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MI VECINO JUAN


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Relato enviado por : Anonymous el 07/06/2010. Lecturas: 19033

etiquetas relato MI VECINO JUAN Gay .
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Resumen
Una relación casual, aunque deseada durante mucho tiempo por mi, en la que, finalmente conseguí un propósito que hacía mucho tiempo soñaba con poder realizar; mis contactos sexuales con mi vecino de enfrente.


Relato
MI VECINO DE ENFRENTE

Voy a intentar relatar un hecho que ha venido manteniendo mi interés desde el mismo momento en que fui "desterrado" de mi "hogar", para venir a vivir al "exilio", en este modesto pisito que, casualmente pu-de encontrar gracias a unos amigos y donde hoy me encuentro muy cómodo y muy a gusto. También debo añadir que, en cierto modo, esto (encontrarme tan a gusto), es mérito de mis vecinos de enfrente; Juan y Laura, que se desviven por mi y me colman de atenciones. A veces pienso que soy un canalla por seguir viviendo aquí, tan cerca de unas personas que se están portando conmigo tan maravillosamente, y a quie-nes, muy a pesar mío y, sin que ellos lo sepan, estoy haciendo daño sin pretenderlo y sin saber cómo evi-tarlo.

Resulta que, cuando me separé de mi esposa, encontré este pisito y, desde el principio, se estableció una corriente de simpatía entre mis vecinos y un servidor. Laura y Juan son un matrimonio de mediana edad, algo más jóvenes que yo, con los que poco a poco, he ido adquiriendo una confianza y una amistad bas-tante fuertes. Son de esas personas amables, discretas, entrañables y afectuosas, con los que es muy fácil abrir el corazón.

Así sucedió desde el principio y, aunque solo nos visitamos en contadísimas ocasiones, ambos, (ellos y yo), nos hacemos partícipes de las cosas más cotidianas. Igualmente, Laura suele obsequiarme con frutas y verduras cuando alguien les regala algunos de estos productos. Yo suelo hacer lo mismo y no es raro que yo les ofrezca ocasionalmente parte de lo que también a mi me suelen obsequiar.

Mi relación con Juan y Laura se ha convertido algo más que la de unos simples vecinos. Ahora son mis amigos y, poco a poco, esos lazos de amistad se han ido estrechando y hemos ido conociéndonos un poco mejor.

No negaré que Juan tiene un atractivo especial para mí. Es un hombre muy normal, más bien bajito y con algunos kilos de más; con una cuidada barba poblada y canosa, similar a la mía, y con un sex-appeal muy extraño. Digo esto porque no es un hombre guapo, aunque tampoco es feo, pero, pensándolo bien, no tie-ne nada de extraordinario. Sin embargo, su presencia, su conversación, su inteligencia, hacen que disfrute estando con él. Es una persona culta y sencilla, con la que se puede hablar de todo. Y creo que, ese con-junto de cosas, es lo que me atrae y lo que me anima a buscar su compañía.

Algo en este amigo me decía desde el principio, que a él le sucedía lo mismo conmigo, pues era, (es), raro el día que no llama a mi puerta para comentarme cualquier hecho puntual, pedirme algún programa in-formático y cosas por el estilo. Y, después de todos los años que llevo viviendo en esta casa, algo me de-cía que Juan quería conmigo "algo" más que una relación puramente vecinal.

Aunque en muchas ocasiones me habían parecido bastante claras determinadas actitudes de Juan, (muy sutiles por cierto), la verdad es que, por el temor a dejas al descubierto sentimientos más ocultos, y expo-nerme a terminar con una amistad tan maravillosa, hasta hace sólo unas semanas no me había atrevido a mostrar mis cartas más secretas.

Durante los veranos, su esposa se marcha al campo con los hijos y a veces, mi vecino llama a mi puerta, entra y nos tomamos un café o una cerveza, (dependiendo de la hora), y hablamos durante un buen rato. Pero, la mayoría de las veces él solo lleva puesto un bañador o un boxer, que le marcan un "paquete" muy apetecible. Cuando yo sospecho el día que va a llamar, procuro -igualmente- recibirlo ligerito de ropa. Al principio me daba mucha vergüenza recibirlo así, pero viendo que a él no le importa, pues se presenta de esta "guisa", he optado por hacer lo mismo, lo cual -evidentemente- ha dado sus buenos resultados.

Una de esas tardes, Juan llamó a mi puerta y me dijo:

-"¿No tendrás tu una de esas "pelis" porno, por casualidad?. "Es que, (añadió), yo, por lo chicos, no puedo tener nada de esto…"

Lógicamente contesté que si, e incluso iba a proponerle a él, ver alguna juntos. Parecía la ocasión que yo había estado esperando para mostrarle mi "juego", pero lo que dijo a continuación me dejó bastante corta-do:

-"No es para mi, sino para un amigo mío…"

Ahí me desplomé mentalmente. Juan me daba una de "cal" y otra de "arena" y yo no sabía con que carta quedarme… A veces, mientras saboreábamos unas cervezas sentados en la salita, yo pasaba inocentemen-te mi mano por encima de mi boxer, a la altura de mis huevos, como insinuándome tímidamente. Pero él parecía no darse cuenta, o no quería hacerlo.

En otra ocasión, estando yo sentado frente a mi PC, llamaron a la puerta y era él. Le dije que entrara y lo pasé a mi despacho. Como de costumbre, Juan sólo llevaba puesto su boxer y estaba descalzo, lo cual aumentaba todavía más el morbo para mi. Era tan sencillo acercarme a él y tocarle aquel bulto tan promi-nente que sobresalía bajo su abdomen…

Pero de nuevo me contuve. Algo me decía que Juan me rechazaría. Quizá, no tanto por que yo no le agra-dase, sino por el miedo a descubrir también sus más bajos y ocultos sentimientos. Yo le mentí, haciéndole creer que –por error-, (como ocurre muchas veces), acababa de descargarse una película porno, cuando yo trataba de obtener una película de estreno. Pero el pretexto era mostrarle unas tórridas escenas de sexo, tratando así de "romper el hielo" y, de esta forma, poner nuestras "cartas" boca arriba.

Estando como estaba sólo con el boxer, (al igual que yo), era fácil advertir que su polla iba creciendo de tamaño, por más que él tratase de disimularlo. A mi me ocurría exactamente igual, pero yo permanecía sentado y mi abultado paquete podía pasar algo mas desapercibido. Sin embargo Juan se volvía disimula-damente, intentando hacerme creer que algo en la habitación le había llamado la atención, y todo por no mostrar sus "encantos" bajo el boxer, que había aumentado considerablemente de tamaño.

Estos constantes cambios en su actitud; estos "si, pero no", me desconcertaban totalmente. Yo no sabía con qué carta quedarme. Daba la impresión de que me buscaba, de que quería algo conmigo, pero luego todo se desmoronaba y ninguno de los dos daba el "gran salto".

Así sucedió en muchísimas ocasiones en las que yo me quedaba súper caliente, con un extraordinario do-lor de huevos y tenía que acabar haciéndome una paja bestial e imaginando cómo lo hubiésemos pasado los dos juntos en mi cama…

Uno de esos días, Juan, como de costumbre-, llamó a mi puerta. En esta ocasión quedé agradablemente sorprendido pues venía sólo con un ligerísimo slip, que yo nunca le había visto antes y descalzo, como casi siempre. Hacía un calor horroroso y le invité a pasar, pues yo tenía puesto el aire acondicionado y no quería que entrase aire caliente desde la escalera.

