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Un paseo en el metro

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Relato enviado por : vicioso el 23/06/2004. Lecturas: 19884

etiquetas relato Un paseo en el metro .
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Resumen
Es un excitante relato de lo que me sucedió cuando decidí aventurarme en el metro, sin mi marido.


Relato
Hola papitos:

Soy su amiga Artemia, nuevamente con ustedes para platicarles lo que me ha sucedido últimamente; espero que este relato sea de su completo agrado, tanto como lo es para mí el contárselos.


Después de mi fechoría en el metro ("Mi fantasía del metro"), sentía la necesidad de volver a experimentar esas ricas sensaciones. Mi mente se distorsionaba imaginando las escenas más cachondas y depravadas, que me ocurrían, revivía los delirantes picotazos de verga que me habían dado en las nalgas, me imaginaba teniendo otra vez sus penes en mis manitas, pero ahora sin mi marido de por medio. Durante mi periodo menstrual, era cuando más urgida me sentía y evocaba los momentos más excitantes que ya les relaté. Mis pezones se ponían como piedra y mi conchita destilaba ese rico almíbar de hembra en celo, y mi clítoris parecía un pequeño pene que se destacaba entre la selva de mis vellos.


Sin poder contenerme, decidí aventurarme yo sola. Era viernes y sabía –por lo que habíamos platicado con los tres chicos que contacté vía Internet y después en el Sanbors-, que la hora más propicia sería por la noche, y me caía de perlas pues ese viernes José Luis no estaría.


Cuando llegó la hora de prepararme, escogí unas viejas pantaletas que en sus mejores tiempos constituyeron las delicias de mi esposo; me quedaba bastante apretada pues ahora estoy más nalgona, pero me gustaba porque es de encaje y se me enterraba deliciosamente en mi rajita, y por atrás, se me metía muy rico en mi culito; y cuando caminaba me rozaba de una forma, que me empapaba. Seleccioné un vestido de una sola pieza, que me quedaba un poco corto pero sin darme a notar, decidí no ponerme medio fondo ni brasier, y al estar excitada, mis pezones se notaban perfectamente, así que me puse un suéter de botonadura al frente.


Miré mi reloj y justo a las 7:15, me encaminé al metro Insurgentes, con la intención de llegar hasta Pantitlán. Seguramente estaba a reventar y se iría parando mucho; eso favorecería mis planes. Ya comenzaba a oscurecer y caminé presurosa por la glorieta que me llevaba a la entrada del metro. Las escaleras se me hicieron eternas y al llegar a los andenes pude comprobar mis suposiciones, estaba atestado de gente malhumorada que también quería llegar a casa después de una larga semana. Aunque estaba la separación para mujeres, muy nerviosa me decidí a viajar con los varones. No me animaba y pasaron dos o tres trenes, hasta que armándome de valor, me dije: «Ingue su… », y voy pa’ dentro.


No tuve que hacer mucho esfuerzo por abordar, un mar de gente me arrastró al interior del vagón. Hacía mucho calor y todos íbamos muy apretados, justo detrás de mí iba un hombre joven, alto con traje negro y en la mano llevaba un portafolios. Al entrar, rápidamente me di la media vuelta y quedé dándole la espalda y con la fuerza del empujón inicial, prácticamente caí en él, sentí como mi generoso trasero golpeó contra su bajo vientre y por acto reflejo, se movió hacia atrás un poco, pero al cerrarse las puertas, adoptó una posición más cómoda, rozándome ligeramente.


