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Fui violada por mi hermano y su banda ( CON fotos)


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PollitaSexy Relato enviado por : PollitaSexy el 27/01/2016. Lecturas: 12145

etiquetas relato Fui violada por mi hermano y su banda ( CON fotos) No consentido .
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Resumen
Una noche aciaga, mi hermano menor y su banda de vagos delincuentes abusaron de mí en todas formas.


Relato
Tenía 17 años, me faltaban dos meses y medio para cumplir la mayoría de edad, mido 1.60 mts; mi cara es bonita, de facciones finas, nariz recta y ojos grandes; para ese entonces mi cuerpo ya se había desarrollado plenamente; mis pechos son grandes, redondos y con la firmeza de la adolescencia, mis nalgas son redondas, firmes y duras; pero suaves al tacto; tengo una cintura estrecha y unas piernas largas y torneadas que siempre han sido objeto de admiración y deseo por parte de los hombres y de envidia por parte de muchas mujeres.
Vivíamos en un barrio popular, al nororiente de la ciudad, donde la mayoría son obreros, albañiles, pintores, herreros, plomeros y demás oficios que no requieren de estudios universitarios.
En mi casa éramos cinco: Mi papá, que trabajaba en una fábrica de ropa, mi Mamá, que era ama de casa y vendía galletas o pasteles que ella misma hacía esporádicamente, cuando alguna vecina se los encargaba; mi hermano Manuel, que era el mayor tenía en ese entonces 22 años, trabajaba en un taller de torno y estaba por casarse con una vecina que había embarazado; luego seguía yo, que en ese entonces estudiaba la preparatoria y por último mi hermano Víctor, al que le apodaban “El Negro” en el barrio; era más chico que yo por un año y que siempre fue el consentido de la familia, aunque cuando nació fue motivo de una fuerte pelea entre mis Papás, pues ya no esperaban otro hijo y ambos se culparon del embarazo de mi madre; pero luego todo cambió, se convirtió en el más consentido por todos, incluso por mí y él siempre lo supo, tal vez fue por eso que no le interesaba estudiar, trabajar ni ayudar en nada en la casa; desde los 12 o 13 años se hizo un vago, no terminó ni la secundaria, lo expulsaron de varias escuelas, se la pasaba en la calle con sus amigos de “la banda”, como él la llamaba y era todo un problema; cometían todo tipo de delitos; robos, asaltos, violaciones, pero para fortuna de él nunca lo atrapaban y seguía delinquiendo; mi Mamá y mi Papá se negaban a ver lo que ocurría y no podía decírseles nada porque siempre lo defendían diciendo que sus hermanos le teníamos envidia.
Como ya comenté, yo estaba estudiando en la preparatoria; la escuela estaba ubicada cerca de una zona residencial de buenos ingresos y varios de mis compañeros vivían allí; yo tenía muchos amigos y amigas que o pertenecían a ese círculo social; por lo que nosotros les llamábamos “fresas” a esos chicos y ellos nos decían “nacos”.
La verdad es que yo siempre quise pertenecer a “los fresas”, pues me gustaba su estilo de comportarse, su forma de vestir y que sus modales realmente eran más refinados que los de nosotros “los nacos”. Afortunadamente para mí, en esta escuela, al tener que convivir diariamente, nos fuimos haciendo amigos de algunos “fresas” y empecé a andar con un chico de mi grupo y de mi misma edad llamado Jorge; con él me di cuenta de que las cosas no eran como se aparentaban, aunque vivían en un mejor lugar que nosotros y la mayoría de sus papás trabajaban en oficinas, no eran tan ricos ni tenían grandes posesiones y por ello tenían que ir a una escuela pública y no en una privada donde estaban los verdaderos riquillos.
Cuando los chicos de mi barrio se enteraron de que andaba con Jorge me empezaron a decir que era “fresa”, “apretada”, “sangrona”, etc. Pero eso estaba muy lejos de la realidad. De cualquier manera, a mí no me importaba mucho, amaba a Jorge y ninguno de los chicos de mi colonia me gustaba; pero me sentía protegida porque la banda de mi hermano era de las que tenían más poder en la zona y todos les temían; por eso yo sabía que no me pasaría nada, o al menos eso creía, hasta esa noche
A mí me gusta vestir provocativamente, pienso que eso no tiene nada que ver con la personalidad o forma de ser de cada persona; así que me encanta andar de minifalda, con escotes pronunciados o con ropa muy apretada, que permite mostrar mis curvas bien definidas, pero una amiga de la prepa fue la que me enseñó a vestirme sin verme “naca”, ella me dijo que estaba bien enseñar, pero con calidad y así lo hice; lo cual era bastante complicado para mí, pues mi Papá continuamente rechazaba mis pedidos de compra de ropa o zapatos; entonces yo le hacía pucheros y le reclamaba que a mi hermano Víctor si le daban todo lo que pedía y como soy su única hija, a veces me complacía. Otra forma de hacerme de ropa fue mediante los regalos que mi novio me hacía.
Ese viernes me vestí con una falda de mezclilla muy corta que apenas cubría lo indispensable y dejaba ver mis muslos y mis torneadas piernas por completo, una playera negra muy escotada y pegada al cuerpo, luciendo mis redondas y firmes tetas, calcetas y tenis. Cuando ya me iba, mi hermano Víctor, que se acababa de levantar me dijo:
- Chale, ¿neta que vas a la escuela o vas de piruja?, porque con esa ropa pareces de la calle
- ¡Cállate, qué te importa cómo me visto; ¡cuando me des para tragar o vestir, entonces me dices lo que quieras, mientras no me molestes, mugre vago flojo!, le contesté enojada.

