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DETECTIVE MARLOW, ¡ERES INCREIBLE!


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Relato enviado por : gustavo8000 el 01/03/2012. Lecturas: 5344

etiquetas relato DETECTIVE MARLOW, ¡ERES INCREIBLE! relatos cortos .
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Resumen
El mejor detective de la costa Oeste se llama Marlow, y resulta que también es un profesional… ¡en la cama! Sígannos a través de un thriller de acción y sexo en todas las cotas de depravación… Espero que les guste.


Relato
Eran las diez cuando sonó el teléfono. El característico sonido telefónico se le incrustó en la cabeza como si tuviera dentro una campana. ¡Menuda resaca! Marlow gruñó, y se levantó de mala gana hasta su despacho, de donde procedía aquel artilugio maléfico.
-¿Diga…?
- ¿Detective Marlow?- preguntó una sugerente voz femenina. Aquella voz le despertó del todo. Interesante…, ¡una mujer!
- El mismo.
- Me han dicho que es el mejor… detective… de la ciudad.
- Ah, ¿sí?- Marlow no pudo disimular un deje sarcástico en su voz. Aquí todo el mundo le odiaba. Debía ser de fuera, concluyó Marlow.- ¿Eso dicen?
- Sí… eso dicen. – Aquella forma de hablar le gustaba. Era sensual. ¿Quería jugar con él acaso?. Pues lo cierto es que se estaba poniendo bien duro. - ¿Qué desea señorita…?
- Señora, señora Muller… Sara Muller.- estaba casada. Decepción.
- Está bien, señora Muller. ¿Qué desea?
- Mi marido ha desaparecido. – Silencio. – Hace dos días que no aparece por casa, y temo que le haya pasado algo.
- ¿En qué se basa para tener tal sospecha, señora Muller?
- No se ha llevado nada de casa. Dijo que salía para hacer un negocio en Las Vegas hace dos días. No he sabido nada de él, y estoy preocupada.
- Señora, siento decirlo con tanta franqueza, pero… ¿ha pensado en la posibilidad de que su marido haya conocido alguna furcia de tres al cuarto y esté pasándoselo bien en Las Vegas? Por desgracia, esas cosas ocurren de vez en cuando. ¿Su matrimonio va bien?
- Señor Marlow. Mi marido no tiene por qué quejarse de mí. Ya lo comprobará… No, no temo porque mi marido me haya puesto los cuernos. Pero temo que haya tenido algún problema en la ciudad. Quiero que vaya a echar un vistazo, averigüe si está bien y tráigamelo de nuevo a casa.
- Señora, me parece que va usted a tirar el dinero. Ya verá como su marido aparece en menos de 48 horas. Pero usted paga, y yo trabajo, ¡en fin!
- Venga a mi casa y hablaremos de sus honorarios.
***
Dos horas después, Marlow aparcó delante de una lujosa villa del sur de la ciudad. Sin duda, aquella gente vivía bien. Seguro que podría sacar una buena tajada de aquel caso. Llamó al timbre y esperó.
Abrió la puerta una mujer imponente. Marlow se quedó anonadado, mirándola de arriba abajo.
- En verdad, su marido sería gilipollas si buscase consuelo en cualquier rubia de Las Vegas, señora Muller.
- Gracias, detective- le dijo con una media sonrisa en la cara. – Pase.
Marlow la siguió hacia el salón. La mujer caminaba delante de él, con un suave contoneo que destacaba sus caderas bajo el vestido ajustado. La señora Muller era una mujer imponente, muy alta y de largas piernas, con caderas marcadas, cintura estrecha, y pechos generosos. Toda ella de rojo: zapatos rojos de tacones infinitos; la minifalda roja, corta y ajustada, apenas escondía un cuerpo escultural, y la blusa blanca bajo chaqueta roja apenas podía disimular unos pechos aún turgentes. Debía tener en torno a cuarenta, aventuró Marlow. Aun con todo, no pudo evitar tener deseos de follarse a aquella hembra. Marlow se sentó en un sofá del enorme salón y la señora Muller sirvió dos whiskys con hielo. A continuación, le entregó un par de fotos.
- Tome. Este es mi marido. Se llama Tom Muller. Es contable, y gana mucho dinero.
- Ya se ve.
- Sí. Como le decía, gana mucho dinero. Es muy posible que ya le siguieran la pista desde aquí, y que hayan intentado extorsionarle aprovechando su viaje a Las Vegas.
- ¿Cuál era el motivo de su visita a Las Vegas?, ¿negocios?
- No… Placer. Mi marido tiene unos gustos… digamos, poco habituales. Como yo no los comparto… bueno, él consigue satisfacerlos en Las Vegas.
- ¿Y usted?
- Eso…. No viene al caso ahora. Este es el contacto de mi marido en Las Vegas. Ahí tiene todas sus señas. Confío en que trabajará con discreción y diligencia, señor Marlow.
- Por supuesto. Y ahora… hablemos de mis honorarios.
- Le daré 5.000 dólares por adelantado. Para sus gastos… A la vuelta, con mi marido aquí, tendrá 50.000 esperándole… confío que, al final, los dos quedemos… satisfechos… con el trato.
- Eso dependerá si consigo encontrar a su marido y hacer que vuelva. De estos 5.000 dólares que me entrega, tomaré 1.000 para gastos. El resto, si no encuentro a su marido, se lo devolveré.
- Señor Marlow, no dudo que le encontrará. Su reputación… le precede.
Marlow se cruzó la mirada con la señora Muller unos instantes. Aquella mujer desprendía un magnetismo animal. Se despidió y regresó a su casa, para preparar una maleta: tenía un caso de nuevo, esta vez en Las Vegas.
De camino a su despacho-casa, no dejaba de pensar en la señora Muller y en lo extraño de aquel caso. Era una mujer preciosa, espectacular, y muy sensual. Sin embargo, daba la sensación de que su marido no se ocupaba de ella, que la tenía abandonada. Marlow pensó que para eso, aquel hombre debía tener unos gustos extraños, o ser gay, para dejar abandonado a semejante bombón.
Ya en su despacho, Marlow hizo algunas llamadas a sus contactos en la ciudad del juego. El contacto que le había proporcionado la señora Muller era un conocido traficante de la zona. No era muy importante, pero no era buena gente. Aun con todo, era una persona muy relacionada. Una persona que te podía poner en contacto con quien quisieras por la cantidad conveniente. Y el señor Muller tenía esa cantidad. La cuestión era con quién querría ponerse en contacto Muller.
