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Pablo

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Relato enviado por : Anonymous el 11/10/2008. Lecturas: 8003

etiquetas relato Pablo .
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Resumen
Pablo era mi nuevo compañero de trabajo. Estaba buscando piso y le ofrecí el mío mientras encontraba uno. Pronto nos hicimos grandes amigos. Después yo descubrí que la amistad tenía recovecos mucho más profundos y placenteros que los que ya conocía.


Relato
Pablo

Solo habíamos compartido el piso por poco más de un par de semanas. No éramos compañeros de piso siquiera. Pablo era mi nuevo compañero de trabajo y le dije que podía quedarse en mi casa hasta que encontrara una.

No me importaba, habíamos echado un café y un par de cigarros la mañana después de que él llegara al trabajo y parecí aun buen tipo. Más que un buen tipo, parecía un tío cojonudo y pensé que podría ser un buen colega. Nuestro trabajo estaba en una ciudad pequeña y toda la gente del trabajo era bastante más mayor que nosotros, así que me pareció la excusa perfecta para conocerle mejor y hacer un nuevo mejor amigo.

Aquella mañana me dijo que había pasado la noche en una pensión decrépita y me dio pena, así que le sugerí que se viniera a mi casa, que para estar en aquella pocilga, mejor estaría durmiendo en mi sofá. No para siempre, claro. Me gusta mucho vivir solo, pero la perspectiva de compartir un piso con otro tío que parecía tener los mismos intereses y gustos que yo, la perspectiva de hacer un nuevo amigo sonaba perfecta.

Y no me equivoqué, de hecho. Se mudó aquella tarde y en el momento en que abrí la puerta, apareció llevando su gran bulto de equipaje y un paquete de seis cervezas alemanas de importación. Vamos, lo que yo llamaría el compañero de piso perfecto. Me dijo que no le importaba dormir en el sofá y que era un tío limpio y divertido. Aparte de ser un buen cocinero. Me dijo que me abriera una cerveza, me echara un cigarro y que le dejara cocinar aquella noche. Le dije que sí, por supuesto. Odio cocinar, así que me senté y le acompañé mientras lo hacía.

Pablo era una persona genial y divertida. Nos reímos un montón mientras cocinaba, y su charla estaba siempre llena de chistes, de inteligencia y de ingenio. Tenía dos años más que yo, treinta, y este era su primer trabajo real después de terminar su carrera universitaria. Tenía una novia que había dejado en su ciudad, igual que yo, y a ambos nos gustaba el mismo tipo de música y el mismo tipo de películas. Mientras cocinaba, le hice escuchar mi selección de grandes clásicos del rock y estuvo de acuerdo en que era de las mejores selecciones que había escuchado. Me hizo sentir bien.

Tenía la piel oscura y los ojos marrones. No era muy alto ni muy delgado, pero no tenía un mal cuerpo. Su pelo también era oscuro y era un poco rizado, lo llevaba un poco largo, de hecho, pero como se echaba gomina, parecía más corto de lo que era en realidad, y también un poco más rizado y brillante. Me dijo que no le gustaba afeitarse y que solo lo hacía porque teníamos que hacerlo en el trabajo, pero que no pensaba afeitarse todos los días, que podía pasar perfectamente con hacerlo cada dos o tres días. Que, aunque fuera solo esa, había algo divertido en romper una norma o dos. Y efectivamente pude comprobar que eso era así, que no pensaba afeitarse. No sé por qué, pero esto me hizo confiar en él un poco más, como si ese signo de rebelión, pudiera ser algo que dijera mucho de los planes que tenía para ambos de ser los mejores amigos en la ciudad.

Solía vestir con camisas de rayas o con polos, vaqueros o chinos. Todo muy, no sé, elegante y clásico. De hecho, todo en él era algo clásico, no pasado de moda o rancio, no, sino atemporal. Como la música que me gustaba. Incluso dormía con la parte de debajo de su clásico pantalón de pijama a rayas blancas y azules. Decía que no podía aguantar llevar una camisa o camiseta mientras dormía, que se asaba de calor. Incluso bromeó diciendo que tenía suerte de que estuviéramos en otoño, que si fuera verano, dormiría desnudo, como solía hacer cuando estaba solo. Yo también bromeé, mientras bebía la segunda birra y encendía un par de cigarros para los dos, que no tenía por qué preocuparse; que no me levantaría en mitad de la noche para observarle. Añadí, por si había alguna duda, que me interesaban las chicas y que tenía una novia (incluso le enseñé una foto. Me encanta hacerlo. Mi novia está tan buena que me gusta presumir de ella ante otros tíos). Nos reímos ante la imagen mental de mí mismo observándole por la noche dormir en mitad de la noche, y dijo entre risas a través de las que escapaban las volutas del humo de su cigarro que acababa de descubrir la verdadera razón que había detrás de mi invitación.

