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EL MILAGRO DEL AMOR (2)


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Relato enviado por : BARQUIDAS el 17/03/2017. Lecturas: 1464

etiquetas relato EL MILAGRO DEL AMOR (2) Amor filial .
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Resumen
Mario sufre dos grandes impresiones al saberse hijo adoptivo, no biológico, de sus padres; y que Marta, al filo de sus 13 años, parió un niño, fruto de las violaciones de su abuelo, que ni verle pudo, al quitárselo nada más nacer, el mismo día, en el mismo hospital y a la misma hora que él naciera..


Relato
CAPÍTULO 2º

Al día siguiente, nos despertó la llamada de D. Justo, a eso de las nueve y pico de la mañana, alarmado porque ninguno de los dos habíamos acudido es mañana a trabajar… A esas alturas, para nadie en la oficina era un secreto que vivíamos juntos, en plan “pareja de hecho”, como por entonces, años 1986-87, ya se decía y se sigue diciendo hoy día a este tipo de relaciones de pareja, con su Registro Oficial y todo… D. Justo no llamaba para incomodarnos, ni mucho menos, sino porque, efectivamente, estaba alarmado, pues de buena tinta sabía nuestra responsabilidad como empleados suyos, en especial la de Marta, por lo que se temía nos hubiera sucedido algo grave, pues otra explicación a nuestra común ausencia no la encontraba
Le respondió Marta, y con toda su cara le dijo que no iríamos a trabajar ni ella ni yo en unos días, que nos los descontara de las vacaciones o como quisiera, pero que habíamos decidido casarnos y necesitábamos tales días para arreglar el inherente papeleo. Y así sucedió, que nos levantamos en el acto para empezar a recabar cuantos documentos precisaríamos para contraer matrimonio, lo mismo civil que religioso, y en los siguientes días, seguimos liados con lo mismo
Al momento, yo caí en la cosa de mis padres, que ni idea tenían de la existencia de Marta… Además, últimamente, mis relaciones con ellos no eran todo lo satisfactorias que debían ser… Y. bastante menos, todo lo fluidas que sería lo normal y aconsejable, pues prácticamente apenas si había contacto entre nosotros… Por una parte, culpa mía, aunque no por dolosa, sino por mi dichosa forma de ser, más bien aficionado a eso de que “Aquí me las den todas”, o sea, que yo, loquito por no mover ni dedo, fuero de lo imprescindible, como el trabajo… Y, lógico, mi devoción, más que otra cosa, por mi adorada Marta…
Por otra parte, la intransigencia de mis padres; pues, aunque políticamente fueran de los más ”progres” que darse pueda, en especial mi padre, que casi pecaba más por marxista-leninista que por simple socialista, ya sea marxista o socialdemócrata, en lo tocante a costumbres, moral y demás, ambos dos eran más que conservadores… Vamos, casi “nacionalcatólicos” a tales efectos, solo que antirreligiosos más bien, por lo que yo decidiera, cuando acabé ”Económicas” y me coloqué donde aún trabajo, salir de casa, independizarme de ellos en piso, de momento, alquilado, les pareció algo así como una herejía… Vamos, algo inconcebible… ¡Que dónde íbamos a ir a parar si los hijos-hijas, salían de casa, y no precisamente para casarse que, según ellos, era lo procedente!… Pues lo de “largarse alegremente, a vivir su vida” era una más que manifiesta inmoralidad… Y en esas estábamos… Que yo, ni “flowers” con ellos y ellos conmigo, casi ídem de lienzo… Aunque menos, claro está, pues los padres son siempre, lo queramos o no, eso, padres… Y una madre, no digamos… Pero como a mí me importaba una higa que me llamaran o no… Que se acordaran de mí o no, porque, ante todo, yo a mi “bola”, pues así andaban las cosas… Más que “manga por hombro”…Es decir, para quien no domine el añejo refranero español, hechas un desastre
Pero, claro está, me dije que eso no podía seguir así… Que decirles un día, así, de sopetón, “Tal día me caso. Estáis invitados”, menos aún podía ser, por lo que, haciendo un casi sobrehumano esfuerzo, les llamé para decirles que, al día siguiente, contaran conmigo para comer… Si no les parecía mal, claro está, que, desde luego, no se lo pareció; antes bien, creo que se alegraron un montón de que el “Hijo Pródigo” regresara, aunque sólo fuera por una tarde, al paterno hogar
De manera que el día acordado me presenté en casa de mis padres, al medio día, las dos y media de la tarde casi exactas… Mi padre me recibió con no poco recochineo, pero mi mamita de mi alma, al momento me echó los brazos al cuello y, cómo no, rompió a llorar como una Magdalena(3); por fin, también mi padre se ablandó conmigo y acabamos abrazándonos todos, con todos nosotros llorando… De emoción… De alegría por lo que, de momento al menos, era la reconciliación familiar
Mas aquello sólo había sido el primer acto del drama, aunque, finalmente, todo quedara en tragicomedia. Enseguida, nos sentamos a comer y yo fui blanco de todo tipo de preguntas sobre mí: Lo de cómo me iba, si me las arreglaba bien yo solo… Y para mi madre, sobre todo, si comía bien, si andaba o no de golfo a todo ruedo… Vamos, que poco más o menos, pensaba que vivía entre Sodoma y Gomorra, como poco… Y aquí fue donde encontré el clavo ardiendo al que asirme para “soltarles” lo de Marta
• De eso nada, mamá… Mira, precisamente, venía a deciros que tengo novia formal… Pero muy, muy formal… Tanto que hasta pensamos casarnos cuanto antes mejor…
Y eso ya fue “mano de santo”; a mi madre, de pocas no le da el soponcio del alegrón y, cuando pudo medio recuperarse, me arreó un abrazo que de pocas no me junta las costillas de delante con las de atrás… Y mi padre más de lo mismo, con el inevitable
• Me alegro mucho, hijo... ¡Que ya era hora de que sentaras la cabeza, aceptando responsabilidades!
Y claro, las preguntas sobre mi novia… Y mi madre protestando por no haberme presentado con ella en casa, para que la conocieran… ¡Casi ná lo de aparecer con Marta en casa, sin antes dorar a mis padres la “píldora” de los casi cuarenta “tacos” de ella!... Yo quise salirme por la tangente, realzando las numerosas virtudes de mi novia… Lo guapa y escultural que era y, sobre todo, lo muchísimo que me quería… Que nos queríamos los dos.
Entonces mi padre dijo si tenía alguna foto de ella, y yo le di una en la que estaba especialmente atractiva… Vamos, en toda su soberbia figura y gran belleza; mi padre la estuvo mirando atentamente unos minutos, mientras mi madre intentaba verla por encima del hombro de su marido. Por fin, mi padre dejó la foto sobre la mesa, momento que mi madre aprovechó para apoderarse de ella y verla a sus anchas, mientras mi padre comentaba
• La verdad, la chica está muy…pero que muy bien… Verdaderamente, una real hembra…
Comentó con su natural desenvoltura, casi canallesca, cuando se refería al atractivo físico de una mujer, para de inmediato proseguir diciendo
• Pero… ¿No es algo mayor ya?... ¿Qué edad tiene?
Yo entonces me dije lo de “Trágame, tierra”… Era el momento por mí más temido… El de decir la edad de Marta… Casi balbuceando, a lo “bajinis” más bien, respondí
• Treinta y nueve
Mo padre se quedó mudo de la impresión, y a mi madre le dio el imprescindible soponcio… Por fin, mi padre bramó más que dijo
• Pero… Pero… ¿Tú estás loco, Mario?... ¡”Liarte” con una tipa que te lleva doce años!... ¡Más lo que colee en meses!... ¡Treinta y nueve “tacos”, ni más ni menos!...
Yo volví a atragantarme, y la Tierra no me tragaba ni por lo que se dijo… ¡Maldita sea mi sombra! Y, más apabullado todavía, caso balbuciendo, dije
• Sí papá… Treinta y nueve… Bueno, ya casi cuarenta…
Mi madre entonces, que casi se empezaba a reponer del anterior soponcio, volvió a quedarse “frita” al instante, mientras que a mi padre el rostro se le demudaba… Se le puso en rojo ultravioleta, y estalló, de todas, todas, fuera ya de sí…
• ¡Casi cuarenta años!... ¡La pera en bicicleta ya, vamos!... ¡Hijo, tú estás loco perdido!... ¡Loco de remate, vamos!... ¡Para que te encierren en Leganés, si allí aún hubiera manicomio!...
