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Los áticos son para el verano


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Relato enviado por : Nio el 12/03/2009. Lecturas: 4154

etiquetas relato Los áticos son para el verano .
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Resumen
En la calurosa calma de una tarde veraniega sólo domada por la fresca brisa del aire acondicionado voy poco a poco descendiendo somnoliento por el pozo del sueño y, a partir de aquí, enredos de película... espero que os diviertan y os hagan imaginar de todo... Salud


Relato
Los áticos son para el verano
En la calurosa calma de una tarde veraniega sólo domada por la fresca brisa del aire acondicionado voy poco a poco descendiendo somnoliento por el pozo del sueño. Me hundo en el sofá, lentamente, desapareciendo de la habitación hacia el centro de la tierra. Atravieso estratos de vidas anteriores y vislumbro cómo era el día a día de los ancestros. Atisbo emociones intensas y profundas, también se advierten promiscuas y placenteras situaciones sufridas por los ocupantes del camino hacia las entrañas de la diosa Gaia.
Unos fuertes golpes en el cristal me anuncian que estoy llegando al final del viaje, a chocar contra el espejo que a Alicia la situaba en el país de las maravillas. Son cada vez más fuertes y seguidos, con urgencia, son.......
.....son reales y me hacen volver vertiginosamente a la vida de la habitación fresca-acondicionada artificialmente.
"Por favor, ábreme, rápido, por favor", decía una voz femenina al otro lado del cristal, de la puerta de cristal de la terraza de mi ático. Abrí los ojos aunque la luz vespertina era todavía muy brillante y no me dejó ver quién estaba al otro lado. Tuve que hacer un esfuerzo infinito para levantarme y llevar mi cuerpo hasta allí.
"Date prisa, por favor, vamos, acércate y abre..." me urgía la chica que estaba allí. Mi visión comenzó a aclararse y ganar en agudeza. Vaya sorpresa. Golpeando mi puerta había una belleza en ropa interior, bueno, mejor dicho estaba haciendo top-less a la vez que llevaba el resto de su ropa bajo el brazo.
"Espera, espera, ya voy, y deja de machacar la puerta que vas a romper el cristal", le increpaba mientras abría la hoja de cristal y salvar la vida de aquella preciosidad.
"Perdona y gracias. He tenido que salir precipitadamente de la casa de tu vecino, imagínate la situación, su mujer ha llamado al portero diciendo que bajase a ayudarle a subir unas compras. El tiempo justo para desaparecer. Él me ha dicho que eres de confianza y, además, enrollado, ¿no?".
Con mucho desparpajo puso la situación a la luz. Que cabroncete mi vecino. Mientras que su chica salía a hacer recaditos, él invitaba a una amiga tan especial como esta, y se homenajeaban a gusto. Cojonudo. Su mujer llama y todo son prisas que el vecino debe solucionar. Pues con mucho gusto.
"No te preocupes que no te ha engañado en nada. Aquí estás a salvo, bueno siempre que yo no tenga ninguna visita que entonces no sé hacia dónde te vamos a enviar", y pronuncié las últimas palabras con demasiado énfasis, como si ella ya fuese un asunto de dos, de mi vecino y mío.
Indudablemente la huidiza había pillado la intención al vuelo y una sonrisa apareció entre sus labios.
"Bien, cada cosa a su tiempo. Ahora necesito un lugar donde vestirme y arreglarme un poquito, debo tener una pinta que......" y me miró fijamente esperando mi respuesta. La respuesta de un hombre a la frase femenina de "..debo tener una pinta que......" es muy difícil por lo que opté a contestar a la primera.
"Sigue este pasillo y a la izquierda hay un baño. A la vista tienes todo lo que necesitas" e hice un recorrido visual completo de su anatomía, la que estaba a la vista y la que no. Era delgada y más alta que las mujeres delgadas como ella. Tenía el pelo corto y alborotado, lo que le hacía que resaltasen todavía más sus grandes ojos de niña traviesa; sus labios podrían pedir cualquier cosa, siempre lo conseguiría; a veces los tapaba y otras no, y en estos casos me di cuenta que tenía unos pechos grandes, como les suele pasar a muchas mujeres delgadas, y bastante erguidos para su generosidad; el deporte era parte de sus aficiones o manías, lo que mantenía su vientre liso y con poderío; sus piernas eran largas y con bonitas formas que le hacían desplazarse con gracia. Era una preciosidad que se había colado en mi casa como si fuese una fantasía de la siesta de la tarde.
"Te vas a quedar ahí toda la vida mirándome o me vas a dejar que vaya al baño" saltó sobre mi haciendo que volviese del mundo de los sueños.
"Sí, perdona, ve al baño, pero....¿vestirte?, con lo bonita que estás así", le arrojé fruto de la excitación que comenzaba a manifestarse dentro de mi cuerpo.
"Vaya, el vecino es enrollado, como me habían dicho, solo que no pensé que tanto. Y ¿para qué quieres que me quede así?",
"Para continuar algo que seguro has tenido que dejar a medias hace un ratito, ¿o no?",
"¿Se me ha notado mucho?, la verdad es que no hay nada que me fastidie más que tener que cortar un orgasmo por culpa de una mujer",
"Bueno, ya me explicarás esto después, pero.... sí, se te ha notado claramente. Pero no te voy a hacer un repaso al manual de la excitación femenina en este momento. Seguro que quieres tomarte algo fresquito, ¿no?",
"Me vendría bien una cervecita fría, muy fría, gracias. Voy a vestirme de todas formas, no quiero más sustos. Por cierto, ¿tú no esperas a nadie?"
"Espero que no, quiero decir que no espero a nadie". Estaba consiguiendo ponerme nervioso. Seguía con sus preciosas tetas, coronadas por dos areolas bien definidas y elevadas y un par de pezones que decían cómeme, cómeme a cada instante y con cada vaivén.
Sin poder evitarlo me acerqué hacia ella sin dejar de mirarle a los ojos, pasé un par de dedos por el borde de su cara, descendiendo por su cuello, saltando el obstáculo de su clavícula, comenzando a escalar por su pecho, hasta llegar al pezón, que al contacto con mis yemas se endureció visiblemente a la vez que su dueña cerraba los ojos y dejaba escapar un ligero suspiro.
"¿Qué haces, traviesooo, ahhh..? ufff, eso ha dolido, eres muy bravo, ¿no?".
Me atrajo más hacia ella, hasta que nuestras caras estaban casi unidas, se humedeció los labios, los acercó a los míos y me plantó un beso que casi llevaba el sello de la pasión. Se dio la vuelta y se llevó toda su ropa hasta el baño.
Menos mal que estaba en el pasillo de mi casa y no en medio de cualquier lugar público, estaba helado, mejor dicho, petrificado, me había dejado de piedra, saboreando el beso que había explotado en mí con una cascada de sensaciones.