La verdad es que pasamos un buen rato aquella noche, nos emborrachamos, nos hicimos confidencias, escuchamos música hasta altas horas de la madrugada y podría decirse que empezamos a ser amigos. La resaca del día siguiente ayudó a mejorar nuestra complicidad y nuestra relación amistosa fue mejorando con el paso de los días. Le acompañaba por las tardes a buscar piso y nos reíamos después, mientras echábamos un par de chesters (ambos coincidíamos en que era nuestra marca de tabaco preferida, mucho mejor que Marlboro) y nos tomábamos unas cervezas en el bar de debajo de mi casa, de las mierdas que nos habían enseñado y de lo gracioso que se vería viviendo en uno de esos pisos, llevando a una tía a casa para follársela y que la tía huyera al ver en la pocilga en la que estaba viviendo.

Al cabo de dos semanas encontró un piso en condiciones. Aunque, por una parte, me apetecía que se fuera (estaba deseando recuperar todo mi espacio), por la otra, me apenaba que lo hiciera. Me había acostumbrado a charlar con él durante la comida, a encontrarme con él por las mañanas en el cuarto de baño y a pelearnos por nuestro sitio delante del espejo mientras jugábamos como dos adolescentes a ver quién era el más rápido de los dos en hacer que se cayera al suelo la toalla que llevaba a la cintura el otro para, así, dejarle desnudo con la teórica (pero en absoluto real) y consiguiente vergüenza por la desnudez. Me gustaba compartir con él nuestro café y nuestro cigarro en la sobremesa, medio adormilados por el sopor de la hora mientras nos sentábamos en el sofá y hacíamos zapping con el mando a distancia, hasta que terminábamos en el canal porno y nos echábamos unas risas comparando las tetas y los culos de aquellas actrices rubias de bote y siliconadas, intentando disimular lo duras que se nos ponían las pollas mientras las mirábamos. Echaría de menos hablar de cine con él hasta altas horas de la madrugada, bebiendo cerveza y emborrachándonos como viejos amigos, compartir un cigarro cuando al otro se le había acabado el paquete, el olor de su colonia cuando entrase en casa, que me decía que él ya había llegado… Era muy contradictorio, pero me gustaba, me alegraba el hecho de haber encontrado un amigo.

No tenía por qué cambiar nada, claro. La ciudad en la que nos tocaba vivir era pequeña y, al fin y al cabo, seguiríamos trabajando juntos y viéndonos cuando nos diera la gana, pero era así, sentía que se había terminado una era y quería seguir conservando aquella amistad diaria de veinticuatro horas.

Y en esas estaba yo aquella tarde, medio adormilado en el sofá con la tele de fondo, pensando en todo aquello, sumergido en el olor de cigarrillos y café recién hecho, cuando escuché que alguien tosía en la habitación. Al principio pensé que lo estaba soñando. Pablo se había ido a firmar el contrato de arrendamiento de su nueva casa y nadie más tenía la llave, así que volví a acurrucarme en el sofá, me cubrí un poco con la manta (sólo llevaba puesto el pantalón del pijama, hacía poco que había entrado el otoño y todavía me resistía a hacer invernar mi vestuario de verano) y respiré hondo para seguir echando la cabezadita que aquella tos soñada me había interrumpido. Pero no hice más que respirar hondo cuando me llegó el olor a tabaco recién encendido. Hacía un buen rato que no fumaba, así que era imposible que el cigarro fuera mío. Pude incluso escuchar el sonido del cigarro quemándose con aquel característico crujido, y el sonido de alguien exhalando el humo. No cabía duda, no estaba solo, así que abrí los ojos lentamente y cuando se acostumbraron a la realidad me sentí extraño.

Pablo estaba apoyado en la pared, mirándome fijamente a través del humo, mientras fumaba. Sostenía el cigarrillo entre los labios, que dibujaban una medio sonrisa algo pícara y se mesaba la sombra de barba. Arqueó las cejas un par de veces cuando vio que me despertaba y me guiñó un ojo.

—Ya estás aquí —le dije.

—Ya he firmado el contrato —me dijo después de darle una profunda calada a su cigarrillo, exhalar la densa cortina de humo hacia el techo y volver a mirarme fijamente.

No supe qué responderle porque, no sabría decirlo, pero aquella manera que tenía Pablo de mirarme en esos momentos me hacía sentir desnudo. Era extraño, durante nuestros juegos matutinos, nos habíamos visto desnudos un par de veces y no había ocurrido nada. Incluso nos habíamos visto salir de la ducha y ninguno se había fijado en el cuerpo del otro. Es más, una noche de sábado en la que había venido su novia de visita, entró en mi cuarto como una exhalación, desnudo y con la polla empalmada a pedirme un condón. Yo les estaba escuchando susurrarse, quitarse la ropa, besarse, gemir. Me estaba poniendo cachondo y la tenía tan dura como una piedra. Me dio una envidia terrible que ellos fueran a follar y yo no, así que no tuve más remedio que hacerlo. Me quité el pantalón del pijama y empecé a manosearme el cipote. Cuando Pablo entró en la habitación me pilló haciéndome la paja y, aunque al principio nos quedamos un poco cortados por la situación, a los dos segundos nos echamos a reír y abrí el cajón de mi mesilla para pasarle la caja de preservativos que siempre guardaba. Eran los problemas de la convivencia entre dos tíos. Cuando se ponía el sexo de por medio, no importaba nada más.