Terminó de preparar las cosas para su viaje y se metió en la ducha. Desnudo bajo el agua caliente, su mente volvió a recrear el maravilloso cuerpo de aquella mujer de hechizo. Inevitablemente, su verga fue creciendo hasta coger tono y empezó a masturbarse lentamente. La meneaba sin prisas, disfrutando del agua caliente y de notar cómo su mano se deslizaba sobre su miembro, arriba y abajo, mientras pensaba en la voluptuosidad escondida debajo de aquel traje de chaqueta, y en el deseo de besar aquellos labios pintados con un carmín rojo intenso. Todo en aquella mujer era rojo, calor, deseo… Marlow aumento el ritmo de los movimientos de su mano mientras se imaginaba quitándole toda aquella ropa y descubriendo sus ganas de ser poseída. Marlow aceleró más, meneando frenéticamente su verga, apretándola fuertemente, y sintiendo cómo el placer aumentaba instante a instante para, finalmente, alcanzar un punto de no retorno, y tener un orgasmo mientras bombeaba oleadas de leche caliente que se diluían con el agua de la ducha.
***
Las Vegas. Tras varias horas de viaje en su viejo Mustang, Marlow atravesaba la avenida principal de la ciudad del juego. En aquella ciudad uno podía encontrar cualquier vicio que se le antojase, por raro que fuera, por lo que el secretismo de la señora Muller respecto a los gustos de su marido no le había ayudado nada en absoluto. Por tanto, decidió que lo mejor que podía hacer era ir a hablar con el sujeto que ella le había dado por contacto. Pero para eso necesitaría a Romualdo.
Romualdo era un tipo carismático. Esa era una forma suave de decir que era rematadamente feo. Brasileño de nacimiento, Romualdo ya nació feo, pero un marido cornudo cabreado terminó de arreglarle la cara. Pero feo o no, regentaba uno de los mejores clubs de striptease de la ciudad. Al ver a Marlow, una horrenda mueca iluminó su cara.
- Pero, ¿qué ven mis ojos? ¡No lo puedo creer! ¡Pero si es Marlow!. ¿Qué haces aquí, viejo amigo?
- Negocios, Romualdo, negocios. ¿Cómo estás?- Se dieron un cordial abrazo, y se sentaron en la barra del bar. Al fondo, una stripper practicaba con la barra americana. El bar estaba muy tranquilo a esas horas.
- Muy bien. No me quejo, el negocio va bien y la competencia no aprieta mucho. Aun con todo, esto ya no es lo que era. La gente ya no golfea tanto como antes. Ahora, con las redes sociales, cualquiera liga y echa un polvo sin tener que pasar por caja.
- J aja ja, ¿de verdad?. ¡No lo había pensado!. Lo probaré, Romualdo- dijo Marlow, divertido.
- No en mi ciudad, Marlow. ¡Me ofendes!- dijo serio, pero al momento relajó su expresión seria, horrorosa en su cara- Pero bueno, cuéntame, qué te trae por aquí.
- Ando buscando a un tipo – le enseñó la foto.- Se llama Tom Muller, bajito, sobre la cuarentena… su mujer no sabe nada de él desde que llegó a Las Vegas, hará tres días ahora.
- Normal. Eso le ocurre al 90% de los hombres cuarentones que llegan a esta ciudad. ¡Eso no es un caso para ti, amigo! Dentro de cuatro días volverá con el rabo entre las piernas a su casa, o pidiendo el divorcio a su mujer, pero el caso es que volverá. Esto es Las Vegas, cariño – dijo haciendo aspavientos como si fuese una Drac-Queen.
- Sí, lo mismo pensé yo, pero su mujer me dijo que los gustos de su marido no eran comunes. Y me picó la curiosidad… eso, y que ahora ando bajo de faena.
- Ya… y claro, pagaban bien y… ahora lo veo, te quieres follar a la mujer.
- Romualdo, no se te escapa una.
- ¿Está bien, verdad?.
- Demasiado bien para que su marido se venga aquí a Las Vegas a follar con otra. Por eso creo que su marido tiene algún vicio extraño y quiero conocerlo. Además, se puso en contacto con un personaje de interés. – añadió, tendiéndole el nombre.
- Pues sí, seguro que es un vicio extraño, si anda buscando a este tipejo – dijo Romualdo, poniendo cara de asco, lo cual no le resultó muy difícil.
- No te cae bien, por lo que veo.
- Es una rata de cloaca. Pero tiene muchos contactos…desde luego, si quiere algo fuera de lo normal, teniendo dinero, él se lo proporcionará.
- ¿Dónde puedo encontrarle?
- Yo te diré dónde encontrarle… pero antes, tú y yo nos vamos a montar una juerga, por los viejos tiempos. ¡Tengo mercancía nueva, amigo mío!
Marlow no pudo más que sonreír. Acompañó a Romualdo hacia unas escaleras, y subieron hasta un segundo piso, a una especie de suite amplia donde había un par de camas redondas bien grandes. La habitación tenía varios espejos estratégicamente colocados de modo que desde la cama uno se podía mirar desde diferentes ángulos.
- Vamos, por los viejos tiempos.- Romualdo intercambió unas palabras con un hombre antes de entrar. Marlow ya sabía cómo iba aquello, no era la primera vez que realizaba esto con Romualdo. Se desnudó hasta quedarse en ropa interior y se dejó caer en una de las camas, mientras Romualdo hacía lo propio en la otra.
- Ya sabes que me gusta probar el nuevo género. Así me toman cierta fidelidad.
Al momento entraron dos chicas. Debían tener en torno a los 20 años. Una era rubia, pequeñita, con el cuerpo muy bonito y una carita de ángel. La otra, más bien pelirroja, era un poco más alta y muy blanca de piel.
- De todas maneras, esto ya no es lo de antes, ¿sabes?- continuó Romualdo como si no notase su presencia.- Ahora ya vienen demasiado aprendidas, y uno ya no les causa tanta impresión. O eso, o es que ya me hago mayor.
- Las dos cosas- rió Marlow.
- Mmmh, sí, quizá sí. Pero bueno. En fin, ¿cuál de las dos prefieres?
- Pues no lo sé, las dos son parecidas. Que elijan ellas.
- Está bien. No es mala idea. Que elijan ellas.
Las chicas se quedaron desconcertadas, sin decir nada. No sabían cómo actuar.
- Aunque Romualdo es muy feo, la tiene más larga. – Dijo Marlow divertido. Lo cierto es que Romualdo había llegado donde había llegado por su legendaria verga. A base de follarse agujeros de todo tipo y color, se había hecho un hueco en el mundo del sexo en Las Vegas, hasta que acabó fundando su propio club y convertirlo, a base de esfuerzo y tesón, en uno de los más importantes y respetados de la ciudad. Aquella polla y su fama eran capaces de vencer el poco atractivo de su horripilante rostro. Al decir aquello, la rubia se fue directa hacia su futuro jefe.
- Sin duda, la pelirroja se va a llevar la peor parte- ironizó Romualdo. – ¿Qué tal si te pasas a esta cama, Marlow? Necesito ver cómo trabajan.
- Está bien.
