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IRYNA, LA RUSA


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dulces.placeres Relato enviado por : dulces.placeres el 16/05/2016. Lecturas: 1672

etiquetas relato IRYNA, LA RUSA Confesiones .
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Resumen
Más de una vez, me sorprendía a mi mismo mirando su ropa interior que estaba tirada por cualquier lado, trataba de reprimir mis instintos. Ella siempre usaba polleritas tableadas muy cortitas, demasiado cortitas, por nada en especial, siempre las había usado, eran parte de ella, solo que ahora yo la miraba con otros ojos


Relato
IRYNA, LA RUSA


Siempre fui un tipo humilde, tuve que trabajar mucho para conseguir lo poco que tengo, la falta de estudios no es buena consejera y mis manos castigadas son testigos silenciosas de mis pesares. No trabajaba menos de doce horas diarias, no había domingos ni feriados en mi vida, solo viví para trabajar para conseguir comprar un viejo y húmedo departamento en un edificio comunitario de tres pisos. El trabajo siempre fue prioridad, podría escribir un libro, y esto me llevó a una aburrida y pobre vida sexual, sin grandes locuras, es difícil tener sexo con la panza vacía.
Apenas unas noviecitas que cuento con una mano en mi adolescencia, llegando a los treinta me casé con Ruperta, una buena mujer, buena ama de casa, excelente cocinera, culpable de los cien kilos de peso que tengo. Es una noble mujer, un tanto tosca y para nada inteligente, es la triste verdad.
Nos amamos a nuestra manera, con un sexo tradicional y esporádico, una vez al mes con suerte, solo vaginal y siempre con la luz apagada, es muy estricta en esas cosas.

Ella me dio una hija que hace unos años voló para hacer su nido con su novio de la infancia, ahora vivimos solo nosotros dos, ya he pasado los cincuenta y nunca esperé cambios en mi vida, sigo trabajando casi todo el día, mi único lujo es volver al atardecer y sentarme un rato en la vereda para ver cómo se oculta el sol, luego subo los tres pisos por la escalera para terminar el día, esa escalera me parece cada día más alta, los años no vienen solos…
Ese es el panorama, una vivienda pobre en un barrio pobre, gente trabajadora, buena gente…

Solo el año pasado fue diferente para mi, lástima que como vino se fue, pasó tan rápido…
Cuando terminaba Enero pusieron en venta el departamentito que está junto al nuestro, Roque, el dueño, estaba demasiado mayor y había envejecido terriblemente desde que había enviudado, sus piernas estaban flojas y ya no toleraba las caminatas de ascenso, siempre pensaba que ese sería mi futuro no tan distante. Bien, el se fue y el lugar estuvo cerrado hasta fines de abril, principio de mayo. Una tarde al llegar del trabajo Ruperta me dijo que había escuchado ruidos y suponía que teníamos nuevos vecinos, sin embargo yo no había observado nada.
Al día siguiente, un matrimonio de nuestra edad tocaba la puerta presentándose gentilmente como los nuevos vecinos, en realidad habían hecho un esfuerzo para comprarle el lugar a su hija, para que pudiera estudiar en la universidad, ya que provenían de afuera de la ciudad y no podía viajar todos los días.

En los siguientes dos meses las cosas cambiarían rápidamente para mí, la joven vivía sola, se llamaba Iryna, supe que sus abuelos eran inmigrante rusos y no solo la doblaba en edad, también en peso.
Era flaca, de delgadas piernas, acostumbraba a usar remeras ajustadas que marcaban sus huesudas costillas y sus chatos pechos, tenía unos ojos grandes color café, de mirada triste, cabello rubio que siempre cortaba con un flequillo recto arriba de las cejas. Ella despertaba en mí un instinto paternal, tal vez por la reciente partida de mi hija, además tenía una voz muy suave que me ablandaba el corazón.

Casi de casualidad surgió un vínculo entre nosotros, como ella vivía sola, era mujer y no sabía nada del hogar, siempre venía a buscarme por algún problema, la vida me había enseñado un poco de todo, así que era carpintero, albañil, electricista, pintor, plomero y todo oficio que se requiera en una casa.
Mi forma de ver a la joven fue cambiando poco a poco, sin darme cuenta, no se me cruzaba por la cabeza engañar a Ruperta pero ella era una pobre mujer, demasiada ingenua para ver más allá de sus narices, lo cierto es que Iryna parecía pasarla a gusto en mi compañía y mientras yo estaba en su departamento dándole una mano en alguna tarea, ella me contaba sobre su vida, sobre su familia, sobre sus proyectos, sobre sus estudios, siempre me trataba de usted, me decía ‘don Pedro’, río al recordarlo…
Así, las brasas fueron ardiendo en mi interior lentamente, sin darme cuenta.