Pablo sonrió y me lanzó su paquete de Chesterfield para que me encendiera yo también otro cigarro. Me cayó sobre el pecho, sonreí, saqué uno y lo encendí. Le di una calada profunda, verle fumar había hecho que a mí también me apeteciera. Me coloqué en el sofá, con el brazo izquierdo detrás de la nuca para incorporarme un poco, y le miré yo también mientras fumaba.

—He estado pensando… —dijo.

—¿En qué?

Pablo dio otra profunda calada y lanzó el humo hacia mí, como si fuera un proyectil.

—En que me da pena irme.

—Ya. Y a mí, pero esto es muy pequeño para los dos.

—Y a ti te gusta vivir solo. Ya lo sé —sonrió—. No lo digo por eso.

—¿Por qué, entonces?

—¿No te gustaría tener un amigo perfecto? No sé, alguien con quien poder compartirlo todo, alguien en quien confiar completamente, alguien a quien contarle tus más profundos secretos y que no te juzgara, todo lo que se te pase por la cabeza; alguien a quien pudieras contarle cosas que ni siquiera le pudieras contarle a tu pareja, con quien compartir cosas que no podrías nunca compartir con ella. ¿No te molaría?

Le di una calada profunda al cigarrillo, mientras pensaba en las palabras que me estaba diciendo Pablo. Sonaba extraño, enigmático. No sabía a dónde quería ir a parar con todo esto y me seguía mirando igual, de aquella manera, como si me estuviera recorriendo el cuerpo con su mirada. Me dio un escalofrío. No sabía qué se le estaba pasando por la cabeza.

—No sé… —respondí—. Supongo que sí. ¿Por qué?

Pablo se quedó pensativo por unos momentos mientras se cosquilleaba el pecho por encima de la camisa, frunció los labios mientras me miraba con aire distraído, después se llevó la mano a la boca y se los acarició, ratificándose en su estado pensativo. Me fijé en su cara. Podría decirse que la primera impresión que recibías cuando le mirabas era que era un buen tipo, tenía los rasgos suaves. Los ojos grandes y la nariz también algo ancha. Los labios eran algo carnosos y, si no fuera por su eterna sombra de barba oscura e incipiente, habría parecido que tenía la cara de un niño y no la de un hombre. La de un niño bueno, además. Sonreía y se carcajeaba con total libertad y a veces, solo a veces, cuando sonreía mostraba un aire pícaro y seductor que no hubieras imaginado en la primera impresión. La misma sonrisa que presentaba ahora, mientras se mordía el labio interior y se debatía entre decirme o no lo que estaba pensando.

—Venga, dispara, tío —le dije entre risas. Desde luego su actitud era más que extraña, pero habíamos compartido un huevo de cosas estas dos semanas y había confianza—. ¿En qué coño estás pensando?

—No sé —se encogió de hombros y se acercó a la mesa para apagar su cigarrillo—. Estaba pensando en que estaría bien que ese amigo fueras tú.

—Me alegro —sonreí satisfecho—. A mí también me apetece que ese amigo seas tú.

Nos quedamos en silencio y Pablo continuó mirándome mientras sonreía. Yo seguía sintiéndome extraño bajo aquella mirada, desnudo aunque llevaba el pantalón del pijama. Me miraba fijamente, me recorría el cuerpo con la mirada y yo no sabía qué hacer.

—¿En qué piensas? —le pregunté mientras le lanzaba el paquete de Chesterfield de vuelta, más para romper el silencio que porque realmente quisiera saber lo que se pasaba por su cabeza ya que me daba la sensación de que era una de esas revelaciones que le dejan a uno algo turulato y no sabía si quería saberlo.

—Con respecto a esto de la amistad… —sacó un cigarrillo y se lo puso en los labios, sin encenderlo. Mientras hablaba, el cigarrillo parecía bailarle en la boca—. ¿No te has planteado nunca en, no sé —encendió el cigarrillo y dio una calada profunda para darse tiempo a pensar las palabras correctas—, compartirlo todo con él? En llegar a conocerle realmente —mientras hablaba, el humo salía por su boca—. En que él te llegue a conocer realmente a ti… No sé. Es una tontería que se me ha ocurrido. Déjalo.

Pablo estaba visiblemente nervioso y me hizo gracia verle así. Era una nueva faceta que no conocía, así que encendí otro cigarrillo de mi propio paquete para acompañarle, me aparté en el sofá para que se sentara a mi lado y le hice un gesto para que lo hiciera. Si íbamos a ser los mejores amigos, estaba bien que me contara lo que fuera que quisiera contarme.

—No, venga, dispara —le dije cuando se sentó a mi lado en el sofá.

