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La perrita Ana


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Relato enviado por : VASCOPAIS3 el 07/12/2004. Lecturas: 35140

etiquetas relato La perrita Ana .
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Resumen
La historia de Ana, de como su sumisión la llevó a ser una simple perrita para su ama y su amo.


Relato
Folla con su vecino. jovencita folla con su vecino | elektrik36.ru
La perrita Ana

“Perdonad por lo soez y lo vulgar, perdonad por la dureza y la crueldad, que aunque light, puede herir la sensibilidad de más de una y uno.”

Esta historia, como todas las historias, tiene un principio y un final. El espacio comprendido entre ambos es el resumen de la vida de una joven, una persona, o eso fue en sus comienzos…

El Final

En aquellos días de verano, el calor adormecía mi cansado cuerpo totalmente magullado. Sentía el murmullo del cercano riachuelo y sabía que podría refrescarme un poco en sus tibias aguas. El amo me había soltado por vez primera desde hacía más de dos meses, y mi ama me había librado del ceñido cinturón que mantenía mi sexo encerrado. Me acerqué como siempre, a cuatro patas, puesto que desde aquella inyección, tan lejana en mis recuerdos, ya no podía volver a ponerme en pié. Cuando llegué a la orilla, me incliné y bebí un poco de aquella refrescante agua, fue muy estimulante sentir el frescor recorriendo mi cuerpo…en aquellos días de verano me sentí libre, una libertad rara puesto que no era dueña de mi propia vida, pero del todo hedónica.
Cuando los últimos rayos de sol dejaron el horizonte, oí en la letanía la voz de mi dueña, era hora de ir a mi caseta. La situaron convenientemente en el jardín de aquella casona de campo, propiedad de mi amo. Nunca dejaban que yo entrase en la casa principal, al fin y al cabo los animales, debían estar fuera, sin molestar a las posibles visitas. Mi amo enganchó la cadena de hierro a mi collar, engarzado de forma perpetua a mi cuello por medio de una soldadura. Después mi ama me colocó el cinturón de castidad (el cual solamente solían quitarme en tardes libres, como aquella, y por supuesto para montarme con otros animales) y así, me dejaron dentro de la caseta, con la cadena sujeta por medio de un candado a una argolla del interior y la puerta cerrada por el exterior. Ellos se alejaron sin más miramientos y se introdujeron en la casa principal. Aquella noche iba a ser un poco más fría para mí porque se les olvidó cerrar la pequeña ventana de cristal, única abertura de mi caseta, (después de la puerta), que por cierto era tan reducida en espacio como yo misma, apenas podía permanecer acurrucada sin tocar el techo y las paredes.
Con la llegada de la fría noche no tardarían en traerme el cuenco de la comida. Mi ama me lo coló por la ventana, derramando parte del contenido sobre mi cuerpo desnudo. Se alejó sin más dilación y cerró el portón de la casa. Pude ver a través de mi ventana cómo se encendía la luz de la habitación de mis amos y entre sombras y jadeos les vi hacer el amor hasta el amanecer…ahora era libre, ahora era feliz, era el comienzo de mi vida.

El Principio


Mi nombre es Ana, soy una chica algo apocada, muy poco sociable y muy reservada. Mi pelo, largo y rubio junto a mi estatura muy por encima de la media, hacen de mí objeto de atención cuando entro a cualquier sala, lo cual es motivo de comentarios a veces soeces sobre mí, y es que tampoco puedo quejarme de mi cuerpo, una figura estilizada, uno pechos pequeños pero muy firmes y un culete muy apetecible e irresistible para muchos hombres. Aunque apenas tengo los 20 años, me han dicho muchas veces que aparento los 30 por lo menos. Mi novio, se llama Pedro y es más mayor que yo, pero no me gustó por eso sino por sus amplios hombros y su cara de chico bueno que me enamoró desde que nos vimos por primera vez en la casa de mis padres. Él era un buen amigo de mis padres, y una tarde tomando café me lo presentaron, ya no pude separarme de él nunca más.
Ahora me encontraba en el altar, estaba a punto de casarme con Pedro y sabía que todo iba a salir bien desde ese momento.
El cura hizo un largo discurso y acabamos besándonos para finalizar con el ritual católico. Salimos a ritmo de marcha nupcial y los familiares nos demostraron su puntería con el arroz a la salida de la iglesia.
Pedro había preparado una luna de miel especial y me excitaba mucho. Yo era virgen todavía, y aunque tímida y con muchos reparos a la hora del sexo, del cual solamente había practicado el oral con mi novio, deseaba ardientemente que me desvirgara, sentirle dentro de mí y rubricar aquél día como el más maravilloso de mi existencia.
Ya estábamos en la habitación del hotel, y la cosa se comenzó a calentar, para disfrute de ambos.
-¿Has hecho lo que te dije? –Preguntó impaciente Pedro.
- Si te refieres a lo de la depilación y la ropa interior, pues sí, lo hice como me dijiste –Él la sonrió con complicidad.
-Muy bien, pero debes de saber que no solamente deberás obedecerme en esa sencillez hoy, el día de tu boda. –Eso último sonó como con retintín, pero Ana se lo tomó bastante bien.
-¿Y que se supone que mandará “el señor”?, jejeje –Preguntó Ana con su peculiar humor.
- De momento me gustaría que te desnudases para mí. –Ana comenzó a quitarse el vestido de novia que todavía traía puesto, y con sensuales movimientos deslizó suavemente el vestido para descubrirse ante su marido totalmente desnuda, no llevaba ni sujetador ni bragas y su coño esta totalmente depilado.
- ¿Y ahora? –Preguntó excitadísima Ana, que ya comenzaba a chorrear.
- Ahora lo prometido.
La puerta se abrió de golpe y porrazo y apareció una chica algo más bajita que Ana y muy joven, quizás no tendría los 18 cumplidos, lo cual no fue lo que más sorprendió a Ana, sino su atuendo. Vestía un conjunto ceñido de látex negro con altas botas a juego de tacón fino de aguja. Portaba sendos guantes rojos y un látigo en la diestra. No se le veía bien el rostro, enfundado en una especie de máscara, aunque se sabía por la apariencia general que se trataba de una muchacha y muy joven. Ana se asustó y su primera reacción al verla aparecer fue la de cubrirse su desnudo cuerpo.
- Pero… ¿qué es esto? –exclamó Ana asustada.
-Vaya, esta zorrita está muy verde todavía por lo que veo, parece que aún no la has puesto en cintura –Saltó de repente la chica de látex.
-Creo que debo explicarte un par de cosas, Ana, que van a cambiar desde ahora – dijo Pedro…
Ana, se quedó mirando asombrada a su marido y comenzó a perder el conocimiento, desmayándose en ese mismo instante.
Ana se despertó a la mañana siguiente. Se hallaba tumbada en una mugrienta sábana en el suelo, cuando quiso ponerse en pié, se dio cuenta que no podía, se asustó, pero lo más raro fue que al intentar gritar, tampoco pudo, no salía de su boca ni una palabra.
Pedro se encontraba en un sofá, observando a Ana en el suelo.
- Bien Ana, como ves, todo se ha hecho conforme lo acordado, tú querías ser mi esclava, y en eso esperamos convertirte –Dijo melosamente Pedro.
-mmmmm…. –balbuceaba Ana.
-No lo intentes querida – dijo la chica de la noche anterior, aunque ahora iba vestida normal. – Hemos hecho unos ajustes a tus cuerdas vocales y ya no podrás decir ni mú, jajaja –se rió rápidamente.
-Exacto – dijo Pedro – y además como querías, también te hemos suministrado una inyección médica, de forma que no volverás a caminar, más que a cuatro patas, como una perrita, que serás.
(Por lo visto desde su desmayo, provocado por el narcótico efecto de la bebida de la habitación, habían pasado 2 noches más, tiempo de sobra para realizarle la operación de cuerdas vocales e inyectarle un medicamento especial, obra de un amigo de Pedro, que servía para imposibilitar codos y rodillas.)
Ana, sabía que lo acordado era ser convertida en la esclava y perra de Pedro una vez casados, pero no sabía nada de la otra chica, lo cual la intranquilizó, porque no salían las cosas como ella en teoría había planeado.
-Te preguntarás qué hace aquí Begoña, porque…se llama Begoña, aunque a partir de ahora la entenderás como “ama”, igual que a mí me entenderás como “amo” –dijo tranquilamente Pedro. – pues bien, es muy simple de entender, desde que quisiste convertirte en mi esclava y perra, se me pasó por la cabeza que me apetecería tener relaciones sexuales y como comprenderás, no voy a follar con mi perrita, porque yo no soy un animal. Por eso me eché otra novia mientras tu planeabas todo esto de ser mi esclava, Begoña aceptó tenerte de perrita sumisa y así decidimos convertirte en lo que, te aseguro, será tu vida de perrita a partir de ahora y hasta siempre.

