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LA DEUDA

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coronelwinston Relato enviado por : coronelwinston el 23/04/2009. Lecturas: 21181

etiquetas relato LA DEUDA .
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Resumen
Mi marido me prostituyó compartiéndome con un hombre por una deuda de juego.


Relato
LA DEUDA Mi marido es un tipo estupendo, aunque solo tiene un defecto. El juego. Le gusta jugar en demasía. Yo no digo que sea un ludópata, pero algo si se le aproxima. Lo que voy a contar nos sucedió hace dos años aproximadamente. Nuestra economía no iba del todo bien y el, a pesar de que no andábamos bien de dinero, se empeñaba en jugarse todo el dinero que le caía en las manos, con el fin, según el, de ganar algo extra para vivir más desahogados. Sea como fuere, yo no imaginaba que el contraería deudas de dinero. Pero lo hizo y lo hacía con cierta frecuencia según me enteré luego. Aunque después de contraerlas, siempre las pagaba. Menos una. Esa no pudo pagarla, pues la había contraído con un tipo que tenía mucho dinero y que no ponía reparaos en darle más, cada vez que mi marido se lo pedía. Con lo cual, mi marido se endeudaba más y más. Así alcanzó una cifra de 3.000 Euros. Cifra que él no podía pagar pese a la insistencia de ese hombre, que ya aburrido, se la reclamaba constantemente. Un día llegó a casa y me comentó lo que le estaba ahogando. La deuda de 3000 Euros que había contraído con un tal Emilio. Ese hombre le pedía una y otra vez que zanjara su deuda, pues se tenía que marchar de la ciudad y ya le resultaría imposible cobrar los 3000 que mi marido le debía si se iba y este no se los había pagado. Yo le dije que no podíamos pedir prestado a nadie, pues no teníamos gente conocida que nos diese esa cantidad y el lo reconoció. Tampoco podíamos ir a un banco, pues a parte de que el no trabajaba y yo tampoco, sin una nómina no nos darían un préstamo. Vivíamos de las pocas y escasas chapuzas que mi marido hacía. Nuestra situación, en verdad, era insostenible y aunque yo estaba harta de aquello, le quería y estaba feliz a su lado, si exceptuamos sus vicios con el juego. Máquinas, bingo, casino, todo lo que era azar estaba presente en mi marido, por no hablar de ciegos, lotería, quinielas y demás. El día llego sin esperarlo. Emilio se enteró de nuestra dirección y se fue a nuestra casa a reclamar sus 3000. Yo no estaba allí. Cuando llegué a casa les encontré sentados en el sillón discutiendo acaloradamente. Mi marido le decía a Emilio que el no disponía de esa cantidad, que a lo sumo le podía dar 500 y el otro decía que no era suficiente. Después de saludarlos y acercarme a mi marido a besarle, el me presentó a Emilio como un amigo suyo al que debía, como no, dinero que no podía pagarle. Me senté enfrente de ellos y tome una revista en la mano y mientras la ojeaba le oía a Emilio como amenazaba a mi marido ante la falta de seriedad por no haberle pagado. Mi marido le daba excusas. Una tras otra. Pero Emilio no entendía nada, solo sabía decirle que el se tenía que marchar de la ciudad y que ese asunto lo quería dejar resuelto de una vez por todas. Así me enteré que la deuda de mi marido se había prolongado ya durante seis meses. Como pasaban el tiempo discutiendo les dije que si querían tomar algo, a lo que Emilio me respondió de muy mala manera que no, que lo único que le había llevado a nuestra casa era cobrar lo que mi marido le debía. Y como no llegaban a ningún acuerdo en la forma de pagar los 3000, pues mi marido pretendía que tal vez Emilio le diera su nueva dirección y cuando tuviera dinero, el mismo se lo giraría en cantidad superior a