—Es, no sé, me apetece que nos sintamos completamente a gusto entre los dos, que no haya ningún tipo de barrera. Es algo que llevo pensando bastante tiempo. Me gusta estar contigo, tío. Nunca había tenido un colega como tú y quiero llegar hasta el final.

—¿Hasta… el final?

—Sí, tío, hasta el final. Mira, lo pensé la otra noche.

—¿La otra noche?

Pablo se rió. Era una risa entre nerviosa y bromista. Dio una profunda calada al cigarrillo, exhaló el humo y sonrió mientras hablaba con la misma sonrisa pícara que me había enseñado unos minutos antes.

—La otra noche tuviste poluciones nocturnas, a que sí.

Le miré sorprendido porque efectivamente era así. Llevaba sin hacerme una paja unos cuantos días porque quería reservarme para cuando fuera a visitar a mi novia y supongo que mi cuerpo tuvo que explotar en sueños. Pero no se lo había dicho a nadie. Me había levantado, había echado los calzoncillos a la lavadora, me había lavado un poco y había vuelto a dormirme.

—¿Cómo coño lo sabes?

—Porque en realidad esa lefa no era tuya —se río—. Había pensado en gastarte una broma. Era mía. Me masturbé y eché la lefa sobre tí para que lo fliparas un poco. Lo siento.

No supe qué decir. O sea, bromas como esta había gastado yo miles de veces cuando era adolescente e iba a campamentos de verano. No era algo que me sorprendiera, pero éramos adultos y, además, no sé, pensar en que había tenido la leche de otro tío en mis calzoncillos o que Pablo se hubiera pajeado delante de mí mientras dormía, pues no dejaba de resultarme, cuanto menos, extraño.

—No jodas, tío —le dije mientras le daba una colleja—. Qué asco, joder. ¿Y eso de la amistad verdadera lo pensaste mientras te pajeabas delante de mí? No me jodas, tío.

—La verdad es que sí.
—¿Cómo?

Pablo se acercó a mí un poco más en el sofá y me sentí algo amenazado. No incómodo, porque teníamos confianza y ya he contado que habíamos estado juntos físicamente hablando bastante tiempo. Era normal teniendo en cuenta que vivíamos juntos. Pero era algo más, algo diferente.

—Pues sí. Estuve pensando que era una putada que tuviéramos que consolarnos con pajas, la verdad. Que estaría bien tener a una persona con la que teníamos la confianza suficiente para poder… calmar nuestros apetitos sexuales, por decirlo de alguna manera.

—¿De qué coño estás hablando?

—Que yo sepa… —Pablo se acercó todavía más, estábamos al lado y él me miró, podía ver perfectamente los poros de la piel de su cara y las grietas de sus labios al sonreír—… la última vez que hablé contigo tenías cuerpo.

No dije nada, pero mi cara tuvo que ser suficiente para que continuara hablando, explicándose.

—Me aburre hacerme pajas. Siempre igual, desde que tenía trece años. Ya no sé cómo innovar. Es a lo que me refería. Un amigo con quien poder compartir todo esto también, con quien hablar de fantasías, con quien ponerlas en práctica sin que te juzgue, tío. ¿No lo has pensado? ¿En la suerte que tendríamos?

No supe qué responderle. ¿Con un tío? ¿Estaba hablando de follar o de otra cosa? Me había perdido. Por una parte tenía razón, estaba hasta los cojones (y nunca mejor dicho) de hacerme pajas mientras echaba de menos a mi novia. Supongo que mi silencio debió animarle porque levantó la mano y acarició mi pecho con el dedo índice. Lo llevó desde la clavícula, lentamente, mientras me miraba fijamente esperando una respuesta, pasando por el pezón que se me estaba poniendo duro al sentir aquel contacto, lo bajó por mi estómago y lo enganchó en la goma de la cinturilla del pantalón de mi pijama. Miré hacia abajo y lo que vi me sorprendió. Tenía la polla dura. ¿Cómo podía tenerla dura?

Pablo me miró el paquete y sonrió.

—Se te ha puesto dura.

Escuchar eso de su boca, con su voz, me dio escalofríos. Estaba cachondo. Lo que me había propuesto me había puesto cachondo. Siempre había sido una persona muy sexual. Me había hecho la primera paja a los doce años. Desde entonces no había parado de masturbarme y me daba igual dónde hacerlo porque siempre tenía ganas. Había perdido la virginidad a los catorce y, desde entonces, no había parado de follar. Era cierto que necesitaba un agujero donde meterla. ¿Sería igual metérsela a un tío que a una tía?
—Pero yo no soy gay, macho. Y pensaba que tú tampoco lo eras —le dije preocupado por lo que estaba pasando.

