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Ya me gustan las pocilgas


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Relato enviado por : jj1 el 19/04/2004. Lecturas: 7288

etiquetas relato Ya me gustan las pocilgas .
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Resumen
Termina la exposición sobre el nuevo cariz que toman las relaciones sexuales entre Marta y Miguel.


Relato
María aparcó el coche en un lado del camino y me dio un trapo.

-Quiero que limpies el asiento. Me disgustaría que algo hubiera traspasado y hubieras ensuciado el cuero del asiento. Luego coges los calzoncillos sucios y los guardas en un bolsillo.

Marta ya había bajado y me estaba observando como obedecía las ordenes de María.

Por fin decidieron que era hora de partir. Me cargaron las mochilas y bebimos abundante agua los tres. Debían ser sobre las nueve y media de la mañana y el día se prometía soleado y caluroso.

Íbamos en fila india, la amiga delante, yo, y mi mujer detrás. Caminando veía como se movía la faldita plisada de María al ritmo que marcaba su bamboleante culo. Yo pensaba si mi polla iba a quedar erecta de forma permanente. Una vez que intenté decir algo, ya no recuerdo que, supongo que alguna tontería, Marta me ordenó que me callara de forma seca. Al cabo de un rato vi otro camino que se desviaba a la derecha. Aquello concordaba con el relato de Marta respecto a sus relaciones con su compañera. Al llegar a la altura del desvío, la faldita plisada se levantó, me mostró un generoso culo y la cabeza de su dueña se giró diciéndome:

-Vamos a desviarnos por aquí, tus dueñas van a llevarte a otra ermita. Y no me mires el culo, he levantado la falda para que se aireara, no para que lo miraras cerdo de mierda. De ahora en adelante solo mirarás cuando te lo ordene.

Un cuarto de hora más tarde mi esposa decidió que había que merendar. Mi opinión no contaba para nada. El camino que seguíamos tenía el aspecto de no haber sido pisado con frecuencia, el claro en el que nos encontrábamos tenía sombra y no parecía mal lugar para parar. Descargué las mochilas y me mandaron juntar tres piedras grandes para sentarnos.

Marta sacó los bocadillos de jamón que había preparado y le dio uno a María. Esta saco una bolsa de fruta con naranjas, plátanos y manzanas. A mí me acercaron los plátanos y las manzanas y ellas se quedaron con las naranjas.

-Vamos cerdito querido, come.

-¿Me dais un cuchillo para pelar la fruta?

-Los cerdos no usan cuchillo. Come con las manos y la boca. Al decir esto María abrió las piernas y no pude evitar mirarle el potorro.

-Te dije que no miraras si no te lo decía.

Volví a bajar los ojos y me centre en la fruta.

Ellas comían con gusto, hablaban de sus cosas, era como si yo no existiera.

-Ha llegado el momento de vestirnos dijo Marta.

-Yo antes tengo que hacer una cosa contestó María.

-Cerdito lindo, ahora puedes mirar.

Tenía una manzana a medio morder cuando separó las piernas, levantó un poco el culo y se sentó en el borde de la piedra. Un potente chorro de pis salió de su coño. Casi me alcanza. Yo seguía con la manzana a medio morder en la boca y el nabo completamente tieso. Todo me dolía, era demasiado tiempo con aquello tieso sin pode descargar. Los huevos me dolían horrores.

-Tienes sed me dijo Marta.

-Si.

Se levantó, se acercó a mí, descordó el cordón que le sujetaba los pantalones pirata y se los bajó. Quedó frente a mi solo con las braguitas y los pantalones en los tobillos. Sonrió y se dio la vuelta. Su culo quedo a la altura de mi cara.

-Quita esa boca de la manzana y pégala a mis bragas. Vas a beber pis perfumado.

Me falto tiempo para obedecer y a ella para mearse las bragas. Cuando estaba con la boca pegada en ellas sorbiendo su pipi me dijo:

-A llegado el tiempo de los aromas.

No hizo ruido, pero el olor era intenso y se adhirió a mí. Parecía que había cultivado aquella sorpresa.

-Se acabó. ¿Ha bebido mi cerdito? ¿Le ha gustado el perfume?

-Si, mucho, conteste lacónico.

-Pero si te falta comer un plátano, chiquitín mío. Seguro que todavía tienes hambre. Tu amita te va a ayudar.

Se bajo las bragas mojadas sin apartar el culo de mi cara.

-Dame el plátano.

Lo pelo con cuidado y lo pasó por entre sus piernas mojadas. Se dio la vuelta y se acuclilló frente a mí.

