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Motel para tres - Jilo -


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Relato enviado por : Jilo el 14/09/2004. Lecturas: 7726

etiquetas relato Motel para tres - Jilo - .
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Resumen
El sexo casual no es casual, siempre existe el riesgo de que te enganches. En esta historia un hombre casado hace citas a ciegas, señalando como punto de encuentro un concierto de Fratta, y acuden tres...


Relato
Dedicado a Fratta, músico enorme.


Definitivamente Fratta tiene la culpa de mi felicidad. Fue un viernes 13, justo hace cuatro meses, que harto de estar buscando comprar el disco "Romántico Desliz" me dio por meterme a la página que él tiene trepada en la Internet. Mi visita a su página fue de lo más normal, lo suficiente para enterarme que era imposible comprar original el "Romántico Desliz", sin embargo, pude enviar un correo al artista preguntándole cómo coño le hacía para hacerme de dicho material. Eso no demuestra sino que soy un ignorante de la computación, incapaz de "bajar" las canciones de la red y todas esas cosas que tan misteriosas me resultan. Fratta e Ignorancia computacional, mala mezcla. Por un error, o no se si por error, pulsé con el ratón un botón que resultó ser un botón de historial, en él se despliega todos los sitios y carpetas que se han visitado hoy, ayer, anteayer, la semana pasada, hace dos semanas, o hace tres.


Yo nunca uso la computadora, generalmente la usan nuestros hijos, en especial Luisito, quien a sus 17 años está obsesionado por este artefacto. Como dije, pulsé el botón de histórico, y apareció la lista de un montón de páginas. Debo admitir que está mal pero noté que una página era muy recurrida, una página que el título lo dice todo, ligando punto com, y otra que se llama milf seekers.


Luego les cuento que regañé a Luisito por frecuentar esas páginas, aunque me sentía poco auténtico porque a mi me encantaron, no viene a tema decir que tuve que alzar la voz sin convicción, decirle que le iba a hacer daño ver ese material, aunque no podría explicarle de qué forma le dañaría exactamente, él se puso muy inconforme, algo me quiso decir, pero… pero… balbuceaba, pero yo no entendí de razones, así que le pedí que no me dijera nada, que no me interesaba escuchar su versión, y así quedó. Tal vez él sólo quería ver chicas desnudas y también tal vez al único que le hizo daño entrar a dichas páginas fue a mí.


La pornografía me gusta, pero pocas veces estoy solo en casa y con la seguridad de que nadie llegará a importunarme, u aunque esté solo, siempre me ha gustado más el video que las fotos y para eso mejor echo a andar alguna cinta que me excite, con la libertad de masturbarme; pero esa vez me quedé viendo la página que Luisito había dejado en la fresca memoria de nuestra computadora, una de MILF, que es algo así como un concepto de género gonzo en que unos cabrones van por la calle filmando cómo se ligan a esposas de desconocidos, les ofrecen dinero y estas se dejan coger salvajemente.


Vi muchos samplers y disfruté de una excitación muy poderosa. En mi mente se anclaba una idea que me hacía más daño que provecho: Si a una mujer lo que le gusta es una verga bien parada, capaz de barrenarla de muchas maneras, fuerte y vigorosamente pero con delicadeza y romanticismo, entonces a esa mujer le gusto yo. Esta idea, repito, me inundó. La página de MILF me decía algo que además era obvio para mi: Todos desean una buena cojida, no importa si estás bello o feo, si eres rico o pobre, si eres joven o viejo, si eres un mendigo o un alcalde, o la afanadora, o la primera dama, o el mismo Presidente de la República, una buena cojida te vendría bien. Pero, entre mi verga y las mujeres que la gozarían no hay relación alguna, y se tornaba todo tan estúpido como dos cabrones perdidos en una isla desierta, uno con una lata de salchichas y otro con un abrelatas, ambos muriendo de hambre. Descubrí eso, que el sexo para mí era sinónimo de hambre, una hambre ridícula ya que el mundo es un banquete esquivo.


La página de MILF me puso la verga bien dura, pero la otra página, esa de ligando punto com, esa me provocó una erección en la mente, y aquí es donde mi historia verdaderamente comienza. Me metí y vi que en ella se anunciaban personas abiertas, personas reales, dispuestas a gozar del sexo. Tomé nota de cómo inscribirme, que había que pagar una cuota, lógico, para no sólo anunciarme, sino para anunciarme y poder enviar mensajes y recibirlos. Había varios rubros, mujeres, hombres, gays, swingers, etc. En dicha página no sería yo una persona pública, detalle importante si se es el juez conservador de la localidad, sino que me convertiría en cualquier cabrón, me llamaría como yo quisiera, podría mentir, decir que soy un abogadete, o vendedor de seguros. Curioso, tenía que mentir bajando de rango, argumentando tener oficios mucho más sencillos que el de ser Juez Federal. El hacer eso, inscribirme en el sitio de contactos, aunque no hubiese contactado a nadie, era ya de por sí liberador, la sensación de haberme inscrito fue más efectivo que tres meses de terapia, no sé por qué. El sudor de estar haciéndolo, de estarme inscribiendo, a hurtadillas, desde la computadora de la casa, me parecía sencillamente extremo. Por otro lado el berrinche de que mi hijo menor de edad estuviera viendo todo esto. Caray, es que hay unas esposas de verdad convincentes de que lo que quieren es una verga anónima. Tal vez yo era ese Vergador Enmascarado.


Todo puede ser un gran timo. El que pongas tu anuncio no garantiza que alguien vaya a interesarse. Si pones anuncio pero no pones foto, es como estar perdido antes de empezar. Puse algunos mensajes que según yo llamarían la atención de alguien, me ofrecí a que si les interesaba les enseñaba clases de orgasmo, me ofrecí a besarles los pies, me pavonee diciendo que garantizaba una hora de desenfreno, ofrecí un masaje de digitopuntura gratis para después de la cogida, etc. Nada, nada llegaba, nadie atendía. Supuse que se debía a que no anexaba foto. Desde luego es imposible colocar una foto con rostro, de por sí, enviar una foto de mi verga ya sería singular para Laura, mi mujer. No tendría reparo en mandar mi linda cara a la red, siempre que la gente que entra en ella fuese madura, pero en su mayoría no lo es. Además, así como encontré yo el enlace de internet abierto, así podría encontrarlo Laura, mis hijos adolescentes, por ejemplo, o la gente que no ha sido muy feliz de que la mande a prisión. Me quedaba clarísimo, sin foto no hay contacto. Me quedaba también muy claro, no sería foto con rostro.


Me di a la tarea de obtener unas fotos. Supongo que a más de un listo se le ocurre tomar prestada una foto de la red y presumirla como suya, pero no es mi estilo. Tenía que tomarme esas fotos. El día que decidí tomarlas tenía un poco de fiebre, lo cual ya inhibía que mi miembro estuviese en toda su plenitud. Vaya, he cojido con mucha fiebre, y ha sido rico tenerla algo flexible pero aguantadora, pero vamos, para una foto de un anuncio, la verga tiene que lucir lo más descomunal posible, pues es lo que dicta el mercado. Conseguí una cámara y me fui a tomar las fotos. Fue difícil maniobrar porque obviamente no tenía quien me diera la mano con ese favorcillo. Las fotos salieron horribles, pero al menos iban a transmitir que la intención de llegar a algo la había. Al menos quienes vieran mi anuncio sabrían que soy real y que no la tengo ni muy pequeña ni muy delgada.


En el sexo soy un hombre que sorprende. Mi físico, como he dicho, no es ese que han publicitado las revistas, mi nariz no es recta y casi no tengo pestañas, gordo no estoy, pero tampoco mi espalda luce muy ancha, encima visto conservadoramente, por lo que en general no voy por la calle excitando damas; logro más con la mirada, y si comenzamos a tratarnos puedo poner muy caliente a una mujer, pero he ahí mi problema, para que ese trato se dé, generalmente necesitan que primero les atraiga el físico. No será raro que se liguen guapos que las dejarán a medias con su calentura, cosa que conmigo no ha pasado nunca. Dado mi trabajo, debo irradiar una imagen respetable, pero las damas me respetan tanto que nada estridente sucede. Digo que soy un hombre que sorprende porque ya que una mujer y yo tenemos sexo se sorprenden de la perriza que les meto, siempre por la línea de "tan calladito que se ve, mire que su verga está muy rica". Es triste pero así es, la televisión ha educado al mundo diciéndole que yo no soy exactamente guapo, y mi parte linda es mi verga y no me permiten andar por la calle exhibiéndola. Eso es trampa.


