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Mi Primer Experiencia - Parte 8

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Relato enviado por : Anonymous el 09/01/2017. Lecturas: 1390

etiquetas relato Mi Primer Experiencia - Parte 8 Intercambios .
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Resumen
Mi mente tenía vivo el recuerdo del momento en que disfruté su magnífico miembro. Haber tenido en mi boca ese fantástico pene y recibir su abundante semen era algo que seguramente jamás volvería a experimentar.


Relato
Mi primer experiencia total – Parte 8
Realmente en aquella noche de fiesta mi vida sufrió un gran giro. Haber concurrido a ese lugar me posibilitó trasponer el umbral de mis prejuicios, encontrando la liberación de mis deseos que tenía reprimidos desde el mismo comienzo de mi vida conyugal. Hoy no tengo prejuicios ni temores…todo vale.
Continúo con esta que la última parte del relato.
En ese show del sexo total y sumida en mis pensamientos, trataba de identificar en las penumbras, las sombras que se movían en distintas poses o incluso de pie o bailando. Entre esas sombras reconocí nuevamente la figura esbelta de mi sirviente moreno que pasivamente caminaba entre los invitados sirviendo alguna copa. Lo seguía con la mirada recordando el impacto que me había causado la primera vez que lo ví, con su cuerpo extraordinario y de nuevo volví a experimentar esa atracción. Mi mente tenía vivo el recuerdo del momento en que disfruté su magnífico miembro. Haber tenido en mi boca ese fantástico pene y recibir su abundante semen era algo que seguramente jamás volvería a experimentar. También recordé el episodio del moreno con la joven modelo, realmente fue algo brutal ver como la penetraba por la cola. Como la joven gritaba su dolor y a la vez rogaba por más pidiéndole al esclavo que le destrozara el orto, fue una demostración total del fervor masoquista de una mujer caliente. Luego el show del Esclavo con mi amiga Mabel, de quien verdaderamente sentía una envidia enorme pensando que se había deleitado con tan fabuloso trofeo.
De pronto vi que el moreno dejó la bandeja y se acercó a la Pantera que estaba cerca de él y luego de hablar un breve momento con ella, los dos se vinieron hacia donde estaba yo con mi esposo. El moreno se detuvo frente a mí con dos copas de fresco champagne y extendiendo su robusto brazo me ofreció una. Yo mirando a mi esposo se la acepté y luego de rozarla con la suya en un brindis sutil, que yo entendí como saludo de despedida, volví a quedar estática observando el cuerpo perfecto del esclavo que se recortaba sobrio en cada curva de su abundante musculatura. Me sentía tan atraída por tan hermoso ejemplar de la raza negra, que no podía desviarme de su mirada, sin notar que la Pantera se había sentado junto a mi esposo a charlar con él. El moreno sin dejar de mirarme a los ojos me tomó de la mano y lentamente me hizo poner de pie frente a él. Yo me acerqué atraída por su extraño magnetismo, para retribuirle el gesto con una muestra de simpatía, volteándome para transmitirle a mi esposo que sólo de eso se trataba. Lo ví muy entretenido con la Pantera y me volví enfrentando al moreno. En ese momento solo deseaba observarlo una vez más en mi apacible estado de satisfacción alcanzada. Me paré frente a él, dejando que me tomara las manos y volví a admirar su grandiosa figura. De nuevo pude apreciar tan cerca esa abundante musculatura envuelta en la brillante piel obscura. Al levantar la cabeza para despedirlo con un beso en la mejilla, me encontré con sus ojos claros que se enclavaron en los míos penetrantes y su mirada delataba el deseo de poseerme. Bajé la mirada lentamente observando como sus pectorales se hinchaban al respirar, su fibroso abdomen se mantenía duro y allí, algo más abajo a la altura de mi vientre, el prominente bulto bajo su blanco calzón. Mi mente se turbaba y aumentaba la presión de la sangre en mis venas. Mi cuerpo enfrentado al suyo dialogaban en silencio trasmitiendo un mensaje de atracción sexual mutua. Una o dos veces me voltee para ver si mi esposo me estaba observando pero él tenía su brazo sobre el hombro de la Pantera, con la mano alcanzando uno de sus pechos y ambos se besuqueaban sin dar cuenta de mi y del esclavo. Mi piel se erizó con solo pensar en volver a tomar en mis manos por un momento ese gigantesco órgano que nunca más volvería a ver, aunque no quería comprometerme con su dueño. Sin embargo él adivinó mis deseos y tomándome una de mis manos la llevó lentamente rozando su abdomen hasta introducirla bajo su prenda, haciéndome encontrar el oculto tesoro. Al sacar el maravilloso miembro y plegar su piel obscura hacia atrás vi florecer su bello pimpollo que casi no cabía en mi mano. Mi mente no se compadecía de mi cansancio y de nuevo la obsesión me doblegaba, haciendo que mis dedos acariciaran ese magnífico instrumento incitándolo a despertar para admirarlo en su plenitud.