Al ponerse en marcha el tren, me sujeté con una mano y la inercia me hacía bambolearme de un lado a otro, sobre las personas que venían junto a mí, así que pensé en ponerme cómoda yo también y confiadamente me recargué sobre el muchacho. Supuse que no le molestaría, seguramente estaba acostumbrado a viajar así de apretado; y vaya que no le molestó…


La cercanía de nuestros cuerpos había causado estragos en él, pude sentir en mi trasero como su miembro viril comenzaba a crecer y ponerse duro, en otras circunstancias me hubiera retirado de inmediato, pero debido a mi enorme calentura no lo hice; como ya dije, necesitaba volver a vivir lo que había experimentado al lado de mi esposo, hacía ya bastante que soñaba con ese momento y aunque me había imaginado que no uno, si no que muchos hombres me rodearían, esto era como un bocadillo entre comidas. Además la sensación que me provocaba el poder excitar a un hombre así de rápido me encantaba.


En la próxima estación que era Balderas, no bajó nadie del vagón, por el contrario, y desafiando toda ley de la física, subió mucho más gente, y donde parecía que ya no podía entrar ni un alfiler, nos amontonamos como sardinas en lata. Para entonces, él y yo (él que venía agasajándose con mis pompas) estábamos embarrados uno en el otro. Pude darme cuenta como discretamente acomodó su cadera para poner su bulto justo en medio de mi culo. Eso me estaba desquiciando, así que levanté mi cadera para que me pudiera alcanzar mejor y me presioné contra él, embarrándole mis nalgotas en su endurecida macana.


Era delicioso sentir su firme palo duro y fibroso, frotándose en mis ancas, las cuales empujaba hacía su falo y se las restregaba en una clara invitación para que hiciera de mi culo, lo que le viniera en ganas. Él entendió la situación y se liberó por completo, comenzando con movimientos pélvicos fingiendo la cópula; volteé para cerciorarme que era él el que me arponeaba las nalgas, y no otro; así como para darme cuenta de la gente; afortunadamente no había problema ya que detrás de nosotros estaban las puertas del vagón que no se abren.


Una buena parte del trayecto nos fuimos así, ocultando nuestros movimientos con las vibraciones del tren. Repentinamente, el tren se detuvo entre las estaciones de Candelaria y Merced, y como si nuestros ruegos hubieran sido escuchados, se fue la luz en todo el tren. De inmediato se oyeron suspiros de mal humor y quejidos de desaprobación de todos ahí dentro. Ahora todo se ponía a nuestro favor, ya que tendríamos más tiempo para jugar. Pero comprendí que debíamos ser más discretos, ya que ahora con el vagón detenido y tan apretados como íbamos, los demás se darían cuenta si no teníamos cuidado.


Lo sentí moverse con dificultad para poner su portafolios en el piso, detrás de sus piernas. Ahora tenía las manos libres y las consecuencias no se hicieron esperar. Sus manos se posaron en mi cintura, bajando lenta y suavemente a mis ampulosas nalgas, suspirando complacido al encontrármelas amplias, abultadas y duritas; luego las subió de nuevo al frente por mi vientre, y las piernas me comenzaron a temblar de placer.


Comenzó de nuevo su recorrido ahora bajando por detrás hasta llegar a mi trasero. Ahí masajeó como quiso la redondez mis grandes pompas, dándose cuenta que sí, que estoy algo culona. Las sobó y luego las capturó en un sensualísimo apretón de nalga que me hizo mojar mis apretadas pantaletas. Estaba súper excitadísima y rogaba en mis adentros que no se detuviera; en esos momentos era capaz de empinarme para que me la metiera. Siguió bajando ahora por mis piernas hasta encontrar la terminación de la falda de mi vestido. ¡No lo podía creer!, sin siquiera hablarme, se estaba aventurando a buscar debajo de mi vestido, qué atrevido, ¿no, chicos? Volvió a subir disfrutando la sensación que mis piernas encerradas en la apretadísima pantaleta le ofrecían. Creí que se detendría, pero cuando lenta y cuidadosamente comenzó a bajar mi calzón, entendí que lo que quería era sentirme piel a piel. Lo dejé hacer y no opuse resistencia, por el contrario, con mis movimientos de cadera, le facilité su objetivo.