Ana comprendió entonces que no iba a poder disfrutar del sexo nunca más, al menos con personas, y que jamás volvería a ser una chica, ya que aunque ella solamente quería ser su esclava, debería ya irremediablemente ser la perrita de sus amos. Por lo visto la situación se le había escapado de las manos, aunque Ana, comenzó a excitarse con sólo imaginar su vida desde ese momento.

La Transformación

A la mañana siguiente comenzaría la definitiva transformación de Ana en perrita.
La llevaron a una clínica de un amigo de Begoña, dónde la dispusieron en una cama con las manos y pies atados a sus extremos, resultando imposible ningún movimiento y menos para escaparse. Lo primero que le hicieron fueron unos agujeros en ambos pezones para más tarde colocarle unos aros de oro gruesos y soldados para que no los pudiera quitar nunca. De la misma forma le agujerearon los labios vaginales y le colocaron un anillo a cada labio, que después unieron con un pequeño candado. Sus amos le dijeron que tendría que llevar ese candado hasta que recibiera el cinturón de castidad, que sería la prenda a llevar por siempre, y que solamente se lo quitarían para cruzarla con algún perro o en sus días libres, que tendría para juguetear por el campo.
Después de lo doloroso de la puesta de los aros, decidieron anillarle también la lengua, al fin y al cabo ya no iba a poder hablar, después de la operación de cuerdas vocales. Le colocaron un aro, esta vez de plata, en el extremo de la lengua, lo cual fue muy doloroso para Ana, porque no le administraron anestesia.
Begoña, que no estaba todavía convencida con la obra, decidió que sería mejor depilarla completamente, de cabeza hasta los pies, y ponerle una loción para que no le volviera a salir vello ni pelo nunca más, después de eso, le colocaron un bozal en la boca y le trajeron un collar de perro en acero, que le soldaron al cuello, le ataron a éste una cadena y Begoña tirando de él, la sacó de golpe de la cama, que ya no tenía las ataduras atadas a su cuerpo. Ana, la perrita, cayó de bruces contra el suelo.
- ¡Perra estúpida! –le dijo Begoña –apenas sabes comportarte, debes aprender a ser una perrita y no caer de esa manera. –Ana bajó la cabeza sumisamente y tendió una mano a Begoña desde el suelo. –Mejor perrita, y que no se vuelva a repetir, a partir de ahora ya sabes que la única que follará con tu maridito, seré yo, tu ama, –dijo malévolamente.
Los días transcurrieron rápidamente. Ana se había convertido fácilmente en una perfecta perrita que traía el periódico con la boca a su amo, lamía los zapatos de su ama al llegar a casa y comía y dormía en el suelo de la habitación, bajo la cama, mientras arriba sus amos follaban intensivamente, pero era hora de hacer unos cambios, que marcarían a nuestra protagonista muy intensamente.
Pedro y Begoña decidieron alquilar una casa de campo, con la intención de pasar allí los veranos y algunos domingos. Como había un amplio jardín, decidieron construirle allí el alojamiento a su perrita.
Begoña, con mucha crudeza, decidió que una perrita, apenas necesitaría espacio para vivir, y que bastaba con una pequeña caseta de 1,50 metros de largo por 60 centímetros de ancho, lo cual dejaba a nuestra protagonista en una incómoda postura, no pudiendo estirarse, ya que ella era más grande que eso. También decidió que la altura no fuese de mucho más de 60 centímetros al igual que el ancho.

El Acto sexual

Begoña me cruzó una tarde con un mastín, muy grande, quiso que ese fuera el que me desvirgara:

Me coloqué a cuatro patas (como era mi posición habitual desde aquella intervención), con el culo bien alto, a disposición de aquel mastín. Él comenzó a olisquearme por detrás y yo me dispuse a acariciar su miembro, lo comencé a masturbar y su pene creció, poco a poco, ah, me maravillé con ese enorme miembro.
Alcé más mis caderas y las dirigí a donde el perro estaba ahora. Comenzó a lamerme, yo comencé a sudar y mi vagina empezó a sacar jugos. El perro intentó subirse en mí, y lo logró, metió parte de su pene dentro de mí, grité fuertemente, me relajé un poco y comencé a gemir de manera muy sensual, mis propios gemidos me excitaban, el perro empujaba su pene hacia dentro y yo permanecía quieta, pellizqué mis pechos y sobé mis pezones, gemí cada vez más fuerte, y conforme mi excitación avanzaba comencé a cooperar con el perro, al principio me moví al ritmo de él, y su pene se introducía un poco más cada vez, y entonces, empujé mis caderas con todas mis fuerzas hacia él, todo su pene se introdujo en mí, dejé salir un inmenso grito de excitación total, mientras tenía mi primer orgasmo, mis jugos salieron escurriendo de mi vagina. Gemí más y más, el perro me tenía a su merced, me sentía tan excitada, al sentir esa tranca en mí.
Begoña y Pedro observaban como era poseída por el chucho, yo ya era solamente una perra más, la perra de aquel mastín que trajo Begoña.
Al acabar de correrse el perro dentro de mí, se separó y me quedé exhausta. Begoña tiró de mí con la correa, atada a mi cuello.
- ¿Acaso crees, perrita, que has acabado ya?, vas a ser follada por 5 perros más, que ya los trae Pedro.
Aparecieron 5 canes de considerable tamaño portados con correas por mi amo, y los soltó al llegar a mi altura, me rodearon y comenzaron entre empujones a querer introducir sus vergas dentro de mí. Como estaba muy exhausta, Begoña me alzó y me dispuso en posición. Uno tras otro fueron copulando conmigo, hasta que se cansaron de mí y me quedé totalmente llena de ellos.
Al acabar, mi ama me colocó el cinturón de castidad, que mediante candado con única llave, que ella poseía (por deferencia de mi amo), cerró mi sexo por mucho tiempo.

La flagelación

Mi amo Pedro gustaba de azotarme todas las tardes. Me solía colocar en una especie de cruz medieval de tortura, ésta se hallaba en el sótano de la casa, un lugar frío e inhóspito, dónde solamente él podía entrar, no dejaba a Begoña que pasase por allí. Me levantó del suelo y me colocó las argollas en los brazos y piernas, de forma que quedaba totalmente abierta y expuesta para su disfrute. Agarraba un látigo de 7 puntas que tenía en alta estima sobre la mugrienta repisa de aquel sótano, y comenzaba su habitual castigo sobre mi depilado y blanquecino cuerpo de perrita.
El látigo producía un tétrico “zas” en el aire y me provocaba unas terribles heridas en mi desnudo pecho y barriga, que eran las partes dónde más solía cebarse. A cada latigazo, yo soltaba un “mmm”, porque al no poder vocalizar, no podía gritar de otra forma, y eso hacía disfrutar más todavía a mi amo, el cual cada vez que parecía sentirme un “mmm”, azotaba con más virulencia.
Normalmente después de mi ración de latigazos, unos 100 o 150, me sacaba de aquella cruz medieval y desnuda, como siempre, me dejaba caer al suelo del sótano, cayendo siempre de golpe, porque mis rodillas y codos no me permitían otra posición que la de tumbada o a cuatro patas.