Salí de la casa mientras mi madre me gritaba:
- ¡no le hables así a tu hermano, tiene razón, pareces…!

Ya no escuché lo demás, cerré dando un portazo y me fui a la preparatoria. Era temprano y como siempre, tuve que aguantar los apretujones en el metro y las sobadas que se lleva una en el mismo. Pero llegué a la escuela y al ver a Jorge olvidé todo mi coraje; no le dije nada a él; estuvimos en clases y saliendo nos fuimos a su casa a hacer una tarea. Su mamá era una señora muy linda que nunca se negó a que yo anduviera con su hijo, pues ella y su marido también eran de origen humilde y me comprendía; habían salido adelante gracias a su trabajo, sus estudios y su tenacidad. Eran mi modelo a seguir.
Comimos, nos fuimos a su recámara e hicimos el trabajo y como terminamos temprano, nos pusimos a ver películas; la puerta estaba abierta y la mamá de Jorge continuamente se asomaba para preguntarnos si no necesitábamos nada, aunque la realidad es que lo hacía para ver que no hiciéramos cosas indebidas. Tuvimos la oportunidad de acariciarnos cuando su Mamá salió a comprar unas cosas, diciendo que no tardaría y nos quedamos solos; no la desaprovechamos; mi novio empezó a besarme en la boca y al mismo tiempo me acarició las piernas; su mano empezó a subir acariciando mis muslos y llegando casi hasta mi pantaletas ; yo cerré los ojos mientras él me besaba el cuello y metía una mano por el escote de mi playera, acariciando mis tetas suavemente; alcancé a decir: “¡no, espera!”, pero ya estaba excitándome, por lo que Jorge continuó sin mucha resistencia de mi parte. Nos recostamos en su cama ya con la excitación a mil.
Nerviosa y sin saber qué hacer, pues era mi primera vez, traté de corresponder las caricias de Jorge bajando mi mano a su entrepierna; sentí el bulto debajo de sus jeans tratando de salir; quité la mano un poco espantada, pero él me dijo: “sácalo, tócalo”; entonces coloqué de nuevo mi mano en el cierre de su pantalón y lo bajé; metí mi mano tratando de bajar su bóxer; estaba a punto de lograrlo cuando escuchamos la puerta de entrada de su casa y a su mamá gritando: “¡ya llegué!”, lo cual nos hizo levantarnos y separarnos como impulsados por un resorte; afortunadamente alcancé a verme en el espejo y me dio tiempo de arreglar mi ropa y mi cabello que denotaban que había existido un poco de acción entre nosotros. Jorge también se arregló y aclarándose la voz dijo:
- ¡ok, acá estamos todavía!
Decidí que lo mejor era retirarme, pues había quedado muy excitada y además ya estaba oscuro, así que me levanté, tomé mi mochila y me despedí de Jorge con un tierno beso con el cual quise darle a entender que pronto podríamos hacerlo.
- ¿Nos vemos mañana?, me preguntó el
- Déjame pedir permiso y te aviso
- Bueno, quiero que vayamos al cine y luego…
- ¿Luego a dónde?, le pregunté coqueta.
- Pues a ver a dónde, dijo él maliciosamente.
Sonreí coqueta y le lancé un beso.
Yo salía de la recamara cuando la mamá de Jorge nos llevaba unos bocadillos; amablemente le agradecí y le expliqué que vivía lejos y por ello me tenía que ir antes de que se hiciera más tarde. Ella comprendió y se despidió de mí diciéndome que regresara cuando quisiera, que esa era mi casa. Jorge me acompañó hasta la estación del metro más cercana y ahí nos despedimos apasionadamente, tal vez demasiado, pues una señora que pasaba por ahí nos gritó: “¡ya mejor váyanse a un hotel!”; eso nos causó mucha gracia a Jorge y a mí.
En el reloj del andén del metro, aun saboreando los besos y caricias de mi novio, vi que ya pasaban de las nueve de la noche. Saqué mi celular de la mochila para llamar a mi Mamá y avisarle que ya iba en camino, pues con anterioridad le había avisado que iba a llegar tarde porque me iba a hacer la tarea a casa de una amiga (nunca le conté que solo estaríamos Jorge y yo, le dije que estaríamos un grupo de tres chicas haciendo el trabajo). De cualquier forma, mi Mamá no era tan estricta en la hora de llegada, pero me preocupaba mi Papá, que siempre me decía que yo no podía andar de noche sola en la calle, para que no me confundiera con una piruja o me fuera a pasar algo.
Marqué el número telefónico de mi casa y en ese preciso momento apareció el aviso en la pantalla del celular: “baja batería” y el teléfono se apagó automáticamente. Me enojé conmigo misma por ser tan tonta de no haberlo puesto a cargar en la casa de mi novio, pero pensé que mi mamá ya sabía que iba a llegar tarde y recordé el pleito de la mañana por culpa de mi hermano; entonces pensé: “bueno, mejor, así me regaña cuando ya esté en la casa y no desde ahorita por teléfono”.
Ese día el metro se estaba tardando más de lo normal, al parecer por una falla en los sistemas y por ello el andén se fue llenando de mucha gente; por lo que cuando llegó el tren, entre los empujones de las que entraban y de las que salían y al no ser yo muy alta, no me pude subir. Así pasaron varios trenes, que tardaban mucho y luego no podía subirme; estaba yo en el área de solo mujeres y gente mayor; al no poder subirme, porque entre mujeres nos jaloneamos más, decidí irme al área de varones; pensando que tal vez con mis atributos, ellos amablemente me dejarían abordar el metro.
