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Elena&Martín


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Relato enviado por : Anonymous el 11/06/2011. Lecturas: 7182

etiquetas relato Elena&Martín Trabajo .
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Resumen
Administrativa en un hospital, se deja someter por un médico


Relato


A pesar de hacer cinco años que trabajaba en el hospital, no había tomado con demasiado apego aquella tarea administrativa que la aburría, pero quiso el destino que necesitaran gente para cubrir una guardia los días sábado y ella, con esa involuntaria ansiedad de estar siempre ocupada en algo que la mantenía en vilo desde la circunstancial separación de su marido, se ofreció.
En realidad, se trataba de un intento por establecer nuevos hábitos entre los pacientes, pero las visitas eran escasas, casi nulas y en general, transcurría las cuatro horas tomando mate, leyendo o haciendo palabras cruzadas. Su ocasional jefe era el doctor Martín con el cual tenía una buena relación amistosa y distraían su aburrimiento, estableciendo pequeñas competencias privadas en la solución de enigmas y grillas.
Cierta mañana lluviosa y fría, ella estaba particularmente perturbada por esos extrañamientos mentales que la remitían casi físicamente a momentos más felices, volviendo a colocar olvidados escozores en el fondo de sus entrañas. Tratando de escapar a esos recuerdos que conllevaban situaciones dolorosas y tristes, argumentó que una frase le proponía más dificultad de la esperada, pidiéndole a Martín que la ayudara.
Como le sucedía frecuentemente en los últimos tiempos con cualquier hombre, su cálida proximidad incrementó ese calor que se acumulaba en el fondo de su sexo y el brutal golpe de deseo que oscureció su mente por una fracción de segundo hizo que ni siquiera intentara protestar cuando él, sentándose junto a ella en el largo banco de madera y hierro, apoyó como al descuido su mano sobre el muslo.
Viendo como la indiferencia calma de Elena se aproximaba a la aquiescencia, deslizó la mano hacia la rodilla y desde allí trepó por el muslo debajo de la pollera en dirección a la entrepierna. Acodada en la mesa, ella apoyó el mentón en una de sus manos y ante esa caricia, sólo ladeó un poco la cabeza para mirarlo soslayadamente con reprimida picardía, mientras separaba invitadoramente las piernas.
Ella sabía que esa imagen de casta madre de familia asociada con su cuerpo firme y la diafanidad de sus ojos claros, la convertían a los treinta y dos años en una presa codiciable para los médicos y, como su marido la había aleccionado para que jamás se cuestionara en absoluto su casi ciega preferencia por las perversiones sexuales siempre que aquellas se desarrollaran en la más profunda intimidad para que no trascendieran públicamente, consideraba que no tenía nada de que arrepentirse ni avergonzarse, ya que nunca había sido etiquetaba como promiscua por la sociedad.
Entendiendo su pasividad como una autorización para seguir adelante, el médico la atrajo pasando un brazo por su cintura y, acercándose, comenzó a besarla con suave prepotencia. Elena era naturalmente incontinente y considerando que cada nueva persona con la que había mantenido relaciones fuera para ella una revelación, ahora deseaba protagonizar un descubrimiento del cual no deseaba privarse, especialmente a su edad.
El pedíatra frisaría la cuarentena y era un hombre corpulento, aunque no musculoso. Ella no había conocido tantos labios masculinos como para evaluar su competencia, pero el sólo hecho de no agredirla hacía que aceptara gustosamente sus besos y la esquiva presencia de la lengua que no terminaba de decidirse a invadir su boca en tanto que la mano que rodeaba el torso sobaba suavemente sus pechos por encima de la ropa
Desprendiéndose parcialmente del abrazo, alzó prestamente la pollera hasta casi la cintura y apoyando una pierna encogida sobre el banco para acomodar el cuerpo se aferró a su nuca, iniciando una serie de intensos chupones que convencieron al médico que no había estado desacertado al avanzarla sexualmente. En tanto que respondía a sus besos con apasionamiento, Martín dejó que los dedos acostumbrados a manejar la fragilidad de los bebés, volvieran a buscar su entrepierna y exploraran curiosos por debajo de los elásticos de la bombacha en procura del sexo.
Como de costumbre, la presencia de unos dedos extraños - en realidad le daba lo mismo que fueran extraños o conocidos; los dedos eran maravillosos - conmovían a la mujer y terminando de cruzar la pierna para quedar acaballada al banco, facilitó la caricia con la apertura de sus ingles. Aunque estaba entusiasmada por la promesa de aquel sexo furtivo e inesperado, no dejaba de tener conciencia de que estaban en un sitio público y que, de ser sorprendidos, podían quedar expuestos, no sólo a la difamación sino hasta el despido mismo.