—Y no lo soy —se río. Se inclinó sobre la mesa. Encendió un cigarrillo y me lo pasó. Después encendió otro para sí y comenzó a hablar a la vez que expulsaba el humo—. Pero somos hombres. Los hombres necesitamos sexo. Parece mentira que con 28 años todavía no te hayas dado cuenta —dio una nueva calada y se rió mientras me miraba—. Una mano es una mano —la apretó en un puño y comenzó a moverla arriba y abajo, como si estuviera pajeando una polla—. Y una boca es una boca. Y un agujero es un agujero. No creo que haya ninguna diferencia. Por supuesto que echaré en falta las tetas y el olor de un coño calentito, pero hay cosas nuevas que estaría bien probar. No lo suplirían, pero sí que me calmaría el calentón que llevo encima constantemente desde que se fue Laura. No nos habíamos separado nunca, ¿sabes? Y follábamos todos los días. Necesito un agujero donde meterla. Uno calentito y húmedo. ¿Tú no? —me miró a la polla, que seguía empalmada—. No me lo creo, tío.

Me quedé en silencio sopesando sus palabras. Por una parte tenía razón. Yo también echaba de menos a mi novia, me pasaba el día pensando en follar y, mira, podría ser una manera para calmarlo, pero por la otra parte, no sabía, pensaba que era raro. Di un par de caladas a mi cigarrillo y le miré. También estaba empalmado.

—Estás empalmado —le dije sonriendo.

—Tú también.

Cerré los ojos. Podría probar a ver qué tal iba. Teníamos la confianza suficiente como para parar si me empezaba a sentir incómodo.

—Entonces… Habrá que hacer algo para calmarla. Y para celebrar que ya tienes piso.

Pablo se rió y se inclinó sobre la mesa a apagar el cigarrillo. Después se reclinó en el sofá y se sacó la camisa que llevaba metida por dentro del pantalón vaquero.

—Así estoy más cómodo.

Yo, ya envalentonado y, para qué negarlo, algo curioso por saber qué era tener el cuerpo de un hombre entre mis brazos me acerqué a él y le guiñé un ojo mientras desabrochaba lentamente el primer botón de aquella camisa a rayas azules y blancas.

—No, mejor sin ella.

Pablo extendió sus brazos sobre el respaldo del sofá y sonrió.

—Adelante —. Dijo. Mi cara estaba muy cerca de la suya y podía sentir sobre mi boca su aliento entrecortado, cálido y húmedo. Era cierto, su aliento era igual que cualquier otro aliento excitado —. Yo también pienso que me sobra.

Respiré hondo y empecé a desabrochársela despacio. Estaba un poco nervioso y los botones se me resistían. Además, Pablo se reía cuando se me escapaban y su risa hacía que me pusiera todavía más tenso. A medida que iba desabrochando los botones se iba descubriendo un pecho bien formado, no muy duro (a Pablo lo de hacer deporte solía darle pereza) pero sí un pecho muy masculino, de pezones oscuros y grandes. No tenía mucho vello, tan solo alrededor de los pezones y en el medio de su pecho. Lo toqué suavemente. Fue extraño sentir su textura. Pablo sonrió y asintió para que siguiera desabrochándole los pocos botones que faltaban. Su estómago no estaba duro precisamente, pero no tenía la típica tripa cervecera que muchos suelen tener a su edad, le subía el “caminillo de hormigas” con un vello oscuro y rizado desde por debajo de la cinturilla del pantalón y le llegaba hasta por encima del ombligo y, cuando finalmente le desabroché la camisa y se la abrí para poder admirar su pecho por completo, lo recorrí suavemente con el dedo índice. Pablo se estremeció. Me gustó que lo hiciera.

—Ahora súbete a horcajadas sobre mí —lo hice cuidadosamente, podía sentir el bulto que había debajo de su pantalón pulsar por debajo del mío. Al principio no me gustó, pero luego me acostumbré. Puse mis manos sobre su pecho y empecé a acariciárselo, a pellizcarle los pezones—. Ahora acércate a mí —se relamió—. Lámeme los labios.

¿Besarle? No supe si hacerlo, pero ya que estaba, pensé que no había vuelta atrás. Así que me incliné y saqué la lengua. Recorrí su forma con la punta de la lengua. Eran unos labios carnosos. Sabían a tabaco y a cerveza. La sombra de barba que había en su bigote era áspera y rugosa. Era una sensación que me gustaba sentir con la lengua, una textura diferente a todas las que había sentido. Sabía ácido también.

Esta vez no esperé a que me diera la orden y con mi propia lengua le entreabrí los labios para metérsela en la boca. Me incliné hacia delante y le introduje las manos por la camisa, abrazándole la espalda. Nuestros pechos se tocaban y su vello acariciaba el mío. Supuse que el vello de mi pecho (que era más abundante que el suyo) también haría lo mismo. Me coloqué así naturalmente e inconscientemente, mientras le besaba, comencé a mover mi cadera arriba y abajo para masajear mi polla, que se había salido del pantalón y se estaba volviendo loca por la sensación que obtenía de rozarse contra el vello sobre su estómago.