Se juntaron los dos en aquella cama inmensa, y al momento, las chicas se les acercaron. Se pusieron a cuatro patas y les quitaron los calzones. Marlow no pudo evitar mirar el enorme miembro, todavía medio flácido, de su amigo brasileño. Las dos chicas, sin decir palabra, se pusieron a mamar verga. Pronto, las pollas se fueron estirando y poniéndose bien duras.
- La mama deliciosamente- le dijo Marlow a su compañero. Por aquel entonces, ya estaban totalmente empalmados y se notaba visiblemente que el brasileño la tenía más larga. La rubia le comía la polla con ganas y maestría. Pero la pelirroja también hacía bien su trabajo.
- Sí. Ahora ya no hay que enseñarles nada. Solo probar el género, y listas para funcionar.
- En fin, no te quejarás.- Rieron los dos.
Charlaron amistosamente mientras les comían la polla por cosa de diez minutos. Romualdo le hizo un gesto a su chica para que se pusiese a cuatro patas y empezó a metérsela por detrás con ganas. La chica pronto empezó a gemir, antes las embestidas del negro y su gran verga. Tras unas embestidas, Romualdo indicó a la muchacha pelirroja que hiciese otro tanto con su invitado. La chica puso cara de miedo. No en vano, Marlow no la tenía tan larga, pero sí increíblemente gruesa.
La pelirroja se puso a cuatro patas y Marlow enfiló su arma. Se la metió poco a poco, para que ella pudiera acomodarse, hasta que sintió que se humedecía por completo. Hacía tiempo que no se follaba a una chica tan joven y notaba su coñito estrecho y poco usado. Le empezó a bombear, y la chica pronto se puso como una moto: estaba disfrutando de lo lindo. Ella empezó a jadear, a gritar y berrear. Romualdo se excitó sobremanera viendo disfrutar a la pelirroja y acabó corriéndose en la espalda de su rubia, que ya iba por el segundo orgasmo.
- Joder, tío. Me pone tan cachondo ver cómo las pones. Ya veo que no has perdido un ápice de tu sexappeal, cabrón.
- Mira. Qué le voy a hacer.
- Bien, cómo sé que vas a aguantar un rato. Yo me voy bajando ya. Disfrútala todo lo que quieras. Cuando termines, ahí tienes una ducha preparada.
- ¿Cómo? –dijo jadeante la pelirroja, abriendo los ojos como platos.
- Sí querida –rió Romualdo.- No sabes a quién te enfrentas. De todos modos, ahí tienes lubricante en la mesita, nena. Te hará falta. Marlow, ya me dirás cómo ha ido.
- Muy bien, gracias. Y ahora nena, ponme un poco de lubricante, si no quieres acabar escocida. ¡Cariño, yo no me canso!
Una hora después…
- ¡Oh, Marlow! ¡Eres increíble!- dijo la muchacha, totalmente exhausta.
***
Marlow se despidió de su amigo y salió en busca del contacto. Juan Pérez era un hispano oscuro y taimado que se movía como pez en el agua en la cara oculta de Las Vegas. No fue difícil encontrarlo, pues realizaba sus trabajos a plena luz del día, sin esconderse de nadie. Bastaba con untar bien a la policía y no llamar mucho la atención. Llegó a la dirección indicada por Romualdo: una pequeña tiendecita de cuadros, toda una tapadera, pensó Marlow. Al entrar, lo reconoció al instante detrás del mostrador.
- Buenos días, ¿qué desea?
- ¿Es usted Juan Pérez?- el hombre se puso serio.
- ¿Quién lo pregunta?
- Lo pregunto yo – dijo seriamente. Se miraron por un instante en silencio.
- ¿Y para qué lo busca, si puede saberse?- Marlow sacó un billete de cien dólares y lo puso sobre la mesa. Aquel tipo le iba a costar dinero, pero podría ser un buen contacto para futuras operaciones.
- Quiero hacerle unas preguntas.
Pérez cogió el billete.
- ¿Qué clase de preguntas?
Marlow sacó la fotografía de Muller. Se la giró encima del mostrador.
- Yo hago las preguntas, usted da las respuestas.- dijo, sacando otro billete verde pero manteniéndolo retenido por su mano.
- Veré qué puedo hacer…
- ¿Conoce a este hombre?
- Es posible... – El billete cambia de manos.
- ¿Lo ha visto recientemente?
- Quizás…- Otro billete.
- ¿Dónde puedo localizarlo?
- Eso le va a costar… varias preguntas. Tiene que comprenderme, estoy traicionando a un valioso cliente– dijo con una sonrisa de hiena, excusándose. Marlow sacó 500 dólares y se los entregó.
- Ahora ya me viene a la memoria. El señor Muller se aloja en el Red Beef Motel, en la carretera del Norte, a pocos kilómetros de aquí. Hable con el conserje y dígale que va de mi parte. Le atenderá diligentemente.
- ¿Por qué ha recurrido a sus servicios… de cuadros?
- Pues porque yo soy capaz de encontrar cualquier…. cuadro en esta ciudad, del tipo que sea.
- ¿Qué clase de cuadros?
- Eso – le dijo con mirada divertida.- le dejaré que lo descubra usted.
Marlow lo miró fijamente. Aquel tipo era engañoso. Romualdo lo había subestimado. Aquel tipo enclenque debía tener más poder en la ciudad de la que parecía. Bajo su tapadera de afable tendero de cuadros, debía tener una sólida red de contactos y bien organizados, una pequeña industria del vicio oculto que, llevada con discreción y sin molestar a nadie, se extendía por toda la ciudad.
- De acuerdo. Espero que me haya dicho la verdad, sino volveré por aquí a… recuperar mi dinero.
- Lo sé, pero no le hará falta. Mi negocio se basa en la confianza en el trabajo bien hecho.
- Me imagino. Quizá nos volvamos a ver en otra ocasión…
- ¿Y quién es usted, si puedo saber?
- Ah, la curiosidad mató al gato. Eso le costaría más de lo que le he dado.
Marlow giró sobre sus talones y salió en busca de la dirección que le había dado Pérez.
***
Estaba oscureciendo cuando Marlow llegó al motel. Como no tenía previsto volver esa noche a su casa, se dirigió a la recepción y alquiló un apartamento, volvió sobre sus pasos.
- Buenas noches de nuevo. He estado hablando esta tarde con el señor Pérez… - dejó que el nombre calase en el recepcionista, que no inmutó el semblante. – Me dijo que usted me podría indicar dónde encontrar a este hombre.
El recepcionista, no dijo nada. Salió de la recepción y le hizo un gesto para que le siguiera. Asomándose a un descampado al que daba la parte trasera de las habitaciones, le señaló una pequeña cabaña justo al final del edificio de habitaciones.
- Búsquelo allí. Suele llegar a medianoche. No se aloja aquí.- añadió indiferente, y volvió a su garita sin dar más conversación.