Mi relajamiento se iba perdiendo poco a poco a medida que el maravilloso pene daba los primeros signos de rigidez comenzando a crecer con mis caricias, adquiriendo un grosor increíble. Sentía que el calor trepaba por mis piernas y un fuego se encendía en mi vientre, calentando mis pechos y alcanzando mi rostro, sonrojando mis mejillas en una excitación creciente que comenzaba a fluir por mi piel, contrariando mi intención de frenarla.
Con lentitud fui flexionando mi cuerpo casi inconcientemente hasta quedar arrodillada en el piso con mi rostro frente a ese imponente miembro semiendurecido, para poderlo apreciar en toda su magnitud. Una o dos lamidas hicieron que brillara esplendoroso el maravilloso botón como un enorme y rojo pimpollo bañado por el rocío.
Mi esposo quizá me miró un par de veces pero no dio muestras de querer detenerme, al contrario disfrutaba viéndome desde su placentero lugar entretenido con las caricias de su acosadora compañera.
El Esclavo correspondiendo mis designios, me trasladó a un espacio más pequeño a unos pocos metros de allí y se sentó en una mullida banqueta de patas cortas. Allí me tomó por la cintura, mientras yo sujetaba mi vestido por encima de mis pechos para que él me besara los pezones y el vientre, haciéndome delirar.
La Pantera ya estaba en plena acción sexual con mi esposo que con mirada de goce me observaba por momentos casi complaciente viendo mi acción con el negro. Seguramente la Pantera, al verme ahora a mí con este superdotado recordaba cuando él le había roto el culo más temprano.
Pero mi apetito de nuevo era voraz. Mi piel había recobrado el calor, mis ojos encendidos seguramente dibujaban en mi rostro el hambre de tener sexo con quién tanto había anhelado.
El moreno se recostó sobre la banqueta extendiendo sus amplias espaldas hacia atrás formando un arco con su cuerpo y apoyando su cabeza sobre unos mullidos almohadones que había sobre la alfombra. Allí apuntando al techo, se elevaba el impresionante penacho desafiante sobre la pelvis del moreno cuyo tamaño podía compararse con el de una botella de buen vino tinto, coronada con esa enorme cabeza rosado-grisácea.
Con su ayuda sujetándome de un brazo, levanté una de mis piernas cruzándola sobre su cuerpo a caballo y tomando la enorme pija la presioné contra mi vientre, pensando que era demasiado grande para mi pequeño cuerpecito.
Circunscribiéndola con los dedos índice y pulgar de mis dos manos, pude tantear el grosor de ese tronco que superaba los 6 o 7 cm de diámetro, porque era comparable a mi cono. Me paré en puntas de pie con las piernas bien abiertas, para enfrentar a mi sexo la voluptuosa cabeza sujetándola con mis manos. Un escalofrío me bajó desde el vientre hasta los tobillos. Podía sentir el calor del inmenso botón tocando los labios mojados de mi vulva lo que hacía erizar mi piel. Algo atemorizada busqué la mirada de mi esposo que no demasiado lejos, observaba mi acción mientras la Pantera le chupaba y masajeaba el pene.
Mi esposo con ojos extraviados por el goce, levantó una copa de champagne transmitiéndome su aprobación, porque de cualquier modo él había notado que lo mío ya era una franca obsesión por gozar con el moreno desde el primer instante que lo había visto en el salón cuando llegamos esa noche.
Cerca estaba Gatúbela que se había acercado del brazo de Tarzán, el esposo de la Pantera. Gatúbela se acercó y se colocó en cuclillas tras de mi para comenzar a acariciarme suavemente el sexo, haciendo que mi vagina impregnada en flujo comenzara a latir sedienta, preparándose para el acto sublime. Luego se ubicó adelante y le tomó la verga al esclavo para comenzar a chupársela con gran destreza.
En el espejo lateral podía ver como Gatúbela relamía la colosal pija morena que se hinchaba más y más rebosada en su tibia saliva mientras con sus dedos abría labios de mi vagina que se dilataba hambrienta. Luego ella me hizo levantar en puntas de pie para sostener el enorme botón apoyándolo en mi vagina.