Mandé la foto. Me senté a esperar. Nada. Mi orgullo personal rodó por los suelos nuevamente. ¿Qué habrá fallado? Me pregunté una y mil veces. Cierto que mentí en mis datos de la ficha técnica, pero no es tan grave, siento que nadie en el mundo es tan ingenuo para dar, de buenas a primera, su nombre real, sin embargo, yo mentí en cuanto a mi lugar de residencia, no puse mi ciudad, sino la Ciudad de México. ¿La razón? Que en mi ciudad no había un sólo contacto, y además, viajo muy seguido a la Suprema Corte de Justicia que queda en la Ciudad de México y es en sus moteles donde yo de verdad me sentiría a mis anchas con mi aventura, pues cuando voy pernocto sólo y por varias noches. Y ahí si hay mucha gente liberal.


Mi vida sexual, monótona como era, comenzó a agitarse de una manera descomunal. Cierto, Laura y yo cogíamos exactamente con la misma frecuencia que antes, es decir, no mucho, sin embargo, cada que pasaba cerca de la habitación donde está la computadora, era como si una sirena me llamase con su canto hipnótico, motivándome a revisar mi correo, a ver si había respuesta de alguna dama. Era como un hoyo negro que todo lo absorbía, me convertí en alguien muy sexual porque todo el tiempo estaba pensando en eso.


Un fin de semana fui al Distrito Federal. Detecté que contestaron dos chicas. Una tal Rosy y una tal Sonia. No sin miedo, les di mi teléfono móvil, con todo y las reservas de que un buen día me llamaran y contestara Laura y le explicaran lo que ando haciendo en la Ciudad de México y a sus espaldas. Ojalá eso hubiera pasado, pues eso ya sería algo, pero no, nada pasó. Ese fin de semana estuve en la Ciudad de México otra vez solo. La cadena de hoteles en que me quedé son muy modernos, cada habitación tiene videocasetera, so pretexto de que en la planta baja hay un departamento de renta de películas, obvio no renté nada, me fui a la calle y compré un par de cintas pornográficas, una cinta de jovencitas y una filmada en los hoteluchos de ahí mismo de la Capital, y me consolé a mano limpia. No me la pasé mal, acaso pensé en que el mundo no es ya un sitio seguro, pues mientras me la meneaba alegremente pensé que tal vez me filmaban y que en breve saldría en un video casero de esos que distribuyen en Tepito, de esos que dan testimonio de las proezas de quienes van a joder a los hoteluchos de la Calzada de Tlalpan, no sé si se debió a ese exhibicionismo imaginario, pero cuando me agité la verga a conciencia, solté un chorro de leche blanca que fue a parar hasta el cristal del televisor, mientras otra gota espesa y caliente cayó en uno de mis pies, quien recibió con agrado el cálido asalto. Me hubiese gustado que Laura estuviese ahí para ver qué chorrazaso me eché.


Pasaron los días, lo suficiente para pensar que en realidad no me interesaba vivir experiencias que me fueran comunes. Dejé de interesarme por la tal Rosy o la tal Sonia, a quienes les envié un par de mensajes que luego de releerlos descubrí que eran mensajes desesperados, es decir, yo desesperado por que me contesten, y eso no es lo que espero de mi mismo.


No estaba exento de miedos. Me sentiría algo triste de contactar con una chica y descubrir que sea menos audaz que Laura. Si bien era yo mucho más caliente que mi mujer, pensaba que si me habría de aventurar a arriesgar mi célebre reputación, lo mínimo sería que esto no ocurriera envolviéndome en una relación normal, así que lo que se me vino a la cabeza fue hacer un trío, después de todo, había parejas que anunciaban su necesidad de un cabrón que le diera verga a ella, o a ambos. Recordando los MILF y sondeando mis verdaderas inquietudes, llegué a varias conclusiones, la primera, que en realidad no andaba detrás de modelos de belleza, sino detrás de una actitud desvergonzada y lasciva, detrás de una mujer insaciable que pidiera más y más, y más y más era lo que le daría, y no quería yo traumas ni penas, sino la plena noción del furor sexual. Andaba tras un hambre ajena, no una hambre desesperada, pues si lo veo bien, yo mismo no estaba en la desolación, sino muerto de tedio, y deseaba el choque de dos hambres, y para ello el tipo de mujer que buscaba era uno muy específico, aquel tipo de mujer con la suficiente virilidad como para convencer a su marido de que otro cabrón se la joda en sus narices. Palabras como puta no definen para nada este tipo de mujer. Recordé una película porno de Marylin Chambers en que la follan unos diez hombres y ella mira a la cámara gimiendo que quiere más y que esa solicitud no es ni por asomo un gesto de debilidad, sino de deseo y derecho, ese derecho de querer más placer del debido, de merecerlo, de hacerlo real.


Comencé pues a enviar yo los mensajes, torpes de todo a todo porque no hay nadie que lo prepare a uno en la materia de cómo ofrecerse uno mismo como mercancía sexual. Salvo aquellos que la tienen de más de veinte centímetros, supongo que el resto debe dar traspiés más o menos lamentables de convencer a otro de que eres el adecuado. Caramba, sería más fácil hacer la calle, ver un transeúnte y decirle "te la mamo", así de honesto, pero en internet es distinto, impera la desconfianza. A mis cuarenta años era yo un principiante en esto, de ahí que no pudiera medir los siguientes pormenores:


Por principio, por simple ley de probabilidades no todos los mensajes que mandes serán contestados. Así que me di a la tarea de enviar mensajes a varias parejas que estaban en el rubro de "Parejas buscan hombres".


Obvio, yo les mandé mensajes porque los suyos llamaron mi atención o se acercaron a lo que yo sentí que era lo que buscaba, pero no presté atención en qué era lo que ellos decían para llamar mi atención, y tampoco tomé nota de sus nombres, seguro de que eran falsos. Esto trajo un primer problema. Mandé mensajes y si contestaban no sabría yo adivinar si se trataba de la pareja madura que explicaba que a ella le encantaba tener dos vergas o más a la vez, si era la pareja de profesionistas jóvenes que deseaban una relación sumamente discreta limpia y sin malos rollos con caballero maduro de excelente posición (lo que sea que esto último significara creía tenerlo), o si se trataba de la pareja de treinta y cinco que deseaba poner un poco de pimienta a su matrimonio. En resumen, mandé mensajes y no supe ni a quién.


Así como fui de descuidado con lo que ellos decían, lo fui con lo que yo les dije. Una pareja si contestó y, según su respuesta, les había llamado la atención que les explicara que una de mis amantes había dicho que yo hacía el amor como Rocco Siffredi, el semental italiano, pero sin tanto centimetraje, ellos se decían amantes de este actor porno italiano y expresaban que si en verdad cojía tan bestialmente como él, seguro nos la pasaríamos estupendo... "sobre todo ella, que ya se está saboreando" decía el mensaje.


Una cosa si es cierta, a los tres mensajes que mandé les dije que estaría en El Péndulo, a lado del Vips de la Zona Rosa, en la calle Londres, a las nueve de la noche, que iría vestido con un traje de lana azul marino con pequeñas líneas café, con zapatos de charol, corbata gris plata y que llevaría una rosa roja en la solapa de mi saco. Estaría esperándoles en el concierto de Fratta, y les garantizaba que si no se hacía el trío, por lo menos se iban a divertir y que yo invitaba las bebidas.