Yo acababa de ducharme y llevaba puesta una toalla, no muy grande. Debo añadir que me había secado con una mucho más grande, pero al imaginar que sería él, cambié de toalla y me coloqué otra mucho más pequeña. Fue una acertada decisión, pues al ver que él sólo venía con un tanga, (aquello era mucho menos que un simple slip), ninguno de los dos desentonaba. Parecía que algo distinto se cernía sobre nosotros… Daba la sensación de que ambos sabíamos a donde iríamos a parar. Al menos yo lo sabía y lo deseaba; Lo deseaba con toda mi alma. Aquel hombre, que no era ni guapo ni feo; ni alto ni bajo, aquel hombre me estaba sacando de mis casillas. Juan tenía, (tiene, repito) un "algo" muy especial que a nadie puede dejar indiferente. Y yo deseaba con todas mis fuerzas poder abrazarlo, poder besarlo, poder revolcarme con él en mi cama… Sentir su cuerpo desnudo junto al mío… Sentir su polla en mis manos y en mi boca… Sa-borear todo aquello que tanto había deseado durante varios años… Y parecía que había llegado el mo-mento.

Ambos estábamos muy nerviosos. Y ambos advertíamos ese nerviosismo en el otro. Juan entró y nos sen-tamos en el sofá del comedor. En mi salón hay un conjunto de sofás 3 + 2 plazas y, en otras ocasiones nos habíamos sentado separados, cada uno en un sofá. Pero, en esta ocasión, le puse mucho valor y, tal como íbamos, yo sin más ropa que mi estrecha toalla y Juan con su minúsculo tanga-slip, quedamos sentados el uno junto al otro.

Le ofrecí una cerveza que él aceptó gustoso, y cuando fui a buscarlas al frigorífico, me ocupé -al regresar-, de dejar que la abertura de mi toalla, quedase disimuladamente a la altura de mi verga, que se podía ver fácilmente ante cualquier movimiento mío y que sólo de imaginar la que se nos avecinaba, había comen-zado a crecer.

Tomé asiento junto a él, destapé las cervezas y le propuse ver una película porno que yo acababa de em-pezar cuando él llamó. Lo que sigue a continuación es fácilmente imaginable. Nos acomodamos, pulsé el play de mi reproductor y, nada más empezar, apareció un negro grandote y musculoso, a quién una rubia explosiva con pinta de colegiala, estaba haciendo una monumental felación con su enorme polla de color chocolate.

-"Estas películas te ponen a cien…", dijo Juan.

-"¿Qué si te ponen?; ¡No veas cómo estoy yo!", repliqué mientras señalaba hacia el bulto que marcaba mi toalla.

-"Si no fuera porque me da mucha vergüenza hacerlo delante de ti, me masturbaría aquí mismo", respon-dió Juan.

-"Pues…, por mi no te prives, Juan, porque yo estoy igual que tu", le dije, mientras me sobaba la polla por encima de la toalla, haciendo resaltar mi abultadísimo paquete.

Por encima del slip de Juan se marcaban claramente las dimensiones de su pene, quedando perfectamente delimitado, bajo el tanga, el contorno exacto de su capullo, que -aparentemente- comenzaba a babear mientras él se masajeaba todo el conjunto por encima de su tanga, desde los huevos hasta la cabeza.

-"No te prives, Juan; no te prives; vamos a hacernos unas buenas "manuelas", le dije, mientras dejaba asomar tímidamente mi capullo por entre los pliegues de la diminuta toalla…

Juan no dejaba de mirar hacia mi entrepierna, estando más atento a mi anatomía que a la polla del negro de la película. Hubo un momento de máxima excitación en el que mi polla saltó disparada fuera de la mi-núscula toalla, quedando totalmente al "aire libre" y mostrándose en todo su esplendor.

-"¡Vaya rabo que tienes, tío", (dijo, mientras seguía manoseándose por encima del slip).

-"Pues el tuyo tampoco está mal", contesté, "A pesar de que tu no lo quieres mostrar…" (Añadí sonrien-do, mientras comenzaba a brotar de mi glande esa deliciosa baba pre-seminal que asomaba por el hoyito de mi capullo).

Entonces, mi amigo, apartó su slip, dejando ver aquel capullo precioso y sonrosado. No era una polla ex-cesivamente larga, pero era muy gruesa y tenía una cabeza como nunca había visto otra igual. Realmente era descomunal, tal y cómo yo la había imaginado. No muy larga, pero extremadamente gruesa. Pensaba que aquel capullo no iba a caber en mi boca…

Ambos seguíamos muy nerviosos, casi sin saber que hacer o qué decir. Finalmente fui yo quién tomo la iniciativa, me despojé de la toalla dejando mi cuerpo completamente desnudo y comencé a masturbarme lujuriosamente de la forma más tradicional. Mientras lo hacía, animaba a Juan a que me secundase. En-tonces él se quitó de su slip, que era como no llevar nada, y rápidamente me imitó. Me miraba y sonreía, mientras le daba cada vez más fuerte a su polla rica y erecta. Insisto, en que era un pene descomunal, por lo grueso. Yo nunca había visto una polla tan gorda, aunque estaba bastante proporcionada, pero el grosor de aquel miembro, sobrepasaba lo que yo jamás hubiese imaginado. El me confesó que durante toda la vida había tenido serios problemas para encontrar preservativos apropiados a tu tamaño, porque todos le apretaban excesivamente y esto le impedía conseguir fácilmente la erección. Aunque, me dijo que desde hacía algún tiempo, los podía encontrar de mayor tamaño y era los que, desde entonces, utilizaba habi-tualmente.

Nos mantuvimos así durante un buen rato, mientras que ocasionalmente mirábamos la película que conti-nuaba ajena en el televisor. Pero aquello apenas captaba nuestra atención. Ambos gozábamos más de nuestra mutua contemplación. Juan parecía que disfrutaba descubriendo cada parte de mi anatomía; como si fuese algo que siempre hubiese deseado, al menos eso es lo que él me transmitía. Yo por mi parte, de-seaba ardientemente estar con él en la cama, pero no me atrevía a proponer esto, por miedo a romper aquel "hechizo" y que mi amigo se fuese de mi casa. Esperé a que fuese él quien hiciese tal proposición, pero eso nunca sucedió. No sucedió, al menos en aquel momento, porque algunos días después…

Pero, continuando con ese momento mágico que estábamos viviendo, llegó un instante en el que Juan no se aguantaba mas. Me había mostrado muchas maneras de masturbarse. Algunas formas que yo descono-cía, y él, como un buen profesor, me indicaba cada posición, cada situación; unas veces pasando la mano por debajo de su pierna y agarrándose la polla y los huevos… Otras, sujetándose todo el miembro con una mano y escupiendo en la palma de la otra mano, que pasaba por encima de su capullo masajeándolo sin parar… Aquella, me dijo, era la manera con la que él encontraba mucho más placer. Así que fui al baño a buscar un aceite lubricante, que también le ofrecí a él, y juntos iniciamos aquel delicioso ejercicio mas-turbatorio, nuevo para mi, que nos introdujo en un mar de auténticos placeres totalmente desconocido.

El me hacía las indicaciones y yo le secundaba. Consistía en retrasar el orgasmo el mayor tiempo posible, para llegar al climax mas profundo y placentero que jamás hubiera imaginado… Y, cada vez que nos íbamos a venir, Juan me decía que parase… continuando cuando se pasaba la sensación de eyacular y siguiendo a continuación con el mismo ritmo, presionando sobre el glande con la palma de la mano abra-zando con ésta todo el contorno del capullo. Entre la lubricación de la mano y la baba pre-seminal que asomaba por el agujerito del capullo, se formaba una perfecta combinación de placeres.

