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EL FINAL (FELIZ) DE LA INOCENCIA (IX)

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Relato enviado por : xoel el 30/07/2015. Lecturas: 1647

etiquetas relato EL FINAL (FELIZ) DE LA INOCENCIA (IX) Amor filial .
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Resumen
Continúo con la apasionante historial (real) de mi convalecencia de la operación de fimosis a que fui sometido a temprana edad. Aquellas dos noches en el hospital marcaron mi desarrollo personal y sexual. Y, si lees con interés éste y el anterior capítulo, lo comprenderás perfectamente, amable lector.


Relato
La enfermera que me hizo las curas a primera hora de la mañana no daba crédito al estado en que se encontraba mi polla recién operada. Llamó al médico para que viese a ver aquel glande hinchado en el que se habían saltado los puntos de sutura así como la permanente erección del pene, ya de considerable tamaño pese a mis tiernos once añitos. Me volvieron a soldar los rebordes del prepucio y me aplicaron hielo en mis partes pero la erección no cesaba (¿Cómo iba a bajarme la poronga si yo estaba continuamente rememorando el episodio de la noche pasada cuando mi madre gozó como una puta con el negro y el policía?). "Es un caso extraño de priapismo al tratarse de un niño. Ya cesará la calentura", sentenció el médico y me dejó con la pija parada como un mono en celo.

Desde su asiento el senegalés presenció el episodio que acabo de relatar, ya que no pudo abandonar la habitación, como es obligado para las visitas, porque permanecía esposado a la cama de su hija. Así que antes de que el policía entrase para llevárselo a la cárcel, pues ahora lo sustituiría su mujer, se me acercó y mi susurró al oído:
- Vaya puta tienes de madre. Sé que lo has visto todo pues por mi origen salvaje puedo ver en la penumbra y en la oscuridad. Vi cómo no perdías detalle y te excitabas viendo gozar a tu madre. Compadezco al cabrón de tu padre que tiene unos cuernos más grandes que un búfalo (Y terminó con una carcajada que me asustó).
Cuando mamá volvió a la habitación estaba radiante y muy amable. Había aprovechado su salida obligada del cuarto para recomponerse, retocarse el peinado, pintarse los labios y los ojos y, seguramente, ir a comprarse unas bragas de urgencia. También me trajo unos cuantos regalos, entre ellos un osito de goma que al apretarlo emitía la frase: "Richard, te quiero". Me hizo mucha gracia y me reí por primera vez aquel día
- ¿Qué tal has pasado la noche, mi amor? - preguntó solícita mi madre. Yo quedé dormida al poco tiempo de oscurecer la habitación la enfermera y ya pudo haber un terremoto que no me he enterado de nada hasta las ocho de la mañana. (¡Qué bien mentía la furcia!)

La jornada transcurrió con normalidad. Tuve la oportunidad de fijarme con más detenimiento en la enferma que me acompañaba en la otra cama. Era una nena bien linda, muy oscura de piel, con el cabello en rastas, de unos doce años y debido a su operación de reconstrucción de la vagina debía permanecer todo el día tumbada y con las piernas bien separadas. Cuando le hacían las curas yo salía de la habitación aunque en una ocasión me pudo la curiosidad y al pasar hacia la puerta le pude ver el coño: hinchado, una raja roja entreabierta y los labios vaginales con hilos de sutura para que cicatrizasen tras la ablación. Me excitó sobremanera aquella visión pues nunca había visto una chucha negra y jugosa. Me prometí entablar conversación con aquella pobre niña y compartir los juegos que me había traído mi madre para aplacar su conciencia por su infidelidad. Lo primero que hice fue prestarle el osito y le hizo mucha gracia que dijese mi nombre.
Aquella noche correspondía a mi padre acompañarme y a la niña su madre que, por deferencia a su condición femenina y porque parecía muy pacífica, no la habían esposado a la cama como habían hecho con su marido. Fuera, eso sí, permanecía otro policía. Tan pronto terminó su trabajo en el taxi, papá vino a instalarse en mi habitación dispuesto a pasar allí la noche. Admiraba yo mucho a mi padre por su buen porte, joviaiidad, simpatía y laboriosidad. Era un buen hombre, lástima que se hubiese tocado una esposa tan puta. Aunque la experiencia de aquella noche me demostró que no era tan santo como aparentaba y si mamá estaba dispuesta a ponerle los cuernos cuando la ocasión lo brindaba, él no se quedaba corto. Así empecé a comprender lo recaliente y pajillero que había salido yo ("Lo debo llevar en la sangre", pensé). La senegalesa era una mujer soberbia de unos 30 años, alta, con cabellos a lo afro, con dos soberbias tetas, ojos grandes y labios carnosos. Vestía con el atuendo típico de su país. Al entrar, mi padre le mandó una mirada lasciva y ella bajó la mirada con recato. Tomó asiento en la tumbona junto a su hija a la que acariciaba en el rostro dulcemente.