Esta vez sonó el timbre de la puerta. Alerta. Primero, una mirada por la indiscreta mirilla. Anticiparse al enemigo. Tenía un botín en casa y podría empezar los problemas. Era el vecino. Ahora le veía como el otro, el enemigo a batir.
"¿Sí?", contesté desde dentro.
"¿Qué?, ¿cómo va todo?, ¿está esta todavía ahí?, no puedo estar mucho aquí en la puerta, o me abres o tengo que irme.", susurraba con premura.
"Todo va bien, no te preocupes por nada. Hiciste muy bien en decirle que viniese aquí, es una chica muy maja. Se está vistiendo para irse. Todo controlado", dije como si estuviese leyendo un prospecto de una medicina.
"¿Pero....? ¿Cómo qué todo controlado? ¿Y si viene tu mujer? Todo controlado. Dónde la vamos a mandar ahora, ¿al tejado?. Dile que se dé prisa en marcharse, ¿vale?", dando la sensación de que lo que más le preocupaba es que pasase demasiado tiempo en casa del vecino enrollado. Vamos, que casi ni le importaba que viniese mi mujer.
"Oye, ¿has visto un sujetador transparente?", me dijo desde la puerta del baño mi inesperada visita.
"Que sí, que se va a ir ya, porque si no, mira que bonito, tú te quitas un problema para que lo tenga yo, hasta ahí podríamos llegar", le dije al vecino para que se fuese a su casa cuanto antes.
Dado que nuestras dos puertas están muy juntas y la suya estaba abierta, oí un par de chillidos de su chica que me anunciaron problemas inmediatos.
"Raúuuulllll, Raúuuullll, me quieres explicar de quién es este sujetador?.
Abrí la puerta y vi como su cara cambiaba de color, bueno, era abandonada por él, mejor dicho.
"La cagaste tío, tienes un problema. Esta me ha dicho qué si he visto su sujetador. Tienes dos trabajos urgentes, convencer a tu chica de la bondad de ese hallazgo y conseguir el hallazgo para dárselo a esta antes de que mi mujer llegue a casa. Y creo que tienes para todo ello poco más de una hora".
Cerré la puerta y me fui directo al baño, a darle las buenas nuevas a mi huésped.
Al llamar la puerta se abrió solita, dejando ante mí una imagen que ya me acompaña en todas mis fantasías. No sólo no se había vestido, sino que al encontrarse un baño en el que había de todo lo que una mujer necesita para sentirse guapa, había empezado a ponerse un polvito por aquí, una rayita por allá, un color por este ojo, un poquito de este perfume por el cuello, vamos, ni que estuviese en la feria de muestras de Lancome. Y, como toque final, y así la encontré, había decidido que era un buen momento para quitarse algunos pelitos que pueden acabar dentro de otras personas. Joder, eso es aplomo. Cómo alguien en su situación puede desentenderse tanto del peligro y dedicarse a su embellecimiento. Sentada en una pequeña butaca y con una de las piernas descansando lejos de ella, hacía contorsionismos para acercar peligrosamente la cuchilla hacia sus labios inferiores. Levantó la vista, me miró, y volvió a su tarea.
Sólo se me ocurrió un "¿puedo ayudarte?" frente a aquel espectáculo. Me ofreció la cuchilla y en un momento estuve sentado en el suelo, a menos de dos palmos de un coñito maravilloso, apetitoso, jugoso, y todos los calificativos inimaginables. Sus labios mayores se abrían con una simetría pasmosa, casi artificial, y los pliegues que guardaban su botón mágico eran de un color rosáceo intenso. Por los lados, en sus ingles, aparecían tímidamente unas raíces que eran el objeto de los ataques de ella. Con sumo cuidado e intentando calmar mi respiración para que se calmase el temblor que mis dedos no podían esconder, le apliqué espuma de afeitar a los lados de esa entrada al paraíso. De la abultada piel que cubría su clítoris partían cinco líneas delgadas de vello, perfectamente separadas entre si, y se abrían hacia su monte de Venus, asemejando los rayos del sol al amanecer. Ella ya había hecho lo más difícil, delimitar esos rayos. Ahora me tocaba a mí el trabajo menos artístico, pero no por ello dejaba de ser muy apetecible.
Al aplicar la cuchilla sobre esa zona tan sensible y oculta, me pregunté "....¿qué coño hago aquí, en mi cuarto de baño, depilando a una tía que no conozco, sabiendo que dentro de poco va a llegar mi mujer, soy un inconsciente..." pero una fuerza superior a la razón me tenía embargado. Además, también era más inconsciente todavía a sabiendas que la mujer del vecino le estaba montando una buena bronca por la industria del calzado ajeno. Eso iba a explotar y seguro que la onda expansiva llegaría a mi casa, era sólo cuestión de tiempo.
"Por cierto, ¿no te preocupan los problemas que se están montando y los que se montarán por lo del sujetador?".
"¿Ha aparecido ya?, menos mal, aunque todo tendría arreglo, seguro que una casa que tiene un baño tan surtido, tiene bastante ropa interior de mujer socorrida, y por las prendas que veo por aquí, tenemos una talla similar", dijo apuntando a un corto vestido que mi mujer solía usar en verano para estar en casa.
"Sí, ha aparecido ya, pero donde no debía aparecer. Ya te vale, en la carrera te lo has dejado en la otra casa y ahora su mujer lo ha visto. Vamos a tener problemas."
A pesar de la conversación yo seguía con mi dulce trabajo, usando la mano izquierda para separar lo que estorbase a la cuchilla, aunque allí no sobraba nada, todo estaba muy bien y en su sitio.
"Oye, ¿tú has hecho esto más veces, eh?. Bueno, espero que lo del sujetador no vaya más allá que otras veces. Tengo que poner cuidado con recoger toda la ropa cuando salgo de esta manera. Sobre todo en invierno. Siempre me cuesta tanto saber si llevo ropa interior o no, sobre todo de arriba, que se me olvida.
Sus palabras me encendían cada vez más, además decía las cosas de una forma tan natural que no sonaba petulante ni engreída.
Una vez que acabé de depilar esos laterales decidí aplicar un bálsamo sobre ellos, para que no se irritase y que mejor que la saliva. Acerqué mi lengua hacia sus enrojecidas ingles comprobando mi buen trabajo, nada se notaba, sólo suavidad y dulzura. Advertí un leve suspiro y un estremecimiento en ella al pasar la lengua por ahí, le estaba calmando la irritación que siempre sucede a la cuchilla. Aplicaba generosamente una pátina de saliva y pasaba de un lado a otro de su brillante rajita dejando arrastrar la lengua, con intención. A cada uno de estos gestos ella respondía con una ligera presión de sus manos en mi nuca. Cuando pensé que ya estaba curada de sus recientes heridas, dediqué mis conocimientos a disfrutar del manjar que se ofrecía abierto y lampiño, ese sol fuente de vida y hundí con precisión mi lengua con la punta endurecida dentro de su coñito y la moví como un látigo.