Removiéndose inquieta entre los brazos del médico le expresó sus temores, pero este la sacó rápidamente de su desazón al decirle que, previendo que se concretaría lo sucedido y sin que ella se diera cuenta, había cerrado con llave la puerta del cuarto.
Saber que Martín había planeado acostarse con ella sin siquiera demostrarle antes la intención de un mínimo coqueteo, la molestó; la hizo sentirse tan asequible como para ser considerada una mujer fácil, una cosa tan útil a sus propósitos como una prostituta, pero también asumió que su descomedimiento sexual desde la misma adolescencia escapaba a esa definición tan sólo porque no cobraba por hacerlo, con lo que entonces la acepción se correspondía con la de aquellas que, como ella, lo hacían sólo por gusto y, sí, se reconoció tan puta como había querido serlo. Inmediatamente se consideró calificada y decidió que si ese era el juego que quería jugar el hombre, ella lo jugaría y evitaría así todo compromiso o actitud que los denunciara en público.
Quitándose el suéter, se recostó en el banco y mientras, alzando las caderas dejaba que él la despojara de la falda y la bombacha, se desprendió del corpiño. Extasiado por la sólida contundencia del cuerpo en plena sazón de esa joven madre, Martín se sacó el guardapolvo y procedió a desnudarse con arrebatada urgencia. Estirándose voluptuosamente en el largo banco, ella encogió sus piernas abiertas y sosteniéndolas por los muslos, le pidió con impúdica franqueza que le hiciera sexo oral.
Ansioso como si cobrara un premio, el hombre montó también el asiento y tomando entre sus grandes manos las nalgas poderosas, alzó el cuerpo para acercarlo a la altura de su boca como abrevando en él. Sus labios eran gruesos y se combinaron con la lengua vibrante para exacerbar los tejidos de la vulva que, rápidamente, incrementó su volumen adquiriendo un oscuro matiz rojizo. Tan excitada como el pediatra, llevó sus manos a la entrepierna para que los dedos abrieran, no sólo los labios mayores sino también los menores, aquellos que adquirían ese impresionante aspecto de colgajos sangrientos, para dejar expuesto el maravilloso espectáculo del óvalo que, rosado y húmedo, prometía placeres infinitos al hombre.
La rolliza lengua engarfió su punta tremolante y recorrió la nacarada superficie sorbiendo los jugos agridulces, deteniéndose por unos instantes a socavar el hoyo de la uretra para después bajar a la inmediata caverna de la vagina, dilatada y pulsante. Apretándolo entre sus dientes, hizo que el órgano perdiera su elasticidad para convertirse en una aguda barra de carne sólida que, como un pequeño pene, penetró varios centímetros y, al ritmo cadencioso del vaivén de la cabeza, entró y salió en una mínima y placentera cópula.
Tras años de práctica tan intensa como alocada de un sexo en el que con su marido lo moral y decente había sido gozosamente dejado de lado, Elena recibía jubilosa la prepotencia de aquella boca que la volvía a introducir a esa dimensión de arcanos disfrutes y de la cual hacía tanto tiempo estaba ausente. La boca del médico ahora se ocupaba en succionar con violentos chupones las aletas carnosas de los pliegues en tanto que dos de sus largos dedos espatulados se introducían en la vagina a la búsqueda de aquel bultito que la enloquecía.
Conocedor de la anatomía femenina, apoyó la palma de su otra mano en la sima que precede al Monte de Venus y, sabiendo que desde allí se extendía la red de tejidos sensibles del clítoris, presionó con un frotar circular que comprimió la uretra, incrementando el disfrute del roce de los dedos contra la prominente fibrosidad interna.
Los dedos realizaban en el canal vaginal una tarea de orfebrería; rascando encorvados las mucosas naturales se deslizaban arriba y abajo en un moroso vaivén en tanto que la muñeca le imprimía un giro con el que rastrillaba placenteramente al conducto. Con los pies asentados firmemente en el suelo, Elena apoyaba todo el peso de su cuerpo en hombros y cabeza, manteniendo el cuerpo alzado en un arco perfecto que cimbraba con las ondulaciones del coito.
Considerando acertadamente que ya estaba a punto, el hombre se incorporó y, muy lentamente, fue penetrándola con su miembro. Ella ni siquiera había avizorado la verga de Martín pero sí sintió toda la contundencia de su tamaño.
Habían pasado años desde que disfrutara del inaguantablemente pero placentero grosor de la primera verga que la penetrara, pero ahora, de manera tan imprevista como gozosa, el falo del pedíatra la remitía al mismo inefable sufrimiento. Intentó incorporarse en el banco, pero el hombre, sujetándola reciamente por el cuello, le impidió todo movimiento y semi asfixiada, soportó estoicamente la penetración que, a pesar de su volumen, no resultó profunda.