Cayó la noche. Se repetía el mismo escenario de la víspera. Simulé tomar la pastilla para dormir, papá me dio las buenas noches besándome en la frente. La nena dormía abrazada al osito que le había prestado. El cuarto quedó en penumbra, sólo la luz de emergencias permitía vislumbrar las siluetas de los cuerpos y de las cosas. Pronto acostumbré la vista a la oscuridad dispuesto a no perder detalle porque un presentimiento me decía que allí iba a pasar algo...
Los dos adultos empezaron a hablar muy bajito para no molestar nuestro descanso. Ella respondía con monosílabos a las peroratas de mi padre, tan acostumbrado a dar conversación como taxista. Después de un buen rato de temas intrascendentes, papá se lanzó en picado:
- Eso de que les corten el clítoris es muy jodido.
- Sí - respondió la mujer-. Pero es la tradición.
- ¿Entonces no sienten placer al follar? - continuó con brusquedad mi padre.
La mujer calló. Él insistió:
- ¿Pero usted no ha tenido nunca un orgasmo?
- Soy feliz haciendo disfrutar a mi marido. El placer en nuestra cultura es para el hombre.
- ¡No me joda! Con lo rico que es correrse una y otra vez - le espetó papá sin contemplaciones.
- No sé lo que es un orgasmo. Espero que mi hija lo sepa tras la operación, aunque rompa con la tradición de nuestra tribu.
Papá no se pudo contener más. Así como estaba sentado, levantó la falda de la negra y le separó las bragas hacia un lado llegando con sus hábiles dedos hasta la concha. La mujer, desconcertada, se dejaba hacer. Pronto papá le alcanzó la zona del clítoris coronado por una mata de pelo rizado, pero pudo comprobar que allí había una cicatriz en lugar del botoncito del placer.
- ¡Te falta la pepitilla! - exclamó el muy animal.
La mujer se recomponía cuando él añadió:
- Te voy hacer gozar como una perra, como nunca gozaste en la vida.
Se arrodilló ante la mujer, le separó las piernas y hundió su cabeza entre los muslos. Empezó a lamerle el coño con frenesí. La negra sintió una excitación inusual y empezó a empaparse. Papá notaba como los fluidos de la mujer se mezclaban con su saliva ("Buena señal", pensó). Introdujo la lengua bien adentro para excitar las partes internas de la vulva, ya que el placer clitoriano no iba a conseguirlo. Le introdujo un dedo, dos, tres ... El coño de la africana era profundo y jugoso, se contraía, parecía empezar a gozar pero necesitaba una estimulación más potente ("Lástima de no tener aquí uno de los vibradores de mi mujer", pensó mi padre) Hasta que la mente se le iluminó.Cesó en su masturbación a la hembra, llevó la mano al bolsillo de pantalón trasero y cogió su teléfono móvil. Estuvo manipulándolo un ratito, marcó su número en el teléfono fijo que estaba en mi mesita y el celular se puso a vibrar. Lamió con delectación su móvil vibrante y bien ensalivado se lo introdujo en el coño de la negra, primero con un metesaca de calibración y luego todo entero. El aparato fue engullido en aquel túnel acostumbrado a soportar las salvajes embestidas de 30 centímetros de su marido. La sensación que experimentó la atónita mujer fue tal que empezó a gemir como una posesa, mientras mi padre se lo metía hasta las entrañas. Tras un buen rato retorciéndose de placer como en un exorcismo y apretándose los pezones abultados y oscuros como castañas, la mujer expulsó el celular empapado de fluidos que aún seguía vibrando. Papá permanecía a sus pies boquiabierto y superexcitado, satisfecho de haber conseguido que aquella mujer adulta alcanzase el primer orgasmo de su vida.
- Ha sido el día más feliz de mi vida - le confesó con lágrimas en los ojos la negra - Pídeme lo que quieras.
No lo dudó dos veces el hijoputa de mi padre, al que el pantalón estaba a punto de estallar por la excitación que le embargaba:
- ¿No te gustaría saber si tu hija quedó bien de la operación?
- ¿Qué quieres decir? - manifestó sorprendida la senegalesa.
- Eso. Ya me entiendes ... Si tiene la sensibilidad que debe tener en su coñito.
Sin mediar palabra, la mujer despertó a la nena. Le susurró algo al oído, la destapó, la desnudó por completo y con sumo cuidado le retiró las compresas que cubrían su vagina. No dudó en emputecer a la nena como venganza de todas las privaciones placenteras que había tenido en la vida por unas tradiciones ancestrales y absurdas que sólo piensan en el macho.
- Vas a saber para qué vale tu concha, además de para mear, hija mía. Este hombre te va a hacer mujer.

