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Los mineros me acosaron hasta que me comieron el....


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Relato enviado por : narrador el 21/05/2011. Lecturas: 8419

etiquetas relato Los mineros me acosaron hasta que me comieron el.... Transexual .
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Resumen

Todo comenzó cuando me enviaron a una de las minas de la empresa para la que recién y comenzaba a trabajar. Mi función es netamente administrativa, pero debido a lo retirado de la mina, tenía que estar en el campamento, prácticamente los siete días de la semana, las 24 horas del día, regresando a la civilización aproximadamente cada tres o cuatro semanas, cuando había un vuelo disponible, y las condiciones del tiempo así lo permitían. Ignorando yo que terminaría siendo la hembra de todos ellos.



Relato



Desde que llegué noté una mala voluntad de varios de los mineros contra mi persona, al preguntarle al capataz, este me dijo que al tipo que yo sustituí, todos ellos lo apreciaban mucho. Cosa que yo ignoraba desde luego, así que traté de ganármelos compartiendo con varios de los mineros, pero fue inútil mi esfuerzo. Me ignoraban completamente o simplemente me agredían, supuestamente de manera no intencional al pasar a mi lado, como si yo no existiera, y sin tan siquiera disculparse. Otra de las cosas que me sucedieron fue de la noche a la mañana, toda mi ropa desapareció, es decir se habían robado mi maleta dejándome únicamente con un pequeño pantalón corto y la camiseta con los que dormía, cuando le fui con la queja al capataz, este únicamente me dijo que seguramente habían sido los monos, comprendí que él definitivamente tapaba los abusos de sus mineros. Debido a eso procuré no tener problemas con ninguna persona, pero hasta al momento de cenar, sin decir nada ellos me continuaban acosando y hostigando, derramando sus sobras en mí bandeja, o atravesándose en mí camino, obligándome en varias ocasiones a terminar tirado en el suelo.

Como a la semana de estar en el campamento, me molesté bastante, por la manera en que me trataban y cuando les quise llamar la atención, varios de ellos, me cayeron encima, realmente después de que recibí un fuerte golpe en la boca del estomago y caí al suelo, tan solo se dedicaron a reírse mientras manoteaban todo mi cuerpo, incluso uno de ellos se atrevió a bajarme los pantalones, agarrar mis nalgas y prácticamente meter alguno de sus dedos dentro de mi culo, lo que me asustó más aun todavía, era como para demostrarme que de querer me podían hacer mucho más daño. Después de eso, el capataz me advirtió que no les buscase pelea, pero tras aclararle que yo no fui quien comenzó, le solicité que se comunicase con la empresa para solicitar mi traslado, y las cosas se pusieron peores.

No sé por qué razón los vuelos dejaron de llegar, y de mi traslado el capataz no me decía nada, pero el acoso y hostigamiento continuaba, y de manera brutal. Al punto que en ocasiones pasaban a mi lado y sin yo decir o hacer nada, o me empujaban o me tocaban las nalgas descaradamente. En las noches la gran mayoría dormíamos en el dormitorio, no me dejaban tranquilo, apenas comenzaba a dormirme, me tiraban un zapato, una chancleta, y hasta alguna que otra bota o algo parecido, por lo que decidí salir a dormir fuera del dormitorio, pero cuando estaba a punto de marcharme, entre varios de ellos me volvieron a caer a manotazos, arrancándome la poca ropa que tenía encima, dejándome del todo desnudo yo pensé en salir corriendo a pedirle auxilio al capataz, pero en medio de la oscuridad del dormitorio me mantenían sujetado por todos lados, hasta que a la fuerza me pusieron boca abajo, sobre el camastro en el que yo dormía. A los pocos segundos, uno de ellos se trepo sobre mi cuerpo y a pesar de lo mucho que luché para soltarme, separaron mis piernas y tras embadurnar mi culo con algún aceite, sin más ni más el tipo ese me penetró. Los gritos de dolor que di se debieron escuchar seguramente por todo el campamento. Pero a todos ellos pareció no importarles muchos. Me sentía vejado, humillado, me estaban dando duramente por el culo, sin que yo pudiera hacer nada para evitarlo. En todo momento el resto de mis atacantes, me decían mueve ese culo maricón, puta, perra, y un sinfín de cosas más. Yo pensé que ya había pasado lo peor, cuando uno de ellos agarrando un cuchillo y pegándolo a mi garganta me amenazó diciéndome. Quiero que me mames la verga, y no te atrevas a mordérmela porque te corto el cuello. Yo no dejaba de llorar, pero a pesar de eso abrí mi boca y de inmediato sentí como el miembro de ese tipo, entraba dentro de mi boca, y a pesar de la repulsión que sentía, me dediqué a mamársela, hasta que se vino prácticamente dentro de mi garganta. Después de ellos dos, otros dos tomaron su lugar, acababan sobre mis nalgas, y después de los primeros tres que me comieron el culo a la fuerza, ya no opuse resistencia. Esa noche creo que fueron más o menos seis de ellos que me sodomizaron a la fuerza, y como cuatro que me obligaron a que les mamase la verga.