Volvían a mi mente las imágenes entrecortadas de los combates que había tenido hasta llegar a éste último, el más esperado.
Miré nuevamente hacia donde estaba mi esposo para encontrar su aprobación, pero no estaba en el sillón, tampoco la Pantera. Busqué entre las luces y sombras y vi que ambos iban caminando hacia otro sector. Quizá él no quiso perturbar mi gran momento y también pensé que era mejor así. Saber que estaba por allí me era suficiente para no sentirme algo cohibida. No tenerlo a la vista me daba la libertad que necesitaba para desplegar mis más escondidos deseos y disfrutar al moreno con todas mis ganas.
Apoyando mis manos en los brazos del esclavo, podía disfrutar rozando mi vulba en la enorme cabeza. Entonces me cargué presionando sobre la firme verga, mientras los dedos de Gatúbela me extendían los labios para facilitar la penetración del duro y caliente botón. Mi mente volaba en el deseo, por segundos se formaba aquella imagen del caballo que alguna vez observé pastando excitado en el campo, con toda su verga desplegada y me sentía una pequeña y frágil potra a punto de ser copulada por un equino.
Al mirar el poderoso órgano, con su hinchado y duro botón bañado en saliva, vi como comenzaba a ser tragado por los labios totalmente abiertos de mi vagina, con los pequeños movimientos de pelvis que yo hacía. Al ver entrar la cabeza sentí como si fuera la de un bebe al parir. Mi concha se estiró al máximo para devorarla. Mi abundante flujo lubricaba la penetración de la enorme poronga. El paso de la cabeza me hizo soltar el aire de mi contenida respiración en un profundo suspiro, para gozar con el placer de haber logrado mi sueño.
En ese instante me acordé de Mabel y pensé que yo ahora tenía a mi disposición lo que ella había disfrutado tanto.
Con leves movimientos de mi pelvis fui descendiendo lentamente mi cuerpo para devorarme esa inmensa pija mientras la palpaba con mis dedos midiendo cada centímetro de penetración. Finalmente la cabeza tocó fondo, sintiendo una sensación de lleno total en mi interior.
El ritmo de mis movimientos fue de a poco en aumento con la media pija entrando y saliendo en un delicioso pistoneo, apoyada con mis manos sobre los brazos del moreno.
Apenas alcanzaba a apoyar los pies en la alfombra, ensartada casi colgando del firme garrote del esclavo, dejando afuera mas de 10 cm del grueso tronco que no lograría engullir.
En esa pose, intenté aflojar mis adoloridos músculos vaginales de tantos combates librados esa noche y comencé a balancearme muy lentamente con una impresionante calentura que ya me tomaba por completo.
Con ese movimiento iba aumentando mi goce y respirando profundo aflojaba mis piernas para apoyarme en la endurecida verga que presiona con su punta en el fondo de mi ser. Mi vagina ya adaptada al musculoso órgano que la llenaba por completo, dejaba escurrir el flujo por el contorno de los labios, en una perfecta lubricación que me permitía gozar inmensamente, haciéndome exhalar quejidos de placer.
El esclavo me tomaba por los glúteos y realizaba por momentos un acelerado pistoleo destrozándome las entrañas. Los golpes del botón en el fondo de mi caverna hacían que las gotas de sudor frío descendiendo por mi frente se encontraran con las lágrimas en mis ojos cerrados, bajando hasta mis labios apretados tratando de soportar el brusco golpeteo.
Así enclavada y con algo de temor al pensar que este caballo me podía desgarrar, sentí la sensación más increíble que jamás haya vivido. Me sentía como en mis jóvenes embarazos con semejante poronga en mi interior casi del tamaño de un feto de 9 meses.
Esto no me impedía acompañar con mis movimientos de sube y baja saboreando el deslizamiento de la grandiosa pija envuelta en su piel morena apretada contra las paredes de mi vagina ardiente, mientras la hermosa cabeza permanecía anclada en mi interior. Con mis manos palpaba en mi bajo vientre los deliciosos movimientos del gran botón que como un bebé, me pateaba con cada envión que hacía el moreno.
Con goce profundo, cabalgaba meciéndome hacia atrás y adelante, gritando mi inmenso placer rasguñando los pectorales del esclavo. Con apasionado fervor mi cola se movía en armónicos vaivenes observando tan majestuosa e increíble penetración del hinchado tronco entrando y saliendo mojado de mi dilatada cajeta.