Más de una vez, me sorprendía a mi mismo mirando su ropa interior que estaba tirada por cualquier lado, trataba de reprimir mis instintos. Ella siempre usaba polleritas tableadas muy cortitas, demasiado cortitas, por nada en especial, siempre las había usado, eran parte de ella, solo que ahora yo la miraba con otros ojos, las cosas iban cambiando, ahora veía lo que antes no veía. Y tenía una nueva costumbre, dado que Iryna llegaba de la universidad casi al mismo horario que yo del trabajo, buscaba la forma de llegar unos instantes después que ella de manera de subir los escalones de los tres pisos unos metros tras ella, con la mirada fija en su colita, tratando de ver bajo su pollera.
Creo que se daba cuenta de la situación, siempre llegábamos arriba y ella cruzaba una mirada con una pícara sonrisa en los labios

Primero de Octubre, estaba arrodillando arreglando un piso, ella recostada en un viejo sillón con una fea remera brillosa y la clásica pollera tableada que casi me dejaba ver la bombacha, mascaba un chicle mientras sus lentes de aumento le permitían leer un libro de estudio, ella me sorprendería mirándola, dejando el libro a un costado entabló un peligroso diálogo, quería saber sobre mi sexualidad, sobre mi vida, sobre mis gustos, que había hecho, que no, que gustos jamás me había dado, justificando sus preguntas en un supuesto trabajo que elaboraba para la facultad.
Yo dejé de hacer lo que estaba haciendo, me puse nervioso, tartamudo, transpiraba… le resumí mi vida en pocas palabras, tratando de no ser grosero, entonces ella se acercó a mí y tomando entre si mis manos castigadas por el tiempo me susurró al oído

- Si usted quiere, podemos hacer lo que nunca hizo….

Luego me besó profundamente, apasionadamente, dulcemente para agregar:

- Pedro, dese el gusto, tome lo que cada día quiere tomar en las escaleras…

Iryna se acomodó en el sillón, con las rodillas en el piso y su pecho sobre el mismo, dándome la espalda, me senté en el piso, tras ella, con mi cara demasiado cerca de su trasero, tomé la pollera y la levanté hasta su cintura, una tanga de algodón se perdía entre sus nalgas, era una tipo hilo dental, dejando sus blancas caderas al desnudo, puse una mano en cada cachete, las palmas casi alcanzaban a cubrir sus glúteos.
Inconscientemente abrí sus carnes, mi vista se centró en el anillo marrón que quedaba partido al medio por el hilo violeta de la tanga, pero mi sorpresa recién empezaba, los minutos pasaban y yo trataba de abrir más y más, solo tirando las nalgas hacia afuera, lentamente el esfínter de la joven comenzaba a abrirse, y más y cada vez más.
Aún yo no hacía nada y su orificio trasero se abría ante mis ojos como una moneda, unos tres centímetros, el hilo pasaba al medio, como si fuera un indefenso puente atravesando un peligroso cráter, evidentemente la rusita no era tan santa como parecía, ella me sacaría de mi letargo diciendo:

- Don Pedro, no le gustaría dármela por la colita?

Al tiempo que metía dos dedos ensalivados en su dilatado culo, no la hice esperar, me desnudé rápidamente, mi verga estaba dura, escupí en mi mano un par de veces como para lubricarlo, me puse tras ella que esperaba impávida, corrí el hilo dental, apunté y la penetré con asombrosa facilidad por atrás, era el primer sexo anal de mi vida, la sensación me parecía maravillosa, sintiendo su anillo apretando mi verga, se la sacaba cada tanto y mis ojos se llenaban con ese gran agujero dilatado, con el sabor de lo prohibido.
Mi maldita rodilla derecha comenzaba a molestarme, tuve que parar y sentarme a su lado, pero nada la detendría a ella, se desnudó rápidamente y vino a subirse sobre mí en cuclillas, con una pierna a cada lado tomó mi miembro y se sentó sobre el volviendo a metérsela en el culo, se movía como una maestra y me daba unos profundos besos, lengua con lengua, miraba sus ojos entrecerrados por al placer a través de esas eróticas gafas de aumento, no podía creer lo que estaba viviendo…