lo que le debía, decidí subir a mi habitación a quitarme la ropa que llevaba puesta y ponerme algo más cómoda, pues no me gustaba llevar en la casa, la ropa de la calle. Y así lo hice, les dejé allí discutiendo en cómo y cuando se iban a satisfacer los 3000 y me fui a cambiarme de ropa. Me puse un TOP pequeño y unos pantalones cortos y baje al salón donde ellos se encontraban. Al verme, Emilio paro de hablar y me siguió con la vista mientras bajaba las escaleras que llegaban al salón. El se levantó de inmediato al verme y se giró hacia mi marido y mientras me miraba, hablaba. Yo no entendía muy bien lo que decía pero mi marido sí. Le dijo que solo se le ocurría una forma para satisfacer los 3000, y que si mi marido estaba dispuesto, el también lo estaba. La deuda que mi marido mantenía con el quedaría saldada y se podría marchar de la ciudad tranquilamente, y mi marido se libraría de un peso que no le dejaba respirar. Mi marido se tocaba la barbilla y se pasaba la mano por la cara con preocupación. Emilio al fin le dijo lo que el esperaba oír. La deuda quedaría saldada por completo si yo me acostaba con el. Mi sorpresa fue mayúscula al ver que mi marido no se ofendía por semejante insinuación. Yo no daba crédito, pero di menos cuando Emilio se acercó a mí y me tocó por encima de mis ropas en presencia de mi marido sin que este dijera nada al respecto. Se limitó a agachar la cabeza. Evidentemente, en un principio trate de impedirlo, pero Emilio me sujetaba fuertemente sin que mi marido hiciera nada al respecto. Mientras metía la mano dentro de mi pantalón para tocarme mi vello púbico, le decía a mi marido que todo tenía solución si su mujer colaboraba. Yo miraba a mi marido y el bajaba la vista como dándome a entender lo que quería de mí. Quería que yo me dejara follar por Emilio para saldar su deuda. Así de fácil, así de simple, así de sencillo. Al menos para el. Lo entendí de inmediato. Mi marido estaba dispuesto. Le veía sufrir allí sentado en el sillón, mesándose los cabellos, restregándose la cara con la palma de la mano y apretándose la barbilla con sus dedos. El quería que me prostituyera a cambio de su deuda. No le importaba que otro me tocara por su deuda. Y además, no le importaba que el mismo estuviera delante y lo viera todo. Emilio fue más lejos. Saco la mano de debajo de mi pantaloncito y me levanto el TOP. Me lo saco por la cabeza y me dejo en sujetador. No tardo en hacerse con uno de mis pechos y mientras lo estrujaba con su mano le decía a mi marido que así quedarían en paz. Mi marido me miró una vez más y bajó la cabeza en plan de asentimiento, con lo cual me decía a las claras lo que esperaba de mí. Sumisa de mí, deje que Emilio me bajara los pantalones y me quede en bragas y sujetador. No sabía si me daba vergüenza lo que estaba pasando, tampoco sabía si le importaba a mi marido lo que yo creía que debía de importarle. No sabía nada. Solo sabía que un tipo desconocido para mí hasta ese momento, me estaba tocando a su antojo delante de mi marido por una deuda de 3000 euros que yo no había contraído. Con estas andaba por mi cabeza, cuando Emilio me bajo las bragas por entero. Al estar yo de pies, se quedaron encima de mis tobillos. El no perdió el tiempo y de un tirón las rompió y me las saco sin necesidad de levantar los pies del suelo. Se incorporo y su mano fue a parar a mi coño, donde, a su antojo, tocó cuanto quiso. El sujetador fue el siguiente paso. Yo misma, me lo quite. Mi marido quería eso. Esa era la única oportunidad que le quedaba de pagar su deuda. De lo contrario, quien sabia que podría hacer el tal Emilio ese. Pues he de reconocer, que Emilio era un tipo muy fornido y que en cierto