Al ver la mansedumbre con que ella soportaba el tamaño del falo, el hombre la liberó y alzando la cabeza, ella pudo observar la verga cuando Martín la retiraba aleatoriamente de su sexo. Mientras él la sacudía para azotar las carnes expuestas de su sexo, comprobó que no se parecía en lo absoluto a ninguna de las que conociera; monstruosamente gruesa, tenía una forma curvada y su cabeza, semi cubierta por un espeso prepucio, era redonda y lisa con un gran agujero en el centro.
El médico sabía que, además del goce, su verga era capaz de hacer sufrir a la mujer más experimentada y por eso, haciendo caso omiso de los jugos que lubricaban la vagina, dejó caer una gran cantidad de saliva sobre el miembro para luego volver a introducirlo. Los músculos disciplinados de Elena se adaptaban fácilmente a cuanto objeto fuera introducido en la vagina, pero esa vez, ya fuera por lo sorpresivo de la relación, porque ella estuviera particularmente sensible dado el tiempo que no recibía penetraciones semejantes o porque la verga del hombre fuera realmente desusada, el tránsito de lo que socavaba rudamente sus tejidos le producía desgarros que hacía añares no sentía.
El corpulento médico le hizo aferrar sus piernas por los tobillos para encogerlas aun más y, acuclillándose sobre ella, flexionó sus piernas para iniciar un alucinante movimiento de vaivén, sacando y volviendo a meter el falo, haciendo que cada vez fuera como la primera. Paulatinamente, el placer fue ganándole terreno al dolor y muy pronto era ella misma quien sacudía su pelvis para ir al encuentro de aquel miembro alucinante.
Envuelta en el frenesí de aquel coito endemoniado, fue suplantando sus ayes y gemidos doloridos por apasionadas palabras que matizaba con soeces maldiciones al requerirle al hombre que no demorara en hacerle alcanzar su demorado orgasmo. Ese entusiasmo pareció satisfacer al médico quien, inopinadamente, se incorporó y levantándola por las axilas, la colocó parada frente a un extremo de la camilla.
Separándole las piernas, empujó su torso para que la cabeza quedara contra la superficie cubierta por una tela blanca. En esa posición, la excitó rudamente con sus dedos para luego volver a tomar la verga y reiniciar la fantástica cópula que hizo estallar en gozosas exclamaciones a quien desde hacía mucho tiempo no experimentaba tan deliciosas penetraciones. Aferrada fuertemente con las manos a cada lado de la camilla, se daba impulso para que su grupa se proyectara vigorosamente al encuentro del falo y recordándole anteriores penetraciones, el miembro y los músculos de la vagina habían conformado un simbiótico acople, haciendo que ahora el poderoso tronco ya no le molestaba sino que le producía sensaciones que ella creía definitivamente olvidadas.
La pequeña habitación cobijaba los ayes, maldiciones y mutuos pedidos de satisfacción que fueron convirtiéndose en rugidos y bramidos que preanunciaban al clímax. En ese momento crucial para los dos, el hombre la dio vuelta para hacerla arrodillar frente suyo, colocando la verga chorreante entre sus labios y ella abrió golosamente la boca para succionar y lamer a tan virtuoso instrumento. La abundancia de sus jugos facilitó a los labios el poder deslizarse en el primer tramo de la verga y, mientras volvía a degustar el agridulce fluido hormonal de sus propias entrañas, la quijada fue adaptándose a la forma e inició una serie de cortas succiones que llevaron paulatinamente todo el falo dentro de ella.
Retirándolo lentamente mientras lo ceñía con sus labios, lamió con angurria la redonda cabeza y luego, introduciéndola hasta donde el prepucio se remangaba detrás del profundo surco, comenzó con lentas succiones que incrementaron su ritmo para adecuarse al de la mano que, resbalando sobre la saliva que fluía de su boca, masturbaba apretadamente al tronco. Ninguno pronunciaba palabra alguna que interrumpiera la grandiosidad del momento y sólo los rugidos del médico preanunciaron su eyaculación que, cuando se produjo, salpicó abundantemente su boca y cara.
Al tiempo que lamía y sorbía el deliciosamente almendrado pringue del semen, Elena sentía como su propio cuerpo expulsaba las cataratas de la satisfacción y, deglutiéndolo con fruición, se dejó estar en la succión hasta que la última gota que brotó del pene escurrió por su garganta sedienta.











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nanochamo27 (12 de June de 2011 a las 01:20) dice: muy bueno


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