Cuando hubo alcanzado mi piel, yo estaba queriendo más, así que abriendo mis piernas en compás y agachándome un poco para que me disfrutara mejor, se me ocurrió pasar mis manos hacia atrás y me permití tocar el bulto enorme en su pantalón, lo sentí largo y durísimo, y en ese momento se me antojó tocarlo piel a piel también, y por qué no, mamárselo. ¡Era extraordinario lo que estábamos haciendo delante de tanta gente!... Discretamente se bajó su cierre y liberó su fierro, bastante cabezón por cierto, para que yo lo pudiera tocar y nadie se diera cuenta. El vagón seguía parado, y ya en una mutua y avasallante excitación, valiéndome un comino lo que él pensara, me arriesgué a poner su endurecida macana en medio de mis nalgotas; y con un dedo, hábilmente hice a un lado mi pantaleta, que en ese momento solo estorbaba.


¡La sensación de tener esa verga entre las nalgas era indescriptible!... Él comenzó a moverse de nuevo y yo pensé que era mucho riesgo, alguien podría darse cuenta, pero estaba disfrutándolo tanto que no me importó y abrí mis piernas lo más que pude para que pudiera gozarme bien. En esa postura era prácticamente imposible que me penetrara, pero la gruesa cabezota de la ñonga, frotaba deliciosamente mis nalguitas alcanzando mis protuberantes labios vaginales.


Comencé a percibir su respiración forzada en mi nuca y cerca de mi oído derecho, esto me enardeció mucho más y con la boca abierta comencé a babear de placer. Inmediata y discretamente hundí dos dedos en mi cuca, saboreando deliciosamente la dureza de mi botoncito y las embestidas de mi desconocido amante No pude evitarlo y dejé escapar un gemidito ahogado, casi inaudible pero que alcanzó a escucharse.


Perdón señorita, si la he pisado-, dijo presuroso mi caballeroso galán, tratando de que los demás ignoraran que mis gemidos se debían a la tremenda limada que me estaban dando.


No contesté, pues mi voz quebrantada por el placer me hubiera delatado. Me quedé totalmente quieta, no podía moverme o alguien nos descubriría y quien sabe que hubiera pasado. El desconocido a mis espaldas sí se movía, y de qué manera lo hacía el condenado. Cuando creí que ya no habría más sorpresas, posó sus manos en mi cintura, por los costados, y así subió hasta mis pechos. Comenzó a masajearlos hábilmente y sorprendido por su gran tamaño; arreciendo sus acometidas con más bríos.


Lo inevitable ocurrió, comencé a sentir los síntomas de un orgasmo por venir, y apretando mis dientes y los puños, gocé de los embriagadores espasmos en silencio. Pero no fui la única que llegó al clímax, mi amante en turno se acercó a mí, y para ahogar sus gemidos mordió mi cabello y se derramó entre mis piernas. El semen empapó mis nalgas y la entrada a mi panocha y escurrió abundantemente por entre mis piernas hasta mis zapatos. Cuando el éxtasis se disipó, discreta y lentamente acomodé mis pantaletas, mojadísimas con los líquidos de ambos, y bajé mi falda. Él a su vez, guardó la herramienta que me había dado tanto placer.


Después de que terminamos, todo siguió en calma, y a los pocos minutos la energía regresó y el tren siguió su camino. Aprovechando que en la estación de Moctezuma bajo una buena cantidad de gente, me bajé yo también. Ya no pude agradecerle la gratificante sesión de sexo que me había brindado, pero estoy segura de que él también me agradecía la oportunidad. El tren se marchó con él a bordo, y yo me dirigí a la salida, temerosa de que la abundante humedad en mis pantaletas hubiera alcanzado mi falda. Era ya de noche y me dirigí en taxi a mi casa. Un baño caliente me esperaba, y esa noche de viernes dormí placida y profundamente.


Artemia Pineda


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Comentarios enviados para este relato
camilo1969 (26 de May de 2009 a las 00:54) dice: bien puta y arrecha que rico asi me gustan las mujeres


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