-A mi cerdito seguro que le encanta aliñado así. Vamos dale un mordisquito.

-¡Uyy que mordisco más grande! ¿Te ha gustado pequeñín? Ya veo que sí.

-A ver si te gusta mas este sabor.

Se paso la fruta por el ojete con deleite y percibí como salía una especie de soplido de su culo.

-Hummmmmm. Prueba ahora.

Volví a morder el plátano.

-Bueno lo que queda podemos tirarlo – y añadió – voy a vestirme. ¿Me ayudas María?

Se quitó la blusa, y completamente desnuda fue hacia nuestra mochila. Primero sacó las braguitas nuevas, eran de color blanco y presentaban una abertura en la parte inferior que dejaba completamente libres el coño y el ojete, luego María le ayudó a ponerse el corpiño, negro, de cuero, anudado en la espalda, como los que usaban nuestras abuelas y llegándole solo hasta la parte inferior del pecho, lo que hacía que se levantaran las tetas. María se lo anudó con fuerza. Se puso la minifalda de piel, que apenas le tapaba las braguitas y se sentó en la piedra frente a mí. Por el agujero de las braguitas veía como se arremolinaban los pelos de su chocho. Por último se puso las sandalias de tiritas, también eran negras, con el tacón muy alto y las tiritas se prolongaban dando vueltas alrededor de sus pantorrillas hasta las rodillas. ¡Estaba impresionante!

María, después de haberla ayudado con el corpiño, también se desnudó y se vistió. Bueno es un decir... Calzaba unas botas de cuero rojo hasta medio muslo, sin bragas, lo que le dejaba bien a la vista el potorro, y un corpiño también de cuero rojo que al igual que ha Marta le levantaba el pecho. El aspecto de ambas, pese a ser autoritario, dejaba patente que María era la verdadera "dueña de la pocilga". Al mirarla, esta vez no le importó que lo hiciera, percibí su rotundidad, su coño era más peludo y salvaje que el de mi mujer, sus tetas más abundantes, los pezones rodeados de una aureola oscura y sus piernas eran como columnas. El color rojo la dotaba de una cierta distinción.

-No pensareis ir así por el mundo – dije.

-Claro que no cerdo tonto – replicó – María. Desnúdate por completo y cruza aquellas matas altas bajo los pinos.

Obedecí. Mi voluntad estaba desapareciendo por momentos. Ellas se internaron detrás de mí. Justo detrás de las matas vi la casa. Era una casa de payés, pequeñita, con buen aspecto y pegada a ella una pocilga en la que no había rastro de cerdos.

-¡Marrano! Ve hacía la pocilga. María seguía llevando la voz cantante. Cuando seas de verdad nuestro cerdo te permitiremos entrar en la casa. Seguro que a Marta no le importa compartirte conmigo.

-Faltaría más mi ama. Era la primera vez que mi mujer la llamaba así. El circulo se estaba cerrando.

Entré en la pocilga. Estaba limpia. Marta sacó la toalla de baño y la extendió en el suelo.

-Mi ama ¿te apetece follartelo primero?

-Precioso detalle de tu parte Marta, te lo tendré en cuenta.

Mis huevos seguían doliéndome y nabo apuntando tieso hacía arriba.

-Túmbate. La orden de la ama retronó en mis oídos.

Una vez en el suelo, se acerco lentamente hacía mí y cuando estuvo con las piernas abiertas sobre mi cara se agachó hasta que su coño tocó mis labios.

-Cómeme el chirri ¡Cerdo!

Mi lengua se paseo por su coño, estaba húmedo, lo recorría en toda su extensión y cuando mi boca se acercaba a su peladilla se levantaba un poco para evitar que la atrapara. No sé quien se lo pasaba mejor, ella o yo que era el que se lo comía.

-¿Te has fijado Marta? Tu cerdo esta disfrutando.

Se arrodillo con las piernas a los lados de mi cara y acerco mas su coño a mi boca.

-Ya puedes comerme la peladilla. Quiero saber si lo haces tan bien como cuenta mi sumisa.

Mi boca atrapó su clítoris y lo succionó al tiempo que movía mi lengua. Su humedad me empapaba. Lastima que no pudiera verle la cara.

-Marta, metemé un dedo en el culo. Las palabras me cogieron por sorpresa.

Lo hizo, María se inclinó hacia delante sin permitir que yo apartara mi boca y su abundante trasero quedó en pompa. Un pequeño gemido me indicó que mi esposa le había introducido el dedo.

Como pude exclame:

-¡Por el amor de Dios, dejareis que me corra!