Desenfrenada en el delirio de ese coito celestial, que me incitaba a culiar como una potra salvaje, sentí que dos manos me tomaron de las caderas levantando algo más mi cola. Maravillosamente expertas, estas manos me ayudaban a mecerme al compás del ritmo enloquecedor de mi frenética cabalgata. Con los ojos cerrados disfrutaba más aún esa colaboración que seguramente me ofrecía la amable Gatúbela. Sin embargo esas manos se sentían más fuertes que las de una mujer y al mirar en el espejo lateral descubrí que se trata nada menos que de Tarzán, el hijo del Domador. Este atractivo joven que tanto había hecho gozar a mi amiga Mabel, ahora estaba parado detrás de mí acunando su enorme bulto bajo el tapujo de cuero que lo cubría.
Gatúbela introdujo su mano bajo el taparrabo del hombre mono y sacó a relucir su espectacular vaina endurecida tan larga como la de su padre. Tomándola con sus manos comenzó a masajearla haciéndola crecer más y más para luego apuntarla al centro de mi maltrecho culito.
Sentí que la piel se me erizó y un frío invadió mi cuerpo, pensando lo que Tarzán maquinaba.
En ese instante vino a mi mente la imagen de la India doblemente penetrada más temprano por Drácula y el mozo y en un intento por evitar ese trance me sentí imposibilitada de liberarme de la poronga del esclavo que me tenía engarzada sin dejarme salir.
Mis deseos de goce sin límites se contraponían a lo que mi mente intentaba ordenar. Me sentía arrastrada en un delirio involuntario de querer probar la sensación maravillosa que había disfrutado mi amiga Mabel más temprano, al ser doblemente penetrada por Tarzán y el africano.
Ahora Tarzán pujaba para penetrar su botón en mi orificio anal que estaba cerrado por la presión de la gran poronga que llenaba mi vagina. Gatúbela dispuesta a ayudar tomó la pija de Tarzán y se la mamó rebosándola en saliva, luego continuó con mi ano abriéndome los glúteos para introducir su lengua en mi orificio y también sus dedos.
En el espejo del costado podía ver algo atemorizada, esa pija increíblemente larga del esposo de la Pantera que ella tomaba con sus dos manos para presionar con el hinchado botón en mi agujero intentando abrirlo. El esclavo sin sacarme su penacho, me sostenía por las caderas manteniendo mi cola elevada para que Tarzán se sirviera. Esto me hacía sentir como víctima de esa doble violación a la que me iban a someter.
Traté de calmarme y relajando mis glúteos aflojé la tensión de mi babeante agujero. Luego de varios intentos, soportando los fuertes embates del hombre mono, se produjo la forzada penetración del robusto botón que atravesó mi esfínter anal. Un grito áspero arrancó de mi pecho, mientras las lamidas de Gatúbela arrodillada salivando la extensa verga de Tarzán intentaban facilitar la introducción que avanzaba lentamente en breves enviones, arrancando mis quejidos de sufrimiento. Yo me mantenía prácticamente inmóvil tratando de evitar el dolor.
Mis manos se aferraban a los pectorales del moreno y mis uñas se enterraban en su piel. En el espejo lateral podía ver esa pija interminable que en lentos bombeos se iba perdiendo, partiéndote el orto.
Incluso pude sentir cuando el duro botón de Tarzán rozó al pasar la magna cabeza de la verga del
esclavo. Podía sentir por momentos el roce de los dos botones de esas dos tremendas pijas que en movimientos de ida y vuelta se tocaban en mi interior.
No podía creer que me estaba tragando esas enormes pijas, aunque la presión de los testículos de Tarzán en la puerta de mi ano me decía que la tenía enterrada hasta el tope sintiendo que el botón me punzaba el estómago.
Con mis caderas abiertas al máximo como si mi frágil cuerpito se fuera a partir en dos, clavado con ese par de pijas gigantes que respiraban dentro de mí, con los ojos muy abiertos, envueltos en lágrimas casi saliéndose y mi cuello hinchado, escuchaba por sobre la música mis propios sollozos que escapaban incontenidos desde lo profundo de mi ser.
Sin embargo, la tentación de vivir esta extraordinaria experiencia me empujaba a continuar observando hasta el más mínimo detalle de la magistral penetración doble que me estaban prodigando esos dos sementales. Ver como se balanceaban los dos machos en armonioso bombeo, hicieron que poco a poco el goce fuera ganándole al dolor.