La fiesta

Llegó el 15 de Agosto, festivo en mi país. Mi ama había traído invitados a casa, concretamente unas amigas de Pedro y otras suyas de la infancia. Decidieron enseñarles a su fiel mascota, yo.
-¿Esta es tu perrita?, que cosa más ridícula y fea, está toda pelada, además se la ve un poco sucia y magullada, jajaja –se rió una de las amigas de mi ama. –Me gustaría poder jugar con ella un rato –prosiguió –bueno de hecho ya sabéis cual es mi debilidad, jajaja.

Aunque poco podía importar ya para nuestra protagonista, la verdad es que sus dueños eran unos sádicos de cuidado y ese día 15 de Agosto, decidieron practicar con su perrita uno de los juegos que más les divertía. Se trataba de usar a su perrita como W.C para sus invitados. De esta forma, la llevaron de la correa hasta el baño y la colocaron en una especie de hueco en el suelo, de forma que quedaba su cabeza a ras mismo del susodicho. Convenientemente usaron un artilugio de metal, para impedir que cerrara la boca, dejando su lengua atada por medio de su anilla (recordemos que le anillaron la lengua) al collar perpetuo que portaba en el cuello, dejando así la lengua fuera de la boca y estirada, sin poder hacer nada para meterla dentro. Uno a uno, los invitados fueron pasando para orinar en aquel exclusivo W.C, y a cada uno que pasaba, nuestra protagonista tenía que aguantar estoicamente aquellos fluidos amarillentos que se derramaban por su boca, su cara y acababan o tragados, en parte, o dentro del agujero dónde estaba metido también su cuerpo. Al final quedó empapada totalmente, pero aún le faltaba probar el sadismo de su ama, que se reservó la última.

Begoña

Begoña había conocido a Pedro en una fiesta privada, unos meses antes de la boda de éste. Era una chica de mediana estatura y muy joven, apenas los 18 cumplidos, morena de grandes y profundos ojos marrones. Su esbelta figura combinaba con su frescura y soltura a la hora de mantener una conversación con cualquier persona, por ello le fue fácil entablar un diálogo profundo con Pedro, que casualmente había sido invitado como ella a esa fiesta.
Pedro la vio aparecer por el pasillo que daba salida al salón en el que se hallaba. Begoña vestía un transparente vestido en suave y fina negra seda, que le marcaba perfectamente unos puntiagudos senos. Se acercó a la altura de Pedro y comenzó a hablar con él. Fue de esta forma como se conocieron…
Enseguida supo Pedro que sería la candidata perfecta para sus propósitos con su futura esposa y perrita. Begoña era aficionada a juegos perversos, el sadismo y la dominación, y como él, era gustosa de tener a una esclava sumisa, y mejor y más morboso si ésta era la propia mujer de su querido.
- Entonces… –Susurró al oído de Pedro, Begoña – ¿De verdad tu novia quiere ser tu perrita sumisa?
- Sí, es muy tímida, pero lo está deseando, aunque ella no sabrá que tú entras en el juego, eso la pondrá más cachonda, al fin y al cabo, cuando se convierta en mi perrita, sólo será eso, una perra, y por tanto su vida me pertenecerá, y yo podré tenerte a ti como amante –Respondió triunfador Pedro.
- Pero quiero que sepas, Pedro, que yo soy muy exigente, quiero decir, que la trataré como una auténtica perra, y deberemos operarla para que lo sea, además ya te he dicho que me gusta el sadismo, y lo pienso practicar con ella –Dijo Begoña.
- Por supuesto, que sí y de hecho, te propongo que todo comience la misma noche de bodas, si tú quieres, claro…–asintió Pedro.
-Eso me complace, ya me estoy poniendo cachonda…–Respondió excitada Begoña.

Ahora Begoña, se disponía a practicar su perversidad con su esclava y perra en aquel WC humano que era nuestra protagonista.
- Espero que hayas disfrutado con nuestros invitados, querida perrita, supongo que sí, porque bebieron mucho esta noche, jajaja –sonrió malévolamente Begoña, mientras miraba a su esclava desde lo alto –Ahora me toca a mí darme el gustazo.
Begoña se bajo la corta falda que llevaba e hizo lo mismo con sus braguitas de blanca seda con dibujitos, como a ella le gustaban. Nuestra protagonista pronto vio de cerca el coño depilado de su ama, que se dirigía directamente a su boca.
- Ahora vas a beber de tu ama, perrita ignorante –soltó la orina directamente en su gaznate, haciendo que la esclava casi se atragantara –Así, puerca, disfruta lo que tu ama hace contigo, jajaja, maldita estúpida zorra, y pensar que soy más joven que tú y que me follo a tu maridito cuando quiero, mientras tú solo follas con los perros que yo quiero –se recreaba Begoña –eres lo más bajo que existe, una puta sumisa y perra –ahora Begoña ya estaba acabando de orinarle dentro –y no creas que tu vida de perrita será como habías imaginado, tú serás además mi esclava personal, harás lo que te ordene y complacerás a quien yo desee.
Begoña acabó así con la poca dignidad que le quedaba a nuestra protagonista.
Más tarde cuando todos los invitados se hubieron ido, Begoña sacó a su esclava perrita del agujero en el que todavía y lleno de meado, permanecía sin poder moverse. La condujo a su caseta en el jardín, le sacó el aparato de metal de la boca y la ató con el collar a una argolla del interior de la caseta, no sin antes asegurarle el cinturón de castidad, para que no pudiese masturbarse. Cerró la puerta y se metió en casa con Pedro, con el que hizo el amor toda la noche, pensando en lo estúpida que era la perrita que ambos tenían.


Pedro

Ana conoció a Pedro en casa de sus padres, una deliciosa tarde otoñal, mientras tomaban un café, cosecha de su madre. Lo que más la cautivó de Pedro, fue su viril talante, su larga melena morena y su barba de 3 días que le daba un aspecto muy sexy.
Enseguida hicieron buenas migas y se hicieron novios, aunque a sus padres no les hacía mucha gracia, puesto que ella, era todavía muy joven, 17 años, y él ya tenía los 35 cumplidos. De todas formas, lo hicieron a escondidas, y se encontraban todas las noches en casa de Pedro, que vivía sólo.
- Veamos Anita –así la llamaba en la intimidad Pedro – ¿has probado alguna vez el semen de un hombre? –Preguntó a Ana.
- No, y no creo que me guste, pero…si tu…me lo ordenas…
Pedro comprendió enseguida que a su joven novia le iba el tema de la dominación, y parecía que mucho.
- Pues, vamos a hacer una cosa, Anita. Te vas a desnudar para mí, y me la vas a chupar de rodillas, harás que me corra y no dejarás ni una gota, ¿entendido? – Sí –respondió Ana ipso facto.
Ana llevaba esa noche un suéter muy ceñido que le marcaban los rosados pezones, la minifalda, negra, era transparente, ella siempre vestía sexy para Pedro. Comenzó a quitarse el suéter lentamente, dejando al descubierto su sujetador, que acto seguido también se quito, mostrando 2 pequeños pero firmes pechos. Después se bajó la minifalda y se quitó las bragas, tímidamente. Pedro pudo verle su precioso conejito, rubio como su melena, sin depilar, y muy jugoso a su vista, porque era todavía virgen.
-Bien, ¡ahora de rodillas esclava! –ordenó Pedro, con lo que Ana, se excitó mucho más de lo que estaba.
Se arrodilló frente a él, mientras él se sacaba del pantalón su miembro. La polla, completamente tiesa, apareció ante el asombro de Ana, que todavía no había visto ninguna. Pedro la agarro con fuerza de la cabeza y la empujó hacia su miembro, introduciéndose éste en su boca. Adelante y atrás rápidamente, logró que se corriera, entre los ahogos de Ana, que nada podía hacer para evitar tragar toda su leche. Pedro se corrió y comenzó a brotar la leche, derramando parte sobre la cara de Ana y algunas gotas cayeron al suelo.
-¿Viste lo que hiciste estúpida? –Con enfado Pedro –Ahora tendrás que lamer el suelo para limpiar los restos de mi semen –Pedro la empujó hasta el suelo y Ana tuvo que lamer con su lengua los restos de leche del suelo.
Así fue como se conocieron Pedro y nuestra protagonista.