Y mi madre, reponiéndose de lo la “fritura”, pero en plan leona furiosa, gritó a los cuatro vientos
• ¡Una lagarta que a saber lo que querrá!... ¡Una cualquiera es lo que es esa tía!… ¡Y sí, que a saber qué intenciones llevará contigo!… ¡Lo que tendrá que tapar….lo que querrá que tú le tapes al casaros!...
Y hasta ahí podían llegar las cosas… Hasta que insultaran a mi Reina… A mi Diosa… Ni aunque fueran mis padres se lo iba yo a consentir… Con lo que, casi gritando más aún que ella, le repuse
• Ni buscona ni, menos aún, una cualquiera, madre… Un poco de respeto para Marta, que es mi novia… Y será mi esposa… Os guste o no os guste… Yo quiero, y espero que, por finales, os guste, pero eso es cosa vuestra, de vuestra exclusiva incumbencia… Y, para que lo sepas, mamá, Marta me quiere a rabiar… Me trata mejor que bien, desviviéndose por mí… Me tiene más que atendido… Cocina de maravilla y es una perfecta mujer de su casa… Es mujer al viejo estilo, ese que ya no existe entre las de cuarenta y tantos años abajo y a ti, precisamente, tanto te gusta… Es, realmente, la mujer ideal que tú quisieras para mí… Me tiene como un pincel… No solo me plancha camisas y pantalones, sino hasta las camisetas y los calzoncillos… Incluso, los calcetines… Y me quiere con locura… Y, para que lo sepáis los dos… Yo sólo soy un pobre “mileurista”, que apenas llego a los quince mil anuales, mientras ella supera los treinta mil del ala al año… Es decir, gana más del doble que yo, luego si alguien mantiene a alguien, es Marta a mí, y no yo a ella… Pero lo hace sólo porque me quiere… Porque, a la postre, los dos somos uno solo… Una unidad de cuerpos y almas… Una unidad, que ni tan siquiera estoy seguro que entre vosotros dos se dé, pues entre Marta y yo nunca ha existido, nunca existirá el yo ni el tú, sino única y exclusivamente, el nosotros… Esa unidad de cuerpos y almas a que antes me refiriera…
Cuando acabé mi discurso apenas su podía respirar, con el corazón en la garganta por lo emotivo que acababa de ser respecto a la dueña no ya de mi corazón, sino de todo mi ser… Y quedé expectante… Casi pendiente de un hilo… Deseaba con toda mi alma que mis padres acabaran aceptando a Marta, pues acababa de darme cuenta de que los necesitaba a todos, a ambos, mis padres y Marta para, de verdad, ser feliz… Cuando llegué a casa lo hice dispuesto a todo por mu adorada Marta, hasta a romper definitivamente con ellos si se obstinaban en rechazarla… Pero luego, según estaba en casa… Con ellos dos, me percaté de que también ellos me eran imprescindibles para ser, de verdad, feliz… Luego si se emperejilaban en negar a Marta el pan y la sal, lo tendría más que oscuro el porvenir, pues a ninguno de ellos podía renunciar….
Mis padres estaban serios, pensativos… Mi madre había dejado de llorar y me miraba más que fijamente a mí, para luego hacerlo a mi padre, mientras éste se mantenía serio, mirando imperturbable al horizonte de la pared de enfrente, que a saber qué vería en ella para estar tan atento… Transcurrieron así unos minutos que para mí fueron horas de 120 minutos, más o menos, hasta, finalmente, mi padre pareció reponerse un tanto de aquella especie de trance en que cayera al punto de que yo lanzara mi apasionado discurso. Tomó de nuevo la foto de Marta, volvió a mirarla un momento, y me la alargó, mientras decía
• Bueno hijo… Bien está lo que está bien… Y… ¿Cuándo la vamos a conocer?...
• ¡Eso, eso, Mario, hijo mío!... ¿Por qué no vienes con ella?… ¡El domingo, o el sábado próximos!... O, mejor aún; ¡los dos días!... O, desde mañana, todos los días… ¿Por qué no coméis aquí a diario y pasáis las tardes con nosotros?... Así, nos iríamos conociendo mejor ella y nosotros, papá y yo…
Había sido mi madre quién así me hablara; se levantó, sonriente, casi ilusionada, al fin, diría yo y se vino a mí… Me abrazó, cariñosa y gozosa, como cualquier madre con su hijo, y con ojos brillantes, entre la emoción y, parecióme, al menos, alguna lagrimita pugnando por derramarse, me dijo, llena de cariño
• Es que, verás, Mario, hijo, cariño y alegría de tus padres, si tan seguros estáis los dos, si, en verdad, tanto os queréis… ¡Qué tenemos que decir tu padre y yo, salvo amén a lo que decidas…a lo que decidáis ella, Marta, ¿verdad?, y tú!... Y si va a ser tu mujer…tu esposa… ¿Es que no tendrá que ser, también, como una hija, una hija más, para nosotros, tus padres?
Palabra que lo que mi madre me decía, abrazada a mí a más no poder, me puso el corazón en la garganta, y un escozor en los ojos de mucho… Pero que muchísimo cuidado… La abracé, con más fuerza aún que ella a mí, ya que to, lógico, soy bastante más fuerte que ella, ya por su sesentena de años, pero también se me vino mi padre, y así, acabamos los tres estrechamente abrazados y casi llorando, que teníamos los tres los ojos rojos como tomates bien maduros y más que brillantes, casi arrasados ya por la lágrimas… Por fin, mi padre quitó yerro al momento, exclamando… O, más bien, corroborando a su mujer
• Mamá tiene toda la razón; según pare, y a pesar de todos los pesares, os queréis más que de verdad… Y eso, hijo, es lo más importante en una pareja: Amarse, quererse a rabiar… Es la garantía de un futuro común más que venturoso… Y si Marta es tu mujer, pues lo lógico es que la acojamos nosotros, tu madre y yo, como lo que debe ser… Una hija que tú nos das…
Y sí; al medio día siguiente, Marta y yo estábamos en la casa de mis padres, que tenían ya la mesa dispuesta y esperando a que llegáramos para empezar a comer… Como es de suponer, los inicios entre mis padre y Marta, fueros de puros nervios y una tremenda inseguridad por parte de los tres, lo que me indujo más nervios a mí, que tampoco me faltaban cuando mi novia y yo emprendimos camino al paterno hogar, y ni te cuento los que me dominaban cuando llamé a su puerta… Pero todo acabó rodando como la seda… Marta, ya se sabe, es de carácter más que dulce, y se da a querer enseguida…
Además, y de eso nos dimos cuenta lo mismo mis padres que yo al momento, se entregó a los que serían, por finales, más sus padres que sus suegros, como se entrega a quién quiere… O sabe que debe de llegar a querer de verdad… Sí; se loas ganó… Se los metió a los dos, a mi padre y a mi madre, en el bolsillo en menos que canta un gallo… Vamos, que bastaron tres o cuatro tardes, para que ya, lo mismo mi padre que, en especial, mi madre, se dirigieran a ella, comúnmente, llamándola “hija por aquí”, e “hija por allá”
En fin, que todo no podía ir mejor entre los cuatro, por finales… Pero hete aquí que unos días más tarde, en plena luna de miel entre mis padre y tanto Marta como yo, a mí se me ocurrió preguntar a mis padres por los documentos necesarios para formalizar la boda con Marta, tanto en el juzgado como en la parroquia correspondiente a la calle de los Reyes y la Plaza de España; sin ningún problema, mi padre se levantó y a los pocos minutos me entrega la certificación de mi inscripción en el Registro Civil de Madrid, que guardé, sin siquiera mirarlo, en el bolsillo de mi americana… Pero, lógico, le pedí también la certificación de bautismo a mi nombre…
Y entonces sucedió lo que yo menos podía imaginar: Tanto mi padre como mi madre, se quedaron en una mudez absolutamente persistente… Y más que nerviosos… En especial mi madre, que se retorcía las manos como loca… Yo me quedé a cuadros, ante aquella tan extraña e inexplicable reacción por su parte, enteramente inesperada… Así que repetí, en tono ya un tanto impaciente
• ¡Mi certificado, papá…mi certificado de bautismo, simplemente!... ¡No creo que sea una cosa tan extraordinaria, para que os hayáis puesto como estáis!…. O… ¿Es que no estoy bautizado?