modo daba miedo. Se veía venir. Emilio me iba a follar. Solo quería que lo hiciera en la habitación. Lejos de la mirada de mi marido. Pensaba que el no podría soportarlo. Opte por dejarle hacer y me dije que si eso era lo que realmente quería ese Emilio para liberar a mi marido de los 3000, adelante. Nunca hubiera pensado que un polvo conmigo pudiera valer 3000. Pero Emilio estaba dispuesto a pagarlos y mi marido a consentirlo. Todo por librarse de su deuda. Emilio se separó ligeramente de mí a la vez que sacaba un dedo de dentro de mi vagina. Tiró de sus pantalones hacia abajo y dejo al descubierto una polla ligeramente gorda y relativamente larga aunque morcillota. Me ordeno que la chupara. Mire a mi marido avergonzada de lo que estaba a punto de hacer por el, por sus deudas. El inclinó la cabeza como diciéndome que adelante y me giré hacia Emilio que me esperaba con polla en mano para que yo la engullera. Me arrodille en el suelo y tomé aquello con mi mano, no sin cierto asco y recelo, y cerrando los ojos, lo metí en mi boca. Chupé y succioné como podía, venciendo las ganas de vomitar que me daba lo que estaba haciendo. Pude comprobar como aquello adquiría un tamaño más real, más potente. Al ver el resultado de mi chupada, no pude evitar mirar a mi marido y mi sorpresa fue mayúscula. Allí estaba él, tan campante. El deudor de los 3000, por el que tenía que pagar yo, estaba con los pantalones bajados hasta las rodillas meneándosela tranquilamente. Le miré sorprendida y sin dar crédito a lo que veía, le pregunté que es lo que estaba haciendo. El no me contesto, sin embargo oí la risa de Emilio diciéndome que mi marido se apuntaba a la fiesta. Me puse en pie y traté de desembarazarme de Emilio, pero el me lo impidió. Me dijo que recordara que lo que estaba haciendo, lo hacia por 3000. Puso una mano en mi hombro y me agachó delante de el otra vez, a la vez que me ofrecía su pene erguido para que lo chupara nuevamente. Mi marido, entonces le oí, mi marido me dijo que hiciera lo que me decía Emilio y que me callara. Ante su actitud y mientras volvía a meterme aquello en la boca, pensé qué estaba pasando. Lo tenía claro. Mi marido me estaba usando para pagar su deuda. A el no le importaba lo mas mínimo lo que me pudiera hacer Emilio, que no era otra cosa que follarme. Entonces, quizá por la situación, quizá por la rabia que sentía, opte por darle a Emilio los 3000, céntimo a céntimo. Me puse más cómoda, subí mi mano hasta su muslo y agarré con fuerza su miembro y lo introduje más en mi boca. Lamí, chupe, absorbí con fuerza, con ganas, con deseo, por que no, de verlo más y más grande, más y más duro. Tardo poco en ponerse como yo quería. Hice un buen trabajo. Decidí darle más y con la mano izquierda tome sus cojones y los acaricié. El no pudo resistir más y me puso en pie. Me abrazó y me beso, pugnando por introducir su lengua en mi boca, lo cual fue fácil, pues yo le dejé que lo hiciera y me entregue al beso que me daba como si fuera mí marido quien me lo estaba dando. En ese momento note una mano en mi entrepierna, por detrás, una mano que se fue a mi raja deslizándose por la raja del culo y tropezando con mi ano debido a la proximidad de mi otra raja. Era mi marido, que ya envalentonado y quizá excitado por la escena que veía, colaboraba polla en mano queriendo darme placer. Ante la actitud de mi marido, Emilio se deshizo de mi boca y me llevo al sillón, allí me hizo sentarme y se arrodillo ante mí separando mis piernas. Luego, simplemente llegó mi recompensa. Con sus dos manos separó los labios de mi coño y con la punta de la lengua fue paseándose por mi raja muy despacio hasta arrancar de mí los primeros jadeos y