Al bajar la cola sentía entrar el grueso tronco del esclavo que ocupaba mi vagina casi hasta el tronco, mientras Tarzán se retiraba sacándome la mitad de su extensa pija. Luego el moreno levantaba mi cola haciéndome rozar en el clítoris la salida de su enorme poronga dejando solo la cabeza adentro, haciendo que Tarzán me la enterrara hasta el tope, aplastando sus bellos en mi culo y golpeando sus huevos en el tronco del moreno. En este doble bombeo, el espumoso esperma que aún guardaba en mi interior, brotaba ruidoso de mis dos agujeros como un chapoteo en la lluvia.
Esto me producía una doble sensación maravillosa de placer en lo profundo de mi vientre donde se rozaban los dos botones entre sí. Jamás hubiera imaginado que mi frágil cuerpito, podría guardar en su interior esos dos músculos viriles tan enormes e hinchados. Lo que hacía unos minutos me causaba temor y dolor ahora me enloquecía y me incitaba a moverme para buscar el placer total. De a ratos sentía que me faltaba el aire y debía respirar cortito para poderme oxigenar mientras las dos porongas se rozaban entre sí apretadas, presionando mis vísceras y pulmones como dos pistones que entraban y salían de mi cuerpo en rítmico bombeo. Esto elevaba mi excitación al máximo y me incitaba a moverme con más fuerza a pesar de estar tan bien anclada. Mi calentura era total y sentía fuego en mis entrañas lo cual hacía que se dilataran más mis tejidos permitiéndote culiar en una excitación incontenible.
En el viaje desesperado en busca de un nuevo orgasmo, mi locura no dejaba lugar al sosiego. Con feroces movimientos y soltando alaridos de placer me sumergí en el intenso goce de ese clímax feroz y espectacular. El cosquilleo era continuo y me incitaba a acabar con agitada desesperación. Yo bombeaba en puntas de pie sobre la poronga del esclavo, como queriendo devorarle los huevos, mientras Tarzán me la metía hasta el tope y sacaba, sin pausa. En un estado febril de excitación total fui descargando uno tras otro mis dos o tres orgasmos como un volcán en erupción arrojando su lava ardiente.
Ese clímax fue verdaderamente el más grandioso que viví esa noche.
Luego poco a poco mi cosquilleo fue menguando al igual que los movimientos de mis dos machos.
Al cabo de unos segundos de volver a la realidad, ví que ellos no habían acabado. Cuando aún yo continuaba con algunos espasmos febriles, Tarzán me la sacó del ano, dejándome un vacío enorme al liberarme de su extensa pija y el esclavo me levantó para desenterrar su enorme poronga que estaba hinchada como una bondiola.
Tarzán me tomó de los brazos, me ayudó a desmontar y me giró colocándome frente a él. El Moreno me sujetó por la cintura y entre ambos me izaron sosteniéndome en el aire como un peluche. Mi concha babeaba, engujada con la miel de mis orgasmos y mi ojete seguía latiendo aún dilatado con el ardor de la violenta penetración que me había prodigado Tarzán.
Yo permanecía inmóvil con mis piernas abiertas apoyadas en las caderas del esclavo. Gatúbela se acercó nuevamente para tomarle la poronga al moreno y apuntarla al centro de mis cachetes. Cerré mis ojos sabiendo lo que se proponía. Intenté sujetar sus brazos para detenerla, pero ella sabiendo lo que querían mis dos hombres, resuelta me separó los glúteos para expandir más aún mi esfínter. Yo estaba verdaderamente agotada y no sabía si quería más. Ahora el gran botón del moreno guiado por las manos de Gatúbela, pujaba en el anillo de mi ano tratando de atravesarlo. Ella lo sujetó por el tronco con una de sus manos para que no se desviara mientras que con la otra mantenía abierto mi ojete.
Lo sentí entrar como una manzana en el orto. Mis gritos y gemidos fueron patéticos. El moreno me sujetaba por la cintura haciendo que mi cuerpo bajara muy lentamente. Gatúbela impregnaba con saliva la hinchada poronga para lubricar la dificultosa penetración. Yo solo transpiraba y contenía el aire en mis pulmones por segundos, para luego soltarlo en gritos ahogados.
Creo que quedé apoyando mi culo en la pelvis del moreno sintiendo que la punta de su verga me golpeaba en el abdomen donde la podía palpar con mi manos. El esclavo cubrió mis pechos con sus enormes manos y me tumbó hacia atrás recostándome sobre su torso.
Tarzán, aceptando el obsequio, de inmediato se acercó y abriéndome las piernas me apoyó la cabeza de su pija en la vagina. Sin mucho preámbulo me la empujó en dos o tres enviones para hacerla llegar hasta el fondo.