De acuerdo con lo que le dijo el recepcionista, Muller no llegaría hasta dentro de unas horas, así que podría reconocer el terreno previamente. Volvió a su habitación y sacó todo lo necesario para realizar sus pesquisas. Amparado en la oscuridad, se acercó a la caseta y con ayuda de unas ganzúas y su pericia de ex delincuente abrió la puerta sin grandes dificultades.
Allí no había nada. Tan solo era un cuartucho empleado para guardar diferentes herramientas de mantenimiento del motel. Pero allí no había rastro de la presencia de Muller o de alguna actividad diferente a lo que indicaban las herramientas. Aquello empezó a olerle a chamusquina.
De repente, un ruido. No le dio tiempo a girarse. Un golpe sordo, todo se vuelve negro. La inconsciencia.
***
No sabía dónde se encontraba. Abrió los ojos con dificultad. Estaba en penumbra. Intentó moverse pero no pudo. Estaba maniatado en una cama, y le dolía la cabeza como si le fuese a estallar. Poco a poco, fue recordando. Alguien le debió golpear en la caseta de herramientas del motel y perdió el conocimiento. Ahora, yacía en una cama, atado de pies y manos. Apenas iba vestido con sus bóxers, pero por suerte, en esas épocas del año no hacía frío en Las Vegas. ¿Cómo había acabado así?
Se encendieron las luces. Estaba en una especie de nave industrial, totalmente vacía a excepción de la cama donde se encontraba, unos focos portátiles y unos sillones alrededor de la cama. El resto de la nave estaba vacío y el silencio campaba por sus anchas. Marlow intentó zafarse de sus ataduras, pero estaba fuertemente asido. Empezó a asustarse: no sabía contra lo que se enfrentaba.
Gritó. Eco en la nave. Nada.
Así estuvo como cosa de media hora. De repente, empezaron a resonar varios pasos por la nave. Notó que se iban acercando hacia él por detrás de su cabeza por lo que no pudo ver nada. Finalmente, llegaron hasta detrás suyo.
- Señor Marlow… ya tenía ganas de conocerlo. Me preguntaba cuánto tardaría en enviarle mi mujer…
- Señor Muller – contestó Marlow intentando mostrar serenidad.
- Es curioso cómo me echa de menos, cuando no puede ni verme –dijo con un tono de desprecio.
- Ya se sabe, ni contigo ni sin ti, señor Muller- dijo Marlow lacónicamente.
- Sí. En efecto, sí.
Muller avanzó unos pasos y entró en el campo de visión de Marlow. Era un individuo pequeño, rondando la cincuentena, pelado, muy poca cosa. Nada que ver con la mujer que tenía. Aquella unión solo podía explicarse por el dinero de aquel tapón. Al parecer, el matrimonio no era más que una tapadera. La mujer le daba una presencia normal y de éxito, aunque al hombre le gustasen otras cosas en la intimidad.
- Se estará preguntando usted qué demonios hace aquí.
- En verdad, me estaba preguntando quién ha sido el desgraciado que me dio el golpe, para partirle la cara cuando salga de aquí.
- Claro. Qué descortesía por mi parte… Iván, Draco, acercaos. Quiero presentarle, señor Marlow, a mis queridos guardaespaldas. Son muy cariñosos, conmigo claro, pero a veces no les gusta la presencia extraña alrededor mío…
Aquello no eran hombres, eran armarios, analizó Marlow. Para partirles la cara iba a necesitar al menos una viga de hierro. Tendría que meditar su venganza, pensó con disgusto.
- Si quiere usted, ya les concertaré una cita para que solucionen sus diferencias…
- De acuerdo, señor Muller. ¿Y ahora me podría explicar qué hago yo aquí?
- Creo que eso me lo tendría que decir usted, señor Marlow, ¿no cree?
- Pues no, no creo. Yo andaba buscando un retrete en el motel, porque el de mi cuarto se había estropeado, y me acabo de despertar aquí.- dijo poniendo cara de falsa sorpresa.
- Señor Marlow, eso no es lo que dice el recepcionista del motel, ni tampoco mi amigo Pérez. – Muller maldijo para sí mismo por confiarse tanto. Anotó mentalmente partirle las piernas al infecto Pérez.
- Señor Marlow, ¿sabe? No me gusta que me mientan. Se lo tengo dicho a mi mujer cientos de veces, pero sigue sin aprender. Pero tampoco me gusta que me sigan. – dijo con un tono contenido, aunque se notaba, por lo cortante, el enfado que tenía.
- A mí tampoco me gusta que me golpeen por la espalda, y mire, aquí estoy. En fin.
- Tiene razón, señor Marlow… pero, ya que ha decidido unirse a nosotros…, ¡ah!, parece que ya llegan mis invitados. Me temo que tendrá que excusarme, pues tengo que atenderlos…
Muller desapareció de su vista nuevamente, pero sus hombres parecieron ponerse manos a la obra, como accionados por algún resorte. En un tiempo récord, instalaron unos falsos tabiques y fueron instalando el diferente mobiliario hasta organizar una habitación completa. Lo que antes era una nave enorme y vacía se había reducido a una habitación cálida y espaciosa. La cama ocupaba el lugar central, y rodeándola, a modo de abanico, se abrían unos departamentos separados por pequeños parabanes. Cada departamento disponía de un amplio sillón de piel y una pequeña mesita, donde los dos gigantes dispusieron bebida, y diferentes utensilios sexuales. Marlow sintió un poco de náuseas. Le encantaba el sexo, pero tenía la sensación de que iban a abusar de él de alguna manera, y que iba a ser observado por los que ocupasen aquellos asientos. Esto se ponía muy feo.
Muller volvió acompañado de varias personas. El propio Muller se encargó de acomodar a cada una de ellas en sus respectivos departamentos, reservándose para él el central. En total, tendría 7 observadores. Marlow empezó a sudar. Aquellos tipos llevaban máscaras, por lo que no les veía la cara, aunque intuía que uno de los invitados era una mujer.
Se acomodaron. Los dos gigantes se colocaron a los lados de la cama, así que apenas los podía ver por el rabillo del ojo. A un gesto de Muller, entró una veintena de mujeres y un par de hombres, apenas vestidos con ropa interior. Uno a uno, los visitantes fueron eligiendo a una o dos mujeres, que se quedaron junto al sofá de su elector. Los dos hombres fueron a parar al lado de la única mujer.
Quedaron en el centro de la habitación diez mujeres. Muller miró a Marlow un momento, y con un gesto despidió a todas menos a dos. Marlow se fijó en ellas. Una de ellas era muy pequeñita, bajita y muy joven. Rondaría los 18 o 19 años, pero toda ella era muy poca cosa. Si Muller tenía en mente que se la follase él, tenía por seguro que la iba a romper. La otra, sin embargo, tenía mejor pinta: morena con buenas caderas y una delantera firme y prominente. Aquella sí le gustaba.
