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Mi suegra, nuestra maestra sexual

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Relato enviado por : Anonymous el 05/05/2016. Lecturas: 7323

etiquetas relato Mi suegra, nuestra maestra sexual Amor filial .
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Resumen
Mi suegra nos enseña a hacerlo mejor


Relato
Una noche, mi mujer tenía muchos deseos de hacer el amor. Hospedábamos a mi suegra, quien se había divorciado tres meses atrás. Siempre la había mirado con ojos de deseo, pues a sus 50 años su figura lucía fenomenal. Ella era delgada y con el cabello bastante corto en tono rojizo oscuro. Unas tetas grandes y firmes hacían de ella un suculento manjar, y aún más sus anchas caderas y gran trasero.
Desde que llegó a nuestra casa, mi mujer y yo teníamos relaciones en menor grado y hacíamos poco ruido para que ella no escuchara, lo que me frustraba considerablemente. Tampoco me dejaba hacerle sexo anal como antes. Pero esa noche ardía en fiebre de sexo y por supuesto que yo le cumpliría su gusto.
Mi mujer me esperaba en la cama en tanga de hilo que bordeaba su firme trasero y un brasier muy corto que cubría sus senos de buen tamaño, aunque no tan grandes como los de mi suegra. Ella tenía el cabello largo, color negro y algo ondulado. Su sonrisa siempre me había parecido hermosa y sugerente. No era tan alta, pero su bello físico llamaba la atención de cualquier hombre. Con sólo mirarle el trasero tan firme uno podía experimentar una poderosa erección. Usualmente depilada, había optado por dejarse el vello, que le sobresalía del pequeño triángulo rojo de la tanga en todas direcciones. Me acerqué y me despojé de la ropa, quedando únicamente en el bóxer negro que a ella le encanta.
Como toda buena esposa, se arrodilló y bajó el bóxer, dejando al aire mi pene ya muy erecto. Dieciocho centímetros no pueden considerarse nada mal, a lo que ella abrió la boca y comenzó a chuparlo usando la lengua y moviendo la cabeza. Hacía movimientos rápidos, pues su calentura era muy fuerte. A pesar de nunca haber sido muy buena en el oral, lo hacía bastante bien. Ambos teníamos 25 años.
Unos minutos pasaron cuando la puerta se abrió y apareció mi suegra en lencería negra. Mi mujer y yo nos sorprendimos, pero ella nos tranquilizó y confesó que llevaba varios segundos observando la escena. Miró a mi esposa y le dijo tajantemente que hacía mal el oral y que ella le enseñaría a hacerlo mucho mejor. Mi mujer no comprendió al momento, pero mi suegra se acercó y se arrodilló en donde ella estaba, tomando firmemente mi pene con sus delgadas manos.
- Para tener feliz a tu marido, siempre debes cumplir sus deseos sexuales, hasta los que menos te gusten -dijo mi suegra-. Así nunca buscará a otras mujeres que satisfagan sus necesidades. Observa cómo lo hago.
Acto seguido, escupió cálida saliva sobre mi pene y lo masturbó, mientras yo seguía conmocionado por la sorpresa (sobre todo por el morbo).
- Es importante que el hombre tenga un atractivo visual – afirmó mientras se quitó el brasier con la mano libre. Sus enormes senos quedaron expuestos, coloreados por pezones cafés bastante duros.
Mi mujer, cuya reacción esperaba completamente agresiva ante las propuestas de mi suegra, se mostraba completamente atenta, como si fuera la lección más importante de su vida. Acto seguido, mi suegra abrió la boca para introducir mi pene en ella. Lo hacía como profesional, llevándose el pene directamente a la garganta, mientras finos hilos de saliva escurrían desde sus labios hasta sus tetas. Los hilos fueron tornándose más gruesos cada vez que chupaba con fuerza.
- Ahora es tu turno de poner en práctica lo que has visto – le ordenó mi suegra. – Ya sabes lo primero que debes hacer, linda.
- Sí, el atractivo visual – respondió mi mujer, ahora con una sonrisa en la cara. Se despojó del sostén y sus tetas blancas quedaron al aire. Sus pezones rosados estaban aún más duros que los de su madre.
Mi pene estaba suficientemente lubricado por la saliva de mi suegra, por lo que mi mujer no tuvo necesidad de escupirle y se la llevó directamente a la boca. De vez en cuando bajaba para lamer mis testículos en lengüetazos rápidos y cortos.
- Hijo, prepárate para el mayor placer que puede tener un hombre en su vida – dijo mi suegra mientras acercaba su rostro a mi pene y sacaba su lengua para lamerlo de arriba hacia abajo. Y ahí estaban madre e hija, haciendo uso de su habilidad para el sexo oral al mismo tiempo. Mientras una envolvía mi pene con sus labios, la otra lamía mis testículos, y viceversa. Iban recorriendo todo el pene con la lengua, mientras sus lenguas chocaban en uno que otro momento.