Una Extraña situación


Había pasado 1 año desde que salían y 3 meses desde aquella noche en la que Ana tuvo que lamer el semen del suelo de su novio. A Ana siempre le gustó ser dominada por un hombre fuerte, y encontró en Pedro la pareja ideal para ello.
Aquella mañana, Pedro le iba a dar una sorpresa agradable en casa de sus padres a Ana.
Pedro entró en casa de los padres de Ana y se dirigió al padre de ésta.
- Hola Severiano, confío en tu palabra. Espero que no me niegues lo inevitable, además, todos sabemos, jejeje, lo puta y sumisa que es tu hija Ana – Pedro se acercó a Ana, propinándole un cachete en el culo, a la vista de sus padres, que parecieron tomárselo muy bien.
- Sí, puedes disponer de ella como quieras, pero acuérdate que solamente será tuya totalmente, después de vuestra boda –asintió el padre de Ana.
Pedro entregó al padre de Ana, un papel con algo escrito y acto seguido besó a Ana en la boca. Después de eso, se marchó por donde vino.
- ¿Qué es papá? –preguntó Ana a su padre.
- ¿Tú qué crees? –respondió su padre enfadado –ya sabes que tanto tu madre como yo, sabemos que eres muy zorrita, y hemos aprovechado eso para evitarnos un mal mayor. Pedro, tu novio, nos grabó en vídeo mientras tu madre y yo practicábamos el sexo en un parque público, que es nuestra debilidad, y ya sabes que debido a nuestra reputación, yo que soy juez del supremo y tu madre diputada del congreso, no podemos permitirnos el lujo de que salga ese video a la luz; es por ello que hemos hecho este contrato que satisfará tu lujuriosa y sumisa mente y salvaguardará nuestra intimidad a salvo, y la reputación intachable.
Ana, callada, muy sumisa ante las palabras de su amado padre, aceptó el chantaje y comenzó a soñar cómo sería su vida de sumisión con Pedro, en el fondo le gustaba estar sometida y ese chantaje a sus padres, se lo ponía realmente fácil. Estaba encantada con la situación, que aunque extraña, excitaba a su mente y a su cuerpo.

El contrato


Severiano, el padre de Ana, le leyó atentamente el contrato que ella debería firmar, para sellar el compromiso y zanjar así el chantaje.

Yo, Ana Gutiérrez Montoya, acepto bajo mi consentimiento, como mayor de edad que soy, y en pleno uso de mis facultades mentales y físicas, lo siguiente:

- Que seré la esclava, sumisa de mi amo Pedro Ferrando Pérez, una vez formalizado mi matrimonio con éste.
- Que obedeceré ciegamente en todo lo que me ordene.
- Que podré ser convertida “físicamente” en su perrita particular, si él lo desea.
- Que podré ser sometida a operaciones para modelar mi cuerpo o mis facultades físicas según lo que disponga mi amo.
- Que podré ser anillada en cualquier parte de mi cuerpo, incluidas la lengua, labios vaginales o clítoris.
- Que seré sometida, si así dispone mi amo, a trato vejatorio y humillante con quien él disponga, pudiendo venderme a otros, o hacer que otros dispongan de mí para su disfrute sexual.
-Que podré ser encadenada y fustigada con dureza por mi amo, cuando él quiera.
- Que podré ser vendida o alquilada por mi amo, cuando así lo disponga o se canse de mi comportamiento.
- Como esclava y perrita sumisa, mi vida le perteneces a mi dueño, y yo ya nunca volveré a ser una persona libre, en todo caso, una perrita libre.

Severiano, acabó la lectura del contrato y se lo entregó a u hija para su firma, que gustosa firmó.
Ana muy excitada con la lectura del contrato, comenzó a imaginar su vida de esclava con Pedro, siendo su perrita doméstica y dispuesta a complacerle en todo lo que gustase.

Severiano recogió el contrato firmado y lo metió en una caja fuerte, no sin antes, dejarle claro a su hija que era ella, la que daba su consentimiento, y que desde que se casara, su vida ya no le iba a pertenecer nunca más.

Ana

La infancia de Ana, no fue muy diferente de la de cualquier otra niña. Jugaba con sus muñecas en casa de sus padres, una enorme casona adquirida por herencia, aunque sabía que sus padres ganaban mucho dinero y la herencia no era lo único que les hacía ricos.
Desde pequeñita siempre le atrajo el jugar a atar a sus muñecas con cuerdas, colgarlas del cuello o las manos e imaginar que eran sometidas a la voluntad de algún malhechor.

Cierta tarde, mientras jugaba con sus muñecas a las ataduras, pensó en atarse ella misma con la cuerda. Cogió una muy larga y se la ató por los tobillos, dejando éstos muy juntos sin posibilidad de separarlos. Esto la excitaba sobremanera, y aunque todavía era muy joven, ya sabía masturbarse muy bien. prosiguió con las cuerdas y decido coger otra que tenía a mano, para atarse el cuello al tronco de un cercano árbol. Así se quedó muy junta al tronco con los tobillos unidos. Tan sólo le faltaba atarse las manos, pero decidió no hacerlo porque entonces no podría soltarse. Se pasó una hora larga en esas ataduras y se masturbó con el dedo medio de su diestra, provocándose casi el ahogamiento, al llegar al orgasmo, ya que su cuello permanecía atado fuertemente al tronco, semi-ahorcado.

Otra de sus muchas perversiones de niña, era la de jugar con sus primos a doctores. Muchas veces iban a su casa y se quedaban a jugar con ella. Sus dos primos, algo mayores que ella, siempre jugaban al escondite, pero ella les convenció para jugar a algo más divertido, según ella. Y es que le encantaba mostrarse desnuda totalmente delante de sus primos y que la tocaran para “diagnosticar su enfermedad”.

Así transcurría la infancia lujuriosa y pervertida de Ana, hasta que llegó la adolescencia y con ella el desenfreno.

La castidad

Desde su caseta de perrita, podía oír los gemidos de sus amos, que follaban intensamente en su habitación. Ana, unida a la argolla mediante su collar, se mantenía encogida en aquel pequeño espacio, además como estaba desnuda y totalmente depilada, el frío de la madrugada, le comenzaba a molestar allí afuera, aunque nada podía hacer para evitar esa situación. Intentó masturbarse con las manos, pero se acordó de que llevaba puesto el cinturón de castidad de su ama Begoña, una pieza trabajada en acero forjado, que le cubría perfectamente tanto el agujero del culo como el coñito depilado, haciendo imposible cualquier penetración. Su ama se lo quitaba únicamente para montarla con algún perro, y eso era ocasional, una o dos veces al mes. Lo más humillante, si cabe, era la idea de saber que el candado que lo abría tenía una única llave, y ésta no pertenecía a su amo Pedro, sino a su ama Begoña, con lo que se aseguraba la castidad de su perrita para siempre.
Aún en esa situación, Ana, permanecía altamente excitada, sabiendo que no podría ser follada nunca por ninguna persona, sino solamente por animales, y que tampoco podría masturbarse jamás.