Esta cita al aire, imprudente de cierto, se debió a que no iba a tener la facilidad de revisar de nuevo mi cuenta de contactos, y ellos probablemente no tendrían oportunidad de contestar. Bastante trabajo me costaba escabullirme de Laura para tener esta vida cibernética, pues me metía desde nuestra casa en horas en que ella no está, y luego tenía que borrar toda huella, pues si bien Laura no sabe nada de computación, Luisito es muy hábil. Por eso no afiné detalles, envié correos breves, casi torpes, y no les di seguimiento, di por sentado que al menos alguno de ellos pegaría. Así, por simpleza, bastaba con que fueran a dicho lugar, total, es del contacto directo de donde se sabrá si hay química o no. Cuando llegó el mensaje de esta pareja, que no supe cuál de las tres era, sino sólo lo que yo les había dicho (probablemente era la pareja de treinta y cinco, pues decían amar el cine, incluso el pornográfico) comencé a saborear una noche digna de recordar, y de esta simple expectativa me entristeció ver que había en mi vida tantas noches olvidadas. ¿En qué medida uno está muerto por no vivir lo que uno quiere?


Por fin, descansé. Mis intenciones eran nobles y lo que quería era dar, ya me estaba hartando de que dar, de que hacer feliz, que ser el juguete u objeto de alguien, un amenizador de carne y hueso, me costara tanto trabajo. Todo fue una lluvia de convencimiento para no sentirme mal de lo que hacía, todo se justificó en mi cabeza. ¿Por qué los cité en El Péndulo? Porque ahí se presentaría Fratta, y yo quería ver uno de sus conciertos.


Solo yo sabía qué traía entre manos, o creí saber. Ahí estaba yo, preocupado porque no había tomado la precaución de preguntar si había que pagar algo en un sitio llamado "El Péndulo", suponía que sí, es más, ni siquiera sabía dónde era dicho lugar, sabía la dirección, que ya era algo, sabía que esa noche tocaba Fratta, que era el último sábado que tocaba en tal lugar. Sabía que quería estar ahí, por muchas razones.


Siguiendo la numeración de la calle advertí que El Péndulo no era un bar, ni un centro nocturno, ni una sala de conciertos, sino una librería. Si, una librería en la que había entrado muchas veces y en la que nunca había comprado nada, no sé por qué, ahí, en esa librería que me era tan familiar, ahí era el epicentro de ese día de mi vida. ¿Qué un día no es nada? Al borde de morir uno daría lo que fuera por uno más, y a ser honesto, un día como el que apenas iba a empezar sería un retiro digno de esta vida.


Pregunté al vigilante de la entrada si ahí era donde tocaría Fratta, pues no me parecía que hubiese demasiado espacio para un concierto. En todo caso yo estaba feliz porque este tipo de tocadas donde todo es tan cercano me gustan más que las presentaciones masivas. Me contestó que sí y me dijo "Por las escaleras". Vi las escaleras, y ahí, a lado de la escalera, junto a un montón de libros apilados estaba Fratta, hojeando un libro que seguramente no le interesaba en lo más mínimo. Él es muy bajito, y cada vez que le veo me convenzo más de que es un desperdicio que David Lynch no lo conozca, pues me cae que quedaría perfecto para algún papelillo bizarro de alguna de sus cintas. No sé ni por qué digo esto, tal vez se debe a que en su último disco, "Motel", la portadilla trae una foto suya en la que se parece mucho a John Waters, luego John Waters me trae a la mente el cine más trasho, luego lo asocio con David Lynch, ese ha de ser el nexo. Mi hijo tiene un arsenal de adjetivos para este acto de perderse en los pensamientos, agarré un trip, me viajé, andaba en el debraye, etc. En todo caso, el que mejor me cae es ese de que agarré un trip, aunque tratándose de tantas conclusiones sin sentido, más que hacer un viaje transbordé varias veces.


Como digo, él ojeaba un libro que seguramente no le interesaba. Si bien era probable que él no quisiera leer libros, era claro que algo que él no quería hacer era subir al lugar de la presentación, pues imagino la escena, el público ya listo, el cantante ya listo, todo ya listo, pero imposible comenzar antes de la hora. Habría que fingir que se afina el instrumento, alguien chiflando para que comience a destiempo, todo eso.


Con este Fratta uno puede estar seguro que lo único más grande que su talento es su sencillez. Me le acerqué y le tendí mi mano, me saludó. En pocas palabras nunca he sido bueno como groupie, además el físico no me ayuda, así que torpemente le di las gracias por tantas horas de deleite que me ha regalado. Le expliqué que sus discos eran el soundtrack indispensable de mis viajes por la costa de Michoacán, la cual recorro a menudo. Le conté de una manera muy hueca que una vez estaba en Maruata, la playa más desenfrenada de la costa de Michoacán, que estaba yo muy reflexivo, por decirlo de algún modo, y en mi mente tenía una canción que él canta con Ely Guerra, en que dice "…Que me maten si quieren, pero dejen todo igual…", y se nos apareció una tortuga marina enorme, una mole globalifóbica que se laceraba contra unas piedras, mirándonos con sus ojillos melancólicos, desde luego harta de que estuviésemos en su playa, y esa coincidencia, la tortuga saliendo mientras en mi cabeza rondaba la canción que dije, fue algo muy extraño. Le dije que le había visto hace mucho en un concierto que él había dado en Monterrey, no como titular, sino como invitado de Joaquín Sabina. Sabina dijo que a él personalmente le gustaba mucho la música de Fratta, o algo así que me sonó a "me obligó la disquera a incluir a este oportunista", cosa que desde luego no le mencioné a Fratta por innecesario, después de todo Fratta todavía canta. Le dije también que le había mandado pedir una copia de "Romántico Desliz" que me la envió con un dibujillo hecho por el mismo. No importa qué le dijera, él era algo para mi, yo nada para él, claro está, más allá de ser su fan.


Él desde luego escuchó mis comentarios, no sé si con interés, pero al menos con cortesía. No dejé de invitarlo a mi tierra, Michoacán, le dije que si va por allá me escriba un correo, eso si no borró mi mail, que recordará porque en él le narré el pasaje de la tortuga. No quise ser mamón, omití decirle que soy Juez de Distrito de mi pueblo. El no andaba de divo, yo no andaba de Juez.


Como no somos los grandes amigos y ningún halago llevaba yo preparado, el encuentro duró poco. Subí las escaleras.


Desconocía que en "El Péndulo" eventualmente ofrecían conciertos de distintos artistas, es más, ignoraba de la existencia de un pequeño bar que tienen en un mezanine, subí al bar y, al entrar, el suelo de madera crujía como un puente levadizo tendido sobre un río turbulento; puede que la madera rechinara especialmente debido a que llevaba puestos mis zapatos de charol, que tienen un tacón bastante alto, pero estoy seguro que el ruido de los tacones poco o nada tenía que ver con aquella sensación de puente que me excitaba de distintas maneras, pues sabía lo que había en aquel extremo del puente del que venía, pero ignoraba todo acerca del extremo al que iba. Atrás, un atardecer de algún tipo, al frente un amanecer de algún tipo, y a lado de mi destino, una fogata de troncos ardiendo, dándome la bienvenida.


En el extremo del que venía estaba yo, un hombre de treinta y siete años, encallado en la plenitud de mi deseo sexual, con costumbres atléticas aunque mi cuerpo no fuera el de ningún Adonis, gimnasia y artes marciales me habían dado un cuerpo esbelto pero duro de pelar; con una esposa cariñosa, una gran mujer sin duda, alineada con cada uno de mis procesos, ya fuera espiritual, económico, artístico, pero cada vez más renuente al sexo, aspecto que cada día le parecía más mundano y poco prioritario; estaba yo, con familia, con buena aceptación en mi localidad, buen padre, solvente pero no soluble, con la fama normal que puede tener un Juez, estimado por mis amigos, claro, con muchos rivales, pero en general aceptado.