Por mi columna vertebral desfilaban todo tipo de sensaciones nuevas. Al principio un leve cosquilleo que se hace cada vez mas intenso. Luego, poco a poco una sensación inmensa de placer; un placer que yo nunca había experimentado.

Pero es que, además, la simple contemplación del rostro de mi amigo, cada vez que se iba a venir, me excitaba todavía más. Yo deseaba con todas mis fuerzas agarrar aquel nabo grueso y duro, pero no me atrevía por miedo a ser rechazado. Algunos días después descubrí que Juan lo estaba deseando, pero por un exceso de discreción, ninguno de los dos dijo nada. Y cada uno se lo hacía para si mismo.

Cuando por fin vi., por el gesto extremadamente lujurioso de mi amigo, que él se iba a venir, casi sin po-der hablar le dije: "¿Ya?". Juan no podía contestarme pero afirmó con la cabeza. Entonces presioné mas insistentemente mi mano cerrada sobre mi capullo, sin parar, mientras un espasmo lento y delicioso se apoderaba de cada centímetro de mi piel.

Juan seguía y seguía, y finalmente no pudo más, mientras que de su polla surcaban chorros de blanca le-che, que salían disparados a más de un metro de distancia, llenándolo todo de un blanco inmaculado. Yo hice lo propio, botando igualmente un chorro blanco, como jamás había logrado tener, en una eyaculación sin precedentes. Con una fuerza totalmente desconocida para mi, que me hizo eyacular a casi un metro de mi. ¿Era aquello normal? Juan me dijo que si, y que siempre que lo hacía de este modo, su eyaculación era cada vez mas fuerte y la sensación de placer mucho más profunda.

Ambos pasamos a limpiarnos a mi baño, sin decir nada. Parecíamos avergonzados, como arrepentidos de lo que habíamos hecho. Juan se "vistió" nuevamente con tu tanguita y yo me enfundé de nuevo mi toalla. El se despidió, no sin antes decirme que lo lamentaba y que aquello no debería haber ocurrido. Yo asen-tía, pero sólo de dientes para afuera, porque en lo más íntimo de mi, estaba deseando que ocurriese un nuevo encuentro.

Al cabo de unos días repetimos la experiencia. Habían transcurrido dos desde la última vez que Juan es-tuvo en casa, y yo estaba ansioso por repetir aquella experiencia. Y no sólo eso, sino llegar todavía más lejos; esa era mi verdadera intención y mi auténtico interés. Juan "me ponía" mucho desde hacía varios años. Cada vez que nos habíamos encontrado, yo no dejaba de mirar los gruesos dedos de sus manos de hombre de despacho. Imaginaba que sus atributos masculinos serían proporcionales al tamaño y grosor de aquellos dedos tan gordos y carnosos. Algo me sugería que ambos seguirían una misma proporción y realmente no me había equivocado.

Cada vez que él había entrado en casa, (siempre ligerito de ropa), su pecho varonil, discretamente poblado de un vello canoso, provocaba en mí una reacción que nunca antes había experimentado hacia ningún otro hombre de esa edad. Siempre sentí atracción por tíos más jóvenes, (entre los 30 y los 45 años), pero con Juan era diferente; sentía una atracción muy particular. Y es que, este hombre me parecía extraordinaria-mente simpático, cercano, afable… Siempre le he encontrado un morbo y un sex-appeal que no había visto en otras personas de su misma edad. Juan era alguien con quien me encontraba a gusto y cada vez que nos juntábamos a tomar una cerveza o a comentar algo sobre cosas cotidianas o intrascendentes, él conseguía excitarme. Por otra parte, en lo más íntimo de mi corazón siempre sospeché que Juan "enten-día", aunque no tenía ningún motivo para pensar eso. Además, Juan es muy varonil y lo más alejado de cualquier signo gay. Pero "algo", aparentemente imperceptible, me decía no sólo que tenía cierta "debili-dad" hacia el propio sexo, sino -incluso-, que yo no le era del todo indiferente.

Y la experiencia que habíamos vivido hacía menos de 48 horas me confirmó que yo no andaba errado. Aquella "corrida" fue apoteósica; digna de figurar entre las mejores "faenas" sexuales de la historia. Una "corrida" en la que no hubo "orejas", pero si dos estupendos "rabos", (el de Juan y el mío), que hicieron nuestras delicias

Como Juan no daba señales de vida, decidí ser yo quien llamase a su puerta. Me puse algo muy ligerito; un viejo bañador tipo Meyba que ya no usaba, nada en la parte superior y descalzo. Llamé a su puerta sabiendo que él estaba solo y Juan salió a abrirme al instante casi desnudo; sólo llevaba puesto un fino calzoncillo de tela y, como siempre, descalzo.

-"Hola, ¿Qué tal?. Iba a pasar yo a tu casa en este momento", (me dijo)

Mmm..., que delicia de tío, pensé. Ahí estaba él; semidesnudo, descalzo y sensual. Con un torso sin exce-sivo vello, -lo justito-; con unas piernas muy bien torneadas; con su canosa barba y con esa simpatía tan particular que le hace tan atractivo.

Sonriendo me dijo:

-"Quieres pasar, o pasamos a tu casa"

Yo prefería estar en mi terreno, por lo que le pedí que pasase a mi casa. Y así lo hicimos ambos. Cruza-mos en rellano y entramos. El tomó asiento en uno de los dos sofás de mi salón y yo hice lo propio y me senté en el otro sofá formando un ángulo recto, que es como están situados ambos muebles.

-"¿Qué quieres tomar", (le dije).

-"Una cerveza, por favor",

Juan suele tomar cerveza, pues aunque siempre está luchando con la báscula, es un gran aficionado a esta bebida, sobre todo en verano, cuando más aprieta el calor. Preparé un par de cervezas y regresé al salón sentándome en el otro sofá, donde estaba anteriormente. Disimuladamente miraba su calzoncillo de fina tela, en el que se marcaba claramente el grosor de su pene. Casi se adivinaba, cómo la punta de su capullo intentaba abrirse paso por la pata izquierda de su calzón.

Comenzamos a hablar de temas intranscendentes; del calor, de las últimas noticias, de la subida de im-puestos… Era como un reto entre nosotros, para ver quien rompía el hielo y comenzaba lo que ambos estábamos deseando. Descuidadamente, Juan hizo un inocente movimiento con su pierna y, esta vez si; la punta de su polla podía verse claramente asomar por el extremo del calzoncillo. Esto hizo que mi pene reaccionara y se me puso duro como una piedra. Pero yo no hice el menor intento por disimularlo. Es más, abrí mis piernas para que resultase evidente que me había puesto cachondo. Y eso que todavía no había empezado "el espectáculo".

Entonces Juan, abiertamente abordó el tan esperado tema:

-"¡Joder… Cómo nos lo pasamos el otro día!".

-"Has dicho bien, Juan: -nos lo pasamos-; Porque yo también me lo pasé estupendamente. Sólo que, si me lo permites, a mi me faltó algo más".

Esta era toda una declaración de intenciones, Era como destapar abiertamente todas mis cartas. Pero, des-pués de lo sucedido dos días atrás, ¿a que seguir con más rodeos?

-¿Qué te faltó?, repuso él.