Su boca también sabía a tabaco pero no me dio tiempo a saborearla mucho porque su lengua comenzó a moverse. Su cuerpo también, se echó hacia delante y me estrechó entre sus brazos mientras me acariciaba la espalda arriba y abajo con sus dedos. Me estaba dando escalofríos. No fue un beso tranquilo y lento, en absoluto. Fue como si no hubiéramos besado a nadie en nuestra vida y estuviéramos sedientos de uno. Las lenguas salían y entraban de nuestras bocas llenándolo todo de saliva. Yo seguía moviéndome y comprobé que él también hacía lo mismo contra mí, masajeándose la polla con mi cuerpo por debajo del pantalón. Sentía sus dientes, que chocaban contra los míos. Subí mis manos hacia arriba y le acaricié la nuca, sintiendo su pelo rizado entre mis dedos. Eso debió excitarle mucho porque soltó un gemido que fue directamente a parar al fondo de mi garganta.

Eso fue suficiente para que me apartara. Sonreímos mientras nos mirábamos y recuperábamos el aliento.

—Besas bien —le dije.

—No esperaba menos de ti —me respondió.

Me levanté y me arrodillé sobre el suelo. Ahora era a mí al que le apetecía dar órdenes.

—Levántate.

Pablo se levantó y dejó que le cayera la camisa por los hombros. Yo le miré desde abajo y le desabroché el cinturón, se lo saqué lentamente de las trabillas y después le desabroché el vaquero de un golpe. ¿Quería jugar? Pues tendría juego. No me ganaba nadie.

Llevaba unos boxers de algodón, con el fondo blanco y rayas de colores. Le miré a los ojos y me relamí juguetón. La tenía empalmada y veía vibrar su polla por debajo del calzoncillo, así que se lo bajé rápidamente, para que le rebotara y le doliera un poco. Pablo soltó un gemido, cerró los ojos cuando lo hice y se dejó caer en el sofá, como si sus piernas hubieran perdido las fuerzas.

Notaba cómo mi corazón latía a cien por hora. Era la primera vez que tenía una polla tan cerca y no sabía exactamente qué hacer con ella. El prepucio le cubría el capullo todavía y algunas gotitas de líquido transparente y viscoso se escapaban por él. Tomé aire y llevé mis manos a ella. Comencé a masajearla suavemente con mi mano derecha, mientras que con la izquierda le palpaba, también suavemente, los huevos. Le miraba mientras lo hacía. Pablo se había abierto de piernas y se estaba dejando llevar, tenía los ojos cerrados, los brazos extendidos sobre el respaldo del sofá y sonreía.

¿Cualquier agujero era cualquier agujero entonces? Bien, pues no había probado el mío. Cuando me metiera su verga en mi boca, Pablo vería las estrellas. Sabía cómo me gustaban a mí las mamadas, así que le haría una que le dejara al borde del infarto.

Cuando sentí su polla lo suficientemente dura, le bajé el prepucio definitivamente, dejando el capullo rosado e hinchado en el exterior. Saqué la lengua y comencé a lamerle la base, primero lentamente, quedándome en el frenillo, pero después, cuando sentía que su respiración aumentaba el ritmo por su excitación, comencé a lamerle también el capullo. Me gustó su sabor. No era muy diferente al de un coño. En ese momento dejé de pensar en lo raro que era y solo me preocupó darle placer. Sí, definitivamente estaba bien tener un amigo al que hacerle sentir bien sin problemas, uno que también pudiera hacerte sentir bien a ti.

—Dios, me estás volviendo loco —dijo Pablo entre suspiros.

Yo le miré y le sonreí.

—Todavía no has visto nada.

Él me miró mientras se inclinaba sobre la mesa para coger un cigarrillo. Se lo puso entre los dientes, me sonrió y lo encendió.

—Ahora sí que va a ser la mamada perfecta —dijo justo antes de volver a su posición en el sofá, con los brazos extendidos, el cigarrillo humeante entre sus dedos y el humo escapándosele por la comisura de los labios.

Me quedé mirándole. Era realmente masculino verle fumar desnudo con la polla empalmada y no pude evitar sentir que la mía se empalmaba todavía más al ser consciente de lo que estaba viviendo, de que yo también estaba dentro de un círculo tan masculino. Pablo dio una calada profunda, disfrutando de la nicotina, con los ojos cerrados y exhaló hacia el techo. Esa fue la señal que estaba esperando. Me introduje su polla dentro de la boca y comencé a mamársela como seguramente no le hubiera hecho nadie nunca. Pablo gemía y se removía en su asiento incapaz de estarse quieto. Le brillaban los caninos por la saliva cuando abría la boca para gemir y parecía un animal en celo cuando me miró y me sujetó de la cabeza con la mano con la que sostenía el cigarrillo para imponerme él su propio ritmo, mientras me empujaba adelante y atrás y yo sentía cómo su capullo daba en mi velo del paladar.

No sabría decir si su polla era grande o pequeña, porque, aparte de la mía, las únicas pollas que había visto eran las de las películas porno, y esas, pues como que no pueden servir de modelo para medir las de los demás, pero creo que podría saciar el más hambriento coño. Pablo era todo un tío, todo un macho ibérico que sabía sacarle todo el jugo al sexo. Y yo no iba a quedarme atrás.