Era la única explicación medio lógica, que encontraba a tal actitud de ellos… Que les hubiera pillado con el paso cambiado en el asunto de mi bautismo… Porque, la verdad, no me extrañaba ni un pelo que no me hubieran bautizado, dado lo anti religioso y, en especial, anticlerical y antivaticanista que, sobre todo, mi padre era… Pero la situación de mis padres siguió igual, si es que no peor… Porque mi madre aparecía ya con el control sobre sí misma por completo perdido, ya que hasta empezaba a hacer “pucheritos” de llanto, con mi padre levantándose y acudiendo a ella, acariciándola y consolándola con frases de inmenso cariño…
• Anda Amalia… No te pongas así… Que no pasa nada, cariño… El chico lo entenderá todo, y todo seguirá como hasta ahora… Venga, cariño, pequeña mía… No te pongas así… Reponte, queridita mía… Que ya verás cómo, al final, no pasa nada, pequeña mía…
Y yo, ante aquello, no ya a cuadros, sino enteramente desorientado… Sin entender nada…
• Pero bueno… ¿Aquí que pasa?... ¿Qué os sucede?... Yo, francamente, no entiendo nada… No creo que haya hecho nada del otro mundo preguntando por mi certificado de bautismo… Si no me bautizasteis, pues me lo decís y en paz… Que todo tendrá solución, digo yo…
Entonces, fue ya el acabose… Pues mi madre empezó a llorar con un desconsuelo que no podía explicármelo ni por el forro… Y mi padre, venga a besarla, a acariciarla, a hablarle tiernamente, para que se repusiera de aquella especie de inexplicable “patatús” que la aquejaba
• Venga, cariño, venga… No llores, querida mía… Él lo entenderá, ya lo verás… Si este momento, de siempre hemos sabido que tendría que llegar… Tarde o temprano, llegaría, por más que ni tú ni yo queríamos ni tan siquiera planteárnoslo… Anda, pequeña… No llores, alma mía… Que me destroza verte llorar…
Sí; a todas luces, las lágrimas que tan acerva y dolorosamente mi madre derramaba, estaban destrozando a mi padre… Pero es que a mí tampoco me iba mejor… También se me partía el alma viendo llorar así a mi tan querida mamita… Pero es que tampoco Marta era ajena a aquello… La sentía más que nerviosa… Enteramente enervada…
Yo también me levanté, y fui junto a mi madre… Y tras de mí, también vino Marta… Entre los dos la abrazamos, besándola sin descanso… Pero sin tampoco decirle nada… ¿Qué decirle, si no tenía ni idea de lo que le pasaba?... Sólo tenía claro que, por lo que fuera, lo de la certificación de mi bautismo los había sacado de quicio… E, “in albis”, del porqué… Mi padre entonces se levantó, apartándose de nosotros, mi madre, Marta y yo, mientras decía
• En un momento te traigo lo que pides… No te preocupes, que sí que estás bautizado… Pero tendremos que hablar, largo y tendido… Explicarte muchas cosas que desconoces… Que hasta ahora te hemos ocultado…
Se marchó del salón y en unos minutos, no pocos ni muchos, regresó con unos papeles en la mano… Me los tendió, sin decir palabra, y yo, ávido, empecé a leer… Poniéndome pálido y más, más, pálido, mientras leía documento tras documento… Lo cierto es que desde el principio me quedé anonadado, sin habla… Sin, casi, sangre en las venas, pues me iba pasando de frío a helado… Y de helado a congelado…
Lo que ocurría era que aquellos documentos, un certificado de nacimiento expedido en Sevilla, en el Hospital Provincial de la Beneficencia General del Estado de tal ciudad, y firmado por el ginecólogo y la comadrona que me trajeron al mundo; otro certificado de bautismo, expedido por el párroco de una parroquia sevillana, unos veinte-veinticinco días después… Pero ambos documentos, a nombre de un tal Mario Expósito, hijo de padre y madre desconocidos… Luego, otro, de casi dos años más tarde, expedido por la Secretaría de Servicios Sociales de la Diputación General de Sevilla, por el cual el niño de veintiún meses, Mario Expósito, tutelado por tal Departamento Oficial, era confiado, en adopción legal y definitiva, al matrimonio de Madrid, formado por… ¡Mi padre y mi madre!....
Vamos, que yo no era hijo biológico de ellos, sino adoptado con casi dos años… Cotejé la fecha en que, efectivamente, fui inscrito con mi nombre y apellidos actuales, en el Registro Civil de Madrid, y, por vez primera, me di cuenta de que fue ya en 1962, cuando ya superaba los dos años en algún mes que otro…
Ocurrió, que mi padre, al casarse, resultó ser estéril… ¡Dichosas paperas infantiles, que tantas infertilidades masculinas causaron “In Illo Témpore”!… Mi madre se resignó, en principio, a no poder tener hijos, pues el amor hacia su marido, mi padre, era superior a sus deseos maternales, pero al rondar los treinta años, sus deseos de ser madre, se le dispararon hasta convertirse en obsesión que derivó, incluso, en casi paranoia, de modo que, finalmente, acudieron a la adopción. ¿Por qué acabaron buscando un niño en Sevilla?... En Madrid, en los Servicios Sociales de la Diputación, les informaron que lograr no ya un bebé, sino, simplemente, un niño con menos de seis-siete años, es punto menos que imposible… Años y años de aguardar turno y sin garantía de que se logre algún día… Desesperanzados, hechos polvo… Mi madre casi histérica… Fatal de los nervios… Llegó a caer en una depresión horrenda…
Entonces, dos, tres meses más tarde, les llega una extraña llamada telefónica… Una voz femenina les pregunta si son D. Fulano de Tal y Dª Mengana de Cual… Vamos, si son ellos mismos, el matrimonio formado por mis padres… Nuevas comprobaciones, sin soltar prenda, sin decir quién llama y para qué… Les piden DNI (Documento Nacional de Identidad, la Célula Oficial de Identificación Oficial y Policial, en España), y el domicilio actual en Madrid… Vamos, coteja y se asegura bien de con quién habla la voz femenina que hace la llamada; comprobado todo, pasa al “Arroz”… Al porqué de la llamada
• Vamos a ver, D. Fulano y Dª Mengana…. Ustedes desean adoptar un bebé de meses y en el más corto plazo posible, ¿no es así?... –Respuesta afirmativa de mis padres- ¿Ustedes disponen, o dispondrían en su momento, de tal suma de dinero?... -Mis padres lo piensan un rato… Mi madre, mujer al fin, más conservadora, más con los pies en la tierra… Más pragmática, en suma, hace señales a su marido de que no… Pero él, más aventurero, más lanzado, con más esperanza en el futuro, y, sobre todo, desviviéndose por el ser que más quiere, su esposa…Su mujer, acaba respondiendo enérgico…contundente- SÍ, SÍ, Sͅ -Así por partida triple, añadiendo, más que seguro- SÍ; DESDE LUEGO… USTÉDES ENTRÉGUENME UN NIÑO DE MESES, EN NO MÁS DE UNO, Y, EN EL ACTO, LES ENTREGO EL DINERO… Perfecto, -respondió la voz femenina- Ustedes reúnan el dinero pues en menos de un mes tendrán su bebé añorado… Y con cuanta documentación es necesario tener… Hasta la inscripción en el Registro Civil de Madrid, y lo que concierna a la parte religiosa, también, con la Partida de Bautismo… Ah… Y toda la documentación, absolutamente auténtica, enteramente legal… Esperen noticias nuestras en menos de un mes, pues empezamos a trabajar para Ustedes, desde ahora mismo… Ah… Llámenme Elena… Un saludo, señores
En fin, que veinte-veinticinco días más tarde, mis padres me conocieron en una Institución de Sevilla… Mi madre me echó los brazos, y yo, sin dudarlo, parecer ser me entregué a esos brazos que se me tendían, y que al momento, me abrazaron y, según dicen, cuando me sentí abrazado, besado, acariciado, como nunca antes me había sentido, yo me entregué en cuerpo y alma a ese cariño… Y, según dice mi madre, hasta se echó a llorar cuando yo respondí a sus caricias, a su cariño, besándola y preguntándole si ella iba a ser mi mamá…
Y sí; desde ese momento, mis padres fueron eso, mis padres, y yo su hijo. Me trajeron con ellos a Madrid y de su casa ya no salí hasta que me dio la tontuna de “independizarme de ellos para vivir mi propia vida”
¿Qué cómo acabó la tarde?... Pues con todos, los cuatro, mis padres y yo, pero también Marta, abrazados… Mis padres abrazándonos a mí y a Marta y Marta y yo a mis padres…. Por cierto, que Marta, bastante más con mi madre que con mi padre… Diciéndole que no se preocupara, pues no sólo seguía teniendo un hijo, sino que desde ya también tenía una hija…. ¡Y, había que ver cómo se abrazaba mi madre a Marta!…. A su nueva hija… Porque desde ya, Marta llamó padre a mi padre, y madre a mi madre y ellos, tanto el uno como la otra, “Hija, hija e hija…. Cuando no le decía mamá lo de “hijita mía”….