-"Hombre, me hubiese gustado llegar más lejos. ¿A ti no?

-"¿Qué si a mi no?. No te imaginas estos dos días que he pasado, pensando que tal vez yo fui demasiado lejos… Estaba deseando volver a verte, pero no sabía a ciencia cierta si a ti te apetecería. Ten en cuenta que todo esto es nuevo para mi…", me dijo

En aquel momento me levanté y me senté a su lado. Yo seguía como en una nebulosa. Me parecía que aquello estaba resultando demasiado fácil, demasiado sencillo, después de haberlo deseado durante tanto tiempo… O tal vez yo lo imaginado como mucho más difícil y no estaba dando crédito al desarrollo de los acontecimientos.

Una vez a su lado, comencé a pasar mi mano por su pierna, pero él permanecía inmóvil. Se notaba que –realmente- aquello era novedoso para él. Y si alguna vez había tenido alguna experiencia de este tipo, debía haber ocurrido hacía mucho tiempo atrás, o quizás no fue lo suficientemente satisfactoria para él, porque Juan parecía completamente asombrado. Por una parte me transmitía una sensación de estar de-seando acostarse conmigo, pero por otro lado, se le veía como ausente y muy cortado. Esto producía en mi un sentimiento de inquietud, pues no quería forzar la situación, pero tampoco quería que se marchase otra vez sin haber podido darme siquiera un revolcón con él en mi cama. Y lo deseaba tanto…

Yo le pregunté si no estaba a gusto; si quería que lo dejásemos, pero el me dijo:

-"¡No, no… Estoy encantado; sigue, por favor"!

Una de mis manos se fue a posar sobre su pecho, acariciando sus pezones que se habían puesto erguidos y turgentes. La otra mano, buscó directamente su pene, que asomaba descaradamente bajo la pata de su finísimo calzoncillo. Tenía la polla dura como un palo y, al tocarla, pude advertir que por la punta de su turgente capullo, comenzaba a asomar aquel magma pre-seminal que tanto me excita…

Yo acariciaba suavemente su polla, sacándola totalmente de su escondrijo, y él se mostraba encantado, gimiendo de placer y suspirando sin parar. Pero él no hacía nada; se mostraba completamente pasivo y esto me cortaba demasiado, pensando que quizás no le resultase del todo grato lo que yo le estaba hacien-do.

Pero, al momento, él se abalanzó sobre el bulto más que evidente de mi Meyba, sacó mi pene erecto y comenzó a chuparlo con una avidez que nunca hubiese imaginado en él. ¡Dios mío…! ¿De dónde había salido aquel ímpetu desmesurado?. Juan chupaba mi polla, como si le fuera la vida en ello. Estaba devo-rando literalmente mi verga, como el que devora un plato de comida, después de muchos días de ayuno. Mmm, ¡que delicia! Parecía como si quisiera desquitarse de tantos años de ayuno. Y mientras lo hacía, me lanzaba miradas furtivas como pidiendo mi aprobación. Seguramente pensaría para sus adentros: "¿Lo estaré haciendo bien?". Pero creo que la expresión de mi rostro era tan significativa, tan placentera por el gusto que él me estaba proporcionando, que siguió con tanto ahínco que casi me hizo venirme en su boca.

Yo estaba tan encantado que no quería romper la magia de aquel momento. Estuve tentado varias veces para decirle si pasábamos a mi cama, pero no me atrevía por miedo a que el rechazase la propuesta y dije-se de marcharse. De modo que continuamos así durante un buen rato todavía. Allí, sentados como está-bamos, seguíamos disfrutando de nuestros mutuos atributos, proporcionándonos un placer muy intenso y duradero. Nuestras vergas estaban exultantes y por el agujerito de nuestros capullos se podía advertir el magma lechoso que precede a la eyaculación. Pero ninguno de los dos quería acabar con aquel instante de placer. Deseábamos prolongar mucho más aquellos instantes y yo estaba esperando la ocasión para pro-poner a Juan el pasar a la cama, no si el temor de creer que esto no lo aceptaría.

Finalmente me armé de valor y le dije:

-"Juan, ¿no estaríamos más cómodos en la cama?

Entonces él me dijo:

-"Si, por favor; vamos a tu cama".

Entramos en mi habitación y nos quitamos la poca ropa que llevábamos, nos tumbamos en la cama el uno junto al otro y comenzamos a abrazarnos, haciendo que nuestros penes respectivos permaneciesen apreta-dos contra nuestros cuerpos respectivos.

En un principio ninguno buscó la boca del contrario. Parecía como que el llegar hasta ese punto nos estu-viese vedado, así que nuestros besos se dirigieron hacia otras partes de nuestra anatomía, pero no hubo besos en la boca. No, en aquel momento, aunque -debo ser sincero-, yo lo estaba deseando.

Como en un acto reflejo, yo me volteé para ponerme en posición de iniciar un rico "69", algo que me en-cantaba y que él también estaba deseando hacer. Mi mano y mi boca buscaron con ansiedad el rabo de mi compañero y él hizo lo propio. Comenzamos a chupar nuestras pollas con verdadero afán y mi vecino parecía que disfrutaba extraordinariamente con ello. Obviamente -era la sensación que yo tenía-, yo lo hacía con más soltura, pues -supuestamente- esta modalidad de sexo entre hombres, le había estado prohibida a mi compañero que era extremadamente tímido. Pero, fuera como fuere, se notaba que Juan ponía el máximo interés y lo que estaba haciendo tampoco requería una titulación especial. Era algo que se aprende rápidamente, como el que aprende a comer o a beber…No es necesario hacer ningún "master" para tener sexo, como pretenden "vendernos" algunos politiquillos de "tres al cuarto", gastando un buen dinero del erario público en instruir al personal.

La excitación era enorme. Yo comenzaba a babear; sentía en la punta de mi capullo la salida inminente de mi leche. Era tal el placer que Juan me proporcionaba, que parecía que en cualquier momento, toda la presión sexual contenida en mis huevos iba a estallar en una explosión de placer sin precedentes. Eran tantos los deseos contenidos pensando en este momento, que mi organismo no podía retrasar por más tiempo el éxtasis final.

Pero aún continuamos así durante un rato. Juan es un fumador empedernido y me dijo si podíamos hacer un receso para fumarse un cigarrillo. Yo accedí y mientras él daba unas caladitas al cigarro que acababa de encender, yo me entretenía en escudriñar cada milímetro de aquella verga tan rica y tan gruesa. Ahora podía comprobarlo con mayor lujo de detalles; era una polla de aproximadamente un palmo (de mi mano) de larga, pero era extraordinariamente gorda. Perfectamente recta, con unos nervios que delataban clara-mente las venas que la circundaban y un capullo realmente precioso, sonrosado, cuidado y limpio. Era una delicia chupar aquello y él, obviamente se mostraba encantado. También se empezaba a apreciar un pequeño brote pre-seminal, que comenzaba a asomar por el hoyito de su glande. Yo no dejaba de chuparle los huevos y su polla estaba cada vez mas lubricada con su propio semen.

Antes de haber consumido aquel cigarro, lo apagó, me agarró por los brazos invitándome a acostarme a su lado, para dejar descansar -aunque fuera por un momento-, nuestros juegos fálicos. Entonces él me abrazó y comenzó a besarme ardientemente por todo mi cuerpo. Pero lo que yo deseaba era besarlo en la boca y, como si hubiera adivinado mis intenciones, acerco sus carnosos labios a los míos, introduciéndome su lengua hasta lo más profundo de mi boca. La misma lengua que unos momentos antes se había estado recreando en saborear mi propia verga y mis huevos.