Y si, así fue, al verme con mi minifalda y mi escote, los “caballeros” me dejaron pasar y cuando llegó el tren prácticamente me subieron a empujones; pero empujones no solo de la espalda, también de las nalgas; bien que se agasajaron dos o tres “ayudándome” a subir; y una vez arriba no fue mejor, yo quise moverme para llegar a la parte donde hay asientos y tratar de que alguien me cediera el lugar; pero estaba rodeada de una gran cantidad de hombres que no me permitían ni moverme y que mañosamente empezaron a manosearme por todos lados. Por más que me movía sentí manos por todos lados: en las nalgas, en las piernas, en las tetas y no solo manos, de repente sentí como alguno de ellos se paraba detrás de mí y me restregaba su bulto en las nalgas; yo trataba de voltear a reclamar, pero todos se hacían los disimulados y si me volteaba hacia otro lado, de cualquier manera, me toqueteaban otros. Luego traté de acercarme a la puerta contraria, para pegar mi espalda y mis nalgas a ella y no seguir sufriendo los manoseos de esos puercos; pero ellos se las arreglaban para no dejarme mover hacia ningún lado.
Lo peor y más humillante fue cuando sentí como alguien metió la mano debajo de mi minifalda, hizo a un lado mi pantaletas y alcanzó a meter un dedo ¡en mi vagina!; respingué dando un salto y me volteé a reclamar; atrás de mí iba un viejo como de sesenta y cinco años y un señor como de unos cuarenta y tantos; sin saber cuál de los dos fue, grité enojada: “¡oiga que le pasa, viejo puerco!” y de inmediato escuché detrás de mí la clásica respuesta estúpida: “¡pos si no te gusta pa’ que te vistes así!”, lo cual aprobaron todos los que iban cerca de mí en el vagón, incluyendo una señora gorda y fea que movía la cabeza aprobatoriamente y que volteaba a ver al que parecía ser su marido.
Enojada y humillada, me quedé callada y fui soportando de todo hasta llegar a la estación en la que me tocaba bajarme; cuando quise hacerlo, alguien me jaló de la mochila y no me permitieron salir, por lo que empecé a tirar mochilazos por todos lados, tratando de golpear al que fuera y si alcancé a darles a algunos, pero de repente otra vez me vi rodeada de hombres más altos que yo, que ya descaradamente empezaron a manosearme, alguno de ellos me quitó la mochila, otro me sostuvo las manos y los otros se dedicaron a acariciarme por todos lados, incluso grité; “¡auxilio, suéltenme!”, pero ellos seguían sin hacerme caso, incluso me taparon la boca con una sucia mano que olía a metal; temí que me iban a violar ahí mismo, en el vagón del metro. El tren seguía pasando estaciones y nadie me ayudaba. Sentí como me levantaban la falda y ya me habían bajado la blusa y el sostén, por lo que mis tetas estaban al aire. Algo, que supuse era un pene, intentaba entrar en mi conchita virgen y otro pene estaba en mi mano obligándome a masturbarlo.
Afortunadamente para mí, algún alma caritativa jaló la palanca de emergencia cuando el tren estaba detenido y al sonar la alarma, los puercos abusivos se dispersaron como ratas, dejándome sola, Caí al piso junto a mi mochila llorando asustada, nunca creí que esas cosas pudieran pasar en el metro. Pero de pronto, al verme libre del asedio de los infelices tipos, tomé mi mochila y salí corriendo del vagón; me arreglé la ropa en el camino. Junto a mí pasaron dos policías y el conductor del tren, corriendo hacia el vagón en el que yo iba; no repararon en mí, lo cual agradecí porque no quería seguir pasando vergüenzas
Por un momento pensé pasarme al andén del otro lado, pues ya me había pasado seis estaciones, pero no quise pasar por otra fea experiencia y porque supuse que ya los policías y el conductor estarían informados de lo que había pasado y de seguro me pedirían que fuera a levantar una denuncia y la verdad es que yo no quería perder tiempo, solo quería llegar a mi casa y avisarle a Jorge que ya había llegado como le prometí al despedirnos y como la hacía todos los días.
Enojada y asustada, salí del metro y busqué un microbús que me llevara de regreso; después de varios minutos pasó uno que me dejaba en la misma estación del metro en la que tenía que haberme bajado y me subí. Le pagué al chofer, que se me quedó viendo de una manera muy extraña y luego, al caminar por el pasillo hacia un asiento que estaba hasta el fondo el micro, noté que todos se me quedaban viendo de manera muy rara. Me senté y al buscar en mi mochila un espejito que siempre llevaba, me di cuenta de que, además de toquetearme, me habían robado el celular. Mas enojada aún, saqué el espejito y entendí porque todos me miraban de esa forma; traía el cabello hecho una maraña, el maquillaje corrido y la ropa muy arrugada. Mientras me arreglaba, entendí que la gente, al verme subir de esa manera y casi afuera de un hotel que había en la avenida, han de haber pensado que yo era una prostituta saliendo de su trabajo.
En el camino terminé de medio arreglarme lo mejor que pude y después de un buen rato, pues había bastante tráfico y el microbús avanzaba a vuelta de rueda, me bajé del micro en donde está la estación en la cual debí haberme bajado originalmente.
Me metí caminando por la calle por la que siempre lo hago rumbo a mi casa, la cual quedaba a seis cuadras y media de la avenida en la que yo estaba. Como no llevaba reloj, ni mi celular, no sabía qué hora era, pero me di cuenta de que ya era tarde, porque ya varios negocios que cierran a las diez de la noche ya habían cerrado; nunca antes me había dado cuenta de lo oscura que es esa calle ya a esas horas; pues siempre los letreros luminosos de los negocios iluminan la misma.