Sus mamas eran prácticamente inexistentes, apenas los pequeños pezones asomaban en su huesudo pecho, puse mis manos en ellos y los acaricié con ternura, ella reaccionó favorablemente a mi estimulación acelerando los movimientos y buscando de hacer la penetración anal más profunda, transpiraba, se calentaba, se esforzaba por no gritar.
Todo iba bien hasta ese momento, llegaría mi primer fiasco, Iryna se recostó sobre el sillón y me pidió que le lamiera su argolla, me da vergüenza decirlo, me acomodé entre sus piernas e hice lo que pude, estaba nervioso, a pesar de mi edad era un tonto novato en el tema que no sabía bien que hacer, cómo hacerlo, la besé, probé su jugo y mordí su clítoris, al menos eso creo porque noté en su cara gestos de dolor…
Después de frustrados intentos la joven se apiadó de mí, fue complaciente entonces me dijo:

- Don Pedro, quiero que me coja bien salvaje, lo más loco que se le ocurra…

Y lo más loco que se me ocurrió fue levantarla en mis brazos y llevarla contra la ventana que daba al balcón, solo una pequeña cortina impedía que nuestros cuerpos desnudos se vieran desde afuera, la levanté como un papel entre mis brazos haciendo que se abrazara a mi cuerpo con sus piernas, la bajé hasta sentir que mi verga la penetraba hasta el fondo, levantándola y bajándola una y otra vez la cogía de parado, su concha estaba jugosa y ella daba pequeños gemidos en mi oído, como una gatita ronroneando, sentía su intimidad deslizar sobre mi carne, ella me abrazaba con fuerza, pero parecía faltarle locura al cuadro…
Me soltó con una mano y se tomó del barral, luego hizo lo mismo con la otra, ahora sí, la sostenía en el aire mientras ella gritaba balanceándose como una prostituta, caliente ahora gritaba:

- Si señor! Si! si! me acabo… si! mas! mas!... me acabo!!!.

Se contraía en torno a mí, todo parecía perfecto, pero en lo mejor de la situación el barral cedió junto a las cortinas y todos fuimos al piso, reímos por lo que sucedía, ambos estábamos desnudos por completo, así que ella casi arrastrándose por el piso llegó al costado para bajar la persiana y terminar con el contratiempo.
Luego me tomó de la mano y me condujo al sillón donde todo había comenzado, me hizo sentar y fue en busca de algo, mientras iba y venía yo observaba su extrema delgadez, su blanca piel y su cuerpo huesudo.
Iryna volvió con una caja bajo el brazo, se acomodó entre mis piernas, estaba curioso por ver que había en ella, con una sonrisa en los labios me dejó ver el contenido, estaba llena de juguetes sexuales! De todas formas y tamaños! Nunca había visto algo igual…

Ante mis ojos exorbitados ella tomó el más grande, realmente grande, de unos treinta centímetros, grueso, de unas tres pulgadas, con una sopapa en la base, la adhirió al piso y la lubricó bastante, yo no podía creer que esta inocente muchacha tuviera esas cosas, lo tomó con una mano para mantenerlo rígido y se colocó en cuclillas sobre él, lo apuntó en su concha y comenzó a bajar lentamente, centímetro a centímetro fue desapareciendo de mi vista, hasta que prácticamente no quedó nada, no entendía donde guardaba tanto…
Mientras jugaba sobre él, tomó mi verga con entre sus dedos y tirando mi cuero bien abajo comenzó a masturbarme lentamente, mi cabeza estaba desnuda, me enloquecía…
Sus labios fueron a mis testículos, su lengua me los recorría, me sorprendió cuando fue un poco más abajo y comenzó pasar su lengua por mi esfínter, sentí una rara sensación, me acomodé de manera de facilitarle el camino, si me hubiera visto mi esposa…

Ella se preparaba para la estocada final, luego de sentir su filosa lengua tratando de penetrar mi esfínter, tomó un pequeño vibrador y comenzó a jugar en el, a los pocos minutos lo apuntaba y casi sin que me diera cuenta lentamente me lo iba metiendo, a mi edad llegar a estas cosas…
Esa fue la postal que quedó grabada en mis retinas, la rusita disfrutando con ese juguete enorme en su concha, con una mano metiendo y sacando el otro juguetito en mi cola y con la otra masturbándome apenas, teniéndome bien agarrado por las bolas. Sentí llegar, mirando la punta de mi pija vi como el líquido blanco comenzaba a fluir bajando suavemente por todo el tronco, no salía de mi asombro, de mi fascinación…

Iryna me confesaría luego que ella no estudiaba en ninguna universidad, se ganaba la vida prostituyéndose, sus padres nada sabían al respecto. En los meses siguientes tuve algunos encuentros clandestinos más pero la relación se fue enfriando, seguramente por mis reiterados pedidos para que cambiara de vida, creo que llegué a cansarla…
Un día de Diciembre simplemente desapareció, el pequeño departamento nuevamente estaba a la venta, nunca supe nada mas de ella, ni de sus padres, nunca más…



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