Aquello iba "in crescendo" y el sentir su boca pegada a la mía y nuestras lenguas enredadas en esos jue-gos amorosos, hizo que mi pene alcanzase el máximo de excitación. Ya no podía mas…; estaba loco por soltar toda la leche contenida y ésto comenzaba a producir en mí una ligera sensación de dolor en los tes-tículos.

Juan estaba igualmente excitado, pero parecía tener más control de si mismo, Un autodominio que yo no había conseguido controlar a pesar de los años. Sin poderme contener ni un solo instante más, solté toda la carga vital que se había ido acumulando, y la derramé con fuerza sobre el pecho y la barba de mi com-pañero. Él, al ver este estallido seminal, unido a mis propios gemidos de placer, tampoco pudo retrasar aquello ni un momento y expulsó también toda su leche que, no sólo me llenó a mi, sino que inundó parte de la cama. Y ocurrió algo muy curioso, sorprendente y totalmente desconocido para mi; Mi amigo Juan se corrió dos veces seguidas. Tal como lo cuento; él tuvo dos eyaculaciones seguidas y casi simultáneas; ¡Tanta era su energía!. Una energía contenida y unos deseos ardientes en este nuevo tipo de placer sexual supuestamente desconocido para él. Cuando acabó con la primera eyaculación, Juan siguió masturbándo-se enérgicamente y nuevamente, en sólo unos segundos, comenzó a botar su leche de nuevo. Yo estaba asombrado, pero él me aseguró después que algunas veces, cuando el grado de excitación lo superaba, podía conseguir esa doble eyaculación. Y, supuestamente aquel día, era yo el "causante" de aquel placer tan extremo.

Luego, Juan se limpió con una toalla que yo le presté y me dijo que debía marcharse. Mmm…, que derro-che de energía por ambas partes. Yo no sabía que hacer en aquel momento. Deseaba abrazarlo y llenarme de su leche junto con la mía y permanecer abrazados durante un buen rato. Pero él, cuando terminó de eyacular se marchó rápidamente.

Después de la última vez que estuvo en casa, Juan y yo no habíamos tenido ocasión de estar íntimamente juntos. En alguna ocasión, como de costumbre, ha llamado a mi puerta pero solo para preguntarme algo muy puntual, ya que al ser extremadamente discreto y precavido con estos asuntos, en esas contadas oca-siones no hubo ni un gesto de complicidad, ni un guiño; Nada. Parecía como que yo había dejado de inte-resarle. Y cada vez que esto ocurría; cada vez que Juan llamaba a mi puerta y no exteriorizaba ningún signo de especial afecto hacia mi, al cerrarla de nuevo y quedarme sólo, no podía evitar sentir una gran excitación, lo que me llevaba a masturbarme constantemente. Lo hacía siempre pensando en él; en cómo podíamos estar haciéndolo juntos en mi cama, de no ser por la presencia de su esposa al otro lado de la pared. Esto me ha estado obsesionando todo este tiempo y, para hacerme más placenteros mis momentos de autosatisfacción, he recurrido en bastantes ocasiones a películas de hombres que podían asemejarse un poco a mi vecino.

Yo había encontrado en la Web una película en la que sale un tío árabe, (se llama Huesseim, y la película "Arabesco", para quien pudiera estar interesado). Huesseim se parece un poco a mi vecino Juan, (al me-nos eso es lo que yo pretendo creer con un poco de imaginación, (aunque mi vecino tiene algún kilo de más). Pero, por su aspecto físico, su estatura y sobre todo desnudos, como yo los he visto a ambos, son bastante semejantes. Sobre todo los dos tienen una cosa en común: su extraordinaria y maravillosa polla que, en ambos casos es muy apetecible.

De esta forma me he estado "consolando", frente al televisor, completamente desnudo y masturbándome a placer de las mil maneras que conozco, mientras veo lo bien que se lo pasa Huesseim con sus colegas. Por cierto; no es ningún bulo que la mayoría de los árabes tienen unas vergas bastante grandes. Yo tengo al-gunas películas de este tipo y me quedo asombrado y "casi" acomplejado de lo que veo. Y mientras dis-fruto de mi propio cuerpo, pienso que Huesseim, bien pudiera ser mi vecino Juan, y yo uno de los otros actores que intervienen en estas películas.

Pero una de estas noches, Juan le dijo a su esposa que iba a ver un partido de futbol en mi casa, aprove-chando que daban uno muy importante por televisión. Y lo más curioso es que a ninguno de los dos nos gusta el futbol. Ya lo dije en un relato anterior: "Donde esté una buena "corrida", que se quite el futbol, (y los toros, je je je).. Así que, sin yo esperarlo, se presentó en mi casa con ese pretexto y yo le recibí encan-tado. Ya no hacía tanto calor como algunas semanas atrás, por lo que su indumentaria resultaba un poco menos excitante que otras veces, pero de "eso", (de excitarnos), ya me encargaría yo. Juan llevaba única-mente el pantalón de un chándal y una camisa completamente desabrochada, mostrando el torso desnudo. Yo estaba, como casi siempre que estoy solo, con un boxer muy especial que marca mucho mis partes "nobles".

Daba la sensación de que los dos lo habíamos previsto así y al encontrarnos, un gesto de complicidad con-firmó lo que ambos tanto deseábamos; un nuevo encuentro, aunque quizá no podía ser "pleno", ya que en cualquier momento, su esposa podría llamar a mi puerta buscándolo.

Cuando Juan cruzó el umbral advertí rápidamente que ya venía empalmado. Un bulto bastante volumino-so delataba toda su excitación y, rápidamente mi polla reaccionó y también se puso dura como una piedra. Nada más cerrar la puerta nos abrazamos y nos besamos con una pasión desenfrenada, juntando nuestros cuerpos y restregando nuestras pollas respectivas, la una contra la otra, presionando y sintiendo nuestras vergas en su total excitación. Yo sentía como la punta de mi capullo empezaba a babear, lo cual es muy frecuente en mi cuando me excito de esta manera. Y mis sospechas se confirmaron cuando nos despoja-mos de la poca ropa que llevábamos y nos recostamos en el sofá del salón. Primero se tumbó Juan y, aga-rrándome del brazo me atrajo hacia él para que me tumbara encima suyo. Así lo hice, mientras colocaba mi pene entre sus muslos, haciendo que el suyo quedase entre los míos y, ambos miembros, pegados a nuestros huevos respectivos. Esta posición nos resultaba muy placentera, aún sin hacer ningún movimien-to, pues con la fuerte excitación que teníamos, corríamos el riesgo de venirnos allí mismo. Y lo de menos era que se manchase el sofá con nuestra leche, porque lo que realmente importaba era prolongar al máxi-mo aquellos momentos de placer y eso era lo que intentábamos mantener por todos los medios.

En un momento determinado yo me separé de Juan y comencé a chuparle la polla. Mmm..., ¡qué delicia!. Saborear aquella verga rica y grande, recién lavada, que tanto había deseado volver a tener en mi boca. Él gemía, suspiraba, hacía unos gestos muy morbosos y excitantes. Parecía que estaba tocando el cielo y me decía que jamás nadie le había hecho una mamada como aquella. Yo le pregunté si su mujer no le hacía esas cosas, pero Juan me dijo que ella simplemente se tumbaba en la cama boca arriba, esperando que él se la follara. Es lo que hacen muchas mujeres, y esto, créanme, desanima a muchos hombres. Creo que una esposa, además de esto, ha de ser, amante, amiga, confidente y un poco puta en la cama. Porque si el hombre no encuentra en su esposa estas condiciones, es muy probable que acabe por buscarlas fuera el matrimonio. Y algo así es lo que me ha ocurrido a mí, aunque con sustanciales diferencias respecto al caso de mi amigo Juan.