Sin embargo, ahí estaba yo, encallado en la plenitud de mi deseo sexual, que creo fue lo primero que dije de mí en la descripción que ya he dado. ¿A qué me refiero cuando digo encallado? Simple, con un deseo mucho mayor que el que soy capaz de utilizar. Prisionero de mi excedente de calor. Con mi mujer tenía sexo cada veinte días, treinta y cinco si le viene la regla. Cuando no que me mandan llamar a la Ciudad de México y me ausento más todavía. No digo que esté mal cuando lo hacemos, pues ella tiene la sabiduría de una puta milenaria, y yo me pongo a su altura. Podría decirse que no está nada mal que nuestros revolcones duren siempre entre una hora y media o dos horas, pero vuelvo al punto, ello ocurre cada veinte días, treinta y cinco si le viene la regla. Más la regla que yo aporto con mis constantes viajes todo está muy jodido.


De la masturbación no me quejo. Si bien Laura y yo tenemos sexo aisladamente, debo confesar que en los últimos seis años, por decir una estimación, habrá, cuando mucho unos cien días en que no haya eyaculado. No mezclo una cosa con otra, mujer y mano son rubros distintos, cada uno con su encanto. Aunque de cierto, cuando me masturbo no pienso en manos, sino en mujeres. Las putas de paga no me llaman la atención, pues pudiendo pagar por acostarme con la belleza que esté dispuesta a hacerlo por dinero, no me sabría ni la cuarta parte de lo que me sabe un beso gratuito, esa gratuidad que es homenaje al propio ser, no al dinero.


Mi amor propio, y esa conciencia de que mi forma de amar daba para mucho, jugaba tristemente en mi favor. Hubiese preferido ser un eyaculador precoz que por la pena de quedar mal prefiere tener sexo allá cada mes, así esa frecuencia propuesta por Laura sería normal, pero no, sé que mi miembro da mucho tirón, sé del poder que puedo imprimirle a mi forma de amar, mis piernas son fuertes, mi abdomen también, encima soy muy caliente, lo que me da la actitud correcta para darle batería a una mujer.


Una encrucijada, si fuese el eyaculador precoz estaría a la altura de la agenda de Laura, pero ella me echaría de su cama al instante al ver la impotencia para producirle ese rosario de orgasmos que dice sentir cuando la empalo; luego entonces, para satisfacer sus caderas necesito ser un cabrón bien hecho, una máquina sexual que sepa meter bien los diecisiete centímetros de verga que Dios me dio, pero, el ser así me deja descontento a mi, pues entonces la agenda se torna insoportable. Hemos hablado alguna vez de amasiato y parece ser una idea con la que no va a casar nunca, y aunque alguna vez ya tomé una mujer frente a ella, e incluso ella la acarició de buena gana, las referencias que ella hace a ese inverosímil pasaje de orgía siempre van matizadas de comentarios que dejan en claro que para ella fue una locura y que no la volvería a repetir.


El amor tiene mucho que ver con lo espontáneo. Uno puede hacer mil locuras, pero sólo las locuras espontáneas parecen tener gracia. Si no fuese así, sería muy sencillo para mi contratar de vez en cuando a una puta y satisfacer mis deseos, o conseguirme una amante de planta, aunque la verdad no me llama la atención tener muchas relaciones afectivas. En pocas palabras, me encontraba varado, como si fuese una ballena suicida encallada en la arena, anclado con mi verga del suelo, infeliz en general, sintiendo que mi sexualidad tenía derecho a muchas más experiencias que las que el mundo pensaba destinarme, atado por las algas de la culpa de fallarle a Laura, pero sintiéndome desdichado por mi suerte. Encima los malditos paparazzis no dejan de seguirme para ver en qué me equivoco. Un affair lo pagaría, desde luego, muy caro.


Dada mi personalidad fuerte y los distintos roles que juego en mi casa, trabajo y comunidad, este oscuro secreto de mi deseo sexual reprimido era una especie de lujo, una debilidad escondida que pareciera estaba condenado a custodiar en secreto, o lo que es lo mismo, al pensar en esa inquietud no contaba con ningún aliado ni confidente, pues mis confidentes eran precisamente quienes más resentirían conocer de esa frustración, gente que me considera su modelo de felicidad y congruencia planetaria, gente que cree, sin saber, que Laura y yo cojemos mucho más de lo que en realidad lo hacemos, y en el Poder Judicial no hay amigos de verdad, todos son hipócritas, por lo general; dicho de otro modo, esa fisura quebraba toda mi persona y respecto de ella estaba completamente solo en el mundo. Mi principal aliado, en quien confío ciegamente, es en Laura, es decir, la única que no debía saberlo.


Volviendo al tema, había llegado el día. Como acto de fe compré una caja de nueve condones. Luego caminé por unas cuantas manzanas hasta que localicé quien me pudiera vender una rosa roja, pues aunque la pareja que esperaba había visto ya mis fotos más íntimas, las que muestran mi miembro enhiesto, no conocían mi rostro. La pista fue cursi, pero inconfundible. De traje azul marino con rayas, zapatos de charol, con una rosa roja en la solapa del saco de piel, cabello parcialmente cano, pero interesante.


Aquí es donde empecé mi historia, todo lo que he contado es lo que estaba en aquella orilla del puente que dejaba atrás. La madera rechinaba. Había en el lugar unas cuantas parejas. Caminé muy lento, como para que me identificaran. El detalle de decirles cómo iba yo vestido sin pedirles yo una foto era un toque de aventura que decidí darle al asunto, además era un gesto de caballerosidad, pues pensé, "están en su derecho de que si no les gusto sencillamente se marchen del lugar, sin conflicto alguno", después de todo mi plan A era escuchar el concierto. Miré las parejas, todos voltearon a ver el detalle anticuado de la flor en la solapa, pero la mirada de ninguna de las chicas me pareció tan atrevida, tan arrojada, como para suponer que alguna de ellas fuese quien contestó o estuviera analizando y suponiendo el tipo de amante que sería. Fui muy descortés en no anotar nombres, pues ni eso sabía de la pareja que llegaría, si es que llegaría.


Me senté en una mesa, ocupando sólo una de las cinco sillas que la rodeaban. No cobraban la entrada, sólo el consumo, así que pedí consumo de inmediato (no me fueran a echar), una botella de vino tinto chileno Santa Lucía. Rico. Subían parejas y yo las miraba. Como la escalera es tipo caracol, es como si el público saliese de un sótano, primero ves la cabeza, luego el resto del cuerpo. La mayoría no reparaba en mi, yo alzaba el pecho floreado y sacaba los zapatones de charol de debajo de la mesa, como señal. Me daba risa estar haciendo tantas payasadas. Es lo chingón de la Ciudad de México, es tan enorme que nadie me conoce, puede uno hacer estas payasadas. Además infructuosas.


De la escalera emergió la cabeza de un tipo de unos veinticinco años, blanco, algo robusto pero no demasiado, con su cabellera peinada con demasiado fijador. Volteó hacia mi dirección, vio la flor, vio las botas, y me dirigió una sonrisa que en verdad era franca. Miró hacia abajo, como llamando a alguien. "Ellos son" pensé. Mi cuerpo sintió una tibieza extrema. Quien subiera por la escalera sería la chica que esperaba. Nada estaba escrito, lo sabía bien, podría ella decidir que sí, o decidir que no, pero ya me encargaría yo de hacer lo posible por un si, por un más, por un no pares.


Surgió una cabeza blanca enmarcada con un cabello rizado y negro, también con mucho fijador. Sus ojos eran tiernos pero feroces, su nariz pequeña y su boca también algo pequeña, pero con los labios muy carnosos, probablemente fruto de alguna cirugía. Era una cabeza pequeña, imaginé un cuerpo menudo, pero no, la cabeza dio paso a un cuello largo y a unos hombros blancos que lucían muy desnudos, sus pechos estaban grandes y muy alzaditos, no mucha cintura, pero debajo estaba una cadera tan amplia que volvía cintura cualquier abdomen. Llevaba una falda muy fresca y unos zapatos de lianas de cuero que amarraban sus blancos y largos pies. "Me encanta" pensé. No les aparté ni la vista ni la sonrisa mientras se acercaban a mi mesa. Me puse de pie y a ella pareció gustarle que mi metro setenta y cinco amenazara su metro sesenta. Les estreché la mano a ambos justo como lo hago en la vida cotidiana, con fuerza, con familiaridad. A ella además le besé la mano y la mejilla. Pareció sentirse a gusto. Les invité a que pidieran algo. Ella pidió tinto, él una cerveza.