Era ya noche cerrada, pues si por allí hubiera habido una iglesia de esas antiguas, con su torre, su campanario y su reloj del año que se le pidiera, las diez campanadas habría ya sonado, si bien no tanto antes, cuando salíamos de casa de mis padres, pero un tanto sin rumbo fijo… Casi andando al tun, tun… Yo, con una muy extraña sensación en el cuerpo… Por una parte, mis padres, en esos momentos tan dramáticos, con mi madre llorando a moco suelto y mi padre nervioso, tratando de consolarla, pero, como ella, inseguro sobre cómo me tomaría yo el “pastel” de ser hijo adoptivo, y no biológico; les había dicho, abrazándolos a los dos, acariciándoles, besándoles…siendo más cariñoso que nunca con ellos, en particular con mi madre, que ellos eran, habían sido y siempre serían mis únicos padres… Y era verdad; no mentía un pelo, pues no había conocido otros, sin poder asociar a ninguna otra persona a tal sentimiento… Sí; así era como yo, sincera y verdaderamente, los veía y sentía, y el que ellos no hieran sido los que me dieran el ser, la vida, influía menos que nada en lo que por ellos sentía
Pero como persona de carne y hueso que también soy, y con mi “alma en mi almario”, también me sentía un tantico desolado y un muy, muy cabreado… De lo que acababa de saber, lo que con más violencia se me venía, tanto a la mente como a la cara, era que unos desaprensivos, unos desalmados, me habían concebido, sin contar conmigo, para luego dejarme tirado… Tirado a la basura, como aquél que dice… Y esa mujer que me llevó nueve meses en su vientre…que me parió para después desprenderse de mí como si fuera algo viejo…roto…sin valor!… ¡Sin mirarme siquiera, lo más seguro!… ¡Sin saber si era niño o niña…sin importarle, lo más mínimo lo que de mí pudiera ser!…Me pensé qué clase de animal salvaje sería…. No; de animal, no…. De alimaña… De alimaña humana, pues eso, ni los más salvajes, despreciables, de los animales lo hacen
Sí; iba dolorido… Muy, muy dolorido… Y muy…pero que muy, muy cabreado… Para mis adentros, me acordaba hasta de la enésima de la enésima generación de su genealogía de putas meretrices de la zorra indecente que me soltó por el coño… ¡Que ya pudo protegérselo a tiempo, si no me quería!… ¡Digo yo!…
Así iba yo, en todo ese mar, océano, de bilis y odios, cuando, por fin, estábamos junto al coche de Marta; ésta abrió las puertas con la centralizada y yo me empecé a separar de ella, para ir a la puerta del copiloto, mientras más gritaba que musitaba
• ¡Maldita sea la muy puta!… ¡La muy “zorra”!… ¡La muy guarra!…. ¡Mala puñalá le den!... ¡Así arda en el Infierno!.. ¡Ella y el “chulo” que se la folló!
Tanto Marta como yo entremos en el coche, mientras ella decía
• ¿Por quién van tales “lindezas”?
• Por quién van a ir, sino por la maldita zorra, seguro que hija de otra zorra y un cabrón, que me parió y me abandonó como una cosa rota… Inservible…
Respondí yo, mirándola por vez primera desde que salimos de la casa de mis padres; Marta metió la llave en el contacto, la giró y el motor empezó a ronronear… Sí; era la primera vez que la miraba desde que estábamos en la calle, absorto como iba en mi propio estado de ánimo… Sólo entonces advertí que tampoco ella estaba mucho mejor que yo… Sólo que, a diferencia mía, en su rostro no había ira… Sólo una mezcla entre tristeza y melancolía… El motor seguía ronroneando y Marta pisó el embrague mientras daba acelerones al coche y soltaba el seguro del freno de mano… Pero no lo bajó… Se quedó así, sustentándolo en alto, pero sin soltarlo, con acelerón tras acelerón al coche, mas sin soltar el embrague… No me miraba, sino que mantenía la vista fija, absorta, en el parabrisas, en la nocturna negrura del horizonte… Entonces dijo, con voz monótona, átona… Como un robot inanimado
• No debías hablar así de ella… Ni siquiera pensarlo…
• ¿Y por qué no?
• Porque tú no sabes sus razones…el por qué lo hizo… Te dio el ser… Te parió… No te abortó… No te mató…
Yo me quedé sin saber ni qué decirle… Al fin, al rato, repuse
• Y…¿a ti qué te importa eso?… Lo que yo piense o diga de tal hembra de alimaña…
• Nada, desde luego… Aunque, también mucho…
Entonces, ese cuerpo casi inanimado que hasta entonces fuera Marta… Esa especie de muñeco o robot parlante, recobró la vida. Aseguró el freno de mano, devolvió la palanca de cambios a punto muerto y giró el contacto, apagando motor y luces
• Mario, de mí conoces muchas cosas, pero no todas… Nunca te dije, por ejemplo, que yo parí un hijo… Las violaciones de mi abuelo no fueron inocuas… Sí, parí un hijo… El mismo día y en el mismo hospital donde tú naciste… A mi hijo no llegué a verlo… Me lo robaron… Mi madre y mi abuelo me lo robaron, para dárselo a Dios sabe quién… Seguro que su dinero sacarían… Pero yo no lo abandoné… Yo lo quería… Sin importarme cómo lo concibiera… Era mi hijo, el hijo de mis entrañas… Mi hijito querido…
Marta, como digo, había vuelto a la vida… Su voz ya no era átona, sino con tonos… Tonos muy tristes, pero también muy viscerales… Me hablaba de la forma más pasional, con más sentimiento, o sensibilidad, que pueda darse… Pero sin mirarme… Con su vista, todavía, prendida en un horizonte que, sin duda, no veía… Y yo, escuchándola, me sentía morir… Morir a chorros… Estaba aterrado… Aterrorizado ante la idea que sus confidencias, esas confidencias tan sentidas, tan vividas, me estaban originando… Causando… Era terrible… Me decía que no… Que no podía ser… Que tanta mala suerte no podía haberse dado, pero…
• Entonces… ¿Tú?... ¿Yo?...
No era capaz de decir más… No podía desarrollar toda la idea o, mejor, sospecha, que en mi mente acababa de germinar… Marta se volvió a mí, mirándome abiertamente a la cara desde que llegáramos al coche… Puede que desde que saliéramos de casa de mis padres… Y su mirada estaba cargada de cariño… De ternura… Tal ver como jamás antes lo estuviera
• Tú… Yo… ¿Qué?... ¿Qué es lo que piensas?... ¿Qué, tal vez, sea yo la mujer que te dio el ser?... Pues…¿sabes?... A lo mejor sí… A lo mejor no… Dicho esto, te pregunto: ¿Tú, Mario, cómo me ves? ¿Cómo a esa mujer que te dio el ser…o como tu mujer?… ¿Cuál de esas dos mujeres soy para ti, Mario?
Marta, con su respuesta y, a la vez, pregunta, me había dejado de una pieza… Con la boca abierta… Sin saber qué decir… ¿Qué cómo la miraba…que cómo la veía?... ¡Valiente tontería se le ocurría preguntarme a la mujer que me traía más que loquito!