Entonces le dije si quería pasar a la cama, pero él me dijo que temía que su esposa pudiera llamarle en cualquier momento. Además, ellos tienen una copia de mis llaves, igual que yo tengo una copia de las de ellos. Así que continuamos en el salón, acostados en el sofá.

Al momento, Juan me dijo que me voltease para poderme hacer también una mamada él a mi, y en aque-lla posición, comenzamos a comernos la polla y los huevos. Mi vecino se metía en la boca, alternativa-mente cada uno de mis huevos y mi verga. Yo, simultáneamente, escudriñaba cada pliegue de su nabo, y le hacía algo que siempre me ha gustado: con mis dedos, separaba cuidadosamente ambos lados del hoyi-to de su capullo, y ahí metía la puntita de mi lengua, haciendo que mí amigo suspirase de placer. Yo sen-tía como asomaba tímidamente el primer líquido pre-seminal, como consecuencia de su gran excitación, y saboreaba esos primeros brotes de leche, que degustaba con gran placer, como si de un elixir preciado y maravilloso se tratara.

Seguidamente fui a buscar un lubricante muy especial que tengo en casa para estas ocasiones y, colocán-dome en la misma posición del 69 que teníamos anteriormente, comencé a masturbarlo como solamente yo se hacer; (no es una jactancia, pero creo que tengo gran maestría en este arte masturbatorio). Unté la palma de mi mano derecha con el lubricante y, con la izquierda, agarré su polla erguida desde la base cu-briendo completamente su capullo con mi mano derecha lubricada. Comencé a hacerle un masaje subli-minal, presionando suavemente su glande, al tiempo que ejercía sobre el mismo unos pequeños giros (en el sentido de las agujas del reloj), como si tuviese en mis manos un atornillador, al tiempo que empujaba hacia el fondo de su verga. El gemía y miraba, contemplando asombrado cómo era posible que yo le estu-viese proporcionando tanto placer. Decía que jamás nadie le había hecho sentir así y que aquello era realmente maravilloso.

Al mismo tiempo, él seguía succionando mi nabo, (que estaba bien duro), con tanta ansiedad, que yo es-tuve varias veces a punto de correrme en su boca. Pero hice un gran esfuerzo y aguanté estoicamente es-perando a que él alcanzase el orgasmo.

Juan me decía que sentía como un escalofrío dulce y placentero, le invadía cada milímetro de su columna vertebral; que era un placer nuevo, totalmente desconocido para él; como algo que nunca iba a tener fin… Yo le advertí varias veces que, para que el placer fuese total y duradero, debería avisarme cuando estuvie-se a punto para yo detener mis ejercicios masturbatorios. El así lo hacía y, siempre que estaba a punto de venirse me decía: "¡para, para!."

Yo sentía como por momentos, mi amigo tenía unos espasmos increíbles; como unas sacudidas que le hacían estremecerse de gusto y el ver cómo él se retorcía de placer, hacía que también en mi aumentara el placer. Era una perfecta sincronía entre dos cuerpos…

Hubo un momento en el que, ninguno de los dos podía dilatar por más tiempo la explosión final. La eya-culación de Juan fue como a cámara lenta, pues, me decía, "¡no pares, no pares!", y esperaba que en cual-quier momento brotase por la punta de su capullo, el blanco manjar delicioso que era su rica leche conte-nida, como cuando brota un surtidor con toda su fuerza y esplendor. Al tiempo yo le decía; "¡chupa, Juan; chupa!", y el devoraba, literalmente y hasta el fondo de su garganta, toda mi verga, succionando sin parar. Yo no pude aguantar más y le dije: "¿me puedo correr en tu boca?", a lo que él contestó: "Lo estoy de-seando; ¡dámela, mi amor, dámela!" En ese mismo instante, de su hoyito, comenzaron a brotar fuertes chorros de leche, como yo jamás hubiera sospechado. Toda su leche contenida, comenzó a surgir a borbo-tones. Nunca, en mi vida, he visto a nadie eyacular tanta cantidad.

El sofá se llenó por completo de su leche, porque la mía se la había tragado él. Yo me quedé asombrado, porque esperaba que la escupiese en algún sitio, pero no fue así; él prefirió tragársela, lo cual fue para mí como un gesto de confianza y afecto. Luego nos quedamos en aquella posición durante un buen rato, rela-jándonos de aquella lucha sexual sin precedentes, en la cual nos proporcionábamos placer el uno al otro.

Al poco tiempo él se levantó, entró al baño y se limpió antes de marcharse a su casa. Antes de abrir mi puerta, él me dio un beso en la boca y me dijo; "Esto se tiene que repetir muchas veces; me has dado mu-cho placer con esa manera de masturbarme y, en justa reciprocidad, te lo tengo que hacer yo algún día."

Ambos convinimos en juntarnos todos los miércoles, que es cuando ponen futbol por televisión y, con ese pretexto, podríamos dar rienda suelta a nuestras pasiones. A partir de aquel momento, Juan y yo nos con-vertimos en amantes y así seguimos hasta el día de hoy. Todas las semanas, mi querido "vecino-amigo-amante", viene a mi casa y damos rienda suelta a nuestras pasiones mas desenfrenadas. Eso si; de mo-mento no ha habido penetración. Pero es que para ninguno de los dos esto es necesario y podemos pres-cindir perfectamente de esa parte de la sexualidad. Pero, por lo que respecta al resto de nuestra actividad sexual, es totalmente placentera y gratificante. Estoy sintiendo con Juan unos orgasmos que no sentía desde hacía mucho tiempo. Es más; creo que nunca he sentido tanto placer con nadie, como el que siento con mi "vecino-amigo-amante" Juan.

El otro día, estaba yo hablando con su mujer en el descansillo de la escalera, cuando, de pronto, el ascen-sor se detuvo en nuestro piso y salió él; Mi vecino Juan venía del trabajo y llevaba puesto su "mono" habitual de faena. No llevaba ninguna otra ropa y, a ambos lados del peto, se podía ver su pecho desnudo y su vello canoso y gris. Bajo el pantalón se adivinaba, (yo lo adivinaba), su precioso paquete que perma-necía ahí, oculto; esperando y deseando gozar de nuevas sensaciones.

Su esposa se despidió de mi y yo invité a Juan a pasar a mi casa, con el pretexto de mostrarle mi nuevo ordenador. El estaba increíblemente varonil y atractivo con su "mono" de trabajo y yo deseaba tener, aun-que fuesen sólo unos momentos de placer con él.
Cerré la puerta tras de mi y ambos nos fundimos en un abrazo apasionado. Lo estábamos deseando y has-ta aquel instante, no habíamos encontrado el momento para dar rienda suelta a nuestros más bajos instin-tos. Rápidamente le eché mano a su polla por encima del pantalón, pudiendo observar que ésta se hallaba exultante, dura como una piedra, y pidiendo a gritos que le ayudara a calmarse.

El se bajó la cremallera de la bragueta y yo comencé a chupársela allí mismo, al tiempo que yo también saqué mi miembro y comencé a masturbarme. No me importó el ligero olor a orina que emitía aquel pene erecto; era tanta la ansia que tenía por meter "aquello" en mi boca, que apenas percibía aquel discreto olor. Es más; casi me gustaba, por lo que tenía de macho. Era el olor propio de un hombre adulto y varo-nil, que me excitaba todavía más.