Anillas de oro

Ana, en el interior de su caseta, y al no poder masturbarse, solamente podía acariciarse los pechos, ambos colgando unas anillas de oro en sus pezones sonrosados. Le gustaba estirarlos hasta hacerse daño, pero era mucho mejor cuando su amo o su ama, la ataban por medio de éstos a cualquier argolla de la mazmorra, y mucho mejor si usaban la anilla de la lengua, porque la mantenía con la boca abierta y la lengua sacada de una forma tan dolorosa como vulgar, siempre bajo la atenta mirada de su ama.
Hubo una vez, que le ataron las manos por detrás de la espalda, y así, andando por medio de sus dos rodillas, porque no podía ponerse en pié, le ataron a las anillas de los pezones y la lengua uno cabos que se unían a un aro de metal, que pendía de una especie de manecilla de reloj gigante, en medio del jardín. Era un invento de su amo Pedro, para mantenerla en forma. La manecilla giraba siempre al mismo ritmo y ella tenía que avanzar al tiempo, sino quería perder la lengua o los pezones. El movimiento en círculo se volvía cada vez más cansino y una vez casi se desmaya, aunque para su suerte, su amo se encontraba allí en ese momento, y es que lo normal era dejarla allí atada a ese aparato de tortura, una o una hora y media a su merced, mientras sus amos follaban en la habitación, o veían una película en el salón.
A Ana no le gustaba mucho ese invento, porque sabía que podía pasarlo realmente mal, pero algo dentro de ella le decía que era muy excitante, sobre todo pensar que mientras ella sufría esa lamentable tortura, su ama Begoña, hacía con su amo, lo que ella nunca podría hacer.

Cuando su amo Pedro quería, la llevaba a su mazmorra particular, y aunque la flagelación era lo más habitual, también le gustaba usar a su perrita para practicar la tortura y el aguante con ella.
Una noche, la ató por medio de la anilla de la lengua a una argolla que colgaba del techo de la mazmorra. Ella de rodillas, y con las manos atadas por la espalda, debía permanecer en esa posición durante toda la noche, sin poder dejarse caer al suelo, so pena de partirse la lengua e inflingirse un daño enorme. Su amo la dejó encerrada así y se fue a una fiesta que tenía con unos amigos. En casa solamente quedaba ella y su ama, que dormía plácidamente en la cama…

La crueldad de Begoña


Aquella noche, Ana, con los pensamientos en esa cuerda que estiraba su lengua y la preocupación de ceder y partírsela, iba a sufrir más de lo habitual, para disfrute de su ama y ella misma.
Begoña, se despertó agitada de su cama. Lo normal era dormir con su amante, mientras su perrita permanecía en la caseta encerrada. De ésta forma, la podía oír gemir a veces del frío, lo poco que podía, puesto que ninguna palabra podía salir de la boca de su perrita. Aquella noche era realmente fría y ella todavía no la había oído. Se fue a mirar la caseta y cuando vio que no estaba, pensó enseguida que Pedro la habría encerrado en la mazmorra. Era la primera vez que su amante se iba por la noche, dejando encerrada a su perrita, lo que excitó a Begoña y pensó en hacerle una visita.
La mazmorra estaba cerrada por fuera, y aunque solamente podía entrar pedro en ella, Begoña sabía que éste no volvería hasta el amanecer y además sabía de sobra dónde encontrar la llave para abrir el cerrojo. Corrió excitada a buscarla, la encontró y se apresuró a desbloquear el cerrojo que le permitiría disfrutar esa noche de su perrita.
Ana oyó el crujido de la puerta, pero no pudo volver la cabeza, porque la lengua atada se lo impedía.
- Vaya, como te ha dejado tu amo, ¿eh perrita? – Ana se asustó, aunque sabía que iba a disfrutar en el fondo.
- Creo que hoy voy a divertirme de lo lindo contigo pequeña zorrita.
Begoña desató a Ana de aquél suplicio y la condujo al exterior, donde la ató al reloj medieval, como lo llamaba. La enganchó como solían hacer siempre, pero esta vez reguló la velocidad para acelerar un poco el paso de su perrita. Ana, tuvo que acelerar también y cada vez estaba más cansada, no sabía si podría aguantar mucho más.
Begoña se fue por un momento y trajo consigo un cubo de helada agua, que no dudó en derramar por encima de su perrita. Ana, se estremeció de frío, a la vez que mantenía el ritmo acelerado de forma constante, porque los pezones y la lengua le dolían sobremanera si deceleraba apenas un poco el ritmo. Su ama se quedó mirándola allí sentada en una silla, convenientemente abrigada, porque la noche era realmente fresca. Al ratito, se cansó de ver lo bien amaestrada que estaba su perrita y decidió volver acelerar la máquina. Ana que le intuyó la acción, comenzó a gatear más rápido, lo que excitó todavía más a Begoña, que volvió a incrementar la velocidad, a la vez que comenzó a masturbarse.
Cuando se acabó de correr, paró el reloj, y llevó a su extenuada esclava otra vez a la mazmorra, donde la volvió atar a la argolla por medio del aro de su lengua. Ana se encontraba al borde del desmayo, pero tuvo que mantener esa posición hasta bien entrado el amanecer, cuando su amo, regresó y la desató para encerrarla en su caseta de perrita, que era.

La crueldad de Pedro


Las sesiones de tortura en la mazmorra, eran lo mejor del día para Ana. Únicamente su amo Pedro era el que la sometía en aquella estancia y el que ejercía una dominación más refinada con ella que su ama, mucho más vulgar y bárbara; aunque tampoco su amo era un angelito. Era un momento siempre especial, puesto que el cinturón de castidad le era quitado, para hacerla sufrir en sus partes blandas.

Muchas veces la colocaba sentada en una alta silla y le colocaba unos brazaletes en las muñecas y en los tobillos, de los que pendían unas cuerdas que se unían en lo alto del techo a una argolla estratégicamente colocada. De esta manera, Ana, quedaba con los brazos y piernas en alto, mirando al techo y con su coño depilado bien abierto y dispuesto para su amo. También le colocaba su bozal de perrita, que aunque de poco sirviera, porque no podía hablar, la humilla todavía más. Entonces comenzaban el suplicio. Su amo cogía el látigo de 7 colas y comenzaba a fustigarla en su coño y en sus tetas, que no tardaban en enrojecer de dolor. Cuando las lonchas, provocadas en su cuerpo, eran lo bastante grandes, la embadurnaba de una mezcla de vinagre y agua, lo que hacía el sufrimiento todavía más intenso. Ana solamente podía esperar a que todo finalizase, ya que apenas podía moverse y por supuesto tampoco gritar.
Cuando acabó el fustigamiento, la desató de los brazos, dejándola atada por las piernas, en alto, con su coño ardiendo y abierto. Entonces le ató cada brazalete de las muñecas a los aros de sus pezones, de forma que quedasen tirantes, impidiendo que pudiese bajar los brazos más de lo debido. Con esa postura tan sufrible, tuvo que permanecer en el descanso de su amo. A la vuelta, de su descanso de media hora, cogió una vela encendida, y comenzó a dejarle caer la cera sobre su cuerpo sudoroso. A Ana eso era lo que más le gustaba de las sesiones como esa. La cera caliente se deslizaba por sus pezones, su coño depilado y por su estómago. Decidió colgar la vela de una cuerda y dejar que ella misma fuera consumiéndose sobre la perrita Ana. Así pasó la sesión con su querido amo.