Parecían estar de acuerdo con que yo tuviese treinta y siete años y ellos como veinticinco cada uno. "Esta chica no quiere novatos" pensé, y ello me llenó de contento, pues eso era lo que menos soy. Conforme platicamos me sentí absolutamente excitado de pensar que aquella lindura, de apariencia noble y jovial, era presa de un deseo de estar empalada por dos hombres, tenía una erección sólo de la simple posibilidad de que dentro de un par de horas íbamos a tener a esta hermosura desnuda y dispuesta a saciar todos sus instintos, y los nuestros. Pareciera que los temas que tratábamos nos resultaban divertidos, ellos hablaban de cine y yo sé mucho de cine, y encima cuento el cine de manera divertida, los tenía riendo con algunas anécdotas, que tengo muchas. De los temas en general, hablábamos todos, de lo que iba a pasar después hablaba sólo él, como si ella fuese de su propiedad, pero más que su propiedad, como si fuese su tesoro más preciado, el objeto de todo su cuidado, su principio y su fin. Notando esto, me atreví a decirle:




-Me parece encantador cómo tratas este tema, y me encanta porque cada "negociación" que haces apunta a la seguridad de ella, cada palabra es una caricia para ella, me gusta de verdad. Me siento muy a gusto sabiendo que la quieres mucho. Deja te digo que este encuentro tiene mucho sentido para mi, que no soy grosero, quiero que se diviertan y desde luego divertirme, y por qué no, hasta podemos aprender unos de otros. Relájense, daño no les voy a hacer, es más, ya siento que los quiero, como si los conociera de hace mucho.




Ambos sonrieron. Pareció definirse ahí un par de cosas, que ellos se sentían en confianza conmigo y que sí, efectivamente, después de esta velada aquella chica iba a estar en manos de los dos. Ella, luego de aquella intervención mía, se relajó más, y empezó a coquetear, haciendo alusiones muy sutiles de lo que le gustaba, y yo tomaba nota en mi cabeza, mientras él se hacía el desentendido para que ella y yo pudiéramos conocernos. Le leí la mano a ella y eso nos permitió un adelanto de lo que sería después. Le dije




-Tu mano me dice que te gusta mucho la experiencia en la cama y las maneras de los hombres que saben lo que quieren.


-¡Lo que llega a revelar la mano de una! ¿Qué habré tocado?.


-Curioso, dice que tendrás eso hoy mismo.




Sucedió entonces un imprevisto. Por la escalinata se asomó la cabeza de un hombre de unos treinta y cinco años, aunque vestido de más joven. Vio mi charol en los pies, vio mi flor. Sus cejas alzadas. Vio a la pareja que ya me acompañaba, Diana y Fabián se llamaban, y sus cejas se fruncieron un poco. Con él subió una chica llenita, con pantalones ajustados que la hacían verse buena, alta, de mi estatura, quizá un poco más con tacones y un poco menos sin ellos, con un sostén ceñido que daba muy buen aspecto a sus pechos, bastante grandes, su cara era redonda, bonita, de ojos muy grandes, nariz redonda, boca amplia, con una ligera papada que no venía al caso que se esforzara tanto en ocultar, pues era parte de ella y daba una extraña sensación de salud, era agradable en su conjunto. Él era moreno y esbelto, más o menos de un metro setenta de estatura. Ella, a diferencia de él, se sintió contenta de ver a la pareja. Se acercaron a la mesa.


Me paré y les saludé de mano. A la recién llegada no le besé la mano por una extraña y bizarra fidelidad que le guardé a Diana (tal vez porque esta última había llegado primero). Le besé solo la mejilla, olía muy bien.


Dentro de mis ideas se había dibujado una noche placentera en que coincidíamos yo y una pareja. Con Diana y Fabián me sentía ya bastante a gusto y todo ya estaba bastante encarrilado, con la llegada de esta nueva pareja, Flor y Jay, todo volvía a cero. Ni modo de pararme y decirles que su asiento ya estaba ocupado, sobre todo con lo linda que se veía Flor, con una cadenita muy fina en el cuello que combinaba con una similar que llevaba al tobillo, lo cual me permitió ver sus fabulosos chamorros. Era una muy mala puntada de mi parte el no haber previsto este accidente, me apené de verdad. Sólo me restó intentar que las cosas fluyeran, total, tal vez y esto se derivaría en una orgía, que tampoco sonaba mal. Los presenté. Flor y Diana se extrañaron de que fuese yo quien las presentara. Luego me di cuenta por qué.


-Bueno- dije- mejor será que nos vayamos presentando. Tomen asiento. Yo invito. Yo soy José Luis. Él es Fabián. Ella es Diana. Y les comento que nos hemos caído de maravilla... –dije guiñando un ojo a los cuatro.


-Yo soy Jay y ella es Flor.


-Mucho gusto.


-Mucho gusto!- dijo Diana.


-¿Me he perdido de algo?- Dije yo al ver cierta complicidad entre ambas chicas.


-Si- dijo algo sonrojada Diana- Flor y yo éramos compañeras en la secundaria. Amigas, pues. No nos vemos desde hace algún tiempo.


-Cierto. No nos vemos desde antes que te llamaras Diana.


-Esta noche soy Diana.


-Comprendo – dijo Flor.


-No se preocupen, es la primera vez que Flor participa en algo como esto, por poco y sus padres no la dejan venir... dicen que la mal aconsejo. ¿Pero vas a entregarte a la experiencia, verdad mi vida?


-Te lo juré, pero no me provoques.




Pidieron unos tragos y entraron más en confianza. Me parecía que a Flor no le quedaba muy en claro de qué iba la cosa, pero parecía estar bastante de acuerdo con hacer todo lo que Jay le pedía. Jay era muy atractivo, posiblemente tenía sangre negra en sus venas. Sus manos y dedos largos ya me iban anticipando que el más vergudo de la noche no iba a ser yo. Fratta había comenzado a cantar y yo, un poco grosero, en cuanto él comenzaba a cantar me abstraía en su canción y hacía menos caso a mis acompañantes. Flor se sabía todas las canciones que cantaba el artista, cosa que me pareció demasiada coincidencia. Todo marchó bien por un tiempo. Pero ocurrió un inconveniente adicional.




Por la escalinata se asomó una cabeza con cabello entrecano y corto, un señor de piel muy blanca pero a la vez roja, no sé si de sol o de alcohol. Me vio y sonrió con una camaradería que no supe interpretar. Detrás de él venía una chica algo menudita, acaso de un metro y medio de estatura, bien formadita pero pequeñita, de cabello negro y largo que le llegaba a la cintura, con un color negro irreal que hacía suponer que se lo había teñido en la mañana, su boca y en general su cara estaba maquillada un poco de más, y a su andar se formaba un arco entre sus piernas que hizo guardar silencio a todos los hombres presentes, ella tenía mal gusto al vestir, o visto como yo lo vi, tenía tanto estilo que era difícil asimilarlo; una estola de plumas negras remataba el atuendo total de aquella chica.




Me ofrecí a acercar un par de sillas más, y esta vez ya quedamos apretados. Algunos presentes comenzaron a molestarse por el lío de las sillas y las presentaciones, pues Fratta ya había empezado su espectáculo y nosotros lo estábamos interrumpiendo. Me sentí momentáneamente perdido, pues la llegada de una pareja imprevista era algo con lo que creía poder, pero ya con dos parejas imprevistas todo se complicaba. Estábamos formando un trío de tres, pero de tres parejas.




La recién llegada dijo llamarse Débora, y su esposo se llamaba Martín. Desde el principio hubo como cierto rechazo a la nueva pareja, y eso me hacía sentir mal a mí. Ella era agradable, y ya de cerca me di cuenta que no era tan muchacha como cuando la vi de lejos, pues de cerca se palpaba bien claramente que ya rondaba los cuarenta años, mientras que Martín era todavía más grandecito. Ambos eran como que más expertos en estos juegos sexuales y ello se hacía notar en una extraña falta de vergüenza y pudor que se percibía en cada cosa que decían, sin embargo, mientras la falta de pudor era en Débora (juraría que no es su nombre) una exquisitez, en Martín se acercaba a la vulgaridad.