Las dos se detuvieron para acostarse en la cama, una junto a la otra. Mientras me acercaba a mi mujer, mi suegra le quitaba la tanga, dejando salir sus vellos negros. Sorpresivamente, mi mujer hizo lo mismo para ayudar a su madre a quitarse el calzón.
Grata sorpresa fue ver que no eran tan diferentes, pues mi suegra también tenía una vagina muy peluda. Sus vellos cafés eran más prominentes que los de mi esposa.
- Espero te gusten las peludas. Déjame ver que tan bueno eres en el oral – dijo mi suegra, quien se acercó al vientre de su hija para evaluar mi habilidad.
Besé el velludo monte de venus de mi mujer al tiempo que bajaba hasta su vagina. Estaba húmeda como pocas veces, lo que sirvió mucho para darle placer instantáneo. Mi lengua recorrió entonces toda la concha de mi esposa, entrando en ocasiones a su deliciosa cueva. Sus gemidos se intensificaban más y más.
- Lo haces muy bien, pero podrías usar tu lengua para lamer el clítoris en círculos – afirmó mi suegra. – Ven a mí y te enseñaré cómo hacerlo.
Acto seguido abrió sus piernas para dejar a la vista una vagina muy bien conservada. Podía decirse que no tenía mucha diferencia con la de mi esposa, salvo en el color de los pelos. Al comenzar a lengüetear esa hermosa concha madura, los pelos me cubrían la cara y su humedad se comparaba a la de su hija. Noté un movimiento de caderas en ella, lo que indicaba que iba muy bien. Me dijo cómo debía lamer exactamente y así lo hice. Las piernas de mi mujer seguían abiertas mostrando su bello coño. Sin decir mucho, me alejé de las piernas de mi suegra y volví a las de mi mujer a aplicar lo aprendido con su madre. La respuesta de placer fue instantánea, dando gemidos muy altos y expresiones de completo goce. Mi suegra sonreía mientras contemplaba la escena.
Noté el movimiento de la señora hacia mi pene y cuando la calidez de su boca lo envolvió placenteramente. Mi esposa se levantó y acompañó a su madre a comerme la polla. Era realmente hermoso contemplar a la madre y a la hija trabajando en equipo dar placer, usando sus bocas y lenguas envolvían toda mi verga, chocando en muchas ocasiones. Estuvimos así por varios minutos, deseando que ese momento no terminara jamás.
Me incorporé al mismo tiempo que ellas y las besé apasionadamente mientras mis manos tocaban los contornos de sus hermosos culos. Mi mujer besaba tiernamente a diferencia de su madre, quien usaba mucho la lengua.
No has dejado de verme los senos desde que me quité el sostén – observó mi suegra con una sonrisa pícara en el rostro. - ¿Por qué no bajas un rato a nuestras tetas?
Así que sus palabras fueron órdenes para mí y les lamí todos los pechos. Cuatro hermosas tetas frente a mi rostro colgaban y brillaban llenas de mi saliva. Pasaba de las tetas firmes de mi mujer a las enormes tetas de mi suegra, con pezones color café. Mientras mi lengua recorría sus hermosas figuras, mis manos jugaban con las selvas peludas que tenían en la vagina. Ambos coños estaban muy mojados y el clítoris de las mujeres asomaba muy duro.
Al levantar mi rostro, mi suegra tomo a mi esposa de la mano y la llevó al borde de la cama. De espaldas a mí, le ayudó a inclinarse y dejar su bello ano color rosa expuesto. La madura hizo lo mismo y con ambas manos abrió sus nalgas. Pude entonces contemplar el otro culo bien abierto, con pocos vellos negros alrededor de ese ano que tanto morbo me daba. Con movimientos de cadera, las dos mujeres meneaban sus traseros ante mi rostro. Definitivamente quería follar esos bellos culos, pero primero debía meterles el dedo. Así lo hice Coloqué mis dedos medios en sus bocas para lubricarlos y lentamente los metí justo en sus traseros. Suavemente sentía mis dos dedos entrando en una zona ardiente y apretada. Sacaba un dedo de una mientras que el de la otra mano entraba, y viceversa. Al terminar de jugar, decidí explorar esas zonas prohibidas.
Fui al ya conocido ano de mi mujer y enterré mi cara entre sus bellas nalgas pálidas. Mi lengua exploró cada pliegue anal que tenía y bailaba de arriba abajo haciendo sonidos que me parecían excitantes. Olía a sexo del bueno, siempre había sido muy higiénica. Por momentos bajaba a lamer la concha tan mojada que mi mujer tenía.