El sillón-ana

Pasaron los años, y Ana veía transcurrir su vida como perra sumisa de sus amos, correteando cuando la dejaban suelta por el jardín y aquel río cercano que rodeaba la casa.
Una tarde, su amo le dijo que esa noche iban a tener unos invitados de honor en su casa, y llevó a prepararla al interior de la casa.
Begoña, estaba dentro, esperando impaciente a su perrita, que era traída por Pedro estirando de la cadena de su collar, mientras ella iba gateando, como siempre y perrita que era.
Begoña le explicó que iba a ser usada como sillón para unos invitados especiales. No sabía muy bien a qué se refería y se asustó realmente.
Pedro trajo un traje negro de látex de los pies a la cabeza, que tenía una abertura por atrás con cremallera. Introdujeron a Ana en el traje, no sin antes colocarle una bola de goma como mordaza en su boca. Cerraron la cremallera y Begoña sacó un candado de su bolsillo, con el qué cerró el traje a su merced, puesto que ella era la única que tenía la llave para abrirlo. Ana no podía ver nada porque el traje le tapaba completamente la cara y la boca, y apenas unos orificios para respirar por la nariz, eran su contacto con el exterior. Una vez encerrada en ese traje, Begoña la asentó en una especie de butaca metálica, pero solamente el esqueleto de la butaca, y la dispuso de forma que su torso quedase flexionado, uniendo los brazos con las piernas, quedando su culo dispuesto para sentarse sobre él. Acabó el sillón humano atando convenientemente con cintas el resto del cuerpo, para imposibilitar los movimientos. La cabeza de Ana, quedaba en la parte de atrás del sillón, totalmente enfundada en látex. Pedro entonces, acolchó siguiendo el cuerpo de su perrita, y de forma que permaneciera mullido, e imposibilitando ver el traje de látex y a Ana que iba dentro. Todo el conjunto se cerraba con una tela también acolchada y con cremallera con candado, quedando el cierre en la parte de atrás sin poder verse, ya que daba a la pared, donde se apoyaba el sillón humano. Éste cierre también era competencia de Begoña, que guardó las dos llaves en una caja fuerte, bajo contraseña digital que sólo ella sabía. A Pedro le encantaba sentirse en cierto modo, dominado por la crueldad de Begoña, que era la que realmente disponía de Ana.
Ana, logró oír lo que Begoña le decía desde fuera de ese extraño sillón del que ella formaba parte ahora.
-Bien zorrita, ya sabes lo que eres ahora, un sillón, un mueble más de la casa. Te tendremos ahí para recibir a los invitados de esta noche, y creéme. No saldrás de ahí hasta que no me de la gana a mí. Ahora te probaré, a ver lo blandita que estás, jejeje – Begoña se sentó encima de Ana, o mejor dicho del sillón-ana, y notó que su textura era muy sólida, apenas se notaba la diferencia con un sillón de verdad, realmente el culo de su esclava era muy convincente, apenas notarían la diferencia los invitados.
Ana, al no poder moverse, ni gritar, ni nada, solamente pudo sentir la presión de su ama sobre su cuerpo así dispuesto. Al principio era muy pesado, pero poco a poco, fue acostumbrándose al peso de su ama, la cual, se quedó en aquél sillón sentada al menos una hora, esperando la visita de la noche.
- Hemos hecho un buen trabajo, ¿verdad Pedro?, tu Ana, la zorrita de tu esposa, es ahora solamente un mueble de nuestra casa. En menuda sumisa la hemos convertido, y lo mejor es que me gusta, y creo que a ella también le gusta; quizás deberíamos usarla más a menudo de sillón, sobre todo porque así podríamos follar los dos encima de ella, jajaja –Ana, que oía todo lo que decían sus amos, únicamente podía contener el peso, aguantar y sufrir con la situación, una situación humillante, ya que si antes era una perrita, un animal libre, ahora ya ni eso era, se había convertido en un útil más de la casa, y lo peor es que tendría que soportar como los invitados se asentarían encima de ella, sin tan siquiera sabiendo que lo hacían. Y es que esa noche, por ahí iban los tiros.

Llegan los invitados

Sobre las diez de la noche, tocaron al timbre, salió Pedro a atender a los invitados, mientras Begoña seguía sentada en el sillón-ana.
Los invitados pasaron al interior.
- ¿Dónde está mi hija? –exclamó Severiano al ver allí a otra mujer, a Begoña y no a su hija.
- Hola Severiano, no nos han presentado, soy Begoña, la novia de Pedro – dijo orgullosa Begoña, mientras acomodaba todavía más su trasero en aquel sillón humano.
-¿Novia?, pero, pero – logró a tartamudear Severiano.
- Sí, Severiano –se acercó Pedro por detrás –Es mi nueva novia, la tengo desde que vendí a Ana a un mercader africano hará un año más o menos.
La madre de Ana, que se hallaba detrás de Pedro, casi se desmaya del susto, a lo que Begoña, rápida, la cogió y la acomodó en el sillón-ana.
-Gracias señorita, hoy llevo un día de perros –Begoña no pudo evitar una carcajada por detrás de su mano, y le preguntó a si estaba cómoda en el sillón –sí, muy bien, gracias, es muy suave y blandito y parece muy sólido, menos mal, porque con mi sobrepeso, rompo con facilidad cualquier sillón de chichinado –respondió calurosa y algo lenta la madre de Ana.
Ana, que oía toda la conversación, estaba a punto de derrumbarse, su madre, la mujer que la había amamantado, creía que la habían vendido, además estaba encima de ella y sin poder hacer nada para que su madre pudiese saberlo, lo peor soportar el peso de su madre, que a sus 60 años de pellejo, había que añadir un peso de casi 110 kilos; ahora el dolor y el aprisionamiento eran máximos y comenzó a sudar y pasarlo realmente mal.
- Pues sí, Severiano – prosiguió Pedro –vendí a tu hija a un rico mercader africano, el cual buscaba esclavas para su harén particular.
-Pero… ¿eso estaba en el trato? ¿podías venderla? –le preguntó angustiado Severiano.
-Por supuesto, puedes volver a leer el contrato y.. –entonces interrumpió la madre de Ana –Es que resulta que mi marido y yo nos hemos prejubilado y ya nos da lo mismo la reputación de aquellos vídeos.
- Pero ya es tarde, ahora deberíais buscarla en África, jajaja –se burló Pedro.
La madre todavía exhausta, descansaba cómodamente encima de su hija, sin saberlo, bajo la sonrisa de Begoña, que veía su sadismo recompensado. El padre de Ana se echó la culpa de aquella lamentable situación, y decidió abandonar la casa, arrastrando a su mujer, cansina y gorda, hacia la salida.
Ana, pudo descansar, aunque por poco, con la salida de su madre, y es que al poco de abandonar el sitio, fue esta vez Pedro, el que se sentó sobre ella.
-Pues sí que es blandito este sillón Begoña. Es una maravilla, ahora me han entrado ganas de follarte aquí mismo, encima de nuestra perrita, bueno no, de nuestro sillón, jajaja.
Begoña, comenzó a desnudarse para Pedro, lanzando su camiseta contra la ventana. Como nunca usaba sujetador, sus preciosos senos se mostraron directamente. Luego se sacó la falda y como también iba sin braguitas, quedó totalmente desnuda en pié, delante de Pedro, que seguí sentado en aquel sofá. Begoña, que estaba muy caliente, se arrodillo delante de Pedro y comenzó a bajarle la cremallera del pantalón. Aunque Ana no oía nada, porque sus amos no hablaban mientras pasaban esas cosas, ella sentía la presión de su excitado amo sobre ella, lo cual después del peso de su madre, resultaba bastante más soportable, aunque ya no estaba para muchos más aguantes.
Begoña sacó el miembro ya endurecido de Pedro y comenzó a lamerlo con ganas, chupando con sus labios y lamiendo con su juguetona lengua. Pedro casi se corre del gusto, pero se contuvo, porque quería follársela encima del sillón.
Después de no dejarle acabar a Pedro, Begoña decidió que era ahora su turno, se colocó con su culo mirando a su cara, y Pedro le comenzó a lamer el jugoso coño. Los gemidos de Begoña sí llegaron a Ana, que soportaba la humillación con forzado estoicismo. Begoña ya iba a correrse, cuando Pedro, la agarró con fuerza y se la puso encima, ahora Ana, debía soportar el peso de ambos, mientras Begoña subía y bajaba, follando con Pedro. Los movimientos se hicieron más intensos y rápidos, Ana notaba una fuerte presión en su cuerpo, sabiendo lo que estaba pasando ahí afuera. Begoña gritaba de éxtasis y de vez en cuando le recordaba con algunas palabras, la humillación a Ana, gritando mientras follaba, lo puta y perra que era, lo gilipollas que debía sentirse, mientras su maridito, follaba con ella, y lo insignificante en que se había convertido, puesto que hasta su madre se había sentado encima de ella, sin poder hacer nada para evitarlo. Ana se sentía muy humillada en esos momentos, que duraron un número interminable de minutos o horas, ya que perdió en cierto momento la conciencia.
Mientras, arriba, Begoña se corrió como nunca, y Pedro sabedor que iba a hacer lo mismo, bajó a Begoña para que abriera la boca y se tragara toda su leche, apunto de brotarle. Begoña se puso de rodillas para Pedro, abrió su boca, y esperó la corrida de su amante, el cual no tardó en descargar; una lechosa y espesa corrida alcanzó de lleno la boca abierta de Begoña, que gustosa, tragó hasta su última gota.