• ¡Pues quién vas a ser para mí, más que mi mujer, ante todo y sobre todo!... ¡Si me traes chalado… shalaíco der toíco, prenda mía!... ¡Si eres mi razón de vida…si sin ti no sería nada…no soy nada…nada, mi amor…nada! ¡Dios de mi vida, y cómo…cómo te quiero, vida de mi vida!...
Marta se me echó a reír a carcajada limpia
• ¡Ja, ja, ja!... ¡Eso!… ¡Justo eso es lo que quería oír, queridito mío!… ¡Maridito!…¡Sí, maridito!... Porque, qué importan los papeles… Eres mi marido… ¡Mi hombre!… ¡Mi macho!… (Marta se me echó encima; me echó los brazos al cuello, abrazándome con toda su alma, y me besó en los labios, abriéndome la boca, avanzándome su lengua, que yo recibí con la mía, acariciándose ambas; apartó por fin sus labios de los míos, para musitarme al oído) Y yo tu mujer… Tu hembra… Tu puta…sí, mi amor…tu putita… Tuya, mi amor… Tuya, tuya…sólo, sólo tuya… Para ti sólo, mi amor… Para hacerte feliz… Dichoso, mi amor… Muy, muy dichoso… Para que nunca desees a ninguna otra… Nunca mires a ninguna otra… Que conmigo siempre tengas bastante… Bastante, y hasta estés sobrado de mujer…
Mi Marta reía y reía y reía… Feliz, dichosa… Parecía una chiquilla con zapatitos nuevos… Y me abrazaba…Y me besaba… Boca, cuello… Y me lamía con su lengua, de arrope y miel… Me lamía el rostro, las mejillas, pero también el cuello, el pecho, a través de mi camisa, abierta de par en par por ella y para ella… Y las orejas… La puntita de esa lengua que me volvía loco…pero loco de atar, picoteaba, sabia, dulce, el hoyito del pabellón auditivo… Embriagándome… Enajenándome
En un momento dado, sin solución de continuidad con sus besos…sus linguales caricias, se apartó de mí, poco menos que violentamente, casi empujándome hacia mi asiento, y se acomodó en el suyo, el de conducción; arrancó a toda prisa el coche y salimos pitando de donde estábamos aparcados
• ¡Vámonos a casa, mi amor, que ya no me aguanto más!… Porque, mi amor, un minuto más aquí, y te llevo al asiento de atrás… ¡Y no veas el espectáculo que íbamos a dar a los posibles viandantes!... ¡Vamos, que en comisaría, de cabeza, acabábamos los dos, por escándalo público!
En menos de lo que se tarda en decirlo, es un decir, claro, pues la tiradita hasta allá, desde la “domus” (casa, en latín) paterno-materna se las trae, aparcábamos en la calle de los Reyes, más o menos, junto al portal de casa… De lo que desde entonces sucedió entre nosotros, un levísimo botín de muestra: Cuando ya en la planta del apartamento salíamos del ascensor, marta sólo conservaba encima la braguita-tanga y a mí no me cubría ya más que el calzoncillo… Y, de milagro, no paramos el elevador entre planta y planta, con lo de “Aquí fue Troya”… O eso otro tan bonito de “Aquí murió Sansón, con todos los filisteos”… Ah; y otra cosa también ambos dos conservábamos en nuestros cuerpecitos serranos: Los zapatos… Pues, ¡milagro!…¡milagro!...descalzos no estábamos… El resto de la ropa, en las manos, que haber otro sitio mejor donde ponerse uno la ropa de calle… O de alguna intimidad, como el femenino sujetador…
Claro, que zapatitos y ropita de calle, puesta en mano, quedaron por el suelo, más o menos esparcido todo, apenas traspasamos la puerta y cerró tras nosotros mi adorado tormento de olímpica patadita… La braguita-tanga, que hay que ver la diminutez de braguitas que mi Marta se gasta, y el calzoncillo, quedaron abandonados a su suerte a lo largo de los cuatro pasos que nos separaban de la alcoba, aunque tuviéramos que andar a la pata coja para sacarnos las prendas…
De lo que fue la noche, baste decir que, cuando por fin cerrábamos los ojos, rendidos irremisiblemente al reparador descanso, con el sol calentando más que otra cosa aquella mañana de inicios de Mayo de 1987, un servidor estaba descuajeringado, desjarretado, roto, hecho unos zorros, con ni un solo centímetro cuadrado de mi piel, sin que dientes, uñas y deditos de mi adorada no señalaran, pues, amén de morderme y arañarme de lo lindo casi todo el cuerpo, sus delicados dedos me arrearon cada pellizco que, menos de delicados, de todo tenían…y me río yo de aquellos famosos pellizcos de monja de antiguamente…
Pero más dichoso, tampoco podía ser… Ni mi amada Marta… Como siempre, caímos en poder de Morfeo, abrazados… Marta entre mis brazos y yo entre los suyos… Y si nuestras bocas no estaban juntas, milagrito del Niño Jesús, pues hay que ver cómo nos besamos cuando, tras la tormenta, se hizo la calma… Cuánta dulzura, cuánta ternura, en esos besos… Cuánto, cuantísimo amor…cariño del bueno… del de verdad
Pero antes, de todo hubo esa noche… Con mi adoradísima Marta especialmente motivada… ¡Dios, y cómo estaba!... Insaciable, nunca tenía bastante… Siempre pidiéndome más, y más, y más… Con sexo vaginal para dar y tomar, “sesenta y nueves” a granel…homenajes de ella a mi virilidad y míos a su más genuinamente femenina intimidad… También algún sexo anal que otro, pero no demasiado, pues no es lo más preferido para nosotros… Es entonces, en la “cresta de la ola” de mi deseo… Deseo, ya, más salvaje, más bestial que humano… Marta se da cuenta, lo advierte… Me ve así, bramando como un toro, dominado por una libido enteramente salvaje… Y suele decirme, con el tono más sensual de su voz
• Mi vida… Queridito mío… ¿Quieres mi culito?... ¿Te apetece, mi amor?
Y, desde luego que en tal momento, en tales momentos, me apetece… Y más que a un tonto un lapicero…más que a un perro un picatoste… Mi Martita no es muy amiga de eso, pero sabe que a mí, puesto así, me “mola” cantidad… Y el gran amor que me tiene, hace que, sin dudarlo un segundo, me lo ofrezca, en total, absoluta, entrega a su marido… A su hombre…a su macho, como ella dice… Pero no se piense que entonces se constituye en víctima propiciatoria sacrificada en el ara, altar, de mi desenfrenada sexualidad… Ninguna virginal doncella inmolada en el romano circo para satisfacer los más bajos instintos de una plebe embrutecida… Ni muchísimo menos, porque, bajo tales circunstancias, espontáneamente, es lo que también a ella le apetece
Esto, que tan complicado puede parecer a bote pronto, es sencillísimo entenderlo, si se tiene en cuenta el carácter básico de nuestra relación hombre-mujer: El amor más visceral, más arrebatado… Así, el “súmmum” del placer, de la dicha, para mí, es hacerla dichosa a ella, a mi Marta, y el de mi Martita, es verme dichoso… Hacerme dichoso a mí… Así, lo más de lo más, es vernos… Vernos la carita mientras, mucho más que copulamos, nos amamos… Y eso, como en el sexo vaginal, no se consigue en ninguna otra forma de sexual relación, por lo que esa manera de disfrutar, yo de ella, ella de mí, es nuestra preferida…
También pueden serlo los homenajes que, mutuamente, dedicamos a nuestros r sexos, ya conmigo constituido en protagonista pasivo y ella en “prota” activa, o al revés, yo “trabajando” su divina intimidad de mujer y ella pasiva, centrada en disfrutar de mi regalo… Entonces, puestos los dos frente a frente, nos es fácil desviar la mirada al adorado rostro, con la dicha enteramente reflejada en él… Eso, en los “sesenta y nueve”, y no digamos en el sexo anal, resulta bastante más oneroso.