Iba enojada aun, pero al estar ya en mi zona, me sentía segura, pues la mayoría de la gente de ahí me conocía y al ser la banda de mi hermano de las más temidas, nadie se atrevía a meterse conmigo, ni siquiera sus bandas rivales.
A la mitad del camino entre la avenida y mi casa hay una vieja casa abandonada en la cual mi hermano y su banda siempre se reúnen para tomar, drogarse o planear sus fechorías y en la cual todos sabemos que ellos se esconden de la policía.
La gente procura no pasar cerca de esa casa, pues ahí los asaltan o se sabía que a las chicas que pasaban las metían para violarlas multitudinariamente.
Yo siempre pasaba enfrente de la casa, pues al ser la banda de mi hermano, me respetaban y nunca me había pasado nada. Así que pasé enfrente de la casa sin voltear, como siempre lo hacía y alcancé a escuchar una voz que dijo: “ahí va”; di dos pasos más y de repente sentí como alguien me jalaba por el talle al mismo tiempo que me colocaban una mano en la boca. Sorprendida grité: “¡MMMMGGGGG!”, mientras me jalaban hacia adentro de la casa. Traté de resistirme y patalear, pero otro tipo me tomó de los tobillos y entre dos o tres me cargaron, metiéndome en la casa en un par de segundos.
No tenía idea de que pasaba, jamás me imaginé lo que estaba a punto de sucederme y menos a manos de los chicos que me conocían desde niña.
Me llevaron muy adentro de la casona, a un cuarto semioscuro; yo me resistía, pero ellos me tenían bien sujeta.
Una vez en el cuartucho me llevaron a una mesa y ahí me acostaron boca arriba. Sin darme tiempo a nada empezaron a jalonearme la ropa; me habían destapado la boca y yo les grité:
- ¡Oigan!, ¿qué les pasa? ¡suéltenme, soy yo, la hermana del Negro!
No me escucharon o hicieron como que no me escuchaban. El ataque continuó: entre dos me sostenían los brazos abiertos y otro me detenía las piernas mientras un cuarto me desabotonaba y bajaba la pequeña falda de mezclilla. Ellos hablaban como si yo no estuviera ahí:
- ¡Va a estar de agasajo!
- ¡Si Ka, siempre se me había antojado esta vieja!, ¡y más ahora que es fresita, que chido chingársela!
Me agité con fuerza y les grité recordando el lenguaje de mi barrio:
- ¡Ya cabrones, si el negro se entera de esto se los va a madrear!
Ellos empezaron a reírse y uno dijo:
- ¿Ya oíste?, ¡que te va a madrear el negro por cogerte a su hermana, jajaja! y todos soltaron una risa que me extrañó muchísimo.
Ya me habían quitado los tenis, las calcetas y la minifalda, me levantaron los brazos y fácilmente me quitaron la playera negra.
Ya me tenían semidesnuda y vi sus ojos morbosos recorriendo mi cuerpo; yo seguía agitándome y gritándoles:
- ¡Ya cabrones, déjenme o se los va a llevar la chingada con El Negro!
Ellos reían y se burlaban de mí sin que yo entendiera.
Uno de ellos tomó una navaja y la metió entre mi piel y mi sostén y con un solo movimiento lo cortó, dejando salir mis tetas bamboleantes que él empezó a acariciar ante mi imposibilidad de defenderme.
Luego tomó mi tanga y la jaloneó con fuerza, rompiéndola con facilidad y dejándome totalmente desnuda sobre la mesa de madera, avergonzada ante la mirada de los vagos aquellos. Era la primera vez que algún hombre me veía así, pues ni Jorge había tenido ese privilegio.
El tipejo que me había quitado la tanga la levantó como en señal de triunfo y la agitó para luego guardarla en su pantalón.
- ¡Ya, por Dios, suéltenme o les va a pesar!, grité mientras ellos otra vez se reían burlonamente de mí, pero nadie me explicaba lo que sucedía.
Me sostenían con los brazos y las piernas abiertas, no me permitían cerrarlas, por lo que me llené de vergüenza al ver que ellos me miraban morbosamente y decían:
- ¡Está re sabrosa, ya me urge!
- ¡Espérate, a todos nos va a tocar, pero hay que esperar al Negro!
Aterrada pensé: ¿estarán hablando de mi hermano?, ¿se referirán al mismo “Negro”?
Pronto salí de mi duda, pues en ese momento se hizo un silencio total y todos veían hacia la puerta del cuarto. Yo levanté la cabeza hacia el mismo lugar donde ellos veían y vi a mi hermano Víctor mirándome, con esa mueca que hace con la boca sonriendo de lado cuando quiere burlarse de alguien.
Al verlo así pensé que todo era una broma muy pesada y le grité enojada:
- ¡Pinche Víctor!, ¿qué pinche broma es está?, ¿qué te pasa?, ¡deja que le cuente a mi papá y vas a ver!
Nadie habló; mi hermano se acercó caminado despacio por un lado de la mesa, se agachó, me tomó del cabello, me levantó un poco la cara, lastimándome y poniendo la suya frente a la mía me dijo:
- ¿Crees que es una puta broma hermanita?, ¿Crees que es una broma?, ¡No pendeja!, ¡ahorita me vas a pagar las que me debes todas juntas, pinche puta!, ¿crees que no sé que vienes de estar de piruja cabrona?, ¡de seguro te estuviste revolcando con tu pinche novio fresita! ¿verdad puta barata?