Traté de relajarme. Mis piernas temblaban sobre los brazos de Tarzán en un reflejo involuntario.
Los dos comenzaron nuevamente a bombear sus porongas con suaves pero marcados movimientos amacándome en una infernal cogida, haciéndome ver hasta la estrella más recóndita. Intenté soportar con los labios apretados y los ojos cerrados. Mis agujeros se iban acomodando a los enormes invasores.
De pronto vi que Drácula se había acercado al rincón donde estaba con mis dadores y se detuvo posicionándose a uno de mis lados. El hombre vampiro me tomó del cabello haciéndome ver como se masajeaba su pene cerca de mi rostro. Con cierta expectativa a pesar de mi dolor anal, vi que se cumpliría mi fantasía de tener tres hombres a mi disposición. La pija de Drácula estaba muy firme y su botón parecía un sabroso bombón que comencé a saborear con la lengua cuando él me lo puso en la boca.
Muy cerca, un hombre de raza negra del que apenas distinguía en la oscuridad el blanco de sus ojos y su dentadura, observaba sonriente el fabuloso espectáculo. El negro se mostraba dispuesto a participar del show y al acercarse con su magna musculatura ví que tenía brazaletes y tobilleras con flecos, identificándolo con la descripción que Mabel me había hecho del africano en el jardín.
Al sacar fuera de su slip el oscuro armamento de formidable tamaño, no me quedaron dudas que se trataba del negro que se la había cogido a mi amiga junto con Tarzán.
Se colocó del otro lado de mi cabeza, acercándome también su órgano. Se lo tomé con mi otra mano y pude apreciar como lentamente tomaba rigidez y crecía hasta alcanzar un tamaño similar al del Esclavo.
Mabel no había exagerado nada con la descripción de potencia y tamaño que me había hecho del esclavo y del africano, diciéndome que la raza negra tiene los ejemplares machos más dotados del universo y yo en ese momento lo pude comprobar.
El Negro y Drácula delataban la ansiedad en sus rostros, deseosos que los calmara con mi boca sin más demora. Realmente se cumplía mi máxima fantasía. Cuatro machos para mi sola. En busca de un goce total tomé en cada mano esas hermosas y duras pijas como si fueran dos haces de basto, uno blanco y el otro negro. Ya con el goce de las dos porongas que perforaban mis dos agujeros y se abrazaban en mi vientre, con un placer inconmensurable comencé a chupar esas dos pijas deliciosas. Entregada al goce total en el delirante viaje que me arrastraba a un sublime final, mi cuerpo se retorcía en eróticos movimientos, mi garganta espetaba gritos ahogados de placer y también del dolor de sentir mi orto desgarrado. Mis manos se aferraban a mis machos y mi cabeza se movía agitadamente a uno y otro lado para chupar esos fabulosos penes con desenfreno.
El ardor en el orto y la saciedad en mi vagina se mezclaban con la maravillosa sensación del cosquilleo que nuevamente invadía mi cuerpo.
Mis hombres me sacudían con ritmo armonioso y cada vez más enérgico como si me fueran a destrozar, porque también ellos estaban llegando a su final.
En desesperados brincos de máxima excitación empecé a sentir los pulsos de mi ardiente cajeta que ya, en un orgasmo atroz, arrojaba su abundante flujo caliente al mismo tiempo que la blanca pija de Drácula, comenzó a expulsar su maravillosa eyaculación salpicándome los labios y las mejillas sonrojadas.
Para impedir que el néctar se perdiera, me la devoré empalagándome con tan cuantiosa cantidad del exquisito líquido lechoso que tragué a borbotones dejándome en el paladar ese delicioso sabor agridulce. Esto me calentó más aún y sin poder detener mis bríos, sentí estremecerme en un nuevo orgasmo esta vez recibiendo la hermosa sensación del tibio esperma que Tarzán comenzaba a descargarme en la concha. Sentía su pija hinchada al máximo, que me golpeaba en el fondo de la cajeta entregándome en lo profundo su contenido como lava de volcán. Mis movimientos eran cada vez más feroces liberando ese orgasmo que se me hizo interminable. Pero el maravilloso cosquilleo no abandonaba mi cuerpo y a pesar del agotamiento de mis músculos no podía parar de mover mi pelvis.