Así, mientras aún conservamos algo de consciencia y control sobre nuestra sexualidad, no practicamos tanto esos libidinosos sibaritismos, anal y “numérico”… Pero cuando nos “desmandamos”, comenzando casi siempre por mí al ponerme no como una moto, sino cual “tropecientos mil” motociclos, y mi casi “santa” se me despepita en plan “Yo, la puta redomada de mi macho, único y exclusivo”, diciendo bien a las claras, aunque no sea, necesariamente, en palabras, que no pocas veces sobran, pues para qué decirlas pues el propio cuerpo habla ya más que elocuentemente: “¿Que mi macho y dueño de mi alma tiene el caprichito de romperle el culito a su putita?... Pues aquí lo tienes, mi amor… Tuyo es… Rómpemelo… Y haz que me mee de gustito, cariñito mío”… Pues…eso… Culito al pairo y a otra cosa, para más que excelsa y mutua satisfacción en tales momentos de exacerbada libido…
Algo más de tres semanas después Marta entraba en una iglesia hecha ascua de luces brillantes y fantástico jardín de flores, respirando el intenso aroma del incienso entremezclado con el que despedían las miríadas de tipos de flores que cuajaban el ocasional jardín… Una Marta espectacular en su níveo, impoluto, traje de novia, más escultural que nunca, pero es que además, más, mucho más bella que jamás la viera, con un rostro…
¡Dios qué rostro…qué faz! Se dice que la cara es el espejo del alma, y entonces la de mi más que adorada, mi diosa, aparecía más transfigurada que otra cosa… Transfigurada, transformada en puro goce… Pura dicha… Pura felicidad… Su rostro…su cara, entonces, reflejaba y expresaba cuanto bello, hermoso, límpido, puro e inmaculado que en este mundo pueda haber… Toda la bondad y cariño que ser humano pueda albergar en sí mismo
Su brazo izquierdo apoyado en el derecho de mi padre, su padrino de bodas, que, galante, se lo había ofrecido, doblado por el codo… En la diestra de mi divino tormento, el ramo de novia… Tulipanes rojos… Y qué empaque, qué garbo, al pisar firme, decidida, a los compases de la “Marcha Nupcial”, de Mendelssohn(3), aquella alfombra roja, interminable desde el pie del altar hasta el pórtico de la iglesia, justito junto a la acera de la calle… Y yo allí, al pie de ese altar, esperándola junto a mi madre, mi madrina de bodas, embobado ante su visión… Me dicen que no babeaba, que, simplemente, tenía una carita de tonto del bote… ¡Que no se podía aguantar!... Aunque yo no estoy seguro de que no se me cayera la baba viendo a mi diosa…
Por cierto, que mi Marta portara tal ramo de novia no resultó tan fácil… Al comenzar con lo de elegir y encargar el ramo, supimos que las flores tienen significado, y el del tulipán rojo es “Amor Eterno”… Y del tirón quisimos es flor y no otra… ¡”Cazi na”!... ¡El lema de nuestra relación!… ¡De nuestro amor! Amor eterno… Para siempre, sin vuelta atrás… Sin remisión… Unidos hasta el fin de nuestros días… Hasta el último de nuestras vidas… Porque aunque ella se fuera antes que yo, ley de vida al llevarme trece años casi, por eso yo no dejaría de seguir casado con ella…hasta mi propia muerte… Nadie, nadie, podría sustituirla nunca…nunca ¡Quién narices podría hacerlo…igualarla siquiera!…
Sí; el tulipán rojo era nuestra flor, suya y mía, pero nuestra boda sería el 8 de Junio, y para entonces, ya no hay tulipanes, acabados hacia fines de Mayo… La cosa era peliaguda, pues nosotros queríamos esa flor, no otra… Al fin se solucionó, pues la floristería logró que le trasplantaran plantones a un invernadero que reprodujera la climatología favorable a tal flor… Nuestro dinero nos costó, pero eso fue para Marta y para mí, esencial… Irremplazable esa flor…
A la ceremonia religiosa, pues de la civil ni acordarnos queremos… ¡Qué cosa más fría…más impersonal! Puro trámite burocrático para legalizar nuestra unión ante el Estado Español… Sí, fue frío, casi deprimente, pero esencial, necesario de cara a nuestra legalidad ante el Estado… ¡Que tampoco es mala marca!
Bueno, pues decía que a la cosa de la iglesia siguió, cómo no, el inexcusable banquete ofrecida a nuestros invitados, no tantos, en absoluto fue la nuestra una de esas “mega bodas”, tan en boga hoy día, de cientos y cientos de invitados…que paguen no ya el banquete, sino viaje de novios y entrada del piso, a ser posible… No; nuestra boda no fue así, sino bastante más tradicional… Invitados, los justos: Compañeros de trabajo, con Justo, el jefe a la cabeza, señoras y maridos incluidas/os, familiares, míos claro está, hermanos y primos de mis padres, con sus hijos, con sus hijas, y los pocos matrimonios con los que ellos mantenían buena amistad, con sus retoños/retoñas
Aquello, el banquete, para nosotros, Marta y yo, se hacía, más y más, una casi tortura… ¡Qué narices íbamos s tener ganas de probar bocado!... ¡Ni micho menos!... Nuestros anhelos iban por derroteros bien distintos, mirándonos durante toda la cena… Deseándonos… Devorándonos con los ojos… Así que las horas se nos hacían interminables… Pero como no hay mal que cien años dure, por fin nos llegó el momento de poder salir de allí despendolados
La dirección del restaurante, en la calle del Padre Damián, por la zona del Bernabéu, había ofrecido a marta una estancia donde pudiera cambiarse, quitarse el traje de novia y vestirse de “civil”, pero lo desdeñó, diciéndome
• Quiero que me lo quites tú, amor, cuando estemos solitos los dos… En la habitación…
De manera que bajamos directamente al aparcamiento a coger nuestro coche e irnos a todo trapo a un hotel de esos de “tropecientas” estrellas, donde habíamos reservado habitación para esa noche. Llegamos junto al coche; yo, de un bolsillo, saqué las llaves del vehículo, ofreciéndoselas a Marta, mientras, más inconsciente que conscientemente, me separaba de ella rumbo a la puerta contraria a la de conducción…la mía habitual. Marta, en sus manos, tomó las llaves; se las quedó mirando un momento, y luego salió tras de mí, a paso vivo
• Espera, espera, mi amor…
Yo me detuve, más o menos, por la trasera del coche, esperándola… No desanduve el camino hacia ella, pero tampoco me la seguí separando, sino que me detuve, esperándola: se llegó hasta mí y me puso las llaves en mi mano
• No mi amor… Yo no… Toma tú las llaves… El volante… Conduce tú… Desde hoy, tú lo conducirás todo… Lo dispondrás todo… Y yo haré todo cuánto tú quieras… Seré una buena esposa para ti, mi amor… Mi vida… Mi cielo… ¡Ay!... ¡¡¡Y MI MARIDO…MI MARIDITO QUERIDO!!!... ¿De acuerdo, amor?...
¡Dios, y cómo estaba Marta!... Encendida, amorosa como nunca antes la viera y sintiera… ¡Cuantas cosas habían cambiado en tan poco tiempo!… En las breves horas del día… Sí, yo su marido…ella mi mujer… ¡Con papeles y todo!... ¡Con hasta la bendición de la Iglesia!... Sí; definitiva, decididamente, marido y mujer éramos… Con todas las de la ley… ¡Y para siempre…sin vuelta atrás!… La besé… Nos besamos… Era aquella la primera vez que besaba a mi mujer legítima… Aquel beso era igual a los tantísimos que hasta entonces nos diéramos, pero, al propio tiempo, qué distinto… Cuál diferente… ¡Era el primero, en verdad, que como marido y esposa nos dábamos!... Claro que antes, durante las ceremonias civil primero, religiosa después, nos habíamos ya besado… Pero esos fueron protocolarios… Impuestos por los protocolos de ambas ceremonias nupciales, pero este otro… Este había sido espontáneo, sin pensarlo, salido de nosotros mismos… Buscado, deseado por nosotros mismos, libremente…Porque a los dos nos apeteció hacerlo, sin injerencia o guion previo alguno… Nuestro, en verdad, primer beso de marido y mujer… De esposo y esposa…
Nos separamos y, en tanto Marta me siguió mirando medio embelesada, yo miraba un horizonte que no veía, con las llaves del coche en la mano, dándoles vueltas y vueltas sobre mis dedos
• Marta cariño… Mi amor… ¿Te…te… ilusiona mu…mucho lo de…lo de…pasar la noche en el hotel?... ¿Lo deseas mucho mi amor…deseas mucho que esta noche la pasemos allí?