Todos parecíamos soportar esta nueva pareja, aunque Flor parecía sentir verdadero rechazo por Martín. Me parecía absurdo que aparentemente hubiera tanto inconveniente con que la nueva pareja fuese ya madurita, aunque luego pensé que no se trataba de eso, sino que a Martín lo hubiesen odiado así tuviese dieciocho, mientras que Débora me inspiraba tanta simpatía que seguro estoy de que podría hacerle el amor tranquilamente así tuviese sesenta años, pues el interior del ojo y el temperamento no envejecen. Me sentí atrapado y debía actuar rápido si quería que esto marchara ya no digamos por buen camino, sino por un camino cualquiera. El puente en el que estaba parado, pareciera a punto de caer, meciéndose de un lado a otro.


Con Debora hubo un par de momentos en los cuales tuvimos una verdadera conexión. El primero de ellos fue que el buen Fratta intercaló en uno de sus temas, la "Pequeña Serenata Diurna" de Silvio Rodríguez. Si bien Flor se sabía las canciones de Fratta, Debora se sabía esta otra canción, que reza:


Vivo en un país libre

Cual solamente puede ser libre

En esta tierra, en este instante

Y soy feliz porque soy gigante


Amo a una mujer clara

Que amo y me ama

Sin pedir nada, o casi nada

Que no es lo mismo pero es igual


Y si esto fuera poco

Tengo mis cantos que poco a poco

Muelo y rehago habitando el tiempo

Como me cuadra un hombre despierto


Soy feliz, soy un hombre feliz

Y quiero que me perdonen, por este día los muertos de mi felicidad


Ella cantó la canción y mientras lo hacía me dejaba caer el peso de sus ojos en los míos. La canción, que ya conocía, me había gustado poco con Silvio y con Fratta me encantó, quizá por el bajeo, o no sé, lo cierto es que ella cantaba esta pieza como volviendo el tiempo en que ella era una muchacha, invitada a una peña de canto nuevo, donde demostraba su pensamiento, su pasión, ella se fue lejos, muy lejos, y puede que yo la estuviese mirando como la miró un muchacho a sus dieciocho años, con una mirada que aun no olvida y que le viene a bien recordar cuando escucha esta canción. Yo por mi parte, sentí que cuando Fratta cantó acerca de ese hombre feliz en realidad cantaba acerca de mí. Yo era ese hombre feliz, estaba a punto de abandonarme a mi propia locura, a vivir el desenfreno luego de tantos años de no vivirlo, era el hombre feliz que pide perdón a sus muertos por su felicidad, pues de cierto, Laura moriría un poco si supiese lo convencido que estaba yo haciendo todo esto. Ella era ese muerto a quien yo debía pedirle perdón y a la vez era la mujer clara que amo y me ama, sin pedir nada, o casi nada, que no es lo mismo pero es igual. Pensando en la risa de Laura se me agolparon las lágrimas en los ojos y una de ella rodó dando jirones en mi mejilla, trazando en letra manuscrita la frase "soy feliz" y Debora y sólo Débora lo notó. Sonrió, y su risa decía "me cuadras", ignoro si yo le parecía a ella un hombre despierto, yo espero que sí.


Ese fue un momento, el otro fue cuando Fratta interpretó la canción "Disparos" de su nuevo disco, pues sin percatarme comencé a cantarla, o mejor dicho, a cantársela a Debora.


Cuando menos lo imaginé estaba ya pronunciándole casi al oído, pero muy de frente, lo que la canción dice. Me sería muy difícil narrar justo lo que ocurrió porque tendría que hacer un montón de aclaraciones entre palabra y palabra, ya no entre frase y frase, pues cada palabra expresaba algo que yo quería gritar. "Tan pronto como nos podamos perder, quiero encontrar la cama sobre tu piel, tan pronto como nos podamos comer, quiero olvidarme en ti, secarme". Quería yo que nos perdiéramos pronto. Ella hizo de su cuerpo una cama, aunque no estábamos en la habitación correcta. Cuando le dije "nos podamos comer" su sabor se apoderó de mis labios sin siquiera haberlo probado, robando el calor de su sabor, activando una estela de efluvios eléctricos en mi sistema gustativo, y debo creer, si hago caso a mi intuición, que fueron sus pezones, por ahora ocultos entre esa blusa y ese sostén, los que mandaron un disco de magia invisible a mi boca.


"Tan suave como nos miremos será, lo dulce del suspiro que llevará, el polen de nuestros disparos aquí y allá, quiero estrellarme en ti." Mi mirada pasó de aguerrida a suave, y la suya me correspondía. Sin embargo, nada me había preparado para decirle que quería estrellarme en ella con la fuerza de mi sangre, que es lo más sagrado, el depósito del alma en llamas, y esa frase, a suerte de haberla disfrutado ya tanto al escuchar el disco, se tornaba más placentera que nunca "Quiero estrellarme con la fuerza de la sangre, para que sientas como ardo"


En seguida un teclado me recordó por qué es que un artista en apariencia tan impopular como Fratta es capaz de hacerme que recorra ciudades con tal de escucharle, pues hoy por hoy es para mi gusto el artista más fino de la escena pop mexicana, aunque no sé si en realidad sea pop luego de sus influencias tan claramente jazzistas. Me parece un excelente bajista, pero antes que bajista, guitarrista, pianista y compositor, hay un extraordinario sentidor de cosas. Los tecladillos sonaron en ese tramo y yo dejé de sostenerle la mirada a Debora, y me puse a ver mi copa de vino tinto, y aunque en mi copa no había nada que me interesara mirar, era simple que lo que quería era mirar un punto distante, para permitirle a ella indagarme cómodamente, miré al vacío, taciturno, dejándome ver, dejándome apreciar, dejándome sentir. Dejándome llegar muy lejos en un punto asequible.


"Tan lejos como nos dejemos llegar, tan cerca entonces que saldremos del mar, tan vivos como nos podamos sentir, quiero morir en ti." Volví a mirarla.


"Tan suave como nos miremos será, lo dulce del suspiro que llevará, el polen de nuestros disparos aquí y allá, quiero estrellarme en ti. Quiero estrellarme con la fuerza de la sangre, para que sientas como ardo." En este momento entra una batería que en realidad es el impulso de la caja de ritmos, pues esa noche Fratta fue un corazón puesto en medio de ordenadores, y el sonido vertiginoso del nuevo ritmo hizo que se me erizara la piel, no sólo por la entrada de la batería virtual, sino por la amenaza que con la mente le hacía yo a Debora de mostrarle como ardo yo.


"Tan pronto como nos podamos perder, quiero encontrar la cama sobre tu piel, tan pronto como nos podamos comer, quiero olvidarme en ti –secarme, secarte-. Tan suave como nos miremos será, lo dulce del suspiro que llevará, el polen de nuestros disparos aquí y allá, quiero estrellarme en ti. Quiero estrellarme con la fuerza de la sangre, para que sientas como ardo, quiero estrellarme en ti."


Al final, respiré muy profundamente, pues había experimentado un orgasmo en los oídos y en el corazón, pues había escuchado esta canción y tenido enfrente a una mujer a la altura de mis promesas. Cuando volví en mi, vi que Flor no me había quitado la vista, y probablemente había sido testiga de mi pasión, pero también le había quedado claro que no había sido para ella ese gesto impagable de camntarle esta canción, sintiéndola desde muy adentro, con la sangre en la ebullición. Diana en cambio lo tomó con más humor, diciendo "Qué clavadota se dieron. Repartan tantito", yo sonreí, Martín gruño sin mucha fuerza, Debora se sonrojó.