Muller hizo sonar una campanita. Los invitados fueron desnudados por sus ayudantes, y ya una vez así, se tumbaron cómodamente en sus sofás. Algunos de ellos hicieron gestos a sus acompañantes para que empezasen a meneársela, mientras que la mujer agarró las dos pollas de sus ayudantes y empezó a meneárselas. En general, observó Marlow, aquella panda de depravados rondaría entre los cincuenta y los sesenta, según estimó por la flacidez de sus cuerpos. Ninguno de ellos estaba dotado, y la mujer tampoco era ninguna maravilla. De lo que sí estaba seguro Marlow era que tenían dinero y eran unos viciosos.
Muller hizo sonar otra vez la campanita. A su sonido, las dos chicas que habían sido seleccionadas se dirigieron hacia Marlow. Sin decir nada, le quitaron los bóxers dejándolo totalmente desnudo. La morena se puso a menearle la gruesa polla, intentando empalmarla, mientras la rubia accionaba una maneta al lado de la cama haciendo que esta se reclinase ligeramente hacia delante. Ahora podía ver con mayor claridad toda la escena… y ellos a él.
La morena pronto hizo gala de estar muy bien amaestrada. La chupaba de maravilla y su polla, pese a que mentalmente intentaba negarse a aquella sodomía, empezó a empalmarse. Cuando ya estaba empalmado, la morena empezó a sobarle la polla con sus enormes tetas. Aquello le perdía a Marlow, que se excitó sobremanera.
Por suerte, Muller, atento en el sofá, indicó a la morena que se detuviese y cediese sitio a la otra chica. Esta, a todas luces más inexperta, siguió mamándo la verga con decisión. Mientras, la chica morena no perdió el tiempo y empezó a sobarle el coño a su compañera. Marlow levantó la vista más allá de las dos mujeres. Los hombres invitados disfrutaban del espectáculo masturbándose, o bien dejando que sus compañeras de sofá lo hicieran por ellos. La mujer, en cambio, se la chupaba a uno de sus acompañantes mientras el otro le hacía una comida de coño profesional. Menuda orgía, pensó Marlow. Pasaron diez minutos así. Marlow andaba bastante excitado por la escena y la rubia hacía bien su labor, pero entonces Muller ordenó a la morena que regresase a su lado, dejando a Marlow solo con la rubia. La iba a romper, pensó.
Muller tocó la campanilla. La muchacha sabía de antemano lo que tenía que hacer. Se giró y se montó sobre su verga empalmada. Marlow notó que le entraba con verdadera dificultad, que estaba sufriendo mucho. Sin duda, su coño no estaba acostumbrado a recibir una verga de semejante grosor. Con la cara contraída de dolor y concentración, intentó adaptarse lo más posible, pero no hubo manera. La penetración acabó por desgarrarle: estaba demasiado poco lubricada. Aun con todo, siguió en su empeño.
- Pero, ¿qué haces? Te voy a romper. Párate.
- No puedo.- dijo jadeando de dolor.
- ¿Cómo que no?
- Si lo hago, no solo es que no me pagarán, sino que me darán una paliza- me indicó en un susurro.
En los departamentos, la orgía había pasado a otro nivel. A estas alturas, los hombres se follaban a alguna de sus invitadas, mientras la otra les comía los huevos, o se besaba con su compañera. Algunos miraban a Marlow mientras enculaban a su chica, otros imitaban la postura que ahora hacía la rubia sobre él. La mujer era enculada por uno de sus chicos seleccionados, mientras le comía el rabo al otro. Marlow miró a Muller. Este disfrutaba del espectáculo con los ojos bien abiertos, mientras la boca de la muchacha morena le dedicaba una especial atención a su verga.
Muller se la quitó y con la polla empalmada –poca cosa observó Marlow- se acercó hasta donde estaban sus guardaespaldas. Estos le proporcionaron un cuchillo. Aquello se ponía cada vez peor. Sin decir nada, le soltó un tajo en un brazo a la chica rubia, que soltó un grito de dolor. Con el brazo ensangrentado, Muller reclamó la presencia de la chica morena para que siguiese chupándole la polla. Se desató una especie de frenesí en la sala. Los invitados de los departamentos se habían puesto a follar como locos, y Muller obligó a follar al mismo nivel a la mujer rubia.
Finalmente, la chica acabó acostumbrándose y fue imprimendo más ritmo a sus embestidas. La orgía fue ascendiendo en su nivel de excitación, y Muller le propinó otro cuchillazo en la pierna a la chica rubia, y después un cuchillazo a la chica morena en la parte posterior de la espalda. Todo el mundo estaba desbocado, y ya follaban con una intensidad animal. Muller se acercó a los diferentes departamentos, y fue repartiendo cuchillazos estratégicos en los cuerpos de las chicas que habían sido seleccionadas por cada invitado. El frenesí estaba llegando ya al estado de paroxismo.
Aprovechando aquello, Marlow intentó hablar con la chica rubia.
- Hey, me tienes que ayudar. Tienes que hacer algo por soltarme de esta cama.
- No puedo – dijo entre jadeos.
- Claro que puedes. ¡Y debes! ¡¡Yo no me canso!! Acabaré por destrozarte ese coñito tan prieto que tienes, y esta gente no parece dispuesta a darte lubricantes para aliviarte, al contrario, te va a desangrar como la orgía siga mucho tiempo… No seas idiota, ¡ayúdame!
La chica tuvo su primer orgasmo y cayó rendida. Pero Muller se acercó y le dio una nueva cuchillada en la espalda, conminándole a seguir. Con visible dolor, la chica se giró y se empaló de frente a mí, mirándome por primera vez a los ojos. Estaba sufriendo un dulce calvario, pero aun con todo, estaba siendo contra su voluntad. Disimuladamente, puso sus brazos extendidos sobre mis nudos, y con sumo cuidado fue intentando desatar los nudos que me ataban a la cama. Tras cinco minutos de esfuerzos y otro orgasmo más, consiguió desatar los dos nudos. Nadie prestaba ya atención a estas cosas. Uno de los invitados sacó su polla y se corrió en la espalda de su compañera, mezclándose los chorros de leche con la sangre que la chica emanaba de un corte en su espalda. Acto seguido, el hombre se tumbó en el sofá mientras sus acompañantes se disponían a limpiarle la poca lefa restante de su verga.
- Ahora las piernas, ¡rápido!-siseó Marlow
La muchacha se giró, dejándome ver su espalda rajada ya en dos ocasiones, y goteando sangre. Se empaló y es estiró todo lo que pudo hasta apoyar sus manos en los nudos y tras varios segundos y un tercer orgasmo que la dejó temblando, consiguió soltar estas ataduras.
