ocurrido ya que, aunque se limpiase, quedaría oliendo. Roberto maliciosamente le pregunto: “¿A qué quedarías oliendo?” A lo que Lorena respondió más sonrojada que nunca: “Pues a qué va ser, a semen”. Roberto rió y le dio otra opción, le dijo que se le vendría en su boquita y así ella podría lavársela posteriormente, pues él disponía de enjuague bucal. Lorena lo besó en señal de asentimiento y se dispuso a hincarse para estar a la altura del miembro de mi amigo. Roberto colocó una pequeña colchoneta para que ella no se lastimara las rodillas.

Después de quitarse el condón, que hasta aquel momento había cubierto su pene, Roberto acercó su miembro a los labios de Lorena y se masturbó hasta conseguir el clímax. Eyaculó tanto esperma que parte del líquido se le escapaba por las comisuras de los labios a mi ex compañera. Lorena se levantó buscando un lugar donde escupir pero al no encontrarlo terminó por tragárselo de una sola vez.

Cuando los vi irse también salí. Pese a mis esfuerzos ellos me ganaron. Lorena trataba de localizarme viendo a su alrededor por lo que me acerqué explicándole que había ido al sanitario. Pícaramente les pregunté sobre su experiencia a lo que ella, sin evitar sonrojarse, sólo respondió que había estado bien. Yo ya no quise insistir en el tema y guardé silencio mientras veía que Lorena entrelazaba los dedos de una de sus manos con los de Roberto. Pensé que de seguro aquel no sería el único encuentro entre ellos dos. Casada o no casada ese cabrón seguramente se la volvería a coger. Fue inevitable sentir un poco de celos ante tal posibilidad, sin embargo, no podía dejar de lado que yo mismo lo había provocado. Yo los había presentado.

Durante el trayecto en el auto, y mientras contemplaba la sonrisa tan plena en mi amiga, reflexioné y me di cuenta que no debía apesadumbrarme, de hecho comencé a sentirme orgulloso de haber acercado a mi antigua compañera a tal experiencia, pues era una mujer hermosa que se merecía disfrutar de su cuerpo y, esa noche, sin duda lo había hecho. Me sentía feliz por ella.

Al llegar a su casa se despidió dándome las gracias. Antes de bajar del auto me dio un beso muy cerca de mis labios y yo alcancé a oler, proveniente de su boca, un cierto tufillo que sin duda provenía del esperma de mi amigo. Percibir aquel aroma me produjo una mezcla de sensaciones; por una parte me causó repulsión pues sentía como si me hubiera embarrado dicho líquido en mi cara, pero también me llevó a recordar la lujuria expuesta por Lorena apenas unos minutos antes.

Mientras veía a Lorena caminando hacia la puerta de su casa, contoneando aquella sugestiva figura, una erección crecía bajo mi pantalón. Sabía que por el momento no me quedaría más que masturbarme en honor a mi amiga así que encendí mi auto para irme a casa inmediatamente.

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