Juan estaba muy nervioso pues tenía poco tiempo para comer y volver a su trabajo. Así que le propuse vernos a la noche, más tranquilos y sosegados, a fin de tener un contacto físico más prolongado y placen-tero. Quedamos en vernos cuando él volviese del trabajo y nos despedimos con un beso y un abrazo lle-nos de pasión.

Pero yo me había quedado extremadamente excitado y mi polla no descansaba; Seguía pensando en él en todo momento y decidí ponerle solución allí mismo. Puse una película porno-bisexual en el reproductor del salón y me dispuse a remediar aquello que me estaba perturbando. Al tiempo que contemplaba las primeras escenas de aquella película, me quité los pantalones y comencé a masajearme por encima del boxer hasta tal punto que mi falo comenzó a babear produciendo una gran mancha en el tejido. Era tal la excitación que parecía que se iba a romper mi calzoncillo. Saqué mi verga y continué con los masajes, mientras en la pantalla del televisor, dos negrazos se estaban follando a una rubia impresionante. Uno se había acostado boca arriba y la rubia se había colocado encima, metiendo aquella tranca increíble en su chochito, al tiempo que el otro negrote se colocó por detrás de ella, clavándosela por el ano. Desde mi sofá y mientras me pajeaba a gusto, observaba cómo aquel fantástico trío, se lo estaban pasando "de ci-ne", (y nunca mejor dicho).

Yo estaba cada vez más excitado y casi a punto de eyacular, pero quería prolongar más aquel momento de placer, imaginando que aquellos dos actores de ébano, éramos mi vecino Juan y yo. Gozaba al pensar que aquellos cuatro huevotes enormes que chocaban constantemente en aquel coito anal y vaginal sin prece-dentes, eran los de Juan y los míos. Y al imaginar cómo los grandes cojones de mi vecino chocaban con los míos, el placer iba en aumento.

Pero tenía que acabar pronto, porque debía recuperarme para la noche, cuando Juan regresara a casa. Yo quería estar preparado, para poder ofrecerle a mi vecino, amante y amigo, todo lo mejor de mi. Mientras seguía excitándome y casi a punto de botar toda mi leche contenida, la película seguía su curso en un show realmente apasionante. Pero cada vez que iba a venirme, volvía a parar, porque sabía que el placer sería mucho mayor cuando éste es más contenido y prolongado. La visión de aquellas vergas monstruo-sas, color chocolate, me tenían medio loco. Sin pensármelo ni un momento más, comencé a masturbarme frenéticamente hasta llegar al orgasmo.

De mi polla brotó tal cantidad de leche que manchó toda la alfombra, pues no había previsto que en tal estado de excitación, el chorro llegaría tan lejos. Pero ésta no era mi mayor preocupación; yo seguía pen-sando en Juan y cómo lo pasaríamos a la noche, aunque debo confesar que en aquellos momentos ya no tenía tanto interés por tener sexo con mi vecino. Y era normal, después de la paja salvaje que acababa de hacerme…

Pero yo soy un hombre muy ardiente y, a poco que se prenda la mecha, estallo como una bomba. Así que tampoco debía sentir ningún temor de no estar a la altura de Juan. Después de limpiar todo adecuadamen-te, me dispuse a echar una siesta y relajarme para estar fresco y preparado para la noche.

Luego de la siesta, estuve haciendo algunos trabajos en la casa, con el oído muy atento por si, en cual-quier momento llegaba mi vecino. Cada vez que escuchaba el ascensor, imaginaba que era él. Pero Juan no viene siempre a la misma hora y el momento de su llegada a casa es impredecible.

Por fin, a eso de las 8,30 p.m. escuché el ascensor y cómo su esposa le abría la puerta de su casa. Obser-vando por la mirilla de mi puerta, pude ver a Juan que apareció a los pocos segundos con aquel "mono" de trabajo que tanto me excitaba. Pero sabía que él se ducharía y cambiaría de ropa antes de venir a mi casa. Al cabo de un rato, escuché cómo él le decía a su mujer:

-Voy un rato a casa del vecino a consultarle algo sobre mi PC y a tomar una cerveza con él. Avísame cuando esté la cena.

Juan llamó a mi puerta y yo le abrí inmediatamente, casi al tiempo de él pulsar el timbre. Llevaba puesto un pijama de tela muy fina y unas zapatillas. Tan pronto atravesó el umbral, nos fundimos en un abrazo apasionado, besándonos con un ardor inusitado. Ambos sentimos cómo nuestros penes chocaban por de-bajo de nuestra ropa, totalmente excitados y deseosos de disfrutar con nuevas sensaciones.

Pasamos a mi dormitorio y nos desnudamos de cintura para abajo, dejando nuestros torsos aún cubiertos. Teníamos poco tiempo y no queríamos desaprovechar ni un solo segundo.

Comenzamos con un riquísimo 69 que nos transportó a la gloria. Ambos sentíamos cómo nuestras vergas respectivas, inundaban nuestras gargantas en una excitación cada vez mayor.

De vez en cuando, Juan se sacaba mi polla de la boca y comenzaba a pasarle la lengua, saboreando el magma pre-seminal que siempre suelo soltar antes de la eyaculación. Yo hacía lo mismo, recreándome en cada milímetro de aquella polla maravillosa, gorda, increíblemente bien formada que, por su perfección, parecía haber sido modelada artificialmente. Una verga recta y enervada, que dejaba ver con toda nitidez cada una de sus abultadas venas. Al tiempo, metía mi lengua en el hoyito de su capullo y Juan se extre-mecía de placer. Yo deseaba prolongar toda la noche aquellos momentos de satisfacción y gozo, pero el tiempo apremiaba y, en un momento determinado, Juan me dijo que teníamos que terminar.

Ambos comenzamos a succionar más enérgicamente, al tiempo que nos masturbábamos mutuamente. Yo deseaba correrme simultáneamente con mi amigo, pero él estaba más próximo al orgasmo que yo, por lo que en varias ocasiones tuve que decirle que me esperara y él tuvo que esperar algunos momentos para logar el placer al mismo tiempo que yo.

Yo había tenido la precaución de colocar sobre la cama una manta vieja que suelo tener para estos casos y, cuando ya no podíamos más ninguno de los dos, soltamos toda la energía contenida que llevábamos, llenándonos de leche hasta los ojos. Luego, Juan se limpió, me dio un beso y se marchó.

Y esa fue la última vez que mantuvimos sexo mi vecino y yo. Han pasado dos semanas y estoy esperando, como siempre, a que él tenga una ocasión para un nuevo encuentro. Cuando éste se produzca, volveré a relatarlo para todos ustedes, pues así me lo han pedido algunos lectores de esta página de relatos.

Esta tarde he estado en su casa. Sinceramente, pensaba que estaría sólo, porque es la hora en que Laura, su esposa, suele salir a andar con unas amigas. Pero, cuando he llamado a su puerta, ha sido ella quien ha salido a abrirme.

Juan estaba en su cuarto, delante de su computador, bien calentito con su aire acondicionado, pero sola-mente llevaba puesto un fino pijama de tela, (de esos que llevan un cordón para anudar en la cintura y sin botones en la bragueta). Por la misma, (su bragueta), se podía adivinar, más que ver, un tupido pubis cu-bierto de un negrísimo vello. Pero su bulto se hacía más que evidente, replegado a la parte izquierda del pantalón de su pijama.