Tanta calentura me había deshidratado y sentía reseca mi garganta. Entonces llegó el momento de saciarla con la rica pija del negro, que saboreaba con mis labios y lengua, tragándomela hasta el esófago mientras la masturbaba intensamente para hacerla acabar. Ansiaba succionarle al negro hasta la médula. Se la chupé y relamí con apetito desesperante hasta que al fin sentí que el conducto inferior de su pene, apoyado sobre mi lengua, se hinchó al pasar el primer golpe de semen que impactó en lo profundo de mi garganta. Continuó con una grandiosa eyaculación que con dificultad tragué haciendo arcadas para mezclarla en mi vientre, con las anteriores dosis lechosas.
Tarzán poco a poco fue decayendo hasta que se retiró liberándome de su ancla. Al sacármela sentí un alivio que me permitió respirar profundo. Me incorporé apoyando mis manos en el vientre del moreno, para levantarme y deshacerme de su pene, pero su extrema rigidez y las manos del esclavo tomándome de la cintura sin permitirme salir, me hicieron entender que deseaba continuar seguramente hasta consumar su
potencial descarga que venía conteniendo desde sus anteriores combates.
Casi moribunda comencé a balancearme muy lentamente intentando ser su abnegada esclava. Mi cuerpo aún palpitaba con la excitación que lo invadía. Sentía mi recto dolorido. Cuando el moreno levantaba sus glúteos para hacerme sentir el enorme botón en lo profundo de mi vientre, lo podía sentir y acariciar a la altura de mi ombligo con cierto placer masoquista. Yo misma me tomaba los senos calientes apretándolos como si quisiera arrancarlos de mi pecho y también agitaba mi clítoris para apaciguar con el gustoso cosquilleo de mi vulva, el dolor de mi trasero.
En contínuos movimientos y con la voluntariosa sumisión de brindarme plenamente al moreno, en ese grandioso coito anal, comencé a pedirle que por favor me partiera el orto. Ya de nuevo, en ese morbo de goce y sufrimiento, el cosquilleo invadió mi cuerpo entero y me propuse hacer terminar al macho que me estaba matando. Sin reparar en el ardor de mi orto empecé a cabalgar dando brincos feroces como si quisiera devorarme los huevos del moreno al que de reojo veía con su rostro tenso delatando que estaba llegando a su final. Tomándome con sus grandes manos por la cintura me subía y bajaba velozmente masturbándose con mi cuerpo su gigantesca verga que se hinchaba cada vez más como si fuera partirme en dos. Yo continuaba pidiéndole que me diera más, que me destrozara el orto, que me partiera en mil pedazos. En ese estado febril de excitación total, agitándome la vulva sin cesar, comencé a descargar un feroz orgasmo.
Entonces el moreno se puso de pie en el piso, parándome sobre la banqueta. Me sujetó con sus manos flexionando algo hacia atrás mi cola y comenzó a sacudirme violentamente. La enorme y musculosa figura del moreno cobijaba en un apretado bombeo a mi pequeña silueta que seguía brincando con mis últimos impulsos sintiendo tan enorme poronga hinchada al máximo, en el interior de mi ano. Sentí que los golpes de leche en fuertes impactos inundaban lo más profundo de mi intestino quemándote el vientre en un placer infernal.
Aferrada al moreno sentía que me destrozaba el orto, ahogándolo con la descarga de tanto semen. El orgasmo del moreno era magistral y en cada bombeo, hacía que escurriera junto con el semen que me había entregado Tarzán, goteando espumoso por mis piernas.
Finalmente poco a poco la locura se fue disipando y los movimientos se hicieron más suaves. Mi volcán interior se fue apagando y sentí que poco a poco la calma llegaba a mi cuerpo destrozado, también el dolor.
Me quedé unos instantes parada sobre la banqueta, apoyando mi espalda sobre el pecho del moreno. Mis piernas temblorosas apenas me podían mantener en pie. Al tiempo la gran verga comenzó a ablandarse muy pero muy lentamente, vencida en el combate que había librado en lo profundo de mis entrañas. Al liberarme luego de unos minutos de ese gran pene, me quedó una sensación de vacío interior y dolor. Me paré en el piso frente a él viendo como su gran verga desplegada en el vacío se balanceaba con su botón sonrojado rozando su muslo donde dibujó un par de pinceladas con mi sangre. Luego levantó su calzón para cubrir tan formidable órgano.
Fue la última vez en mi vida que ví algo así.
Luego de despedirse de mí diciéndome que era una mujer extraordinaria y muy valiente, comenzó a caminar alejándose lentamente hacia otro sector. Su figura se fue diluyendo en la oscuridad dejando en mi mente mil preguntas sin respuestas.