- De acuerdo. Ahora, a la de ya, te voy a tirar al lado derecho de la cama. Tú tranquila, que de esto me encargo yo. ¡Ya!
Sucedió todo en un abrir y cerrar de ojos. Marlow se lanzó por el lado izquierdo de la cama para reducir al primero de los guardaespaldas. Iván fue sorprendido por la velocidad de reacción de Marlow, que le propinó un certero golpe en la entrepierna. Iván se dobló sobre sí mismo, lo que aprovechó Marlow para propinarle un rodillazo en la cara que le rompió la nariz y lo dejó inconsciente. Tuvo el tiempo justo para girarse y protegerse del derechazo que le lanzaba Draco, que ya había rodeado la cama. Los invitados y sus acompañantes pararon ante lo que acontecía en la cama principal, y empezaron a dar gritos. Cogieron sus ropas con intención de irse de allí como alma que lleva el diablo.
Marlow trastabilló al protegerse del primer golpe, pero no pudo evitar un fuerte puñetazo en las costillas. Cayó sobre la cama y rodó hacia el otro lado, mientras intentaba hacer caso omiso al dolor que empezaba a emerger de su costillar. Draco rodeó de nuevo la cama, pero esta vez no cogió desprevenido a Marlow, que ya le esparaba preparado para defenderse. Por muy gorila que fuese, no le duró más de tres golpes. Marlow era más rápido que aquella mastodóntica masa de carne, y tenía un entrenamiento en artes marciales muy sofisticado, y Draco acabó yaciendo en el suelo inconsciente como su compañero. Los invitados ya gritaban y temblaban como flanes, pero Muller había desaparecido.
Marlow echó un vistazo a su alrededor. Parecía que todo estaba en calma. Localizó su ropa detrás de la cama, y se vistió lo más rápido que pudo. Mientras, los invitados salieron corriendo por uno de los tabiques laterales y, para cuando Marlow estuvo en condiciones de reaccionar, allí solo quedaban los dos guardaespaldas tendidos, la rubia y la morena.
- Bueno, chicas. Se acabó la orgía.- les dijo sonriéndoles. Vestíos. Os llevaré donde os puedan curar.
***
Marlow trasladó en silencio a sus dos compañeras de cama hasta el pub de Romualdo.
- En otras circunstancias, me habría gustado echarte un polvo como toca, nena. Gracias por la ayuda.
La rubia sonrió tímidamente. Cogió una servilleta y le apuntó un número de teléfono.
- Si cuando cojas a ese cabrón tienes un rato en Las Vegas, no dudes en llamarme…- le miró con sonrisa picarona.- A pesar del mal inicio que hemos tenido, me has dejado con ganas de que me rompas el culo…
Marlow habló con Romualdo, que estuvo de acuerdo en quedarse al tanto de las chicas. Tras tomar algo de comer y beber un whisky doble, Marlow enfiló al único lugar donde podía ir: la tienda de cuadros. Tendría que empezar de nuevo desde el principio. Pero ahora estaba cabreado.
Aparcó frente a la tienda de cuadros y entró. Pérez estaba tras el mostrador y, aunque mostró incialmente sorpresa en su rostro, le recibió con una cordial sonrisa.
- Hola de nuevo. ¿Tan pronto por aquí?
- Sí. En verdad, he tenido problemas para encontrar a Muller. – Dijo con aire distraído. Sacó una billetera y la abrió como si fuese a sacar dinero de ella, atrayendo la atención de Pérez. Sin embargo, en un rápido movimiento que le cogió desprevenido, le tomó por las solapas y lo sacó de un tirón del otro lado del mostrador.
- En esta ciudad me habéis tomado por gilipollas.- le dijo a escasos centímetros de su cara. Por un minuto, a Pérez se le demudó el semblante, pero se recompuso y puso sonrisa de circunstancias.
- Nada de eso, nada de eso…
- Ahora tú te vas a venir conmigo, y me vas a llevar hasta donde esté Muller. Llama a quien quieras, averigua dónde está y los dos iremos a hacerle una visitita rápida.
Marlow arrastró a Pérez y lo depositó de mala gana en el asiento contiguo de su Mustang. Pérez realizó un par de llamadas y finalmente le indicó una dirección.
- Ponte el cinturón. ¿No querrás que te pase algo verdad? – añadió Marlow con ironía.
***
Pérez le condujo hasta una casa a las afueras de Las Vegas. Esta vez Marlow no estaba para bromas y sacó su Magnum del 44. Encañonándole las costillas, le obligó a precederle hasta la entrada. A pesar de la situación, Pérez no se asustó. Llamó y le abrieron.
Entraron en una mansión de lujo, con un jardín enorme, muy verde, con una piscina al final. El dueño de esa casa debía de tener mucha pasta. Llegaron a la casa donde les esperaban con la puerta abierta.
- Que nadie haga nada extraño o le descerrajo dos balas en la frente – dijo Marlow nada más llegar. Su expresión de enfado y concentración no dejaba lugar a dudas de que cumpliría su amenaza.
- Traed a Muller.- Indicó Pérez. Dos guardaespaldas trajeron a Muller agarrado por los brazos, forcejeando.
- Este es el trato, Pérez. Yo me llevo a Muller y nosotros quedamos en paz. ¿Qué me dices?
- Estoy perdiendo un cliente, Marlow. – reclamó Pérez.
- Te equivocas. Estoy quitándote de la vista a este vicioso cabrón que no te traerá más que problemas con sus vicios ocultos, lo sabes bien. Como también sabes que la policía estatal estaría dando saltos de alegría si llega a enterarse de los sórdidos asuntos que te traes entre manos. Sin embargo, te estás ganando un futuro cliente y amigo, si algún día vuelvo a trabajar por aquí.
Pérez sopesó lo que le había dicho Marlow. Miró analíticamente a ambos tipos. Tras unos instantes que parecieron horas, aceptó el acuerdo. A un gesto de Pérez, uno de sus compiches empujó a Muller hacia él, que lo agarró y le puso unas esposas.
- Muy bien Pérez. Confío en que volvamos a vernos para otros trabajos, pero esta vez en mejores circunstancias.
- Yo también, señor Marlow. Si vuelve a Las Vegas no dude en visitarme.
***
Marlow montó a Muller en el coche y salió pitando de aquel lugar.
- Hijo de puta.- le espetó Muller nada más entrar en el coche. – ¿Pero quién te crees que eres? O mejor, ¿sabes con quién estás tratando?. ¡Tengo contactos, Marlow! ¡Voy a hacerte la vida imposible! Yo…
- Como no te calles, te voy a partir la cara. Te aseguro que no te gustará absolutamente nada. – Muller se encogió en el sillón.
- Así está mejor. Y ahora me vas a decir qué coño hago yo aquí.
- Te ha contratado mi mujer, ¿no? - dijo sarcásticamente.