- ¡No yo no…!, alcancé a decir antes de que mi propio hermano me abofeteara.
- ¡Cállate puta, no quiero oír tus pinches mentiras de mierda!; ¡ahorita te vamos a enseñar lo que son los hombres de verdad, no como el putito de tu novio!; ¡ahorita todos te vamos a coger como te gusta!, ¡óyelo bien: ¡TODOS!
Al ver los ojos de mi hermano supe que hablaba en serio y supe también por sus ojos y por su aliento que estaba tomado y drogado; me asusté mucho y con miedo dije:
- ¡no… por favor… no, negro, dime que es una broma por favor, no seas gacho, soy tu hermana, no hagas esto!
Víctor me soltó el cabello y caminó hacia donde estaban mis piernas que sus amigos me obligaban a mantener abiertas; les hizo una seña y ellos me jalaron hacia abajo, de tal manera que mis nalgas quedaron en la orilla de la mesa y mis piernas quedaron colgando. Entonces mi hermano se bajó el pantalón. Yo levantaba la cara lo poco que podía y rogaba:
- ¡No Víctor, no, soy tu hermana, piensa…!
Pero él no me escuchó; con una mano colocó su miembro en la entrada de mi panocha virgen y empezó a empujar al mismo tiempo que me decía:
- Con que mugre vago flojo, ¿no?; ¡siente la verga de un mugre vago flojo, hermanita puta barata!
- ¡NO… NO… AAAAAAAGGGGGHHHH!, grité al sentir la salvaje penetración que mi hermano me hacía; él empujó con fuerza su largo miembro, clavándolo en mi pobre vagina y desvirgándome.
Nunca pensé ser desvirgada de esa manera salvaje por mi propio hermano, yo que me había privado del placer de ser penetrada por mi amado Jorge y que me había salvado de ser violada en el metro.
Traté con todas mis fuerzas de soltarme, pero los amigos de mi hermano me sostenían con fuerza, sin permitirme ningún movimiento mientras veían como él me violaba salvajemente, como yo sabía que lo había hecho a otras chicas del barrio o de barrios aledaños.
El pene de mi hermano me penetró hasta el fondo y luego, tomándose de mis caderas, él comenzó un mete-saca salvaje, violándome despiadadamente mientras yo lloraba desconsolada y gritaba:
- ¡NO, NO VÍCTOR, SOY VIRGEN, NO SIGAS, NO POR FAVOR, ME LASTIMAS, ME DUELE, NO YA NOOOO!
- ¿virgen?, ¡si como no, pinche puta!, ¡así como te vistes y a la hora a la que llegas, ya mero vas a ser virgen!, dijo él sin dejar de bombear.
- ¡TE LO JURO, POR FAVOR, AAAAAAYYYYYY, ME LASTIMAS, SÁCALA!
- ¡Callen a esta puta!, les ordenó mi hermano a sus secuaces y entonces el que me había quitado la tanga la sacó de su bolsillo, la hizo bolita y me la metió en la boca, impidiéndome seguir gritando.
- ¡MMMMMMNNNNGGGGGG!, seguí quejándome de todas maneras, pues la penetración de mi hermano era salvaje; entraba y salía de mí como si quisiera deshacerme.
Empecé a llorar desconsoladamente, pues además del dolor que me provocaba mi hermano sabía que me iban a violar sus compañeros de banda que eran como veinte.
- ¡MMMMFFFF, MMMMMFFF, MMMFFFF!, me quejaba por la violación salvaje de mi hermano
- ¡Ah que rica estás hermanita, que pinche panocha tan apretada!
- ¡MMMMMGGGGG!
Por más que me agitaba y trataba de zafarme era imposible, los tipos me sujetaban con mucha fuerza de los brazos, uno de cada lado y de repente sentí como cada uno de ellos colocaba su miembro en cada una de mis manos y empezaban a mover mis brazos, obligándome a masturbarlos. Sentí asco, pero nada pude hacer, no tenía defensa alguna contra todos los vagos compañeros de mi hermano que se habían convertido en bestias en brama.
Fueron minutos de salvaje violación por parte de mi hermano en los que además él se burlaba de mí y decía cosas que me dolían mucho como:
- ¡Ah que apretada estás, siempre quise cogerte, hasta que se me hizo piruja! De ahora en adelante serás nuestra puta oficial, ¿verdad muchachos?
- ¡SSSSSIIIIIII!, gritaron sus compinches al unísono
- ¡MMMMMGGGGGBBBBBFFF!, me quejaba yo
- ¡Ay pinche hermanita, que rico coges, con razón tienes todo pendejo al fresita ese!
- ¡MNNNNNGGGG!, le grité tratando de explicarle que nunca lo había hecho con mi novio ni con nadie más.
Él siguió humillándome con sus palabras mientras me seguía violando salvajemente. De repente el tipo que me obligaba a masturbarlo con la mano derecha se vino apuntando hacia mi seno y soltó su asqueroso semen encima de él, haciéndome sentir mucho asco.
Después de estarme cogiendo y humillando durante muchos minutos, mi hermano tuvo su orgasmo y se vino dentro de mí gritando:
- ¡AAAAAAHHHHHH YAAAAA PUTAAAA HERMANA, AAAAAHHH QUE RICOOOOO!
- ¡MMMMNNNGGGLLLLBBB!, grité
Yo me agitaba desesperada tratando de evitar que se viniera adentro, pero nada pude hacer. Sentí como sus chorros de semen entraban en mí sin poder evitarlo.
Víctor sacó su verga chorreante y asombrado vio entre mis piernas y gritó:
- ¡Ah cabrón, de veras era virgen!