La historia de Begoña

En el instituto, Begoña era una chiva muy normalita, quizás demasiado. Su estatura algo por encima de la media y su pelo oscuro, no la hacían especialmente diferente al resto de las demás compañeras, y resultaba muy normal para la mayoría de los chicos, que las preferían extremadamente estilizadas, muy altas y sobre todo rubias, o por lo menos para los chicos que ella quería.
Siempre iba a la sombra de una compañera 2 años mayor que ella, una tal Ana, que por lo visto era el ojito derecho de todos los chicos del instituto. Aquella chica era su perdición, siempre conseguía a los chicos más apuestos y sobre todo a los mayores, que eran los preferidos por ella.
Cierto día, mientras estaba en el servicio, se enteró de algo muy interesante para sus propósitos…

-Pues sí, Susana – Dijo Ana con claridad –A mí lo que realmente me va cuando estoy con un chico es que me ate y me trate como él desee, me encanta que me azote el culito, que me quiera hacer beber toda su leche, pero nunca dejo que me la metan, porque yo quiero llegar virgen al matrimonio, porque después de todo, busco a alguien que pueda dominarme de verdad, a un hombre, que sepa lo que se hace, y que me quiera como soy, una sumisa.
La amiga de Ana, Susana, no daba crédito a los que le decía en aquel lavabo, pero decidió comprobarlo por ella misma.
Mientras tanto, Begoña, encerrada en su lavabo, ponía atención a todo lo que acontecía.
-A ver, zorrita – le dijo Susana a Ana, tímidamente –a ver si es verdad lo sumisa que eres, aunque yo no sea un tío como los que dices que te gustan, si eres tan sumisa como dices, acatarás mis órdenes, así que…a ver, veamos, quiero que te bajes las braguitas aquí ahora mismo –Ana no necesitó una segunda orden de Susana, lentamente se bajó las braguitas, que ya estaban algo mojadas, y las dejó en el sucio suelo –excelente zorrita, veo que si eres una sumisa, pero… –dubitativa Susana – ahora me acabas de poner cachondita y creo que vas a lamerme mi coño – decía al tiempo que se bajaba también ella las bragas.
Ana le vio el conejito a su amiga, jugoso y chorreante de excitación, Susana no estaba mal del todo, y aunque ella no tenía instintos lésbicos, la situación de dominación a la que era sometida por Susana, lea excitó sobremanera, lo cual acabó con una formidable lamida a cuatro patas en el suelo del lavabo. Entre los jadeos de una y la otra, se olvidaron de cerrar la puerta de fuera, y en eso que entró para su suerte, otra amiga de ellas, Laura.
-¡OH, vaya!, pero qué fuerte – se sorprendió Laura al verlas a punto de correrse mientras hacían el 69 –nunca lo hubiera imaginado, y menos de ti Susana, porque de Ana, en fin, todas la que la conocemos bien, sabemos lo putita que puede llegar a ser pero como no quiero molestar…– se dio media vuelta y las dejó como estaban, cerrando la puerta a su salida.
- ¡Mierda! –exclamó Susana, apartando a Ana de un golpe, que la dejó tumbada – esto ha pasado por tu culpa, estúpida zorra de mierda – y le dio una patada en el abdomen – espero que mi reputación no caiga en picado ahora, y a ti zorra, no quiero volver a verte, que mira en lo que me llegas a meter – Susana salió a toda prisa, poniéndose las bragas rápidamente y volviendo a darle una patada a la pobre Ana, que tendida en el suelo, solamente podía cubrirse a duras penas con sus manos, la cara.
-Joder – pensó Ana –no se porqué me meteré en estos problemas, a partir de ahora iré a la mía hasta que encuentre a un hombre de verdad que sepa tratarme con dulzura, y paso ya de mierdas con niñatas que apenas saben dominar la situación – esto último lo dijo en voz alta, a la vez que cogía sus braguitas y se iba del servicio como antes lo hizo Susana.
Begoña mientras tanto, iba tomando sus apuntes mentales para planear una venganza por años de instituto de estar a la sombra de Ana, a la que a partir de ese momento, iba a tratar de perra, puta y estúpida, aunque todavía debía atar algunos cabos.

La historia de Pedro

Pedro, era un rico heredero de una noble familia castellana. Hacía sus pinitos como reportero para un periódico local, pero el no tenía que trabajar para vivir debido a su inmensa fortuna. A la edad de 34 años, conoció a Begoña, de la que quedó prendada al instante. Sabía que una chica de tan sólo 14 años, pero con ese encanto, podría ser lo que necesitaba su vida, aburrida muchas veces por las relaciones aristocráticas que su familia establecía para su futuro. El quería una vida ajena a todo ello, sin querer saber nada de sus padres. Le bastaba su ingenio y su mente cruel para sus propósitos.

Una tarde, un año después, tuvo que asistir a una merienda de compromiso con el mejor amigo de su padre, Severiano, nada más que el juez del supremo. Por lo visto su esposa era diputada del congreso, por lo que las relaciones que establecieran eran muy importantes para ambas familias Unos porque eran comerciantes y ricos, los otros porque tenían contactos en la política y eso favorecería la exportación e importación de sus productos. La familia de Pedro ya le habían presentado a Severiano, pero no conocía a su hija, de la cual, cayó prendado al verla…

Begoña notaba a raíz de aquel día, como ausente a su querido Pedro, el cual acabó por confesar que estaba locamente enamorado de Ana, la hija de Severiano. Begoña estalló por dentro, su enemiga del instituto, le había robado al chico que más quería en este mundo.

La trama toma forma

-Esa zorra, hija de puta – se decía constantemente Begoña – pienso acabar contigo, me devolverás a mi novio y no sólo eso, además te humillarás, porque conozco tu secreto.