Yo venía bastante "caliente", sobre todo porque pensaba que él estaría sólo en casa. Pero me equivoqué y no fue así, pero el sólo pensamiento de que iba a estar con él, hizo que mi miembro se endureciese por momentos. Ahora, estando ahí, delante de él, tan atractivo y luciendo aquel voluminoso paquete bajo aquel fino pijama de tela, mi excitación aumentó bastante. El se dio perfecta cuenta y también comenzó a excitarse. No podíamos hacer nada, porque su esposa podía entrar en cualquier momento, pero con nues-tras miradas ya nos decíamos bastante.

A pesar de lo mucho que deseábamos estar juntos, tampoco queríamos dejarnos llevar por la pasión para no levantar sospechas, pero yo deseaba con todas mis fuerzas que Juan me pidiese venir a mi casa con cualquier pretexto. Esperé a que él me lo pidiera, pero no lo hizo; al menos, no lo hizo en aquel momento.

Yo me senté junto a él, sin poder evitar que mis ojos se fijaran constantemente en aquel paquete que pare-cía que iba a estallar en cualquier momento. El tampoco dejaba de mirar a mi entrepierna, pero no hubo tocamientos ni gestos comprometedores. Ambos lo estábamos deseando y sentimos, (así me lo hizo saber también), cómo su polla comenzaba a babear. Algo que se hizo evidente, pues en esa zona de su pijama, comenzó a formarse un surco húmedo que procedía de la expulsión pre-seminal de su verga.

Mi excitación iba en aumento y finalmente le dije:

-Juan: no puedo aguantar más. ¿Porqué no echas cualquier excusa a tu esposa y vienes a mi casa?.

Entonces él asintió y me dijo que pasaría a buscar unos discos de música.

Yo crucé hasta mi casa, me puse algo cómodo y ligero para hacerme más accesible a los requerimientos que, con toda seguridad me pediría en tan sólo unos momentos, y esperé que llamase a mi puerta.

No habían transcurrido ni diez minutos cuando sonó el timbre. Rápidamente abrí y cerré la puerta tras él. Juan venía "encendido", con una fuerza y un vigor increíbles, y con unas ganas de sexo que ya casi no recordaba en él. Nos abrazamos, nos besamos, nos tocamos; todo eso allí mismo, en mi entrada. Eran tantos los deseos que teníamos el uno del otro que apenas podíamos esperar a estar más cómodos. Aquel abrazo y aquellos besos parecía que no iban a terminar nunca. Ninguno de los dos quería despegarse del otro, mientras restregábamos nuestros respectivos paquetes, el uno contra el otro, sintiendo un placer y una excitación maravillosa.

Allí mismo, en la misma entrada de la casa, Juan comenzó a buscar con ansiedad la parte de mi anatomía que más le gustaba; Mi polla. Y ésta estaba radiante e inmaculada, ya que acababa de ducharme. Rápida-mente la introdujo en su boca y comenzó a hacerme una felacion que me hizo ver el cielo. Pero yo quería hacer lo mismo con él y allí era imposible. Así que decidimos pasar a mi dormitorio.

Previamente yo había encendido la televisión, para dar la sensación, (si su esposa llamaba en algún mo-mento), de que estábamos en el salón. Simultáneamente había colocado unas cervezas sobre la mesita de centro, habíamos tomado un poco, en las propias botellas, y sin más entramos en mi habitación.

Solamente nos desnudamos parcialmente. Estábamos bastante nerviosos por la provisionalidad de aquel encuentro furtivo, pero deseábamos tanto estar juntos que no dudamos en correr algunos riesgos.

Nos acostamos en la cama cruzados y comenzamos con un riquísimo y maravilloso 69. Juan me agarraba los huevos y chupaba mi polla con auténtica ansiedad; parecía como si le fuese la vida en ello. Pero yo no me quedaba atrás. Del hoyito de su capullo seguía botando el magma pegajoso preseminal y yo gozaba muchísimo pasando mi lengua por esa zona, mientras sentía cómo el me hacía lo mismo, sin dejar de ge-mir por el placer que yo le estaba ocasionando.

Parecía que en cualquier momento nos íbamos a venir, pero cada vez que llegábamos al momento del clímax, ambos nos deteníamos para prolongar por mas tiempo aquellos momentos de placer. Juan me comía los huevos, al tiempo que introducía su dedo corazón dentro de mi culito. Y el placer que esto me causaba era indescriptible, a pesar de que nunca nadie me había penetrado. Pero aquello era increíble; su dedo jugueteaba con mi ano penetrando hasta lo más profundo, mientras él no dejaba de chupar y chupar mi polla. De vez en cuando se detenía y me miraba diciendo: ¡Que polla mas grande tienes, cabrón!.

Pero él no se quedaba atrás en el tamaño. Calculo que aquella verga alcanzaba los 17 o 18 centímetros, y aunque no era una verga excesivamente larga, si que era extraordinariamente gruesa, tanto que apenas cabía en mi boca. Era una polla tal vez desproporcionada en cuanto al grosor y al largo de la misma. Pero era un pene muy bien formado, extremadamente caliente, con unas venas que parecían iban a reventar en cualquier momento, pero que era una auténtica delicia acariciar con la lengua y tenerlo en la boca.

Sin embargo su verga no era lo mejor de Juan. Sus testículos; unos huevos enormes que, incluso vestido, podían ser perfectamente visibles por su voluptuosidad, eran lo mejor de él. Y esa maravilla la tenía ahora en mis manos. Así que, aprovechando la ocasión continué chupando aquellas grandes bolas, que propor-cionaban a mi amigo unas sensaciones muy placenteras.

Pero Juan tenía que regresar a su casa y no podíamos prolongar aquellos juegos por más tiempo. Así que decidimos acabar y Juan me pidió que eyaculase en su boca. Me pareció impropio y yo no quería hacerlo, aunque lo estaba deseando, pero él insistió mucho y me pidió que me corriese de esta forma. En justa re-ciprocidad, aunque no me agradaba demasiado, le ofrecí también mi boca, para que se corriese de esta forma y me llenase de aquel esperma que tanto me gustaba sentir en mi cuerpo…

Así lo hicimos. Aún durante algunos segundos seguimos succionando, pero ya, convencidos de que en cualquier momento podía ocurrir la eyaculación. Juan me dijo: ¡Me voy…, me voy!. Esto hizo que mis neuronas actuasen rápidamente y de mi polla salió una gran cantidad de leche que fue a parar a la boca de mi vecino. El hizo lo propio y me llenó de su semen que inundó mi boca. Permanecimos así durante unos pocos minutos, pero luego, Juan se incorporó de la cama, fue a escupir al baño y yo hice lo propio.

Ambos nos recolocamos nuestra ropa; Juan su pijama y yo mis pantalones de andar por casa. Regresamos al salón y acabamos nuestras cervezas.

Luego Juan se despidió de mí. Me dio un beso y un abrazo y se marchó. Y ahora, mientras escribo estas líneas, cuando hacen tan solo unas pocas horas que ha sucedido este nuevo encuentro, siento la ansiedad de volver a verlo lo antes posible.

A veces pienso que soy un canalla por desearle con tanta pasión; Por tentarle, sabiendo que su esposa es un ser encantador y que tan bien se porta conmigo. `Pero no puedo evitarlo. Me he acostumbrado a estos encuentros y lo deseo y lo quiero con toda mi alma.

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