• No mi amor; en absoluto… ¿Por qué lo dices?... ¿En qué piensas?... ¿En…en casa?... ¿En nuestro cuarto…en nuestra cama?
• En nuestro nidito de amor, donde tan felices hemos sido tantas…tantas veces…
Marta se rio, me besó apasionada, pero sin excederse en “morreos”, para, decidida, al separarse de mí, seguir andando hacia la puesta contraria a la del volante, mientras decía
• Sí mi amor ¡Vámonos a casa!... ¡A nuestro nidito de amor!... ¡Dónde mejor podríamos pasar esta noche, nuestra Noche de Bodas, cielo mío… Queridito…queridito mío…
Llegamos a casa y con el ascensor a la planta del piso… No; esa vez no hubo cosas raras al salir del ascensor, sino que ambos íbamos como manda la Santa Madre Iglesia, enteramente vestiditos, “fartabe” más. Llegamos a la puerta de la vivienda y abrí sin ninguna dificultad; me hice a un lado para que mi dama pudiera pasar, pero no pudo hacerlo… Yo se lo impedí, al agarrarla cuando pasaba ante mí; sin apercibirse Marta de la que se le avecinaba, en un momento se vio en el aire, levantada a pulso por los brazos de su ya marido, que le apoyaba una mano en las nalgas en tanto la otra sostenía por arriba de la espalda, hacia el centro… Dando tumbos de pared a pared, tropezando no pocas veces, apoyándome de vez en vez en las paredes, con mi Marta en brazos logré llegar al dormitorio y, ya allí, la solté sobre la cama, de través, en tanto yo mismo caía sin fuelle en la misma cama, a su lado y precisando, más que nada, una botella de oxígeno
• Mi marido resulta ser un caballero… Un caballero a la antigua usanza… ¡Conmigo en brazos ha atravesado el umbral de casa y hasta depositarme en la cama no ha cejado!... ¡Como en las películas de antes!... (Me besaba llena de emoción, de cariño ante la por entero inesperada acción) ¡Marido, eres mi Caballero Andante!… Mi Amadís, mi Sir Lancelot, mi Sir Percival, mi sir Galahad…
Sí, aquella noche fue de las inolvidables… La primera de las muchísimas más que le han seguido… Hasta, sin ir más lejos, la de anoche mismo… Y si de encuentros mantenidos, no noches específicamente, pues la sesión de amor que esta mismísima mañana del mes de Noviembre del 2013 nos hemos, mutuamente, obsequiado, al despertarnos, como cada mañana, desnuditos ambos, abrazaditos ambos… Que no veáis y cómo nos gusta el amor mañanero
Sí; mi Martita y yo llevamos juntos veintiséis años chorreados en unos cuantos meses… Yo, ya en mis cincuenta y tres tacos de almanaque y a mi Marta la separan bastantes menos meses de los sesenta y seis que de los sesenta y cinco… Pero, ¡qué importan los años cuando se quiere como nos queremos!... ¡Qué importa el tiempo cuando nuestra mutua entrega es tan integral!... Si dijera que la quiero… La deseo, incluso, como aquél 8 de Junio de 1987, cuando nos casamos, mentiría cual bellaco, pues la quiero… La deseo… Deseo su cuerpo más… Muchísimo más que aquél día…aquella noche, la nuestra de Bodas
Yo no sé si seguirá tan “buenaza” como por aquellos entonces estaba, pero me barrunto que, en todo caso, mucho menos no… Y ahí están las miradas de los tíos, hasta treintañeros…veinteañeros, que, indefectiblemente, se vuelven a mirarla cuando, más orgulloso que “D. Rodrigo en la horca”(4), voy con ella del brazo por la calle
Porque, para mi buena suerte, mi Marta es de esas mujeres con buena encarnadura, por las que los años parecen resbalarles, sin afearlas con arrugas y demás en la piel… Vamos, que, como los buenos vinos, mejoran con el paso del tiempo… Pero es que esa, digamos, virtud natural, ella la refuerza dejándose la piel en la “bici” y en las pistas de “footing”, corriendo como loca kilómetro tras kilómetro… Lo malo, es que a mí me toca “pringar” también cosa mala, con aquello de que en la cama no quiere ningún cuerpo fofo… Así que me arrea cada tute… ¡La repanocha en “avecicleto”!... Y claro, como yo soy “forofo” del “sillón-ball”, y no digamos del “Cama-ball”, sobre todo si la tengo a ella a mi ladito… Pues qué le voy a hacer, si a la media vuelta de correr sin ton ni son, me rilo, con lo de “A ver; rápido; la botella de oxígeno, que me asfixio”… En tan dramáticos momentos, mi “santa” se me ríe cosa fina en mis mismísimas narices, con lo de
• ¡Pero mira que serás “flojeras”, marido!…
Sí, sí, “flojeras”… ¡Y estoy para que me ingresen en la UVI!... Pero eso, que mi Marta se me conserve que parece hasta más joven que yo…y más rotundamente “buenorra” cada día que pasa por ella, es, realmente, lo de menos… Lo importante es lo adorable que es… ¡Qué alegría sigue irradiando toda ella!… ¡Y su risa, Dios mío, que lo llena…lo inunda todo! Su rostro, su boca, sigue conservando aquella sonrisa de niña, todo inocencia…todo candor, pero a sus ojos, con mucha, pero mucha frecuencia, vienen esos diablillos, rojillos ellos, con tenedor-tridente incluido, socarrones, alegretes, preludiando las mil y una barrabasadas de mi “santa” trastocada en jovencita algo más que “locatis”
Pero, ¿para qué todo eso?… Ese estar “de contino”(5) pendiente de sí misma… ¿Para qué?... ¿Por qué?... ¿Porque a ella le gustara lucir esplendorosa por sí misma…para sí misma?... ¡Y un cuerno!... Quería mantenerse así por mí…para mí… Sola, única y exclusivamente, para mantenerme loquito por ella… Babeando por ella… Haciendo mis ojos chiribitas por ella…
• Quiero ser tu puta, amor… Que tomes de mí cuanto te apetezca… Mi chochito…mi culete…mi boca… Todo…todo…todo… Lo que te apetezca, amor… Bastarte y sobrarte como mujer… Tenerte ahíto de sexo…de mujer, mi amor… Para que ni siquiera mires a otra más que a mí… Para que sola y únicamente me desees a mí… A mí, mi amor… A mí nada más… Mi amor… Mi vida… Mi cielo… Mi bien… Mi todo amor mío… Mi todo…
Eso me había dicho tiempo ha… Y en ello seguía… Y más… Bastante más que cuando lo dijera antes, pues sabía que le llegaba ya lo de “cuesta abajo, y sin frenos”… Y, digamos que en la recta final de su carrera, aceleraba cosa no ya fina, sino finísima
Nuestro amor nos había otorgado cinco hijos, tres muñequitas y dos muñequitos, que, amorosa, mi Marta me ofrendó
• Mira amor… Mira a tu hija… Mira a tu hijo… Yo lo concebí de ti, cielo mío, y lo he gestado, lo he parido para ti mi amor… Y para mí, claro… Para los dos, alma mía…cariño mío…amor mío… Amor mío… Amor mío
La mayor es Marta bis, veinticinco años hoy día, desde hace tres casada y con un hijito que es la dicha de nosotros, Marta y yo, sus abuelos… Sí… Marta y yo somos abuelos… Luego vinieron nuestros Mario bis y Emilio, por mi padre… Mi “sosias”, veinte añitos y su hermano quince… La segunda chica que la cigüeña nos trajo fue Amalia, como su abuela, mi madre, doce años ya. Y la “benjamina”, Linda, diez pimpollos de añitos
Marta, desde su primer embarazo, tuvo más que claro que a su prole la amamantaría al pecho, mientras sus senos dieran de sí,(6) y así resultó, que a los dos mayores le estuvo dando el pecho cuatro años, más largos que cortos, lo que, de por sí, significó un suerte de regulación natural de su natalidad, al espaciarse los partos cinco años, más o menos, unos de otros… Pero sucedió también que, cuando Emilio vino a este mundo traidor donde “nada es verdad ni es mentira, sino sólo del color, del cristal con que se mira”, Marta entraba ya, de hoz y coz, en la cincuentena de su vida, con lo que, palmariamente, el arroz se le pasaría en un suspiro… Y le entró prisa por darme cuantos más hijitos mejor, con lo que a Emilio, nuestro tercer vástago, le cerró el grifo de la esencia materna a los dos años de crianza apenas; y a Amalia, ni al año llegó el tiempo que pudo disfrutar del pecho materno, para poder dar paso a nuestra Linda menos de dos años después de que Amalia naciera…