Ya papá se había desnudado por completo. La madre al verle aquel cipote duro y desafiante se arrodilló para engullirlo hasta las amígdalas. Le besó con devoción los testículos y le dijo a mi padre: "Hazla gozar como una perra". Lo que vino a continuación fue indescriptible. Papá montó sobre la cama y empezó a acariciar las tetillas de la nena que se hincharon, luego lamió sus pezones erectos y el placer empezó a embargar todo su cuerpecillo. Las piernas separadas, papá dirigió su polla a la virginal chucha, que ya despedía un olor a excitación característico. Papi tanteó con su capullo si la niña estaba presta para ser penetrada sin demasiado dolor pues de los abultados labios vaginales aún pendían suturas pero, ante su sorpresa, ella le grita:
- Méteme esa soberbia poronga hasta el fondo y reviéntame de puro gusto. (Y diciendo esto, se arranca el esparadrapo que recubría su clítoris recompuesto).

Lo que empezó con un vaivén suave y ligero derivó en una jodienda memorable. La polla de mi padre taladraba sin piedad aquella vulva hinchada y apretada que le proporcionaba un placer infinito. Mientras la madre acariciaba el clítoris de la nena para aumentar su placer sin límites. Un último orgasmo de aquella zorrita antes de que mi padre se vaciara dentro de ella. Notando que el miembro del hombre estaba a punto de estallar, la nena arqueó su cuerpecillo para sentirlo bien adentro y en un movimiento incontrolado aplastó el osito que yo le había prestado y que permanecía en su cama.
- "Richard, te quiero. Richard, te quiero ..." - sonó repetidamente en la oscuridad de la habitación mientras la recién desvirgada orgasmaba por última vez y mi padre alcanzaba el clímax llenandola de leche hasta los ovarios. El muy cabronazo aún tuvo la ocurrencia de gritar durante su monumental corrida:
- ¡Yo también te quiero, hijitoooooooooo ...!
Los puntos de sutura en mi glande saltaron de nuevo por los aires. Una noche más así y me muero del corazón ... y sequito.

XOEL.

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