- ¡FFFFGGGGGHHH!, le reclamé mientras sus compinches lo vitoreaban.
- Bueno, ni pedo, continuó él; de todas maneras ya te tocaba, ya estabas en edad y mejor que haya sido yo y no el pendejito de tu novio.
Mientras hablaba se había subido y abrochado el pantalón y encaminándose hacia la puerta dijo:
- Ahí se las dejo, háganle lo que quieran.
- ¡NNNNNNGGGGHHHH!, le reclamé, pero él ya se iba y todavía burlonamente me vio y me dijo:
- Voy para la casa, al rato regreso, ¿quieres que le diga algo a los viejos?
- ¡GGGGGBBBBBBFFF!, le reclamé
- Bueno, yo les digo que no te esperen porque vas a estar cogiendo con todos, me dijo y se echó a reír.
En cuanto Víctor salió, el vago que me obligaba a masturbarlo con la mano izquierda se colocó entre mis piernas y sin ningún previo aviso ni calentamiento previo metió su verga con fuerza hasta el fondo, provocándome un tremendo dolor. Yo me retorcí y grité:
- ¡MMMMMMNNNNNNFFFFF!
- ¡Ah que sabrosa estás pinche fresita, siempre te me antojaste, pero no te decía nada por respeto a tu carnal! ¡Ahora si te voy a coger hasta desmadrarte!, me dijo el desgraciado.
Él me levantó las piernas y me hizo colocarlas sobre sus hombros, lo que mejoraba su penetración y aumentaba mi dolor. Me violó sin compasión mientras otros dos me sostenían los brazos abiertos sin dejarme mover.
Era una pesadilla. Jamás me imaginé perder así mi virginidad y mucho menos ser violada de esa manera por todos los de la banda. A la mayoría los conocía e incluso había jugado con ellos cuando éramos niños y los apreciaba. Me sentía humillada, sobajada y traicionada.
- ¡Apúrate cabrón!, le gritaban sus compañeros al que me violaba después de mi hermano.
- ¡Espérate güey, esta pinche vieja está para disfrutarla y ya le tenía muchas ganas!, ¡Además tenemos todo el fin para cogérnosla cuando queramos!
Su comentario me asustó: ¿acaso pensaban violarme durante todo el fin de semana?, o peor aún ¿me dejarían irme a mi casa después de violarme? Yo sabía de chicas a las que habían violado ellos y que las dejaban ir amenazándolas de que no dijeran nada, pero también se decía en el barrio que había chicas que habían desaparecido después de haber sido vistas cuando las metían a la casa maldita.
Yo me había imaginado que mi primera vez sería algo hermoso y que sentiría algo como mariposas y que mi piel se erizaría como decían en las novelas románticas y que Jorge me trataría con suavidad y que ambos disfrutaríamos de nuestra pasión y que llegaríamos a un fabuloso orgasmo juntos. Nunca me imaginé lo que me estaba pasando y menos que mi hermano sería el causante.
Ellos seguían hablando y tratándome como a un objeto, de repente alguien dijo:
- Oye, dijo El Negro que le tomáramos fotos y la grabáramos cogiendo.
- ¡Ah sí es cierto!, dijo el que me violaba. ¡Pues empiézale!
El que había hablado primero empezó a tomar fotos o video mientras el que me cogía seguía con su salvaje violación.
Me imaginé que a todas las otras chicas les habían hecho lo mismo y que por vergüenza ellas no se atrevían a denunciarlos o algo así.
Pero no podía pensar mucho, el tipo que me violaba cada vez empujaba con más fuerza provocándome inmenso dolor y se agarraba de mis nalgas apretándolas con fuerza. Mientras tanto, el que me sujetaba el brazo izquierdo me obligaba a masturbarlo como el anterior.
- ¡Yo ya no aguanto!, dijo otro de ellos y se subió en la mesa, abriendo sus piernas se sentó en mi vientre, colocó su verga en medio de mis pechos, los apretó y empezó a masturbarse con ellos.
- ¡MMMMMNNNGGGGHHHH!, le reclamé mientras sentía como su miembro llegaba hasta mi barbilla.
- ¡Qué ricas tetas tienes putita!, me dijo él apretándolas con fuerza y provocándome más dolor.
Ahí estaba yo, totalmente desnuda, siendo violada por un desgraciado que me la metía en la panocha, otro que se masturbaba con mis pechos y otro que me obligaba a masturbarlo con la mano izquierda. De repente el que me sostenía la mano derecha y que ya se había venido en mi seno me soltó para dejar su lugar a otro que también me obligó a masturbarlo. Eran cuatro hombres que me obligaban a satisfacerlos al mismo tiempo; nunca me sentí tan sobajada.
Fueron intensos minutos de dolor y humillación; ellos gemían de placer y se reían diciendo más frases hirientes, siempre refiriéndose a que me tenían ganas y a que me iban a violar varias veces durante el fin de semana. Primero se vino el que me obligaba a masturbarlo con la izquierda y soltó su cochino semen en mi mejilla y aunque me volteé no pude evitar que me cayera de su sucio líquido en mi hermosa cara. Luego el que se masturbaba con mis tetas de repente me sacó la tanga de la boca y aprovechando el factor sorpresa y que yo tenía la boca abierta, metió su verga en ella y sin que yo pudiera hacer nada para evitarlo, se vino en mi boca, obligándome a tragar su asquerosa leche.
Mientras eso ocurría, el que me violaba por la vagina se vino, pero él sí sacó su miembro de mí y me llenó el vientre de líquido. De inmediato otro tomó su lugar.