El nacimiento de nuestra pequeña Linda fue el canto del cisne de mi amada Marta, pues el periodo no volvió nunca más a su mensual cita… Ni nunca más volvió a quedar preñada… Tenía ya cerca de cincuenta y seis años y el climaterio la pudo… Pero ese climaterio, que sí venció a su fertilidad, no pudo con nuestro amor… Con nuestras ansias de amor…de amarnos hasta la extenuación…
Mas, ¿en qué quedó lo de la más que posible extremada consanguinidad entre nosotros?... Pues, en lo que Marta dijera la noche en que mi padre nos reveló mi origen… En que supe lo del hijo arrebatado a mi amor… Que tal vez sí, pero tal vez no… Aquella noche quedamos en que lo importante éramos nosotros dos…Nuestro amor… Nos enamoramos como dos desconocidos se enamoran… Y… ¿Qué íbamos a hacerle?... Yo, desde luego, a mi Marta no podía verla como la mujer que me dio el ser… Menos como una madre de verdad… Mi madre era, es y siempre será Amalia, la única madre que he conocido… Que he tenido… Y Marta es eso, y sólo eso: Mi mujer…mi esposa… La madre de mis hijos… La mujer que amo sobre todas las cosas de este mundo
De que ella a mí, a veces, me mire de manera…digamos, “especial”, pues, francamente, no lo sé… Pero lo dudo, pues nunca ha tenido el menor desliz… El menor renuncio en dirección, digamos también, oscura… Aunque, quién sabe… Es mujer… Fue madre, antes de que yo la constituyera en tal… Quién sabe… En realidad, eso es algo que ni planteármelo quiero
Aunque… Pero… ¡Ay, los “pero”!... Lo cierto también es que, cuando ella ha estado embarazada, sobre todo de nuestros tres primeros hijos, según se acercaba el momento cumbre del alumbramiento, los dedos se nos hacían huéspedes a los dos… Nos entraban unos nervios… Y digo nervios, por no decir terrores… En los cinco partos que ha tenido conmigo, yo he estado a su lado, dándole mi mano para que ella la aferrara, como naufrago a tabla de salvación… Y, cuando al fin la criatura estaba ya en este mundo, berreando a todo berrear, salía disparado tras la comadrona o quienquiera que fuese la persona que iba a adecentarla y vestirla para pasársela a la madre… Miraba a mi hijita-hijito hasta con lupa, podría decirse, en busca de posibles, evidentes, taras físicas… Me tranquilizaba un tanto, al no encontrar nada raro, pero preguntaba al/la profesional que atendía a mi retoño… Al propio cirujano que asistiera a mi mujer si el bebé estaba bien… Si tenía todo lo que tenía que tener y donde y como debía tenerlo… Ellos se reían… Hasta me embromaban diciendo que todo muy, pero que muy normal, excepto lo bonita que era la criatura, pues tanta guapura no era, ni con mucho, normal
Luego iba junto a Marta, a tranquilizarla, y siempre se me adelantaba ella, para preguntarme, más que ansiosa
• ¿Está todo bien?... ¿Es normal nuestro hijito?
Y es que la “Espada de Damocles” no cejaba en pender sobre nuestras cabezas… Sí; ¡dichosos “pero”!... Aunque cada bebé que nos nacía, no ya enteramente normal, sino destacando por bonitos, fuertes y sanos amén de bastante inteligentes, esto en primeras apreciaciones que conforme crecían más y más tal presunción se afianzaba, también más y más, nos fue quitando las prevenciones de los primeros tres embarazos… Llegamos a convencernos de que todas esas suposiciones de consanguinidad extrema, no eran más que elucubraciones sin fundamento
Así, en una de las visitas periódicas que, siendo todavía muy pequeña nuestra “benjamina”, Linda… A su añito y poco, más o menos, hacíamos al pediatra con la nena, consulté el asunto al médico… Se quedó sin habla al saberlo todo… Convino en que era muy difícil que, habiendo consanguinidad en primer grado, ninguno de nuestros hijos presentara tara alguna, ni física ni mental… Y más, habiendo tenido cinco criaturas, que con una podía “sonar la flauta”, pero con cinco… Pero claro, también mantenía que se hubieran dado dos partos distintos, con el mismo resultado de bebé abandonado, en el mismo hospital y casi a la misma hora, era tan difícil, si no más, incluso, que lo de las cinco criaturas sanas de cuerpo y mente
Vamos, que, por finales, quedé como al principio… Ni sí ni no, sino todo lo contrario… O, lo que es lo mismo… ¡Deixémonos o caralladas, os meus amigos!, cuál diría un “galego”… Es decir, dejémonos de tocar “perendengues” ajenos… ¡¡¡Y PUNTO!!!
FIN DEL RELATO
NOTAS AL TEXTO
1. Se la denomina, mundial y normalmente, así, “Marcha Nupcial”, aunque, en verdad, es una “Marcha Triunfal” del poema sinfónico de Félix Mendelssohn, “El Sueño de una Noche de Verano”, compuesto en base a la obra homónima de William Shakespeare.
2. Este refrán se refiere a la apostura con que D. Rodrigo Calderón, marqués de Siete Iglesias, aceptó la muerte, no en la horca, como dice el refrán, sino por degollamiento, forma de ejecutar la fatal sentencia a los nobles, no la horca… El escenario fue la Plaza Mayor de Madrid y el gentío que se reunió en la plaza, de comenzar por insultarle y lanzarle todo tipo de asquerosidades, pasó hasta a llorar su muerte, admirándole, no solo la entereza con que subió al patíbulo, sino su munificencia con el verdugo, al que regaló una bolsa de monedas, besó y abrazó, disculpándole por el mal que se aprestaba a hacerle…
3. De D. Francisco de Quevedo y Villegas: “Madre, yo al oro me humillo; él es mi amante y mi amado; pues, de puro enamorado, de contino anda amarillo”
4. Para las mujeres actuales, esto de dar el pecho a sus criaturas a lo largo de años, es algo así como una entelequia…Irrealizable, por aquello de ser, comúnmente, “Madres-Trabajadoras”… Pero, queridas, sucede que la “madre-trabajadora” es casi tan antigua como la civilización misma… En el campo, asistiendo en casa ajena… Desde siempre, queridas-queridos, la mujer ha trabajado fuera de casa… Y ha amamantado, al tiempo, a sus hijos… En épocas relativamente recientes, desde fines del siglo XIX a inicios de los años 50 del pasado siglo, cuando la madre no podía, personalmente, dar alguna toma al bebé, ausencia por trabajo, viajes etc. suplía tal/tales tomas con un biberón de su propia leche materna: En efecto, se la extraía ella misma, hasta vaciar ambos senos en frascos, biberones, que en el momento oportuno el niño mamaba, con lo que el amamantamiento no se interrumpía… Pero a partir de mediados de los 50, más o menos, ya ni eso… Directamente, “Pelargón” al canto… O los demás tipos de sucedáneos a la leches materna elaborados por los laboratorios farmacéuticos… Últimamente, años 90 en adelante, las Autoridades Sanitarias internacionales parece que han redescubierto el “huevo de Colón”, aconsejando la leche materna, que no maternizada, como lo ideal para la alimentación infantil en sus primeros meses…y años… Claro, complementando la teta de mamá con preparados de frutas y, al tiempo, carne, pescado etc., pero aconseja mantener la leche materna, como alimento vital, hasta al menos los dos años
4.1. El “Pelargón” fue la primera leche, digamos, maternizada que se expende en España. Fue “Nestlé” la firma productora, y su elaboración data de 1944… Ni idea de si hoy todavía se produce



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una historia de incesto

Categoria: Amor filial
una historia de incesto
Relato erótico enviado por Anonymous el 14 de December de 2007 a las 13:35:08 - Relato porno leído 549794 veces

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