suspiros y completar, por fin, la excitación que aún me faltaba. Cerré los ojos y le deje hacer. Era lo que mi marido quería. No me pregunté nada. Ni siquiera como encajaría aquello. Aunque supuse que no debía encajarlo muy mal, pues la última vez que le divise, estaba de pies meneándosela tal vez excitado por lo que veía. Emilio siguió a lo suyo, que no era otra cosa que darme todo el placer que podía, que no era poco. Ya, y ante los jadeos más fuertes cada vez, y más seguidos, abandono mi coño y se puso en pie ligeramente agachado delante de mi. Tomo su polla en la mano y la acerco a mi raja. Me dije para mis adentros que me iba a follar. Que me la iba a meter. Pero al contrario de lo que esperaba, me hizo sufrir más, pues yo lo único que deseaba ya era que me follara allí mismo, delante de mi marido, pues quería gozar, quería correrme y gritar delante de el, que lo viera todo y así se diera cuenta lo que había echo conmigo. Emilio acerco su glande a mi raja y allí, ayudado con su mano, lo paseo por entero de arriba abajo, dándome unos golpecitos muy significativos cada vez que llegaba al clítoris. Aquello fue el sumun. No pude evitar decir en voz alta que me iba a correr, a lo que mi marido, listo el, no tardo en aproximarme su polla a mi boca. Polla que yo tomé, creo que con gusto, y lamí comprobando la hinchazón de ese miembro, que ahora observaba como otro igual de duro, ocupaba o iba a ocupar su lugar, el lugar reservado hasta ese día a él. Emilio se apiado y me la clavó hasta en fondo. Empujó y empujó y me llenó de placer. La postura era incomoda sin duda y decidió tumbarme en el sillón, para que el pudiera perforarme más a gusto. Metió una mano bajo mi culo y siguió empujando. No tarde en correrme, pero el seguía y seguía sondeándome con fuerza. No se corría y optó por ponerme en pie. Me agarró de la mano y me llevó a nuestra habitación. Mi marido nos siguió. Allí, se tumbo en la cama y me obligó a sentarme encima de el. Me deslice hacia abajo por aquella barra dura que el sujetaba con la mano para facilitar la penetración, y una vez hube llegado al fin, el posó sus manos en mis caderas y comenzó a levantarme con violencia para luego dejarme caer a la vez que me empujaba aquello más y más. Mi marido se puso en pie en la cama y otra vez me ofrecía su polla dura y tiesa. Esta vez si. Esta vez la tomé y se la chupé a conciencia y cuando veía a punto a mi marido, le abandone pidiéndole que no se corriera. Quería ser follada por mi marido. Tonta de mí. Sentía otro nuevo orgasmo que me llegaba como llega un tren a la estación, sin prisa pero sin pausa. Y me abandone a él. Las manos de Emilio sobre mis pechos, apretándolos con sus dedos y la dureza que sentí en mi interior acabaron por desparramar en mí un nuevo orgasmo. No me inhibí de chillar y exteriorizar el placer que me anegaba por entero, pero Emilio seguía sin correrse. El sabía follar. Me dejo unos minutos reponerme de mi orgasmo y luego saco la barra dura de mi interior, mientras me dejaba caer en la cama boca arriba. Miro a mi marido y este tomó su lugar. Se acoplo frente a mí y se dejó caer y cuando intentaba metérmela, quizá por la excitación, comenzó a correrse sobre mi vientre. Cuando hubo terminado, eché mano a una toalla que extraje de la mesilla y me limpié su semen. El, con otra toalla, se fue a mojarla y me la entregó para que me limpiara bien. Y entonces llego lo más de lo más. Yo me había corrido dos veces, mi marido una y Emilio ninguna. Pero juro por Dios que aquello fue irrepetible. Bueno irrepetible no, pero eso es otra historia. Emilio es un hombre fuerte, músculos marcados, con poderío. Cara dura y facciones punteadas. Me tomó de la mano y