Cuando Pablo se retorció, supe comprender que, si no paraba de chupársela, se correría así que me la saqué de la boca y, mirándole, me relamí. Él resopló mientras sonreía, como diciendo que le había encantado la mamada.

Me puse de pie y fruncí los labios. Yo también quería.

—Échate en el sofá —me dijo mientras se deshacía de los zapatos, quedándose completamente desnudo—. Ahora tú también vas a saber lo que es bueno.

—Eso espero.

Me quitó lentamente el pantalón del pijama y finalmente yo también quedé desnudo. Mi polla también estaba dura y estaba sedienta de un agujero que ocupar. Me la toqué y levanté las caderas, como indicando que también podía moverme a mi propio ritmo y que yo sabría follar un coño como el que más, que no sabía con quién estaba jugando. Pablo se rió y se inclinó hacia mí para besarme de nuevo. Me lamió los labios, dio la última calada al cigarrillo y, con el humo todavía en la boca, me besó. Expulsó el humo mientras me besaba y lo sentí bajar por mis pulmones. Me encantó aquella sensación áspera, sentir que habíamos intercambiado algo más profundo todavía. Se separó y eché el humo que él mismo me había metido en la boca hacia el techo.

—Qué bien sabe mi polla —dijo después de lamerme los labios una vez más.

—No lo sabes bien —le susurré excitado.

Él sonrió de nuevo y me besó en los labios otra vez. Después bajó por mi mandíbula, me besó la barbilla húmedamente. Lamió mi cuello y me mordisqueó la manzana de Adán.

—Tienes bastante pelo —me dijo con sus palmas sobre mi pecho—. Es suave y oscuro.

—Como el de un verdadero tío —le respondí.
—Y ahora vas a disfrutar como uno —me dijo justo antes de seguir bajando con su boca por mi pecho, por mi estómago, deteniéndose para lamerme el ombligo. Ya estaba, me iba a hacer la mamada que tanto ansiaba. No hacía falta ni que pensara en mi novia para excitarme, Pablo sabía ponerme cachondo.

Me besó el capullo y lo mordisqueó un poco. Aquello me volvió tan loco que dejé escapar una especie de ronroneo que salió directamente de la garganta. Levanté las caderas y yo mismo le metí la polla en la boca. Pablo comenzó a succionar al instante. Sabía hacerlo bien, el cabrón.

Extendí el brazo hacia la mesita para alcanzar el paquete de Chester y encendí yo también otro cigarrillo. En el camino de vuelta, cuando fui a colocar el paquete de nuevo, me topé con mis gafas de sol. Aquellas Ray Ban de aviador que había comprado en un anticuario. Las cogí y me las puse. Me pareció divertido y excitante.

—¿Es la primera vez que chupas una polla? —le pregunté entre gemidos, después de dar una fuerte calada al cigarrillo.

—Sí —respondió después de echar un escupitajo sobre mi polla para que se deslizara mejor.

—Parece que has nacido sabiendo —le respondí.

—Dame una calada —me dijo con la respiración entrecortada.

Se acercó a mí y me incliné hacia delante para ponerle mi cigarrillo en los labios. Pablo lo chupó y me encantó ver cómo se incendiaba y se consumía el papel. Después exhaló sobre mi polla, que quedó envuelta en humo cuando la introdujo de nuevo en su boca.

—Eres un cabrón —le dije—. Un cabrón que sabe mamarla como una puta.

—Tengo experiencia en putas como tú.

Me reí. Pablo siempre sabía salir de cualquier situación.

—Espero que no con pollas tan duras como la mía.

—No —dijo entre lamida y la mida—. Con coños tan grandes que cabrían la tuya y la mía. Me gustaría follarme a una puta contigo y demostrarle lo que valemos juntos. Que le dieran ganas de pagarnos a nosotros dos en vez de nosotros a ella.

—Cuando quieras —le dije sin pensar, presa de la excitación.

Pablo volvió a meterse mi polla en su boca y yo creí ver el cielo. Con sus manos alzadas me pellizcaba los pezones, me acariciaba el pecho, recorría suavemente mi torso mientras chupaba mi polla con presteza. El escucharle hacerlo me estaba volviendo loco. Así como fumarme un cigarrillo mientras lo hacía con las gafas de sol puestas. Nunca me había sentido tan macho como en aquel momento.

—Ahora me toca a mí —dijo al sacarse mi polla de la boca y limpiarse la saliva de los labios con el dorso de la mano—. Quiero follarte.

No supe decirle que no. Fue corriendo hacia el dormitorio para coger un par de preservativos y un bote de crema hidratante y me los dio.

—Pónmelo.

No me hice esperar. Abrí con la boca el plástico del condón y, mirándole, se lo puse en la polla. Su verga era una de estas pollas que solo se empalman hacia delante, no como la mía, que cuando se empalma me llega casi hasta el ombligo. Entró suavemente y cuando se lo hube colocado, le miré. Estaba de rodillas en el sofá y parecía mucho más alto.