- No me tientes Muller- dijo nervioso Marlow. Agarró con una mano el volante y le puso la Magnum en la sien. Muller se asustó de verdad.
- Eh! Tranquilo…- balbució.
- A lo mejor mi amiga Magnum te refresca la memoria. Te puedo asegurar que no me cuesta nada de nada descerrajarte aquí mismo un tiro y dejar abandonado tu cadáver en mitad del desierto… No me costaría lo más mínimo. Luego regreso a tu casa, le digo a tu mujer que no te he encontrado y de paso me la follo. ¿Qué te parece el plan?
- Fóllatela si quieres. Me trae sin cuidado. Quizá por eso te haya contratado. A mi mujer solo le importa mi dinero.
Marlow guardó silencio. Su cabeza pensaba a toda velocidad.
- Eso ya lo suponía. ¿Qué gana ella si tú desapareces?
- ¿Estás de broma? Se quedaría con la casa y cobraría mi seguro de vida, valorado en cinco millones de dólares, así como las inversiones que tenemos. Por eso, hace tiempo, decidí contratar unos guardaespaldas para protegerme de ella, básicamente.
- Sí, esos angelitos caucásicos. Me cayeron muy bien.
Marlow enfiló el camino de vuelta a su ciudad, sumido en el silencio. Unas horas después llegaron de nuevo a su ciudad.
- Muller. Eres un tipejo abyecto y despreciable. Creo que se respiraría mejor en esta ciudad si te liquidase aquí y ahora mismo… – Muller se puso lívido.- pero eso sería ilegal en este estado, - le dijo, sonriéndole. Eres un desgraciado, pero no seré yo quien juzgue tus depravaciones. Al fin y al cabo, ibas a pagar a las mujeres, ¿no?. Pero a mí…
- Te pagaré Marlow, te pagaré lo que me pidas… - dijo verdaderamente asustado. Dime lo que necesitas Marlow.
- ¿Qué le ibas a pagar a las chicas?
- 1000 dólares a cada una.
- Vaya miseria. Con el dinero que tienes sí que eres avaro. En lugar de eso, pagarás a cada una de ellas 100.000 dólares y a mí…, bueno, yo también fui protagonista, ¿no crees?
- De acuerdo, 100.000 dólares para ti también.
- Y después de eso, no quiero volver a saber nada de ti. Ni yo, ni las dos chicas a las que sodomizaste. ¿Está claro? – Muller asintió- Al final, nos has pagado por tus servicios pervertidos…
Dicho lo cual, Marlow le dio un culatazo y lo dejó sin sentido. No perdió el tiempo, lo maniató, lo metió en el maletero del coche.
***
Sara Muller le volvió a abrir en persona. Marlow no pudo dejar de admirarse con aquella hembra. Con un vestido en tonos blancos y negros ajustado a su voluptuoso cuerpo, y aquellos labios rojos, aquella mujer le ponía la verga dura nada más verla.
- ¡Detective Marlow! ¡Qué agradable sorpresa! ¿De vuelta tan pronto?. Pero pase, pase y cuénteme.
- Señora Muller, tengo malas noticias para usted. Su marido tuvo un accidente de camino a Las Vegas y falleció hace dos noches. Al parecer, fue atracado, vapuleado y abandonado en una cuneta sin identificación. – Marlow le tendió una foto. Previamente, se la había sacado a Muller tras un minucioso maquillaje fingiendo magulladuras y heridas. La señora Muller se quedó sin habla por un momento, pero Marlow pudo notar cómo su cara se relajaba de alivio. Creía que lo había conseguido.
- ¡Oh! Qué tragedia – indicó con una falsa afectación.
- Está todo arreglado con la policía de Las Vegas. No habrá escándalo público por el suceso, pasará totalmente desapercibido y mañana llegará el cadáver para que pueda proceder a su entierro. Por mi parte, creo que mi trabajo está concluido.
- Claro, claro –dijo ensimismada. De acuerdo, ahora le trago el dinero como acordamos.
Minutos después, Sara Muller volvió con la otra parte de lo acordado: 50.000 dólares.
- Bueno, señora Muller, lamento su pérdida. Si hay algo más que pueda hacer yo por usted… - Se miraron a los ojos. No hacía falta decir mucho más. Sara Muller se acercó a él y se le echó en brazos sin más preámbulos.
- Ahora ya soy libre, señor Marlow…
Marlow no dijo nada más. La alzó en vilo y la llevó al dormitorio. La desnudó con ansiedad dejando al descubierto un cuerpo espléndido: piernas largas y estilizadas, caderas sugerentes. Rasurada y con la piel tersa, Marlow empezó a recorrerla desde los pies, acariciándola y lamiendo todo a su paso. Subió hasta encontrarse unos pechos enormes, que le esperaban duros. Tenían unas areolas oscuras y grandes, lo que todavía le confería a sus pechos una impresión de mayor tamaño. Aquello le excitó sobremanera, y se dedicó a comérselos con fruición mientras su mano empezaba a trabajar su clítoris. Se besaron pasionalmente. Ella le conminó con su cuerpo a tumbarse sobre la cama y procedió a desnudándole mirándole con ansiedad.
Para cuando le quitó los pantalones, Marlow ya tenía una tremenda erección. Sara ahogó una exclamación. Era la polla más gorda que había visto jamás. Pero Marlow no se iba a andar con melindres con aquella perra. La iba a gozar bien gozada. Le agarró la cabeza y le introdujo sin miramientos la polla en la boca. Sara se atragantó, pero tampoco se la sacó de la boca. Estaba fuera de sí. Empezó a darle una mamada profesional, increíble. Al parecer, la mujer le tenía ganas de verdad. Se preguntó cuándo sería la última vez que le habían follado bien, y se imaginó que llevaba mucho tiempo masturbándose frenéticamente para calmar su fuego interior. Marlow la giró en posición de 69 y empezó a recrearse en su coñito húmedo bien depilado, en su clítoris prominente y en su orificio trasero. Tenía un culo precioso, redondo y grande, como le gustaba a él, pero lo que de verdad le volvía loco eran aquellos pechos perfectos, que siempre habían sido su debilidad.
Marlow tuvo que reconocer que aquella mujer le chupaba la polla como nadie se lo había hecho hasta ahora porque, considerando lo que solía aguantar en estos envites, se la tuvo que quitar de encima para no inundarle la boca de lefazos. No, todavía no. Tenía que darle más caña. Le sacó la polla de su boca y la giró, dejándola a cuatro patas sobre la cama. La arrimó al borde y se puso de pie, para poder empujar bien. Ella sacaba el culo solícita de su verga. Marlow no tenía una polla tan larga como su amigo brasileño, pero sí suficientemente larga como para manejarse sin grandes problemas en cualquier postura. Enfiló su arma hacia ella y la ensartó sin miramientos. Sara gimió de dolor, pero consciente de que pronto se acostumbraría, reprimió cualquier grito y siguió como si nada.