Cuando estuve ebrio de lamerle la cola, pasé al culo enorme que tenía a mi derecha. Las nalgas de mi suegra no eran tan firmes como las de mi mujer, pero sus anchas caderas incitaban a darle excitantes nalgadas. El impulso fue poderoso y me arrojé directamente a lamer ese hueco que todos los hombres del mundo disfrutan penetrar. El sabor era diferente pero igual de caliente que el de mi mujer. Sentí el calor que irradiaba el agujero, mientras besaba y lamía aquella zona que tanto morbo me daba. Metí mi lengua para explorar esas oscuras profundidades, despertando gemidos en mi caliente suegra. Mi mujer se puso de rodillas y sorpresivamente me ayudó a abrir las nalgas de su madre. La miré mientras me encontraba lamiendo el culo de su madre y pude ver que tenía una sonrisa muy pícara.
Creí que mi mujer no accedería, pero me separé de las nalgas de la madura y la besé con fuerza. Su madre, aún en cuatro patas, se levantó y se unió al beso. Era el morbo más intenso que alguien podía experimentar. Ahí estaban, madre e hija besándome luego de haberles lamido los culos.
Era el momento de la penetración. Mi mujer se acostó en la cama, recostando su nuca en una almohada y extendiendo los brazos. Besé su cuello, pasando a sus rasuradas axilas y usando la lengua para disfrutar nuevamente sus pechos. Con suavidad metí mi polla hirviendo dentro de su peluda vagina y la comencé a coger suavemente.
- El truco consiste en el ángulo – dijo mi suegra. – Debes alcanzar el punto G, que es en donde siente placer una mujer.
Acto seguido, tomó mi pene con la mano y apuntó hacia otra dirección. Cuando embestí a mi mujer, los gemidos de esta aumentaron más y más. Era la dicha más grande poder hacerlo con una mujer mientras besaba a su madre. Más morboso fue que la madura se acercó a la penetración y sacó mi verga mojada de la vagina de su hija para chuparla profundamente. No tenía límites.
Volví a penetrar a mi mujer y al poco rato decidí cambiar. Realmente tenía que durar para satisfacer a las dos zorras. Acostado en la cama, esperé a que mi suegra se sentara en mi duro pene. Era lo que había soñado y se hacía realidad.
Miré como mi pene se desaparecía por completo en ese triángulo peludo que tenía la experimentada mujer. La sensación de placer fue inmediata. No era tan estrecha como la de mi esposa, pero sus movimientos sin duda eran mejores. Brincaba y sus tetas rebotaban al ritmo de sus caderas. Con mis manos las oprimí con fuerza. Mi mujer no perdió el tiempo y acomodó su trasero en mi cara. Su vulva quedó en mi boca mientras mi nariz exploraba su ano. Frente a frente, las mujeres se movían lujuriosamente sobre mi cuerpo. Mi polla caliente penetraba en las profundidades de mi suegra, mientras el sabor delicado de la vagina de mi mujer se mezclaba con mi saliva. Por momentos, abría las nalgotas de mi mujer y lamía su ano, metiendo mi lengua lo más que podía llegar. Mi suegra desmontó y recorrió mis huevos con su delicada lengua. Mientras tanto, mi esposa se inclinó en dirección a mi pene, chupándolo profundamente al tiempo que yo seguía lamiendo su deliciosa vagina. Una vez más, madre e hija compartían mi pene, llenándolo de saliva espesa y caliente. Estuvimos un buen rato así y pensé que no resistiría más, pero me aguanté como pude y cambiamos de posición.
Al tiempo que me incorporaba, mi mujer se acostaba en cuatro patas y levantaba el lindo culo que tenía.
- Es hora que me la metas por atrás – me dijo al tiempo que abría sus nalgas y dejaba a relucir el pequeño ano rosado, ya un tanto dilatado.
- Bello culo tienes, querida – afirmó mi suegra mientras contemplaba la escena. – Hace falta lubricarlo un poco.
La madura se acercó peligrosamente al culo de su hija y escupió en él. Con mis dedos me encargué de dilatar esa cola, metiendo uno, dos y hasta tres dedos.
Metí poco a poco mi pene en el culo de mi mujer, mientras mi suegra le acariciaba tiernamente el cabello y le decía que se relajara un poco.
- Entre más tensa, más difícil será – aseguró la señora.
Por fin, la cara de mi esposa cambió de incomodidad a placer. Eran esos momentos cuando más disfrutaba del sexo anal. Poco a poco embestía a mi hembra, y con el paso de los segundos lo pude hacer con más fuerza. Mientras yo sentía el caliente recto de mi esposa, pude observar cómo su madre se acariciaba a sí misma la peluda selva. Acerqué su cara a la mía y la besé apasionadamente.