"Joderrr, que cabrón estás hecho. Ahhh.... qué tienes ahí lancero bengalí, uhmmm".
Lancero bengalí, nunca me habían dicho eso pero me gustaban las películas de aventuras aquellas. Como un buen súbdito del Golfo de Bengala, seguí atacando aquella fortaleza con ahínco, deslizando mi lengua de arriba abajo y de abajo arriba a los ritmos que la respiración de ella solicitaba, procurando rozar desinteresadamente su clítoris, lo que hacia que arquease el cuerpo con el peligro de caerse de la butaca de diseño. Empezó a agitarse, la cosa iba bien, me lanzaba palabras que apenas entendía y menos con mis orejas sensualmente ocluidas por sus suaves y deslizantes muslos. Cuanto daría en ese momento por ser como los peces. Respirar por branquias, sacar el oxígeno de las humedades femeninas en vez de necesitar aire. Salí a la superficie, tome una buena bocanada del precioso gas y volví a sumergirme en el atolón polinesio yendo directamente a por la madreperla. Descubrí mi tesoro entre los pliegues que lo custodiaban y apliqué dulcemente mis labios a esa protuberancia marina y como si de una fuente se tratase busqué sorber su esencia. La embestida que me dio al sentir su botón poseído de forma tan intensa hizo que ambos cayésemos al suelo, aunque ella desde más alto.
"Que hostiaaaa, ahhh.....sigue ahí donde estabas, sigue, lancero que tienes la perla en tus labios, pero no pares, cabrón, no paressss, ahhh", que sintonía, la perla en mis labios. Al acercarme a continuar la labor que tenía mi miembro a punto de estallar oí unos sonidos ya familiares en esa tarde. Esos maravillosos golpes cristaleros que iban a acabar con la puerta de la terraza.
"¿Pero quién será ahora?, dijo contrariada mi amante casual.
"No tengo ni idea, pero te advierto que los golpes son idénticos a los que tú dabas hace un rato. Alguien ha saltado por la terraza. Tengo que ir a ver."
"No me lo puedo creer, otra vez a medias, esto no puede ser", lanzó al aire totalmente fuera de si.
Me acerqué a la puerta y allí estaba el vecino, con un sujetador en la mano y la cara bastante colorada. Abrí ligeramente la puerta para coger la prenda pero él empujó con decisión para entrar en mi casa.
"¿Sigue aquí, no?. Me he jugado la vida por esta prenda y quiero dársela en mano."
"La vida no sé, pero te han dado un par de hostias que todavía las llevas marcadas en la cara. Vaya con tu chica. Por cierto, ¿cómo te has hecho con el sujetador?".
"Eso te lo digo luego, ahora dime dónde está Nadia y espero que no te hayas aprovechado de la situación, ¿eh?", me increpó demasiado excitado.
"¿Aprovechado?, creo que te he sacado de un buen apuro como para que te importe lo que suceda después. No creo que estés en condiciones de poner las reglas. Tendrás que volver a tu casa antes de que te echen en falta, supongo que también al sujetador."
"Sí, a ella le ha dado un ligero ataque de celos y está reuniendo fuerzas en uno de los baños superiores. No tengo mucho tiempo, pero ¿dónde coño está Nadia?".
"Bien, en el baño, pero lo que puedas ver no debe sorprenderte", le preparé.
Abrió la puerta del baño e introdujo por ella la controvertida prenda, imagen a la que siguió la voz de Nadia:
"Maravilloso, mi wonderbra, una cosita menos. Te lo ha traído Raúl, ¿no?, bueno, ahora ¿no vas a acabar lo que has empezado?, creo que con este cepillo no es lo mismo, cariño".
"Lo que ha empezado, pero...¿qué cojones está pasando aquí?", Raúl abrió la puerta del todo y allí apareció ella, ante nuestros ojos, con el grueso mango del cepillo haciendo las veces de improvisada polla.
"Hola Raúl, ¿estás ya solo?" le dijo inocentemente, mientras sacaba con lentitud el cepillo de su coño, "¿quieres que pase a tu casa?", seguía preguntando a la vez que continuaba con su acicalamiento. "Me estaba poniendo guapa para ti, para que continuásemos con lo que tuvimos que cortar", y le regaló una preciosa sonrisa.
"¿Continuar?, parece que tienes muchas cosas que continuar, si no fuese porque tengo que volver ahora mismo a casa esto no iba a acabar bien."
Hablaba con voz entrecortada, demasiado cabreado, por lo que decidí hablar con él. "Oye Raúl, la tía está buenísima y la situación ha venido rodada, además, no creo que tenga que recordarte hace unos meses una escena similar pero con los personajes trocados. Venga tío, no te lo tomes así, no nos vamos a cabrear por esto, ¿no?, además, joder, parece que te molesta más que esté ella aquí, en esas condiciones, a que estuviese tu mujer."
"Pues en cierta manera sí, me molesta más, aunque me he dado cuenta que ésta no desaprovecha ninguna oportunidad por estas latitudes", se le notaba que estaba cediendo en su postura de celoso multilateral, por lo que le animé a que volviese a su casa, intentase calmar a su mujer, que eso era lo primero, y que yo me ocupaba de todo lo que tenía que ver con Nadia. Pareció aceptar, aunque a regañadientes, viendo la prioridad de otros asuntos, por lo que volvió a desaparecer por la medianía de las terrazas vecinas.
Volví con mi invitada esta vez dispuesto a concluir algo que habíamos empezado en esa comunidad dos de los vecinos más avezados. Abrí la puerta del baño y me la encontré con la ropa interior puesta. El sujetador viajero le quedaba cañón, sus impresionantes tetas todavía se mostraban más exhultantes que al aire, intentaban salirse de esas copas que las aprisionaban y yo iba a ser el lancero salvador. Me acerqué con decisión, llevé las manos hacia atrás buscando un broche y allí estaba, lo hice saltar y a continuación sus dos tetas quedaron al alcance de mi boca. Las apreté con ambas manos por los lados y acerqué sus pezones de tal manera entre ellos que con mi gran boca empecé a chuparlos a la vez. Aquello pareció entusiasmarle porque me ofrecía su pecho con generosidad y ella misma lo movía hacia los lados para hacer más amplia la caricia verbal.