La tocada fue como un zumbido para mí desde entonces. Se terminó, Fratta se metió entre las mesitas a hacer caravanas, recibiendo sus merecidos aplausos. Yo le anoté en un papelillo mi número de teléfono y el Motel en el que supongo nos iríamos, para invitarle a la fiesta que íbamos a hacer, pero él desapareció, le di entonces el papelillo a su ayudante, quien me juró que se lo entregaría.


-Creo que es momento que hagamos la fiesta en otro lado, ¿Les parece?


Fabián se acercó y al oído me comentó –Mira. Diana te trae muchas ganas, pero tienes que prometerme que tendrás los güevos suficientes para mandar a la chingada a Martín si éste llegara a ponerse muy loco.


-Por supuesto – le prometí.


Jay le preguntó a Flor -¿Entonces qué, mi amorcito, me acompañarás a donde yo vaya y harás lo que yo haga?


Flor contestó – Te lo juro.


A Débora y a Martín no había ni qué preguntarles, ellos ya estaban en la fiesta desde hace mucho.


Pagué la cuenta, que resultó ser mucho más alta de lo que creía, en parte gracias a Martín, quien nada más llegó me aclaró "Me parece recordar que tu invitabas" luego se acercó a mi oído y me dijo "No importa, verás cómo desquitas cada trago que me invites. Tu invitas los tragos, yo la puta". Cuando dijo puta yo miraba precisamente a su mujer. No cabía duda, estaban casados, llevaban la sortija, pero viendo lo patán que era este Martín no podía sino sentir aun más simpatía por Débora, por su valor de aguantarlo. La nariz de ella era larga y puntiaguda, pintada adecuadamente parecería un icono brujístico, sus labios eran medianamente carnosos, su cadera muy estrecha, muy estrecha su cintura, y toda ella, sus ojos eran azules, radiantemente azules, que pintados en esa estridente forma egipcia transmitían mucho misterio, mucha humanidad. De Martín no me gustaba el concepto que tenía de su mujer, aunque en el fondo pienso que cada quien se organiza como mejor puede y vive justo a lado de quien se merece.




Llegamos a un Motel que tenía ya visto. Pedimos una habitación con mesita al centro, sala amplia, camas y una recámara para los niños, una suite pues. Yo compré una botella de vino tinto, alguien compró cigarros. Nos sentamos alrededor de la mesa y encendimos una radio que estaba sobre una mesa. La música que sonaba era una cumbia que sólo Martín y Débora parecían comprender. ¿Cómo empezar? Era algo que yo desconocía. Martín y Débora comenzaron a bailar, los demás, que a leguas se veía no disfrutaban de este tipo de música, se pusieron a bailar más por ambiente que por gusto.


La magia se extinguió pronto, nadie en realidad quería bailar. Me maldije de verdad ya que en el fondo quien verdaderamente me atraía era Diana y por momentos deseaba que las cosas hubieran sido distintas, mucho más íntimas, ella, su esposo, y yo, y nadie más. Me acerqué a ella y extendiendo mi mano le tomé, y dirigiéndome a Fabián, le pregunté:


-¿Me permites una pieza?


-Si ella quiere.


Volteo y le miro a los ojos, y le digo –¿Quieres?


-Estoy aquí- fue su si.




Pese a que en el radio sonaba una canción de Los Ángeles Azules, nosotros parecía que nos aislamos en una burbuja en la cual sólo había música lenta. La tomé con delicadeza de la cintura, pero cuidando que cada centímetro de mi mano la tocara. La abracé y la pegué a mi cuerpo. Sus piernas, dando pasos muy lentos, me daban muestra de su fuerza y su energía. Al oído le pregunté:


-¿Crees que podemos seguir adelante con tanto extraño?


-Si.


-¿No te molesta? ¿No te corta?


-Deja de hacer tantas preguntas y bésame, si me corto o no dependerá de cómo te manejes, por ahora sólo sé que te traigo muchas ganas. Lo que pase después es algo que me importa bien poco. A Fabián le gusta que me ponga como loca, y créeme, esta noche tengo ganas de darle ese gusto contigo.




Sin darme cuenta ya tenía mi verga bien tiesa y mis manos muy bien ubicadas, una en su nalga y otra en su mandíbula, conduciéndole el ritmo de sus besos, dejándole comer de mi boca. Ella cerraba los labios divinamente, y su saliva me era tan excitante que ya podía imaginar la humedad de su sexo. La mano que tenía en su hombro pasó a tomar su mano derecha, como si bailásemos vals, y teniéndola ahí, seguí leyendo su mano, le comenté todo lo que su mano me contaba de su sexo, sus manos eran largas y delgadas, firmes también, lo que le daba una sugerente virilidad, un principio violento y activo. Mordí sus dedos con la ternura de un león desdentado. Ella me miraba con una mirada perdida.


Me había olvidado de todos, de Fabián, de Jay, de Flor, de Débora y de Martín. Un calor nuevo y embriagador me invadió completamente. Con sus piernas fuertes, Diana me abrió los pies y me recargó en un muro. Sus manos fueron hasta mi cinto y con algo de rudeza comenzó a abrir mis pantalones. Cuando llegó a mi sexo yo ya estaba más que listo, pues mi miembro ya estaba expuesto en su mejor momento, mis testículos, otrora juguetones y pesados, se habían contraído ya hacia dentro y hacia arriba, como si se incorporaran a mi verga, dándole un medio centímetro más de dimensión que se agradece. Se arrodilló tan lentamente que sentí que iba a enloquecer a cada segundo que tardaba. Tomó mi verga con ambas manos y primero se puso a jugar con su lengua en mi glande, y no sé si era el alcohol del vino tinto o una nueva magia la que embriagaba a Diana de una manera inusual, sus ojos se volvían un poco hacia atrás, mostrando lo blanco.


Y así, de una bocanada, se echó a la boca toda mi carne, manando una cantidad de saliva impresionante. Tragaba una vez y otra más mi verga, la deslizaba a través de la pared interior de su mejilla para que Fabián pudiese ver las dimensiones de lo que ella estaba tragando. Fue entonces que volví en mí y me preocupé por lo que hacían los demás. En un pequeño buró, muy cerca de nosotros y sin perder detalle, estaba Fabián, mirando, o mejor dicho, admirando la voracidad de su mujer. Sus ojos eran de un infinito amor, un gusto profundo de verla tan absorta en aquella tarea tan física, tan impulsiva, tan inmoral. Detrás estaban Débora y Martín, ella sentada arriba de él, él con una mano dentro de las bragas de ella, manipulándole el sexo. Ella parecía más inquieta por observar a la joven hambrienta que a la metida de mano que le estaban dando, o quizá estaba atenta de las dos cosas, porque se veía muy gozosa. Al otro extremo, abrazándola por atrás, pero con un abrazo conservador, estaba Jay, deteniendo a Flor, como si la quisiera, como si la detuviese para que no huyera, como si la obligara a ver. Flor respiraba muy rápidamente, y una abertura de su boca anunciaba que lo estaba disfrutando, pero con algo de culpa.




Diana continuó mamándome la verga por un rato. Luego, con un guiño hizo entender a Jay que se acercara para recibir su merecido. Jay volteó la cara de Flor, para pedirle permiso, Flor titubeó, pero Jay le dio un beso tan apasionado que le hizo entender que lo haría de todas formas, con o sin su permiso. Jay se acercó y desenfundó una enorme verga que despertó un Ah! general. Unos veinte centímetros si medía. Sin sacarse de la boca mi verga, Diana abrió los ojos como quien se encuentra un lingote de oro. Engulló mi verga hasta los testículos y luego, deslizándose muy lentamente, fue retirándose de ella, y al separarse, un hilo de saliva fue el único contacto con sus labios que ya se habían hinchado aun más. Su cara se había teñido de un rubor natural que llegaba hasta su cuello y hombros. Estaba súper caliente. Se empezó a meter la enorme verga de Jay en la boca, pero sin dejar de manipular la mía. Fabián se había acercado ya, completamente desnudo, sólo para ver a su esposa tragando aquel par de piezas. Fabián tendría el miembro del mismo largo que yo, aunque más delgado, y eso sí, con un par de testículos colgantes y pesados que podrían gustarle a alguien. Me estaba poniendo muy cachondo ver que aquello era lo que yo esperaba, mi deseo no conocido hoy realizándose, ella, toda ella era el hambre cumplida, la saciedad en curso, la fuerza del servicio pero el egoísmo del placer, todo en aquella boca que, sin vergüenza alguna, me comía a mi y a Jay de manera alternada.