- Se debe lubricar luego de los primeros minutos del anal – dijo mi suegra.
- Pero no tenemos ahora lubricante – contestó mi mujer.
- La saliva es el mejor lubricante natural – afirmó la velluda madura.
Acto seguido, hizo algo que pensé que sólo ocurría en el cine pornográfico más fuerte y morboso. Tomó mi verga por el tronco y lentamente la sacó del culo de su hija. Al sacarla, escupió sobre mi verga y volvió a hacerme sexo oral. No hay mejor experiencia en esta vida que salir de un culo para entrar a una boca.
Después de algunos segundos, se acercó nuevamente al abierto culo de mi mujer y escupió nuevamente en él. La saliva le entró directamente al fondo del recto.
- Ahora debe resultar mucho más fácil – dijo mi suegra con una pícara sonrisa. Era toda una puta experimentada.
Tenía razón. La penetración fue más fluida y rápida. Embestí ahora con fuerza al tiempo que mi mujer gritaba de placer. Como si le gustara la imagen, mi suegra abrió las nalgas de su hija para apreciar cómo mi verga se perdía en las profundidades de ese culo.
- Es mi turno – sentenció la madura. – Mientras cogían me he dilatado el culo con los dedos. Ya saben el truco para que resbale mejor. Linda, ¿me harías el gran favor de ensalivarme el ano?
- Sí mamá, lo intentaré – contestó mi mujer.
La madura se recostó sobre una almohada, mirándome y levantando las piernas. De espaldas a la cama, colocó los brazos sobre la nunca. Sus blancas axilas depiladas olían a una fragancia excitante, la cual no he podido olvidar.
Mi esposa me llenó la polla de saliva espesa, y escupió dentro del ano de su madre. Tomé mi pene y lo metí profundamente. Mi suegra se lamía las axilas mientras yo entraba por su enorme culo. Nunca había imaginado que a alguien le diera placer eso, pero parecía bastante excitada cuando su lengua recorría ambas axilas. Mientras intentaba entrar, le ayudé a lamer la otra axila. Era excitante después de todo. La penetración fue más fácil de lo que pensé: al poco rato ya me encontraba dentro de ella por completo.
La sensación fue ligeramente diferente. Mi mujer tenía el culo más angosto, pero no estaba nada mal. Estaba seguro de que ella había practicado sexo anal desde hacía mucho tiempo. Sentía su abundante vello púbico debajo de mi ombligo, a la vez que mi mujer me besaba el cuello. El recto de mi suegra era muy placentero, no quería salir jamás de ese lugar.
- Hija, recuerda que se necesita lubricar después de cierto tiempo – recordó mi suegra a mi mujer.
Saqué el pene del culo de la madura y mi mujer escupió en él, repitiendo lo que había aprendido de su madre momentos antes. Con su lengua distribuyó la saliva y escupió en el culo de la mujer que le había dado la vida.
Volví a entrar con un mejor resultado. La cama hacía ruido de tan fuerte que le metía mi pene a mi suegra. Mi esposa se levantó y colocó sus tetas en mi rostro, mismas que lamí como si no hubiese mañana.
Juro que no aguantaba más, estaba en la gloria. Sentía que mi semen saldría en cualquier momento. Sólo tenía que pensar en dónde descargaría mi leche.
- Hazlo donde te plazca – dijo mi mujer mientras se tocaba la peluda concha. – Al fin y al cabo que puedo probarlo de donde la tires.
Pensé venirme en el ano de mi suegra, para que ella luego lo expulse. También consideré dejar la leche en sus axilas y que de ahí ellas dos lo laman hasta acabárselo.
Pero opté por algo más tranquilo. Saqué mi pene del apretado ano de mi suegra y me masturbé apuntando al triángulo peludo de la señora. Casi de manera instantánea, solté una gran cantidad de semen, que cayó en la cara, senos y, sobre todo, en el velludo monte de venus de la madre de mi esposa.
Creí que había terminado el mejor momento de mi vida, cuando mi mujer se acercó a aquella concha peluda y lamió la leche que pudo. Su lengua pasaba en los manchados vellos de su madre, lamiendo de arriba para abajo. Por poco lamía más de la cuenta.
- Espero que con esto puedan mejorar su vida sexual – nos dijo la satisfecha madura.
- Gracias por los consejos, mamá – respondió mi mujer. – Quizá necesitemos lecciones más a menudo. Por lo pronto, estoy cansada y mañana debemos rasurarnos la vagina para ir a la playa, así que necesitaré de tu ayuda y tú de la mía. Imaginé esa escena con mucho morbo, también me van las depiladas.
Las dos se recostaron en mi pecho una de cada lado. Con un beso, les deseé las buenas noches, mismas que yo ya tenía.

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