La excitación que con la visita de Raúl en parte me había abandonado, volvió con renovadas fuerzas y me pareció buena idea que Nadia la advirtiese también, por lo que le di la vuelta y apoyé con fuerza mi miembro en su culo sin dejar de girar mis palmas sobre sus maravillosos y erguidos pezones. La chica seguía estando tan excitada como antes, lo que comprobé al llevar mi mano a su lloroso coñito, por lo que le hice agacharse un poquito más, hasta que por detrás apareció ante mí su preciosa rajita coronada por el círculo perfecto que describía su culito. Estaba fuera de mí, no iba a dejar pasar la ocasión de hacérselo allí mismo. Me bajé los pantalones cortos que llevaba deslizándolos con los dedos de los pies, cosa nada fácil, y dejé de acariciar sus tetas para llevar las dos manos a separar los labios de su húmedo chochito. Puse la punta de mi enrojecida polla en su entrada y empujé de tal forma que se salió y sólo conseguí que fuese ella la que con su mano me indicase el buen camino.
Así, con ayuda y de un solo envite, entré todo lo que esa posición da de si, que no es demasiado, ya se sabe. Un grito de placer se escuchó en todo el baño, mientras sus puños se cerraban sobre las toallas más cercanas.
"Dale, dale, cabrón, que esta vez es la buenaaaaa, ahh,...así....sigue, sigue, ahora no pares....", me decía convencida de que eso ya no tenía marcha atrás.
Que bien se estaba dentro de esa mujer, joderrr, una y otra vez, entraba y salía a mi gusto, y ella me correspondía avanzando su precioso culito hacia mí cuando intuía que yo empujaba hacia ella. El plash, plash que hacían nuestras caderas al chocar tenía un compás de ensueño y el choff, choff de su húmeda gruta tenía un estribillo fácil de recordar y placentero de ejecutar. Era divina y podría estar ensayando todo el día esa melodía de pasión con ella. Pero tristemente no iba a poder ser. El timbre de la puerta reventaba de los apretones que le estaban dando, junto a contundentes golpes que procedían de la propia puerta, todo a la vez.
"No me lo puedo creer, sigue ahí, no pares llame quien llame, me da igual, no me voy a quedar cortada esta vez, nooooo por favoooorrrr", empezó ordenando para acabar casi suplicando, pero no podía hacer oídos sordos a tanta llamada. Debía ser algo urgente e importante y tal y como estaba el patio era mejor dar la cara.
"Siento tener que sacarla, reina pero igual es mi mujer, he dejado cerrado por dentro y eso es siempre muy sospechoso. Vete vistiendo y espera instrucciones", le dije con toda la pena de mi corazón, estaba más contrariado que ella por la interrupción, pero era mi casa y tenía que tomar decisiones rápidas. Nuevamente acerqué el ojo a la mirilla y allí estaba mi vecina, aporreando mi puerta y diciendo claramente: "¿Dónde está esa puta, dónde?. Ábreme Nío, abre de una vez.".
Estaba claro que algo sabía porque lo buscaba en el lugar adecuado. Abrí la puerta pero con la cadena puesta, para ganar tiempo e intentar calmar a esa fiera antes de que accediese a mi casa.
"Cálmate Sara y dime qué es lo que pasa y a quién buscas con tanto interés. Tranquila", dije en voz alta para que me oyese Nadia y supiese lo que tenía que hacer rápidamente.
"A la puta que ha estado en mi casa, con Raúl, y ahora está aquí que él me lo ha confesado. A la que ha perdido el sujetador que ahora no aparece. A esa hija de la gran puta que se va a acordar del día de hoy, te lo aseguro. Pero, ABRE LA PUERTA DE UNA PUTA VEZ, NÍÍÍÍOOOOOO", joder, iba en serio, estaba terriblemente cabreada y eso que le habían dicho la verdad. Joder con la verdad que mal efecto causa a veces en la gente.
"Espera, espera, que voy a buscar la llave", inventé a pesar de estar abierta la puerta y sólo a falta de quitar la cadena. Me acerqué al baño y le dije que fuese hacia la terraza y saltase a la de Raúl, que ahora estaba su mujer intentando entrar y por allí podría salir del edificio, ah, y que no se olvidase nada esta vez. Le planté un húmedo beso en los morros y un tenemos que vernos en los oídos y le empujé hacia la terraza, cerrando la puerta una vez que ella ya saltaba la medianía. Giró su cabeza y me lanzó un beso desde sus labios que atravesó el cristal con decisión.
Volví a la puerta donde estaban mis vecinos y quité la cadena dejando que ella entrase como un vendaval mientras le indicaba a Raúl, que se había quedado hecho una estatua en la entrada, que Nadia estaba ahora en su casa.
"Vete para allá que ya entretengo lo que haga falta a tu mujer. Vete y haz que se vaya de una vez por todas, ¿está claro?, y por Sara no te preocupes, ya me ocupo yo, en serio".
"Sí, ya sé cómo te ocupas tú de las mujeres que salen de mi casa para entrar en la tuya. Ya hablaremos, aunque tengo que reconocer que hasta ahora sólo me has hecho favores, eso es así".
"Y así va a seguir siendo, salvándote el culo como lo estoy haciendo hoy, ¿o no?".
"Sí, así es, pero comprenderás que tenga mis recelos, creo que en tu lugar yo haría lo mismo con ellas y eso es lo que me mosquea, ser parecidos."
Por no alargar más la conversación que habría que tener tranquilamente, una larga noche con unas copas delante, le empujé hacia su casa y cerré la puerta. Ahora sólo había que entretener lo más y mejor a Sara y creo que me iba a gustar el encargo.
"Sara, por favor, ¿a quién buscas?, no te das cuenta que estoy sólo, que Selene todavía no ha llegado y que no hay dentro ninguna puta de esas que tú dices. Que sepas que no necesito los servicios de esas reputadas profesionales, todavía."
"Sí es que Raúl es un cabrón. He encontrado un sujetador que no es mío en casa y hemos tenido una movida que te cagas. Pero, de verdad, que aquí no hay nadie, ¿no ha entrado ninguna mujer esta tarde?", preguntó truncando el buen camino que llevaba su confesión.
"Que no, que te digo la verdad, estaba durmiendo un poquito, con el aire acondicionado hasta que has llamado a la puerta de esa manera tan eficaz", dije imprimiendo a mi voz todo el tono de naturalidad que me era posible.
"Si a ti te creo, al que no creo ni gota es a Raúl, es un cerdo de verdad. Si no ha venido aquí ninguna mujer, en mi casa ha estado una, no sé cuando, pero ha estado y se ha dejado su sujetador, porque mía no es una talla 100, eso lo sé bien", y se miró el pecho que aunque era más reducido que el de Nadia a mi me parecía también precioso y en su sitio.
"Pues mira por donde yo hubiese apostado porque tenías una 100. Sin dudarlo" y puse mi cara más inocente, la del chiste. Y funcionó. Sara no pudo contener una risa que contrastaba con los dos regueros casi secos de lágrimas derramadas apenas unos minutos antes. Pero le hizo muy bien. La puso guapa y atractiva.