Al despertarme al día siguiente, lo único que encontré para tapar mi desnudes fue una sucia toalla, y así como estaba me dirigí a la caseta del capataz, al que después de contarle al capataz lo que me había pasado, él me dijo. Vete a bañar, y toma este machete y el próximo hombre que se te acerque para hacerte daño lo cortas, después me entregó un viejo pantalón suyo y una enorme camisa. Lo cierto es que tan solo pensar en lo que ellos me podrían hacer, lo que me pasaría si hacía eso, me entró un pánico tremendo, a tal grado que hasta pensé en suicidarme. Cuando llegó la hora de acostarme, no pude aguantar más y casi llorando me paré en medio del dormitorio, y con las luces apagadas, antes de que me volvieran a tirar con otra bota, chancleta o zapato, o quisieran violarme nuevamente a la fuerza, les pregunté qué era lo que querían de mi.

Por un corto rato ninguno dijo nada, hasta que de momento el silencio fue roto por la inconfundible voz del capataz, diciéndome. Lo primero que todos queremos es que te conviertas en la mujer del campamento. De momento no entendí, pero cuando continuó diciendo, y nos des el culo a todos. Me quedé prácticamente petrificado. Fue cuando entendí el por qué mi traslado no se había producido, el capataz lo tenía detenido o nunca realmente lo tramitó.

Yo pensé en decirles que no era ningún maricón, y que ni tan siquiera me gustaban los hombres. Pero entendí que eso poco les podía importar a todos ellos, por lo que resignado a mi suerte, les dije que haría todo lo que ellos quisieran, pero que no me hicieran daño. Al escucharme sentí las risas de alegría de todos los que se encontraban dentro del dormitorio, y de inmediato nuevamente la voz del capataz ordenándome que me desnudase y me acostase en mi cama, cosa que sumisamente realicé. Al mismo tiempo el resto de los que estaban en el dormitorio salieron, dejándonos solos a los dos.

Ya me había acostado, cuando a los pocos minutos sentí como una mano gruesa y callosa me comenzó acariciar las nalgas. Esos inconfundibles dedos seguramente eran los del capataz, que poco a poco continuaron, no tan solo a tocar mis nalgas sino que embadurnados en algo grasoso, lentamente me los comenzó a introducir por el culo.

Aunque me moría de la vergüenza, de la rabia, y de la indignación ante mi propia impotencia para defenderme, el sentir como lentamente sus manos acariciaban mi piel, y sus dedos me penetraban de manera suave, despertaron dentro de mí unas sensaciones que nunca había sentido. Al poco rato el capataz se tendió sobre mi cuerpo, sentí como su boca me besaba y mordisqueaba mi cuelo y mis orejas, al tiempo que me decía que me relajase, y dirigió su verga al centro de mis nalgas.

Él separó mis piernas con las suyas, y abrió un poco más mis nalgas, sentí como esa cosa dura y caliente comenzó a penetrarme, y aunque el dolor nuevamente se hizo presente, no sé si fue la manera en que me trató, y las cosas que me fue diciendo al tiempo que me penetraba, que cuando finalmente enterró todo su miembro dentro de mí, el dolor no era algo insoportable. Yo aun me encontraba entre confundido, avergonzado, frustrado, y enojado con todos y en especial conmigo mismo, por lo que ya les dije y por lo que me estaba sucediendo. Pero a la vez, el sentir sus fuertes y gruesos brazos alrededor de mi cuerpo, hacía que me estremeciera hasta lo más profundo de mí ser. Hasta esos momentos jamás había pensado en que algo así me llegase a pasar, pero en esos instantes, a pesar de lo avergonzado que me sentía. Casi de manera automática, y de forma involuntaria creo que comencé a mover mis caderas, restregándolas contra su cuerpo, era como si yo mismo buscase sentir dentro de mi culo su verga produciéndome un mayor placer. De la misma forma y manera apretaba y soltaba mi esfínter, a medida que él continuaba bombeando salvajemente mi culo con su verga.