Fabián babeaba viendo a su mujer, la cual todavía estaba vestida, pero metida ya en lo que los puritanos llamarían un buen lío. Me aparté para darle a Fabían un lugarcito. Éste, en vez de depositar su verga en la garganta de Diana, se ocupó primero en hincarse detrás de ella y bajarle la blusa y quitarle el sostén, luego desabrochó la falda, hasta que la dejó desnuda. Conforme más desnuda quedaba más violentamente comía al pobre de Jay que se estaba volviendo tonto de placer.


Yo, sin desnudarme pero con la verga de fuera, fui a colocarme a lado de Flor, quien tenía una postura inflexible, con su par de puños cerrados, como si se resistiera a todo lo que veía. Yo, pese a que ella quiso que me alejara de inicio, no estuve a gusto hasta que logré que sus manos se extendieran.


-Estás muy tensa- le dije –puedo ayudarte con eso. ¿Has practicado Yoga?.


Ella negó con la cabeza.


-Puedo ayudarte – insistí.




Ella no dijo que no, así que hice que abriera las piernas. Ella obedecía, aunque no sabía qué era lo que yo pretendía, igual hacía caso sin apartar la vista de la enorme verga de Jay y la boca que la trabajaba arduamente. Le abrí las piernas y le hice alzar ambos brazos. La sangre corriendo la sumiría en un estado de comodidad que le era bastante necesario. Dado el orden de las cosas, me atreví a distintos contactos que desde luego no tendría con las que fueran mis alumnas si estuviese impartiendo clases de yoga. Ella con las piernas abiertas y en posición de potro, yo con mis manos recorriendo la cara interior de sus muslos e indicándole como respirar, mis manos jugando a rozar suavemente su sexo. Le dije que desvestida lo haríamos mejor. Ella obedeció. Se quitó todo, menos una faja que le hacía una especie de cintura. Por más que la faja tenía bordado se veía que su fin no era otro que apretar. Su deseo se cumplió, pese a todo, le dejé la faja. La coloqué en la misma posición y comencé a recorrerla con mis manos, lenta pero placenteramente. Recorrí toda la cara interior de los muslos, y cuando llegué a las nalgas mis manos pasaron de ser palomas a convertirse en aves de rapiña, pues tomé las nalgas en toda la amplitud de su volumen y las apreté cuidando de no lastimarla pero lo suficiente para dejarle en claro la vulgaridad con que estaba dispuesto a tratar ese par de nalgas. Llegué a su sexo y me maravillé.


Así como la mujer siente ese arrebato de suerte cuando se encuentra con una buena verga, bien apuesta, firme y cumplidora, así me sentí yo cuando toqué los gajos del sexo de Flor, que estaban grandes, por no decir inmensos, hinchados, jugosos, carnosos. No pude sino tenderme en el suelo y pedirle que se sentara en mi boca. Lo hizo como pudo, casi asfixiándome al principio, pero una vez que comencé a batir mi lengua ella se colocó a la altura correcta, y comenzó a llenarme la boca con su miel, misma que incité. Ella movía a su antojo su cadera en mi boca, y esta independencia de exigir dónde quería la mamada me puso muy caliente, pues era el tipo de energía, el tipo de actitud que esperaba, el de una mujer que no se conforma con poco, que quiere placer y sabe exigir de qué forma lo quiere, dominante pero frágil, intensa. Cada segundo que mi boca vivió con aquellos labios de su sexo estaban llenos de la magia de esos besos que la gente se da cuando el sacerdote dice "Ahora puede besar a la novia". Ahogado en jugo, tendido boca arriba, sentí como una boca distinta se apoderaba de mi verga, era una manipulación experta y voraz, una boca que se deslizaba a lo largo de mi miembro, desde la punta a los testículos, para luego tragar toda mi pieza de un bocado. Como me di la oportunidad, descubrí que se trataba de Débora.


Flor se quitó de mi cara y como reclamando mi verga como suya, fue a competir a las mamadas con Débora, y lo que comenzó como un duelo en el que francamente Flor estaba en desventaja, se convirtió en una clase de cómo mamar que Débora le impartía gratuitamente a Flor, teniendo como único precio el que de vez en vez ambas me mamaban al mismo tiempo y sus labios y lenguas alcanzaban a tocarse. Yo estaba hechizado, recibiendo mucho más de lo que tenía previsto, y creo que todos estaban en la misma condición. Atrás, Jay estaba empalando por el coño a Diana, mientras ella le mamaba la verga a Fabián y a Martín. Era una perdida. Yo no era su esposo y sin embargo me sentía celoso, pero con unos celos tan morbosos que me provocaban más bien placer.


Estando yo tendido y con mi verga lista para ser montada, vi como Flor se alistaba para cabalgarme. Yo iba a objetar, pero Débora se me adelantó. Débora le impidió seguir a Flor, tal como si fuese por instantes una representante de la razón, y dijo:


-Mi chula, no seas imprudente, déjame le pongo el condón y luego lo montas.


En ese intervalo de razón, yo me senté y Flor se sentó a mi lado, era muy raro ese paréntesis de conciencia mientras Débora traía los condones para la orgía. Le pregunté a Flor con todo el riesgo de que se molestara, aunque muy amablemente:


-¿No acostumbras cuidarte?


-No sé.


-¿No sabes qué?


-No sé nada. Yo sólo iba al concierto de Alejandro Filio y ahora estamos aquí, haciendo esto. Es la primera vez que me dejan salir sola con un chico y sin joderme con una hora de llegar.


-¿Cómo? ¿No fueron por lo del anuncio en internet?


-¿Cuál anuncio?


-Increible, o sea que se sentaron en nuestra mesa...


-Porque no había más y cometí el error de decirle a Jay que conocía a Irma.


-¿Irma?


-Bueno, a Diana.


-Espera ¿Te sigue pareciendo un error?


-No sé, amo a Jay y él se está jodiendo a mi amiga de la secundaria, y yo estoy a punto de dejarme coger por un desconocido...


-¿Es malo?


-No. Quiero hacerlo. Al principio no sabía qué pensar, pero ahora quiero hacerlo, quiero que me tomes y que luego Jay acabe dentro de mi.


-Disculpa la pregunta, ¿Eres virgen?


-No precisamente.


-Llegaron los condones- dijo Débora al llegar.


Me colocó un condón distinto de los que yo traía, tenía unas venas falsas que probablemente reducirían un poco mi sensibilidad, pero que sin duda le encantarían a Flor. Ella se dejó caer sobre mi verga y yo sentí que el condón se iba a derretir ante tanto calor. Sus paredes eran tan estrechas que parecía que quería arrancarme el semen a cada sentón, luego se movía de un lado a otro, como una bailarina de hawaiano, y mi verga, dejada como es, se dejaba querer y aleatoriamente ofrecía un embiste que daba un toque de rudeza al asunto. Le tomé las nalgas y las alcé un poco para ganar movilidad, y ya que tuve ese espacio comencé a taladrarle el coño con tanta rapidez que ella comenzó a gritar, luego me moví lento pero recargando mi presión en las partes externas de su sexo, para luego arremeter con más taladradas, era como un pájaro carpintero que en el pico tuviese una verga de diecisiete centímetros. Me alcé. Tendí sobre su espalda a Flor y continué barrenándola. Mientras hacía esto, Débora me besaba en la boca con tanta lujuria que ya no sabía yo dónde había más sexo, si en mi verga o en mi lengua. Luego Débora se separaba de mis labios y se bajaba a besar la parte besable de los labios del coño de Flor, quien agradecía estas atenciones con unos gemidos extraordinarios. Flor tenía una cara divina al sentirse empalada y mamada al mismo tiempo. De repente todo su ser sufrió un estertor y un gemid

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