Efectivamente. Al poco, Marlow notó como su polla ya no entraba tan forzada, y aquella hembra era capaz de amoldarse sin mayores problemas al tremendo grosor de su verga. Cómo le gustaba aquella mujer. Al tiempo que entraba con suavidad por su lubricación, notaba como aquel coño amplio le abrazaba la polla con presión, y notaba el placer de entrar y salir en ella de manera intensa. Frenético, le empezó a bombear con intensidad y energía. Sara pronto prorrumpió en un orgasmo intenso, pero no bajó el ritmo. Quería más. ¿Habría encontrado su alma gemela? Le dio como cosa de diez minutos más a un ritmo frenético. Marlow disfrutaba como no recordaba, y ella no paraba de gemir y gritar, y morder la almohada, y agitar su larga cabellera de un lado para otro, haciéndole sentir que estaban teniendo un polvo de campeonato. Al final, tuvo que parar, exhausto, agotado por el esfuerzo de bombear, sorprendido porque le hubiera aguantado el ritmo. Cambiaron de postura. El se tumbó en la cama, sin aliento y ella le montó. Le cabalgó intensamente, gritándole, arañándole, cambiando su posición, buscando siempre aquella que le diera más placer. Durante más de media hora estuvo así, metiéndose y sacándose su verga sin parar, en diferentes posturas. Gritaba como una perra en celo, se frotaba ella misma su clítoris mientras Marlow la miraba correrse una y otra vez anonadado. Iba a ser el mejor polvo de su vida. Tenía la polla a punto de estallar, pero quería darle más caña todavía. Así que se la sacó de encima, la puso de nuevo a cuatro patas y empezó a lamerle el culo para prepararlo. Sara se giró y le miró con la mirada en trance, con la respiración agitada.
- ¡No pierdas el tiempo y métemela ya!-le apremió.
- Tú lo has querido.
Marlow puso su vergón en las puertas de su entrada trasera. Ella empezó a hacer fuerza para que entrara, pero todavía no estaba suficientemente lubrificada y abierta. Sin embargo, Marlow no se arredró. Le importaba un comino que estuviese o no lubricada, y él sí empujó.
Debió ver las estrellas, pero se la metió de golpe. Se irguió en la cama, y lanzó un grito de dolor contenido. Ahora te vas a enterar, perra, pensó Marlow para sí.
Empezó a bombearle sin miramientos, mientras Sara tuvo que esconder la cabeza en la almohada, ahogando los gritos y las lágrimas por el dolor que le estaba inflingiendo. Literalmente, le estaba rompiendo el culo.
Tras cinco minutos de embestidas, ella empezó a gozar, aun con todo. Marlow veía la polla ensangrentada, pero ella empezó a llevar el control de la situación. Sara se movía sincronizadamente con él y su cuerpo le pedía verga, mientras con una mano se masturbaba el clítoris frenéticamente. Tuvo dos orgasmos más y Marlow ya no aguantó más. Aquel culo le apretaba intensamente la polla y la sensación de placer había ido en aumento a tal ritmo que apenas aguantó unos minutos más.
Se la sacó y la hizo girarse boca arriba en la cama. Iba a acabar como a él le gustaba. Colocó su polla entre aquellos dos enormes y perfectos pechos, y ella le captó la idea. Con sus manos amasó sus pechos aprisionando su verga entre ellos y empezó a menearse. Aprovechando los fluidos anales, la verga se deslizaba suave entre la polla y aquella visión terminó por hacer reventar a Marlow.
Se corrió abundantemente. Chorros y chorros de leche dejaron la cara y aquellos preciosos pechos prácticamente blancos de su esperma espeso. Sara se quedó totalmente quieta unos segundos, recuperando el aliento. Después, abrió unos ojos que le miraban totalmente abiertos, extasiada, y empezó a recogerlo todo con su boca.
- Oh, Marlow, ¡eres increíble! – dijo Sara, bañada en crema.
Le lamió y le chupó la polla hasta dejársela totalmente limpia. Marlow se incorporó sin siquiera mirarla. Se vistió y dijo que bajaba un momento al coche. Que la esperaba bajo para despedirse de ella.
***
Bajó diez minutos después.
- Ah, hola, señora Muller. Resultó que la información que le di acerca de su marido no era del todo… correcta. Al final, su marido no estaba muerto, solo magullado. Eso no quita que yo haya cumplido con mi trabajo y que se lo haya devuelto, y me merezca el sueldo… y la propina – Muller lo miró sin entender nada.
Sara le lanzó una mirada colérica, pero no dijo nada.
- Señor Muller, nos vemos pronto…
Dicho lo cual, dejó a aquel par de depravados en el salón y partió hacia su casa.
***
Suena un teléfono.
- ¿Diga?
- ¿Marlow? ¿Eres tú? Soy yo, Romualdo. ¿Cómo terminó el asunto? No he sabido nada de ti en dos días. Me tenías preocupado. ¿Qué ha pasado?
- Estaba durmiendo, Romualdo, recuperándome del mejor polvo de mi vida. Resultó que la perra de la mujer quería deshacerse de su marido para cobrar la herencia y el seguro de vida. Así que decidió contratarme para follarme, eso lo tengo claro, y además para que fuera a buscar a su marido. Albergaba la idea de que tendría problemas y que al ver el pedazo de hijo de puta que tenía por marido le iba a descerrajar dos tiros a la menor oportunidad, cumpliendo en acto de servicio. De es modo, se quitaba de en medio a su marido, sin estar involucrada, y cobraba un pastón por la herencia el seguro de vida. Pero claro, no lo maté. No es mi estilo. Así que me lo traje de vuelta, terminé mi trabajo, y cobré. Y de propina, me la follé. Lo dicho, el mejor polvo de mi vida. ¿Cómo está mi amiga?
- Muy bien, recuperándose de las heridas y deseando verte… bueno, más bien, volver a probarte. Me lo contó todo. Menudos hijos de puta.
- Pues sí. La semana que viene iré para allí. Me dijo que le pagaría a cada chica 1.000 dólares por sus servicios, y yo he cobrado por ellas, aunque un precio que creo mucho más justo…. Y de mi parte en la escenita, también me he puesto un buen sueldo…j aja ja – rió Marlow.
- Marlow – dijo Romualdo entre carcajadas – como te dicen las mujeres, eres increíble!

Bueno, y aquí acaba la historia del detective Marlow. Espero que les haya gustado. No dejen de votarme y dejarme comentarios, siempre es agradable saber si les gustó el relato. Y si alguna mujer está interesada en jugar por cam y hacer relatos personalizados, escríbanme al correo: gustavo8000 arroba terra punto es. Será un placer corrernos juntos.

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