Yo mismo me sorprendí al ver la manera en que comencé a responder a sus caricias besos y abrazos, yo gemía de placer, a medida que el capataz continuaba metiendo y sacado casi toda su verga de mis nalgas. Hasta sin darme cuenta de cómo sucedió precisamente, eyacule en cierto momento. Mientras que él por un buen rato no dejó de clavarme una y otra vez su gruesa y caliente verga. Hasta el momento que apretándome con fuerza contra su velludo cuerpo se vino dentro de mí.

Cuando eventualmente se levantó, dándome una cariñosa nalgada me dijo, ahora vas te lavas y regresas a la cama y esperas a que el próximo que quiera, te venga a comer el culito. Sin demora apenas me levanté salí del dormitorio, fuera se encontraban todos los mineros, yo actué, como si no los hubiera visto a ellos, completamente desnudo pasé frente a todos, me dirigí a la letrina, en la que expulsé todo lo que el capataz me había dejado dentro, y luego frente a todos ellos, me lave las nalgas con una manguera, para luego sumisamente, sin levantar la cabeza, regresar al dormitorio, y seguir las ordenes que me había dado el capataz, al pie de la letra.

Esa noche perdí la cuenta del número de los mineros que me dieron por el culo, y de los que me obligaron bajo amenaza a mamar sus vergas. A la mañana siguiente me sentí todo un asco, completamente reventado, explotado, y adolorido en especial mi culo, sin exagerar creo que me dejaron el hueco del culo, tan abierto como una ponchera, que fácilmente me podían meter una mano completa. Cuando me levanté ya cerca de las tres de la tarde del siguiente día, como no encontré mi ropa, tomé la sucia toalla y a duras penas, podía caminar, y sumamente avergonzado, me dirigí a la oficina del capataz.

Al verme se sonrió sádicamente, y me dijo. A ver puta que parte no entendiste de que de ahora en adelante, serías la mujer del campamento. Yo no supe que responderle, pero de inmediato me dijo hoy te mudas a la caseta que se encuentra al otro lado del campamento, dentro encontraras todo lo necesario, y no se te olvide, ahora eres la puta de todos aquí, así que no se te ocurra negarte a ninguno OK. Yo bajé la cabeza y sumisamente, le respondí con un casi audible. Sí señor, sin más ni más me dirigí a la caseta que el capataz me había indicado, y ya dentro encontré una gran cantidad de prendas femeninas todas sucias y mayormente rotas. Las que después de un rato en que pensé nuevamente en suicidarme, finalmente me dediqué a lavarlas en el rio y arreglar aquellas que podía, para posteriormente después de que se secaron, probármelas. Al terminar de probarme la ropa, con una vieja navaja de afeitar y algo de jabón me depile casi todo mi cuerpo, realmente no quería hacer nada de eso, pero el que me dieran otra paliza o me hicieran algo peor me atemorizaba, tanto que procuré no contrariar a ninguno de los mineros y menos al capataz. Después salí de la caseta vistiendo una ajustada mini falda, una blusa roja, y con unos zapatos con los que apenas podía caminar. Como mi cabello es algo abundante y largo, no tuve que nada más que dejarlo suelto. Desde ese día, por miedo a ser golpeado, no tan solo me vestía sino que procuraba actuar y hablar como una mujer. Aprendí a maquillarme, a medio peinarme y arreglarme para tener una imagen mucho más femenina.

Lo usual era que después de que caía la tarde o comenzaba la noche, alguno de los mineros entrase a mi caseta, y ya dentro yo los satisfacía en la medida que podía, pero siempre de la forma más femenina posible. Haciéndolos sentir verdadero machotes, dejándome dar por el culo como a ellos se les antojase, mamando sus vergas, lamiendo sus bolas y hasta tragándome todo su semen. Pero había ocasiones en que no se esperaban a que callera la noche y a plena luz del día, me obligaban a que les diera el culo o se los mamase, prácticamente en medio del campamento, ante la vista de todos, lo que me avergonzaba más aun. Cuando como a las seis semanas, finalmente el capataz me dijo, que podía montarme en el avión y regresar a la civilización no lo pensé dos veces, supuestamente la compañía me había dado un par de semanas libres, por el tiempo extra que pasé en el campamento. En un principio no pensaba en regresar más nunca a ese infierno, pero ya al tercer día de haber regresado a la ciudad, me di cuenta de que extrañaba el usar ropa de mujer y que me tratase de manera especial, así como también extrañaba el que cualquiera de ellos, diera por el culo, o me pusieran a mamar. Por lo que tomé algunas de las pepitas de oro que alguno de los mineros me regalaban después de que yo los complacía, las cambié por dinero y me fui de compras. La cara de sorpresa que todos ellos pusieron al verme bajar de la avioneta, completamente vestido de mujer, era como para tomarles una foto.

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