"Gracioso y mentiroso nos ha salido el vecino, pero simpático y con tacto para tratar a una mujer en esta situación, ¿a qué no tienes algo de beber para celebrar tu inocencia?", y se fue directamente a la cocina.
"Pues creo que sí pero va a tener que ser un poquito de Etiqueta Blanca con hielo, el whisky de las situaciones calientes" y serví dos en sendos vasos que me había regalado la propia marca. Le puse un par de dedos pero me quitó la botella para ponerse una mano entera.
"Vaya arranque para ser el primero que te tomas esta tarde. O mucho quieres olvidar o estas tomando fuerzas" le insinué brindando con ella y por ella.
"Y por ti también, que lo sepas, que eres el más enrollado de aquí y no porque lo diga Raúl, el cabronazo ese....", me dijo acercándose un poquito más para volver a chocar nuestros sólidos vasos.
Ahora era el momento de tomar una decisión pero antes había que repasar las tres reglas básicas:
Regla número uno: no aprovecharse de ninguna mujer que esté hablando mal del marido y con la que estés bebiendo en ese momento.
Regla número dos: no enrollarse con las vecinas, sobre todo si conoces y tratas al vecino.
Y regla número tres que está en clara oposición a las anteriores: si una mujer solicita tu ayuda y crees que vas a sacar beneficio de ello, préstasela sin dudarlo y sin aplicar las reglas uno y dos.
Y Sara estaba solicitando mi compañía y comprensión, además, y se me estaba olvidando, tenía el encargo de su chico de entretenerla y esto iba bien, muy bien, vamos, tan bien que si Raúl le echaba huevos podía acabar la faena que tuvo que cortar y cumplir con la insatisfecha Nadia, a la que ambos no habíamos dejado a medias. Por lo que estaba decidido, Sara se quedaba allí el tiempo que hiciese falta y la consolaría hasta donde fuese necesario, las cosas que pudieran pasar bienvenidas.
Tan ensimismado estaba en la ética de la elección adecuada que no me percaté que a Sara se le volvían a empañar los ojos. Le sequé las lágrimas que asomaban y la atraje hacia mí, haciéndole notar el calor de mi acogedor pecho. Ella se resistió ligeramente pero bajo mi cálida y confiada mirada dejó caer su cabeza sobre mi hombro y a mí llegaron los acordes de aquel Put your head on my shoulder, de alguien que ahora no venía a mi mente y le empecé a acariciar la espalda, primero tímidamente pero después, una vez que ella no separaba su pecho del mío y su respiración se iba haciendo cada vez más agitada, pasaba mis manos por toda la extensión que mi brazo me permitía.
Las escenas vividas con Nadia me habían dejado muy tocado y sensible, sobre todo en ciertas partes que habían jugado esa tarde como si se tratase de una inacabable montaña rusa. Ahora tocaba volver a subir las grandes rampas y el tibio aroma que desprendía su cuerpo, pegado al mío, me ayudaba en las cuestas. Le giré la cara hacia mí y besé sus labios con precipitada pasión, fue un gesto casi artificial que luego suavicé mostrando un interés más comedido. Ella respondió con soltura y avaricia, como si fuese la única persona a la que le permitiese besar su boca, buscando mi lengua con interés, para saciar una sed que se había despertado esa tarde. Así estuvimos durante un espacio de tiempo indefinido, pero que no tuvo que ser demasiado porque cuando me quise dar cuenta ella estaba bajando mis pantalones cortos y me indicaba que me subiese a la encimera, para tenerme más a mano, bueno, es decir, mejor a boca.
Al ver liberada mi deseosa polla ella se entregó a la labor de acariciar, chupar, sorber, lamer, succionar, presionar, y un sinfín de verbos que pueden aplicar a esta acción de devorarme como nadie lo había hecho últimamente, y eso que mi chica es toda una experta o a mí así me lo parece. Si seguía así me iba a hacer correrme allí mismo y eso no me parecía bien, aunque tan bravo como me sentía no creo que tuviese problema en volver a atacarla una vez me vaciase en su preciosa boquita, lo que no iba a tener era tiempo, los elementos cercanos amenazaban.
"Uhmmm, Saraaaa, no pares, sigue así, pero dónde has aprendido a hacer esas cositas con la boca, aghhh, divina, eres divina, Saraaa....", me escuché gimiendo mientras tenía esos estratégicos pensamientos. Todo un misterio el desdoblamiento del hombre mientras le están haciendo una buena mamada, ¿a ellas les pasará lo mismo?.
Ya estaba decidido. No le iba a dejar seguir, prefería que fuese mi boca la que hiciese que ella me recordase, volví a apartar de mí, por segunda vez esa tarde, a una mujer preciosa que estaba haciéndome ver el cielo y la senté sobre la encimera de la cocina, subiendo su vestido hasta que apareció un minúsculo tanga transparente totalmente humedecido por sus propios jugos. Uhmmm, en su punto. Arrimé mi boca a esa dulce prenda y sople todo el calor que había dentro de mí hacia su coñito, a la vez que aspiraba uno de los aromas que más echo en falta en las perfumerías.
Sara dio un gran suspiro ante la brisa que inundó su centro de gravedad y fue con sus propios dedos la que separó la fina tela para que tuviese todo el acceso del mundo a su ya húmeda rajita. Esta vez no estaba dispuesto a dejar pasar el momento y nada ni nadie iba a evitar que hiciese correrse a la dueña de aquel tesoro. Con verdadera gula me apliqué a chupar, lamer, soplar, succionar e incluso mordisquear aquellos labios que se ofrecían abultados y enrojecidos de deseo. Los separé con mis dedos dejando entrever la entrada al túnel del placer y hundí mi lengua todo lo más profundo que pude, hasta que mi nariz se empotró contra su clítoris.
"Uhmmm, qué tienes en la boca lancero bengalí, ¿un puñal?."