El que me había hecho tragar su semen sacó su verga de mi boca y me embarró la cara y el cabello. Yo empecé a gritar de dolor y desesperación:
- ¡YA BASTA, YA POR FAVOR, YA FUE SUFICIENTE, DÉJENME, NO SIGAN, AAAAYYYY, POR FAVOR!
- ¡Silencio perra!, dijo uno de ellos; ¡El Negro nos dio chance así que te chingas, no te vas a ir hasta que te hayamos cogido todos unas tres o cuatro veces!
- ¡NO, POR FAVOR, SE LOS RUEGO, USTEDES ERAN MIS AMIGOS!
- ¡Pues por eso puta, mejor coger con amigos que con un putito fresa, jajajaja!
Ellos se rieron y yo no pude más que seguir esforzándome por tratar de que me soltaran, pero era imposible, cuando unos me soltaban los brazos, otros los tomaban y no me dejaban levantarme.
Los que aún no me violaban ya estaban sin pantalones o totalmente desnudos y apresuraban al que me cogía:
- ¡Anda cabrón, apúrale!
De repente este se detuvo; dijo:
- ¡Ayúdenme para que podamos cogérnosla entre varios en vez de uno por uno!
- ¡NO, ¡NO, NO, ¡SUÉLTENME!, grité, pues sabía lo que eso significaba.
Entre varios me bajaron de la mesa; todo el tiempo me sostenían brazos y piernas. Entonces el que me estaba violando se tumbó en el suelo y aunque me resistí me hicieron clavarme en su verga levantada
- ¡AAAAYYYY!, grité.
Pero luego otro de ellos se colocó detrás de mí y sentí como empezaba a empalarme por el culo.
- ¡NO, NO, POR FAVOR, NOOOOO, AAAAAIIIIIGGGGHHHH, NOOOO AAAAYYY, DUELE MUCHO, SÁCALOOOO, AAAAYYYY!, gritaba por el espantoso dolor de sentir como el miembro gordo de uno de ellos empezaba a abrirse paso en mi ano virgen.
- ¡AAAAAAHHHH, QUE RICO CULOOOOOO!, gritó el mientras me lo metía poco a poco.
Sin que pudiera yo hacer nada, de repente una verga estaba entrando en mi boca y uno de los vándalos me ordenaba:
- ¡MÁMAMELA FRESITA, MÁMALO COMO SE LO HAS DE CHUPAR AL PUTITO FRESA ESE!
- ¡GGGGGGLLLLOOOBBBGGGGLLLLLBBB!, se oyó cuando él me obligó a hacerle la felación.
Todavía otros dos se colocaron a los lados y me hicieron que les agarrara las vergas y me ordenaron que moviera las manos, masturbándolos. Obedecí por instinto y porque supuse que así se vendrían y no me penetrarían.
Ya eran cinco hombres que me violaban por todos lados teniéndome sometida y desnuda, sin poder negarme y sin que nadie me pudiera salvar, pues seguramente mi hermano no les diría a mis padres lo que me había hecho y lo que me estaban haciendo sus amigos.
Empecé a perder la noción del tiempo y de los hombres que me violaban; de repente se vino el que me obligaba a mamársela y me hizo tragar el semen y cuando sacó su miembro escurriendo me llenó la barbilla, el cuello y las tetas de líquido; luego fue el que me violaba por el ano y se vino en mi espalda y luego el que me hacía masturbarlo con la derecha, creo, no recuerdo bien. Lo que sí recuerdo es que en cuanto uno dejaba de cogerme, otro tomaba su lugar y cada vez me llenaban más de su viscoso líquido. Algo que me horrorizaba era que varios de ellos se vinieron dentro de mi vagina y me estaba dando miedo quedar embarazada de alguno de esos infelices.
El tiempo pasaba. Fueron horas de intenso dolor para mí y de intenso placer para ellos; durante todo el tiempo grité, supliqué y me esforcé por intentar escapar o que me dejaran ir, pero fue inútil. Me obligaron a coger con todos y cada uno de ellos en diferentes posiciones; a veces me acostaban, a veces me hacían estar en cuatro o me obligaban a estar hincada sobre uno de ellos mientras se la mamaba a otro. Perdí la cuenta de cuantos eran.
Yo estaba agotada y desmadejada cuando me colocaron de nuevo sobre la mesa, atravesada en ella, de tal forma que de mi tronco era lo único que quedaba sobre la mesa; de mi cintura para abajo estaban de un lado de la mesa, con las piernas abiertas y del otro mi cabeza colgando. Uno de los infelices violadores empezó a cogerme por el ano que me ardía tremendamente. Yo iba a gritar, pero en eso otro de ellos me tomó del cabello y me obligó a levantar la cara para meterme su largo miembro en la boca.
Empezaron a violarme de esa forma. Yo ya no manoteaba; estaba agotada y muy adolorida. Me dolían las piernas, los brazos, las tetas, los pies, el ano, la vagina, la mandíbula, las nalgas, en fin, todo me dolía y no podía ya más.
Después de un buen rato ellos se vinieron dentro de mí, soltando su semen en mi culo y en mi boca. En cuanto terminaron sacaron sus vergas y se alejaron, dejándome ahí desmadejada como una muñeca de trapo.
Pensé que mi pesadilla había acabado. Empezaba a enderezarme cuando escuché que uno de los rufianes decía:
- ¿Qué vamos a hacer con ella?
- ¿Cómo qué? ¡Seguir cogiendo!, dijo otro.
- Sí, pero después, contestó el primero.
- Ah pues quien sabe, ya El Negro nos dirá, ya ves que es su carnala.