me abrazo una vez me puso en pie. Mientras yo le besaba agradecida por los dos polvos que me había echado, por las dos veces que había echo que me corriera, el posó las palmas de sus manos en ambas piernas y me levantó en vilo. Me dejó justo encima de su capullo, que remataba esa feliz y dura barra con que la naturaleza, o tal vez su padre o madre, le habían obsequiado. Me dejó caer lentamente sin ayudarse de ninguna guía por aquella pértiga tiesa. La sentí en mi interior. Sentí como me abrasaba las entrañas según iba entrando. El puso sus manos en mis glúteos y comenzó a follarme otra vez. Con dureza, con violencia. Mis tetas apoyadas en su pecho desprendían un calor febril que adquirió la temperatura máxima cuando él quiso. Con mis piernas rodee su cintura para acoplarme mejor a su verga. Noté como metía un dedo dentro de mi ano a la vez que seguía empujando más y más, sondeándome hasta el útero, restregándose y haciéndome gozar otra vez, y por un momento sentí mi carne blanda. Un chorro potente, caliente, que se podía confundir con el comienzo de una micción, y que me hizo estremecer, me inundó por completo llevándome al clímax más salvaje que he tenido jamás. Allí, gritando sin poder oírme, me abandoné mientras los estertores de placer me colmaban hasta que casi pierdo el conocimiento. Salvaje polvo. Bestial follada de Emilio. Después, sólo puedo decir dos cosas. Mi marido sigue jugando todo cuanto puede. Se juega todo el dinero que cae en sus manos, pero yo ya no estoy a su lado para pagar sus deudas. Ahora, afortunadamente para mí, me están pagando todos los minutos de dolor que pase en aquel comedor mientras mi marido dejaba que me usurpara Emilio sin yo querer. La vida tiene estas cosas, a veces encontramos lo que no buscamos. Y yo encontré lo que no andaba buscando. Encontré a Emilio gracias a mi marido. Encontré una manera de llorar de placer cada vez que me folla. Sus polvos se prolongan en el tiempo, pues no hay vez que me folle que no lo haga al menos durante hora y media o dos horas de sexo interrumpido. Consigue que me corra cada vez dos o tres veces y no quiero hablar de cómo hace que me sienta, cada vez que me lame mi raja, que se abre irremediablemente a su lengua. Definitivamente ya no vivo en la misma ciudad que mi marido. Me marché con Emilio y sinceramente creo que hice lo que debía. Encontré un buen hombre, un tanto atrevido, eso sí, pues no olvido como le dijo a mi marido que me quería follar y así saldaba su deuda con el, y por su puesto, tampoco olvido los malos ratos que mi marido me hizo pasar con el juego. Ahora tengo todo. Le tengo a el, a Emilio, tengo su dinero y por supuesto, tengo su lengua y su polla que me colman como aquella vez en mi casa hace ya dos años. Por cierto, el no juega a juegos de azar, el va a lo seguro. Coronelwinston

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Comentarios enviados para este relato
trenko (5 de May de 2009 a las 12:19) dice: Ahora te voy a llamar sargento. Este no me ha gusrado tanto como el otro. Saludos.

coronelwinston (31 de January de 2011 a las 18:41) dice: Gracias Juan Cacho.

Juan Cacho (30 de January de 2011 a las 20:01) dice: Jejeje, desde ahora te subo el rango, dejarás de ser Coronel, pasa a ser GENERAL cabrón, jajajaja. Buen cuento.

Lachicaromy (25 de April de 2009 a las 18:59) dice: Gracias por tu comentario, me alegro que te guste el primer relato que he enviado. Este relato tuyo tambien es muy bueno, como todos.

coronelwinston (23 de April de 2009 a las 23:18) dice: Disculpas por el formato del texto. No sé que ha podido pasar. Lo envié con separaciones entre párrafos.


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