-Ahora come y calla. Cuando los cerdos dan gusto a su señora no hablan.

Sentía a Marta cerca de mí con el dedo dentro del ojete de su ama.

Por fin, un momento que estaba tirando del clítoris de María con mis labios, note como ella, primero aumentaba la tensión, me agarraba por los pelos, crecía su humedad y su tibieza y luego se aflojaba dejando escapar un pequeño ¡Humm... mmmm... ya!

-¿He movido bien el dedo señora?

-Muy bien Marta. Este cerdo todavía no se ha ganado follarme. Permitiré que te folle a ti.

-¿Cómo quiere que lo haga mi ama? ¿Cómo en el recibidor? Creo recordar que le gustó cuando se lo contaba.

-¡Magnifica idea! Algún día serás una verdadera "dueña de pocilga"

María se levantó. Se apartó a un lado y dijo:

-Es todo tuyo Marta.

Esta se levantó la breve falda negra, apoyó sus manos en la pared de la pocilga y abrió las piernas. A mi vista se expusieron sus braguitas agujereadas.

-Tu dueña va a darte lo que sabe que te gusta. Será una buena dueña con su cerdito.

Su cara demostraba que estaba haciendo un leve esfuerzo. Un chorrito de pis caía de entre sus piernas, al principio con poca fuerza, luego fue aumentando. Sus braguitas se mojaron y por el agujero apareció lo que yo ya estaba esperando ansiosamente. En aquel momento la pocilga y lo que ocurrían en ella lo era todo para mí, me habían convertido en un cerdito. Los pegotes de mierda mezclados con ruidosos pedos y entrecortados chorritos de pis caían al suelo haciendo plof... plof al tiempo que veía como se le ensuciaba la tela de las braguitas.

Me cogió por sorpresa cuando oí:

-Cerdito, follame, estoy recién cagada y meada.

No tuvo que decírmelo dos veces. Mi polla la penetró con fuerza, con ansiedad, con una cierta violencia, solo me importaba correrme, pero correrme dando gusto a aquella puta que me dominaba. Tuve que refrenar mis movimientos para no terminar demasiado pronto y no dar tiempo a que ella se corriera. Mi nabo entraba con facilidad, su coño era viscoso, sus flujos se habían mezclado con sus excrementos y notaba como mi pelvis se ensuciaba con los mismos al pegarse a sus nalgas. Noté las pequeñas sacudidas que me eran familiares en ella cuando culminaba y fue como si me hubieran ordenado ¡Córrete! Algo estalló en mi, y mi polla expulsó con fuerza lo que había tenido retenido tan largo tiempo. Antes que sacara mi polla de su interior mi leche rebosaba de su coño. Cuando por fín me aparté y bajó un poco la erección no pude reprimir un potente chorro de meado que le mojó sus nalgas y sus muslos. Toda la mañana sin poder hacerlo debió ser la causa de mi incontinencia. Esperaba que se enfadaran, pero Marta no dijo nada.

-No has estado mal guarrete – dijo María – Creo que te mereces un pequeño premio. Cuando uno se convierte en un cerdo como acabas de hacer merece que se le premie. Túmbate en la toalla.

Mi polla se había desinflado y dudaba que nada fuera capaz de levantarla de nuevo.

Ella volvió a arrodillarse sobre mí, esta vez con el culo hacía mi cara.

-¡Lámelo!

Me apliqué todo lo que pude con un sentimiento de cierto agradecimiento por dejar que se lo lamiera. Mi lengua hacía círculos alrededor de su ojete, le abría las nalgas con mis manos y de tanto en tanto intentaba penetrárselo con mi lengua. Mi pene se estaba levantando de nuevo.

-¡Hostía! Tienes un semental niña. La tiene enhiesta. Aparta la cara cerdo, vas a tener el premio.

Casi no me dio tiempo a apartarme. Vi una caca pastosa, no era liquida, solo pastosa, abandonando su ojete y cayendo sobre mi pecho. No soltó ninguna ventosidad, ¡Ni tan siquiera una! Pero un violento chorro de pis salpicaba sobre mí.

Al terminar se levantó.

-¿Contento?

-Mucho mi ama, pero me gustaría correrme otra vez.

-Pues ya lo sabes cerdo, hazte una paja. Nosotras estamos servidas.

Lo hice. No me importó lo humillante de la situación. No me importó ser solo un objeto, no me importó que me consideraran un cerdo. Y era feliz de poder hacerme una paja en la pocilga mientras mis dueñas me miraban.

¡Ya era un cerdo!





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