¿Lancero bengalí? ¿otra igual? ¿qué pasa, que anoche pusieron una del imperio británico en India o era la del plus de los viernes?. Pues nada, en distancias cortas ya se sabe, la espada no es buena pero una buena daga. Por lo que seguí indagando si aquella gruta tenía paredes sólidas a lo que Sara contestaba que sííííí, que síííí, que sigue ahíííí. Deslicé mi daga hacia la parte superior de la caverna, buscando el interruptor de la luz y vaya que lo encontré, a Sara se le iluminaron los ojos con un brillo especial cuando descubrí el mecanismo y le di una buena capa de lubricante en formato saliva. Mientras, para no perder tensión, introduje dos dedos dentro de su coñito, ahora podía ir a tientas, no necesitaba la reciente iluminación para darme una vuelta por su coñito, movimientos a los que ella respondía alzando sus caderas hacia mis dedos y lengua. Advertí que ella estaba a punto de irse o venirse, que siempre queda más cariñoso que irse, y aproveché sus movimientos para introducir el meñique en su fuente untuosa para después llevarlo escurridizo a su entrada trasera. Y de un solo golpe le ensarté al más pequeño de la familia dentro de su apretado culito. Sara soltó un pequeño grito, me llamó dos veces cabrón y me animó a que lo llevase más adentro pero a mí me interesaba su botón, por lo que no hice mucho caso a su sugerencia, no se puede atender a todo, pero ¿Sara sí?. Dejé al aire su interruptor y le besé con elegancia, dando ligeros rebotes sobre él hasta quedarme enganchado por su magnetismo. Ella empezó a gemir de verdad, sin importarle dónde ni con quién estaba, totalmente desinhibida; sus gemidos pasaron a ser gritos y las yemas de sus manos a clavarse en mi cráneo. Tal y como estaba sobre la encimera, comenzó a manifestar unos espasmos que yo noté, sobre todo, en el anillo que presionaba mi meñique y, algo menos, en los dedos que danzaban dentro de su coñito. Con las manos imprimió un ritmo a mi cabeza al compás de sus gritos que sólo emitían una palabra:
"Así....., así......, así........, así........, así........" y así sucesivamente seguía estrellando mis labios contra ella mientras un verdadero río de jugos abandonaba su coñito a lo largo de mis dedos. Fue bestial, nunca había visto a una mujer correrse de forma tan intensa teniendo a mi lengua como culpable. Se quedó encogida sobre la encimera, tiritando y sintiendo los coletazos de ese orgasmo tan reciente.
Al irse apagando su voz en un potente ronroneo empezaron a emerger otros sonidos ya familiares y nada agradables a mis oídos. Primero, los dichosos golpes en la puerta. Alguien intentaba llamar mi atención porque no podía entrar con su propia llave y mira que lo intentaba. Mi mujer sin duda, lo que confirmé en la mirilla. Menos mal que cuando entró Sara había dejado puesta la llave en la cerradura, para evitar un contratiempo como el que se avecinaba. Con ello impedía la entrada de mi mujer aunque tuviese la llave y me daba unos minutos preciosos. Además, no delataba mi presencia en el interior, podría haber sido un olvido al salir. Eso me daba unos minutos de ventaja para intentar pensar. Volví a acercar el ojo a la mirilla y ya no estaba allí, sino que llamaba insistentemente al vecino para que le abriese la puerta y supongo saltar por las terrazas, como ya venía siendo costumbre este verano. Ufff, que situación, demasiada tensión y morbo y encima, miré hacia abajo, y parecía un pingüino, aunque no sé si esas aves podían aguantar una erección como la que tenía en ese momento. Mi polla iba por libre porque no era momento de mantenerse tan arrogante, había que dejar al cerebro pensar y para ello se necesita sangre. Durante unos minutos sólo se escuchaba el insistente timbre de la puerta de al lado. Estaría todavía Raúl dentro con Nadia, seguro, porque si no ya hubiese intentado ver cómo le iba a su mujercita. Volví a la cocina y allí estaba Sara, preguntándose qué era todo ese jaleo y porqué la había abandonado en un momento así, se abrazó a mí y me empujó hasta una silla para sentarse encima de mi lustroso puñal, pero eso era más de lo que la situación permitía. Le expliqué que mi mujer estaba intentando entrar y que estaba llamando a su puerta pero que Raúl no le abría. Ella volvió a la realidad y a Raúl.
"Ah, ese cabrón, ahora pretenderá tirarse a tu mujer, ¿verdad?" me dijo echando sus manos a su cara.
"Que no, que no es eso. Ahora hay que conseguir que él le abra la puerta para que tú puedas salir de aquí tranquilamente, ¿entiendes?, ellos deben venir por la terraza. Voy a abrir la puerta para facilitar las cosas y que no haya que romper ningún cristal, no sería el primero, pero tienes que irte de aquí, ya le explicarás a Raúl porqué no fuiste a casa directamente al salir de la mía. Ah, y mejor date una vuelta por ahí y tranquilízate, tómate algo y más tarde vuelves, ¿entendido?", le susurré al oído.
Nos acercamos a la mirilla para ver si mi mujer seguía allí y no estaba. En ese momento la puerta de la terraza chirriaba anunciando una nueva visita por lo que despedí con un beso en los labios a Sara que me dijo: "ha estado muy bien, gracias por atenderme así, te debo una de verdad" y me plantó un tierno beso en los morros.
Al cerrar la puerta e irme hacia la terraza no podía creer lo que veían mis ojos, Nadia otra vez allí, bueno ya entraba hasta la cocina, que es el primer lugar cubierto de la casa al que se llega viniendo de la terraza.
"Joder Nadia, todavía no te has ido, ahora que tenía esto casi solucionado", le dije al borde del infarto sin dejar de admirar su preciosa figura que esta vez venía completamente vestida, por lo menos de las prendas exteriores.
"Sí, dónde voy a ir, si tengo que salir de allí siempre a la carrera y ahora es otra mujer la que llama, pero ¿qué líos os traéis aquí?, por cierto ¿no alquilan nada en este simpático edificio?, aunque... no sé, creo que nadie aquí sabe acabar un trabajito...hombres", no perdía ni el atractivo ni el sentido del humor. Esa mujer era increíble pero ahora se tenía que ir y ya.
"Nadia, esa otra mujer es la mía. Ahora el problema lo tengo yo, por lo que tienes que irte ya; no te puedes quedar ni un segundo más, ponte en mi lugar, vamos que te tienes que ir echando hostias porque no me equivoco si te digo que dentro de nada están en la puerta de la terraza Raúl y mi mujer", le apresuré acompañando a esa belleza a la puerta. Me volvió a plantar un jugoso beso en los labios mientras yo cerraba y dejé en el aire un nos vemos nada prometedor pero nada comprometedor. Hoy sólo despedía mujeres guapas en mi puerta, vaya día.
Me fui directamente a la cocina para colocar los posibles desperfectos del guiso reciente; una vez resuelto este paso me dispuse a esperar la visita con una revista en la mano y sentado cómodamente en el sofá, como si nada hubiese pasado. El corazón me latía con fuerza pero la situación empezaba a estar bajo control o eso creía al principio. Pasaron los primeros minutos y me pude calmar del todo, pudiendo pensar en posibles excusas o explicaciones para todo lo que tuviese que oír.