Yo me agaché y me fui arrastrando por el suelo, tratando de que no me vieran y además porque apenas podía mantenerme en pie. Pero lo que quería era salir de ahí, no me importaba que estaba desnuda y llena de viscoso líquido seminal.
Me fui arrastrando por el sucio suelo hacia la puerta del cuartucho; llegué ahí, pero en el siguiente cuarto había varios de los miembros de la banda fumando, bebiendo y viendo la TV. Uno de ellos me vio y dijo:
- ¡Hey, miren a la puta, viene por más!
Yo me volteé e intenté regresar, pero ellos me tomaron con facilidad y me levantaron del suelo.
- ¿A dónde crees que vas putita? No hemos terminado contigo. Apenas va la primera ronda.
- Por favor, déjenme ir, se los ruego…, les dije tratando de causarles alguna misericordia.
- No, mamacita, si te dejamos ir tu carnal nos mata. Nos encargó que te vigiláramos bien.
- No diré nada, se los juro, por favor…
En eso estábamos cuando entró Víctor.
- ¿Qué pasa?, ¿por qué no se la están cogiendo?, dijo él en tono molesto.
- Es que ya acabamos y estábamos descansando.
- ¡Qué descansando ni que la chingada!, ¡siempre tiene que haber cuando menos un cabrón cogiéndosela; ¡si es necesario dróguense o tomen viagra o lo que sea, pero quiero a esta puta bien cogida de aquí al domingo si se puede, hasta la próxima semana!
- ¡Víctor, por favor, te lo suplico, yo no te hice nada!
- ¡Cállate puta y ven a chuparme la verga!
- ¡No, ya no!, dije
- ¡Ah que la chingada! ¿cómo de que no?, ¡a ver tráiganla para acá!, les ordenó a sus compinches.
Entonces entre tres me sujetaron y me llevaron ante él; me hicieron hincarme frente a su verga y mientras uno me sujetaba del cabello él me ordenó:
- ¡Abre la boca cerda!
- ¡NO!, dije y volteé la cara hacia la derecha.
- ¡Que su puta madre!, ¡Órale, hagan que abra el pinche hocico!, dijo él ya enojado.
De inmediato varios de sus cómplices se abalanzaron sobre de mí; uno me sostenía el cabello, otro me tapó con dos dedos la nariz y otros empezaron a pellizcarme nalgas y tetas. Resistí lo más que pude, pero tuve que abrir la boca para respirar y para gritar:
- ¡AAAAAGGGGGHHHHH!
Entonces el desgraciado de mi hermano metió su verga en mi boca, hasta el fondo, sujetándome la cabeza de tal forma que mi nariz quedaba pegada a su cuerpo. A los pocos segundos no podía yo respirar, empecé a manotear y patalear hasta que sentí que me sujetaban brazos y piernas.
La verga del Negro me llegaba hasta la garganta y yo sentía que me desmayaba por no poder respirar, después de varios segundos él me separó de su cuerpo y me dijo:
- Mira puta hermana. Aquí mando yo y se hace lo que yo digo y si no obedeces más vale que te vayas despidiendo de tu linda carita y de tus hermosas tetitas. ¿Oíste?
Yo apenas podía respirar y él de nuevo me metió su verga en la boca. Me ordenó:
- ¡Mámamela!
Tuve que obedecer, vi que mi hermano era un desgraciado y que no le importaba acabar con mi belleza, con mi cuerpo o con mi vida si era necesario. Me llené de temor hacia él.
Después de un buen rato de estarle chupando el pene, Víctor me detuvo e imperiosamente me ordenó:
- Párate, voltéate y empínate.
Lo hice y entonces él me tomó de las caderas y de un fuerte empujón me penetró por el ano adolorido.
- ¡AAAAAAYYYYYYYYYY, YAAAAA!, grité de dolor.
- ¡Las manos en las rodillas perra!, me ordenó y obedecí
- ¡A ver cabrón, que te la mame!, le dijo a uno de sus secuaces y este ni tardo ni perezoso se aproximó y metió su verga enhiesta en mi boca violada ya varias veces.
Me obligaron a mamársela mientras mi hermanito me violaba por el culo. No imaginaba cuánto iba a durar esto.
El tipo que me obligaba a chupársela se vino y de nuevo me obligaron a tragarme su asqueroso semen; casi me ahogo con el viscoso líquido.
En cuanto él sacó su verga vino otro y me obligó a mamársela también. Víctor seguía cogiéndome por el ano y decía:
- ¡Aaaaahhhh, todavía lo tienes apretado putita, yo pensé que estos cabrones te lo iban a agrandar!, pero verás cuando acabemos te va a caber un camión jajajaja
Siempre que él reía los demás lo hacían, era notorio el liderazgo que tenía sobre ellos.
Pasaron dos más para que yo les chupara la verga mientras Víctor seguía violándome por el culo. Yo lloraba, pero ya no gritaba porque, o tenía una verga en la boca o sabía que era inútil.
Por fin mi hermano terminó y se vació dentro de mis entrañas. Tuve que aguantar sus duras embestidas.
Él sacó su verga chorreante y me ordenó:
- ¡Límpiame la verga!
Obedecí por miedo, me volteé, me hinqué y le lamí el pene hasta dejarlo limpio. Me di cuenta de que todo lo que pasaba ellos lo grababan.
Me quedé ahí hincada en medio de la habitación, rodeada de vagos desgraciados que esperaban para volverme a violar.
Mi pesadilla aun no acababa cuando empezaba una nueva…



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Comentarios enviados para este relato
Marcos21 (12 de April de 2017 a las 10:53) dice: Que pasó después me podrías decir?


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