—Tiéndete —lo hice—. Abre las piernas —también lo hice. Pablo se puso en las manos una nuez de crema y comenzó a masajearme el culo con ella. No me había dado cuenta, pero estaba tan excitado que todo el ano estaba dilatado y presto para recibir sus embestidas.

Pablo se acercó a mí y, cuidadosamente, fue metiendo su polla en mi culo. Al principio dolía. Pablo pudo ver mi gesto de dolor.

—No te preocupes. Dicen que es solo al principio. Y cuando tú quieras, paramos.

—No te preocupes tú —le sonreí—. Ya estamos jugando. Fóllame en condiciones y no me vengas con mariconadas.

—Tiene gracia que estés diciendo eso mientras te estoy metiendo la polla por el culo —dijo Pablo, con su gesto conteniéndose de placer cada vez que empujaba un poco más dentro y su polla se deslizaba dentro de mí.

—No somos maricones —le dije con la voz entrecortada—. Somos dos tíos follando.

—Dos tíos muy machos.

—Exacto. Cállate y métemela ya, cabrón. ¿No presumías de buen follador? Demuéstramelo, chaval.

Pablo no se hizo esperar y, sonriéndome, me levantó las piernas para colocárselas sobre los hombros. Me estaba dando por culo. No podía creerme a dónde habíamos llegado. Y el caso es que me estaba gustando. Una vez que se había ido el dolor, el placer que estaba sintiendo no se parecía a nada de lo que había sentido nunca antes.

Comencé a gemir cuando Pablo aumentó sus embestidas. Me estaba dando bien por culo, el cabrón. Sí que sabía follar. Le miré por un instante. Tenía la vista fija en mi cuerpo, sujetaba mis piernas mientras me follaba y quería que me la tocara, que me hiciera una paja mientras me estaba dando por culo. Quería correrme. Necesitaba correrme.

—Fóllame del todo, Pablo. Machácamela.
—Como gustes.

Pablo dejó que mis piernas cayeran a su lado y se inclinó hacia mí. Mi culo estaba lo suficientemente dilatado como para que no hiciera falta que me las sujetara y, ahora mismo, ni por todo el oro del mundo las iba a cerrar, me estaba encantando lo que estaba sintiendo. Contrario a lo que pudiera parecer, follar con Pablo lo único que hizo fue reafirmarme en mi masculinidad.

Empezó a masajearme la polla suavemente, pero después continuó haciéndolo al ritmo con que me estaba follando. Era genial sentir sus embestidas por debajo y sus manos por encima al mismo ritmo. Tan genial que no pude contenerme. No había hecho más que pajeármela por unos minutos cuando sentí una descarga eléctrica que me recorría todo el cuerpo y empecé a convulsionar. Pablo hizo lo mismo, dejó escapar un gemido que le rasgó la garganta y, de pronto, después de embestirme con todavía más fuerza, ambos nos corrimos al mismo tiempo. Fue una corrida bestial, de esas que hacen historia. Sentí que empapaba todo lo que me rodeaba con mi leche, la cara de Pablo incluída. Y, después, al cabo de unos segundos, con la cabeza todavía dándome vueltas, todo se detuvo y lo único que pude escuchar fueron nuestras respiraciones.

Pablo salió de mí culo y se sentó en el sofá, completamente envuelto en sudor, sus músculos todavía tensos. Fue extraña la sensación de vacío que me dejó pero también me gustó. Me senté a su lado y le sonreí.

—Mañana me toca a mí. También quiero probar tu agujero.

Pablo abrió los ojos, dio un resoplido y me sonrió. Después se inclinó sobre la mesa y cogió un par de cigarrillos. Todavía teníamos las pollas algo empalmadas. Puso los dos cigarrillos en mis labios y, mientras yo aspiraba fuerte, los encendió con el mechero. Después cogió uno y se lo llevó a los labios para darle una calada profunda que aumentara el relax que sentía.

—Pues tendrás que esforzarte. He dejado el pabellón muy alto.

Yo me incliné hacia él y le lamí el chorro de lefa que todavía colgaba de su mejilla. Era mi lefa, así que, con la leche todavía en la lengua, le besé. Quería que la compartiéramos. Ninguno de los dos cerró los ojos durante aquel beso, sino que estuvimos mirándonos fijamente el uno al otro, ratificándonos en el trato que acabábamos de hacer.

—No te preocupes. Nunca se han quejado de mi manera de follar.

—Más te vale.

Pablo no se fue aquella noche del piso, sino que todavía se quedó un par de noches más. Su culo resultó ser tan cojonudo como el coño de mi novia. Fue curioso cómo mejoró nuestra amistad desde aquel día, desde que empezamos a follarnos cada vez que teníamos la necesidad. A día de hoy, Pablo es mucho más que un amigo. Es casi mi hermano.

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Comentarios enviados para este relato
juver (9 de March de 2009 a las 01:19) dice: es un relato muy complicado y al detalle que a uno finalmente lo cansa


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