Unas fuertes ganas de mear me estaban entrando, además de que se iba haciendo cada vez más intenso un dolorcillo de huevos debido, sin duda, a que en una tarde de tanto ajetreo sexual todavía no me había ido o venido ni una sola vez. Al llegar al baño se encendieron las alertas. Joder, que caos, Nadia había dejado todo patas arriba y se me había olvidado, hasta la cuchilla estaba allí, con la espuma suavizante. Ufff, que agobio, eso iba a ser más difícil de explicar, tenía que recogerlo todo lo antes posible, colocarlo en sus sitios adecuados, bueno, más o menos, porque igual igual era imposible. Y la amenaza de la visita seguía latente pero no se materializaba aún, lo que me hacía pensar en que iba a tener tiempo de asear el aseo. Y así fue y, aunque me llevó más tiempo de la cuenta, ellos no llegaban. Tanto empuje para entrar a casa y ahora qué, se habían desvanecido las ganas de mi mujer o......una idea asaltó mi cabeza, o más que desvanecerse se habían despertado en casa del vecino. Joder, tenía que impedírselo, yo había consolado a su mujer pero no era lo mismo; en mi caso, lo había hecho sobre una realidad pero en el de ella, sólo pasaba que no podía entrar en casa, nada más. Y ahora, el muy cabrón estaba cuidando de ella mientras se solucionase lo del cerrajero, que por cierto también vivía en unos de los áticos del edificio pero no estaría en ese momento. Ya habíamos echado mano de él en alguna ocasión. ¿Y porqué ella fue a ver a Raúl si no pensaba saltar por la terraza?, lo que ya habíamos hecho en anteriores ocasiones.
Mi cabeza daba vueltas y empezaba a ver escenas en las que mi mujer se entregaba en los brazos de Raúl, olvidando la llave, a mí y al resto del mundo. Me estaba encendiendo por los celos pero no eran los únicos responsables del calor que tenía, una sensación de sana y morbosa curiosidad me estaba inundando. ¿Cómo podría saber qué estaba sucediendo en casa del vecino?, si llamaba a la puerta se rompía todo, sólo me quedaba la opción que hasta ahora todo el mundo usaba. El paso natural: la terraza.
Tenía que poner cuidado, primero, en no caerme, sólo faltaba eso, un muerto o muy mal herido, y después en no hacer ruido si quería ver lo que pasaba sin ser visto. Todo lo que siempre ha habido de voyeur en mí se despertó con el acicate que era mi mujer a la que iba a espiar. Una incipiente erección me acompaño en el salto decisivo.
Una vez en la terraza contigua me orienté gracias al conocimiento previo del terreno, dado que habían sido varias veces las que había estado allí y me deslicé, ocultó por las plantas, hacia la puerta de su terraza. No tuve que realizar grandes esfuerzos visuales, allí, ante mis propios ojos estaban los dos. Que cabronazo, no había perdido tiempo desde que Nadia había abandonado el piso, que tampoco era tanto, había convencido a mi mujer que la puerta podía esperar, con su inventiva, seguro que le dijo que yo había salido hacía un rato, que había oído la puerta y no le había dejado acercarse a la medianía de las terrazas para comprobar que la puerta estaba abierta y esperando a mi mujercita con las tareas hechas.
No, era mejor entretenerla, por si acaso a mí me venía bien y remataba con Nadia. Si en el fondo, el muy hijodeputa, pretendía hacerme un favor aunque por las posturas y las cercanías que tenía con mi mujer, el favor se lo estaba ofreciendo a ella, no había duda. Aunque, a decir verdad, yo había hecho lo mismo con su mujer. Consolarla.
Mientras continuaba con estas disquisiciones no podía apartar la vista de ambos. A través del cristal de la terraza tenía una visión de primera fila y era imposible que me viesen. Raúl, echado encima de ella mientras besaba todo lo que a su alcance estaba hacía muy difícil que prestasen atención al intruso que al otro lado del cristal no perdía ni un solo fotograma de aquella escena. Mi mujer estaba disfrutando, conozco su reacción cuando le muerden suavemente el cuello y se arquea hacia atrás, como estaba haciendo justo en ese momento. Las manos de mi vecino y desde ahora rival, se perdían por debajo del top de ella buscando liberar las tetitas de mi chica, lo que hizo sin demasiado trabajo, dejando la prenda como si fuese un collar, alrededor de su cuello. Se apartó para tener una vista mejor de su pecho, a la vez que me escondí tras unos troncos del Brasil por si desde allí les daba por mirar hacia el jardín, en plan romántico. No perdía vista de lo que Selene le estaba entregando, porque fue ella la que aprovechando la distancia se empezó a bajar la cremallera del vaquero. Con parsimonia y sin dejar de mirar a sus ojos. Le estaba poniendo a mil la muy.....
Joder, y yo estaba a reventar con la escenita que le estaba haciendo Selene, allí, pared con pared. Me desabroché un poquito el pantalón, por aquello de la circulación sanguínea y de paso me regalé unas ligeras caricias que me vinieron la mar de bien. Mientras, dentro de la casa, mi mujer, con las piernas abiertas y tumbada en el sofá le ofrecía su tesoro a Raúl, el que no se hizo de rogar y enterró su cabeza entre los muslos de ella. Si hacía una buena faena la tendría de su parte para el resto de la eternidad, así era ella. Y por las convulsiones que describía su cuerpo él se estaba ganando la vida eterna. Selene debía de ir tan excitada que en breves momentos reconocí un gran orgasmo en su interior, apretó la cara de Raúl contra su coño, deseando introducir parte de él en su interior mientras su clítoris era besado hasta tocar el cielo. Que pena no poder oír sus gritos.
Aquello iba a hacer que me corriese, no podía imaginar que me excitase tanto ver a mi mujer disfrutar con otro, una vez superado los celos iniciales. Abracé mi polla con emoción, pensando que era ella la que iba a entrar en el coño de Selene. Volví la vista al interior y observé como ella, ligeramente recuperada y de rodillas en el sofá estaba maniobrando en los pantalones de Raúl pero la posición que ahora tenían ambos no me permitía ver exactamente qué pasaba. Sólo tenía una imagen trasera de él, los pantalones algo sueltos y los brazos de ella que, de vez en cuando, abrazaban su culo. No hace falta mucha imaginación para saber que le estaba comiendo la polla en agradecimiento a sus atenciones pero desde ese punto de observación a mí no me satisfacía la imaginación y necesitaba pruebas reales. Me desplacé hacia una pequeña ventana situada a la derecha de la puerta y desde la que tenía una perspectiva diferente, más elevada, más jugosa. Con verdaderas ansias, Selene hacía desaparecer la polla de Raúl dentro de su pequeña boca para después centrarse sólo en la amoratada punta y vuelta una y otra vez al jueguecito de magia de hacer desaparecer las cosas delante del público. Él estaba en la gloria porque sólo le acariciaba el pelo y le empujaba su miembro dentro con rítmicos golpes de cadera. Seguro que no estaban callados y hubiese dado medio brazo por oírles, pero la ventana estaba cerrada y me tenía que quedar con el cine mudo. Hubo un momento en el que parecía que se iba a correr, por como tensó el cuerpo pero ella, experta en esas lides, ralentizó su trabajo porque se quería reservar un premio mejor. De un único tirón le arrancó literalmente sus pantalones y pude ver como su polla se sintió libre y arrogantemente apuntaba al cielo, bueno al techo, ella se puso a cuatro patas, subida en el sofá y se bajó su precioso tanga que quedó enrollado a la altura de sus muslos, a mí esa imagen me volvía loco y con ella estaba incitando a Raúl a que la atravesase con su sable. Sabía incitar a un macho, había llevado su mano a la rajita para abrirla a su vista y hacer con ello que la invitación fuese irrechazable.