Yo volví al sofá donde me dejé caer casi desmayada y allí recostada y algo acalambrada incliné levemente mi cabeza, para ver a mi alrededor a esas parejas que habían sido artífices de múltiples intercambios. Algunos aún continúan en sus batallas sexuales.
Palpé mi ano que se florecía hacia afuera como una rosa encarnada, manchándome con sangre los dedos. Cerca de donde yo me encontraba, el joven Tarzán y otro hombre se deleitaban con la ardiente Gatúbela que en un sándwich erótico, recibía por delante y por atrás los preciados miembros de sus contendientes. En otro rincón cercano alcancé a distinguir la silueta de una mucama, era mi amiga Mabel. Sin duda ella había caído, al igual que yo, en el vicio de esas pasiones eróticas y se retorcía en fantásticas contorsiones con el cariño que le brindaba una hermosa dama que le relamía los pechos, mientras un hombre disfrazado de Batman se la cogía ceremoniosamente. Su esposo el Pirata estaba en otro rincón con otro caballero, sirviendo a otra joven mujer.
Jamás imaginé tamaña orgía como la que se había desatado en esa noche de sexo total.
Sentía mi cuerpo destrozado y agotado, con las caderas adoloridas y la cola ardiendo, colmada con tanto esperma en mis agujeros y estómago, como nunca había tenido en mi vida.
El espeso y lechoso líquido brotaba brillante por mi vagina sonrojada y por el agujero anal florecido y aún dolorido, chorreándome por las piernas hasta morir en mis traginadas botas negras con rayas blancas que aún tenía puestas. Mi pequeño vestido de cebra estaba totalmente empapado en sudor y semen y mi colaless, vaya a saber dónde quedó.
Mi esposo había regresado y se había sentado a ami lado, yo me recosté moribunda en su pecho, y en mi mente le agradecí el haberme permitido vivir tan hermosa velada
Luego llegó mi amiga Mabel, caminando con declarado cansancio del brazo de su esposo y los cuatro, sin mayor diálogo, acordamos marcharnos. En el viaje de regreso, totalmente adormecida en la calma del amanecer que llegaba, fui repasando con mi mente nuevamente los momentos vividos sin prestarle atención a los comentarios de mi amiga sobre lo lindo que había estado la fiesta.
Durante un par de días mi cuerpo padeció el cansancio y el dolor en mis preciados agujeros, que mantenían vivo el recuerdo de todo lo vivido esa noche de sexo con tanto semen recibido y los increíbles orgasmos que disfruté.
Luego de esa noche hemos vivido con mi esposo varios encuentros con nuestros amigos que conocimos en aquel lugar.
El rubio Vikingo se llama Franco Blender, ingeniero, descendiente de holandeses, tiene 43 años y su bella y escultural esposa disfrazada esa noche de Amazona, es una hermosa sanjuanina de 32 años de piel tostada y ojos verdes, profesora de aeróbic. Su debilidad es gozar con los esposos de las parejas nuevas y no se privó de hacerlo con mi esposo esa noche. Con ellos nos hemos encontrado un par de veces. Gatúbela de 40 años, con su marido Drácula de unos 45, son integrantes anónimos que por primera vez asistían a ese lugar, probablemente nos hayamos cruzado en alguna otra fiesta. Tarzán es Carlos Acosta, de 38 años, reside en Palermo y juega al voley. Su esposa la chica disfrazada de Pantera, es Vilma Costa, modelo publicitaria, tiene 27 años. Luego de esa noche, la joven estuvo tres días sin poder trabajar, hasta recuperarse de las heridas que el esclavo le produjo en el ano. La madre de la modelo, la hermosa e interesante India es Ana Ramírez, ex-modelo, tiene 56 años y reside en Mar del Plata con su esposo de 64, el médico cirujano estético, esa noche devenido en Domador de fieras. El esclavo de piel morena y ojos claros, es Joao Batista, de 48 años, un grandote brasilero ex-jugador de fútbol, que reside con su mujer en Entre Ríos. Ella es Ana Belén, una hermosa peruana de 52 años que esa noche atendió el guardarropa donde tuvo sus relaciones con otros hombres. Nunca hemos podido concretar un encuentro con ellos pero es una deuda pendiente que intentaré saldar pronto.
En particular con mi esposo hemos mantenido una buena relación con la familia del cirujano. Si bien mi marido no se lleva tanbien con su esposa, tienen mucha afinidad con la hija y ambos la pasan muy bien cuando nos reunimos en la casa de ellos o en la nuestra. Yo disfruto y gozo mucho con el cirujano y también con su hijo, especialmente cuando ambos me penetran al mismo tiempo.
FIN

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