Decidió poner en práctica su plan, para ello bastaba con convencer a pedro de que Ana escondía un secreto que a Pedro le podría hacer muy feliz. Pedro todavía no había notado nada especial en Ana, la consideraba muy recatada, y eso era porque Ana había encontrado al chico adecuado, en su justa medida, y no quería estropear nada hasta al menos la boda.
Begoña le dijo que ella misma podría hacer salir a la verdadera Ana, la zorrona, la sumisa que era la debilidad de Pedro, porque él en el fondo quería a una mujer sumisa para dominar, aunque también le encantaba poder tener a una chica que dominase más que él. Comprendió la situación y Begoña llena de entusiasmo, solamente esperaba el momento para el golpe definitivo, que curiosamente no tardaría en llegar, puesto que en un descuido, los padres de Ana, fueron grabados por una más que premeditada cámara de vídeo, aunque esa historia ya se contó…

Descanso forzado

Después de terminar de follar y haber dormido sobre el sillón-ana, Begoña se dispuso a abrir la cremallera que hacía permanecer a Ana en aquella insoportable posición. Tuvo que pedir la ayuda de Pedro, porque se encontró a una Ana inconsciente. La dejaron descansar sobre el suelo, tendida, y se fueron a dormir a la habitación.
A la mañana siguiente, Pedro, encontró a Ana bajo los pies de su cama, por lo visto la perrita Ana, había disfrutado anoche y quería mostrarse más sumisa que nunca ante sus amos. Pedro e levantó de la cama, y se la llevó sin despertar a Begoña, a su caseta, la dejó allí atada como siempre.
Begoña se levantó tarde ese día y decidió disfrutar un poco más de sus perversos juegos, aprovechando la ausencia de Pedro, que se iba a hacer una entrevista a un deportista famoso.
- ¿Has descansado zorrita? – Ana la miró con sumisión y respeto, bajando la mirada, como siempre hacía y asintiendo con la cabeza – muy bien putita, pero ahora se acabó el descanso, hoy voy a vengarme por todos esos años de instituto y por querer robarme a mi novio – Ana no comprendió muy bien a su ama, aunque comenzó a imaginar lo peor.
- Puta zorra, de mí no te acuerdas, normal, en el instituto yo era dos años menor que tú, y siempre me robabas a los chicos que yo quería, pero mírate ahora, te he convertido en mi perrita, y no sólo eso, también he hecho de ti mi sillón particular, ¿entiendes puta estúpida? – gritó, escupiéndola a la cara – bien pues hoy voy a probar contigo mi último juego en perversión. Como perra y esclava que eres deberás soportarlo, o no estaré contenta contigo y si no estoy contenta contigo, acabarás en el reloj hasta que vuelva tu amo y te juro que pondré la máxima velocidad – sólo de pensar en esa situación, Ana comenzó a respirar entrecortada, le faltaba el aire, realmente tendría que aguantar la prueba de su ama, o seguramente perdería la lengua y los pezones, con el daño terrible que eso le provocaría.

La venganza cumplida

Begoña condujo a Ana como a una perrita, con su collar, y a cuatro patas tuvo que seguirla hasta la mazmorra, que una vez más abría sin el consentimiento de Pedro, y aunque ella lo sabía, poco podía hacer, al no poder hablar y tener prohibido todo contacto con utensilios humanos, como bolígrafos o papel para escribir.
Al llegar a la mazmorra, Begoña comenzó a excitarse, ya estaba pensando en lo mucho que había esperado ese momento, de estar a punto de dar punto final a su venganza.
Allí en una pared, Begoña había colocado una rueda de tortura medieval. Este aparato consistía en una rueda enorme de carro, en la cual y mediante estratégicas argollas, iba a estár la esclava colocada. La dejó inmovilizada de manos y pies, le quitó el cinturón de castidad y le puso una arnés con bola en la boca. Acto seguido le conectó unos cables eléctricos que iban directamente a sus anillas de los pezones y de los labios vaginales, reservando otro más para la anilla de su lengua. Ana sabía perfectamente lo que iba a pasar. Los cables iban todos conectados a un pequeño transformados eléctrico que emitiría una descarga si un gancho de acero incrustado en la rueda, dónde estaba atada Ana, tocaba otro gancho de acero situado en esa misma pared, de forma que solamente girando la rueda, siempre tocaba el gancho cada vez que daba una vuelta completa.
Begoña se sentó en una silla enfrente de su invento, y mediante un control remoto controlaba las revoluciones de la rueda medieval. Al principio la puso en marcha muy despacito, y al llegar a tocarse los bornes de acero, la primera descarga hizo saltar un “mmm” con babas de nuestra protagonista. La segunda no tardaría en llegar, puesto que la velocidad iba poco a poco en aumento, y ésta ve fueron lágrimas lo que le hicieron soltar –Así, zorra, sufre como yo he sufrido –Begoña se recreaba en su invento, muy sádico hasta para ella –Sufre, perra, quiero que aprendas que también hay dolor en esta vida, por mucho que te guste recibirlo, también puedes llegar a escarmentar –Era la primera vez que Ana lloraba de verdad de dolor y sufrimiento, cada descarga era para ella un momento de lucidez y comprensión, pero todavía no había acabado todo. Ana aún no entendía muy bien, cómo era que por una niñería de instituto, y que Pedro la hubiese preferido a ella, en vez de a su ama, como se había vuelto tan violenta con ella.
La respuesta no tardaría en llegar, entre lloros y “mmms” y babas y descargas que estremecían su cuerpo por todos lados.
Begoña arrojó un cubo de agua caliente con sal a su esclava, y eso empeoró las descargas, que ahora ya no solamente afectaban a sus partes anilladas, sino a todo su cuerpo. La velocidad de la rueda ocasionaba una descarga general cada 10 segundos, y era en ese pequeño intervalo de tiempo cuando Ana aprovechaba para respirar, porque a cada descarga se le paralizaba la respiración.
Begoña, sentada, comenzó a abrirse de piernas, mientras observaba a su perrita cómo sufría. Deslizó sus largos dedos sobre su húmedo coño, y empezó a masturbarse agitadamente.
- ¡Puta! – le decía Begoña entre suspiros – Por tu culpa y por tu sumisión, me has hecho así, yo era una niña buena, pero tú, tuviste que joderlo todo – Ana seguía estremeciéndose de dolor y babeando por la boca, al tener la bola puesta – siendo una niña pequeña fui humillada, atada y violada, maldita hija de puta – Ana seguía sin comprender, a la vez que sus espasmos eléctricos seguían con ella – una tarde, jugando en la calle, dos amigos, que eran primos, quisieron jugar a médicos conmigo, a mí eso no me pareció bien, y me negué, por lo que uno de mis amigos, me ató las manos a la espalda, por lo visto ya lo había visto hacer antes, y el otro me arrancó la falda y me bajó las bragas –Begoña lo relataba a la vez que se masturbaba extasiada, parecía disfrutar con la recreación de aquel salvaje momento de su infancia – lo oyes zorra, hija de puta, mis dos amigos eran tus primos, ¡tus primos! –gritó Begoña – los mismos con los que practicabas tus perversiones de niña, los mismos que enajenados por tus jueguecitos, la tomaron conmigo y me forzaron. Ya nunca pude ser la misma, y ya nunca seré la misma –Ana, sorprendida por la confesión de su ama, sólo pudo seguir llorando y sufriendo, a ella ya le daba igual todo, solamente quería salir de aquella tortura, volver a su caseta de perrita, y corretear libremente por el amplio jardín de la casa de sus amos.
Begoña acabó corriéndose y terminó por ahogar el sufrimiento de su esclava, desconectando los giros de la rueda medieval…

Deja vú

Después de aquella sórdida experiencia, Begoña quedó satisfecha, sabiendo que la culpable de su comportamiento, la culpable de sus inclinaciones sadomasoquistas, sería tan sólo una perrita estúpida a su servicio para el resto de sus días.
El sol salió pronto ese caluroso día de verano, Begoña decidió soltarle el cinturón de castidad a su perrita, que lo había portado durante más de dos meses seguidos, como último resquicio de su venganza.
Sacó a pasear a su perrita ana, la cual se mostraba contenta ese día después de ser fustigada por su amo, y la dejó suelta por el césped todo el día.
Ana gateó todo el día y con el calor que hacía decidió beber agua del refrescante río que bordeaba la casa…

Begoña puso nuevas normas durante esos meses que portó de seguido el cinturón de castidad su esclava perra. La perrita, jamás volvería a entrar en la casona principal, a no ser que fuera de paso para ir a la mazmorra, y siempre permanecería en su caseta de perrita por las noches.

Y después de todo, y aún así, Ana supo que a partir de aquel día radiante de sol, su vida iba a ser como quería, porque ahora era libre, ahora era feliz, ese era el comienzo de su nueva vida.

FIN

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