Desde mi torre de vigía pude comprobar como Raúl sujetó a mi mujer por las caderas y de un solo impulso le clavó la polla hasta lo más hondo de sus entrañas. La respuesta de su cuerpo fue como si hubiese recibido una descarga eléctrica porque se arqueó como una serpiente, se retorció sobre el miembro del asaltante y, unos segundos después, inició una danza de aproximación en la cual sus manos impulsaban el culo de Raúl para que la penetración fuese cada vez más profunda. Estaba disfrutando como hacía tiempo no le veía hacerlo. Esa imagen hizo que mi polla volviese a pedir asistencia y casi sin darme cuenta me encontré agarrado a ella e imprimiéndole un masaje muy agradable.
Dentro la batalla continuaba. Ahora era el agresor el que estaba decidido a dar una buena lección a su víctima, le había bajado la cabeza con fuerza hasta que las mejillas de Selene tocaban los cojines del sofá, su culo no podía estar más elevado y él no dejaba de bombear dentro de ella su polla, con ganas, con deseo, con pasión; estaban brillantes, sudorosos, creo que era por la falta del aire acondicionado aunque también estaban a tope. El castigo que le estaba infringiendo a mi miembro era cada vez mayor y ya empezaba a sentir los primeros cosquilleos que denotan que se va a llegar a un punto sin retorno, por lo que me contuve, no quería acabar antes que ellos. El momento era precioso, los tres estábamos a punto de corrernos aunque ellos no sabían que formaban parte de un suculento y distante menage a trois.
Como venía siendo habitual esa tarde algo empezó a marchar mal. Pude advertir como Raúl se retiraba y miraba angustiado hacia la puerta de entrada. A su vez, mi chica intentaba recoger sus ropas que estaban esparcidas por el salón mientras hablaban entre ellos de forma entrecortada. Esta vez no me hizo falta saber que decían. Seguro que alguien estaba intentando entrar en casa. ¿Sara?. Es posible, tal vez había pasado más tiempo del que parecía y ya le habían entrado ganas de volver a casa, igual para reencontrarse con su chico porque se sentía culpable de lo que había sucedido y estaba dispuesta a perdonarle su travesura anterior y la dudosa procedencia del sujetador perdido.
Venga, otra vez la carrera de salto de obstáculos. ¿La harán olímpica para el 2012?. Cerré mis pantalones como pude, para asegurarme que no me iba a caer en el traslado pero qué iba a ser de Selene. Por un lado me alegraba que no hubiesen podido acabar, como solía ser lo habitual, que se jodan, pero por otro, estaba en la gloria, se le veía tan arrebatadora y a mi no me hubiese importado abonar convenientemente los troncos de Brasil en una explosión conjunta de los tres.
Me trasladé con rapidez a mi salón, me tumbé en el sofá y me hice el dormido, era lo mejor para el momento y así podría pensar en los flecos de la situación para que todo pareciese normal. Sólo quedaba la reacción de Selene, pero no estábamos para reproches mutuos, lo importante es que Sara no advirtiese la presencia de mi mujer en su casa y para ello era importante que se diese prisa. Dejé la puerta de la terraza abierta, para facilitar su huida y como desde el salón tenía un sector de la terraza a la vista pude comprobar como, al igual que había hecho Nadia hacia unas horas, mi mujer saltaba la valla y se iba vistiendo a la carrera, aunque todavía tenía sus preciosas tetas a la vista y traía sus sandalias en la mano. Espero que no se le haya olvidado ninguna prenda. Sería el cuento de nunca acabar.
Terminó de vestirse en la cocina y haciendo alarde de una frialdad impresionante dijo en voz alta:
"Ya te vale, campeón, aquí dormido tan ricamente y la llave puesta en la cerradura. Como para una urgencia. Es que no tienes remedio", y se acercó a la puerta, quitó la llave de allí, la abrió y echó un vistazo para ver cómo andaba el rellano. Volvió a cerrar la puerta y despacito se fue acercando a mí, agarró desde abajo la ligera sábana que solemos usar cuando está puesto el aire acondicionado y tirando de ella exclamó:
"Pero que tenemos aquí..vaya, vaya,...un regalito para mí...vete a saber en quién estarás pensando ahora mismo. Espero que en mí porque voy a ser yo la que se aproveche de esta hermosura. Nío, despierta, vamos, o... mejor ya te despierto yo..." y se agachó con decisión hacia mi polla que estaba tan deseosa de ser tratada bien y hasta el final que creció rápidamente en su boca. Llevé mis manos a su cabeza para que supiese que estaba disfrutando de su llegada y eso era realmente lo que sentía, verdadero placer y saber que nadie nos iba a molestar esta vez.
No pasó mucho tiempo hasta que me encontré sentado en el sofá y con ella frente a mí, en cuclillas y cabalgando sobre mi endurecida polla, deslizándose desde la punta hasta la base sin que se saliese de su coñito, de circo. A cada bajada, mi chica soltaba un gritito que me hacía comprender que estaba a punto de correrse y yo no podía aguantar más así que aceleré las embestidas, ella se destapó del todo, nunca le había oído gritar así, sin morder ningún cojín, Raúl había hecho maravillas y me la había dejado en puertas. Desde aquí gracias, vecino. Ambos nos fuimos casi a la vez de forma estrepitosa y vaciándonos por completo como vasos comunicantes.
Caímos extenuados sobre la alfombra y poco a poco nuestra respiración se fue normalizando mientras continuábamos abrazados. Cuando los latidos de nuestros corazones dejaron oír los ruidos del exterior ambos pudimos percibir claramente, desde la casa vecina, las exclamaciones de Sara:
"Sí, sí, Raúl, me vas a matar,...perooo...no pares.....sigue así.....qué te pasa hoy....estássss.....como....nunca....ahhhh...cabrón.....me matas......ahhhhh....".
Todo había vuelto a su cauce, ese iba a ser un buen verano para los áticos.
Salud.
Nío

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Comentarios enviados para este relato
NuriayPascual (26 de August de 2009 a las 12:13) dice: lo dicho Nio, ni caso a ese, muy buneo, de lso mejores que has escrito y d elo buneo que he leido. Quizá pelín alrgo en algunso pasajes, peor original, dinamico, excitante, elegante, divertido, y muy bien escrito...

oswaldomunguia (13 de March de 2009 a las 04:31) dice: no mames. no lo lei, por largo y aburrido


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